miércoles, 7 de agosto de 2013

Capítulo 26


—Ixia os da la bienvenida a nuestra tierra y espera que todos podamos empezar
de nuevo —anunció el Comandante ante la delegación del sur.
Mientras yo esperaba detrás del Comandante, me pregunté qué les ocurriría a
los de Sitia cuando Valek informara al Comandante de que Irys era una maga. Preferí
no pensar en el caos que ella podría causar en el castillo antes de marcharse y traté de
imaginar una situación más favorable. Fracasé, dándome cuenta de que,
probablemente, aquél era el principio del fin.
Valek observó atentamente cómo los sureños y el Comandante intercambiaban
saludos más formales. Por la actitud de Valek, adiviné que Irys no había utilizado su
magia. Después de que concluyera la ceremonia oficial de bienvenida, se acompañó a
la delegación a sus aposentos para que pudieran descansar de su viaje y esperar allí
el festín de la noche. El protocolo decretaba que las galanterías y el entretenimiento
debían preceder a las duras negociaciones.
Todos, a excepción del Comandante y Valek, se marcharon de la sala de guerra.
Yo hice ademán de marcharme también, pero Valek me agarró del brazo.
—Muy bien, Valek. Tú dirás. Supongo que se trata de alguna peligrosa
advertencia, ¿no? —preguntó el Comandante con un suspiro.
—La líder de la delegación de Sitia es una maga maestra —dijo Valek, algo
molesto por la actitud del Comandante.
—Era de esperar. ¿Cómo si no podrían saber que somos sinceros a la hora de
querer establecer un tratado de comercio? Todo esto podría haber sido una
emboscada. Es lógico.
Sin mostrar preocupación alguna, el Comandante se dirigió hacia la puerta.
—¿Esa mujer no le preocupa? —insistió Valek—. Ha tratado de matar a Yelena.
El Comandante me miró por primera vez desde que habíamos entrado en la
sala de guerra.
—Sería poco inteligente matar a la catadora de mi comida. Un acto así podría
interpretarse como intento de asesinato y detener las negociaciones. Yelena está a
salvo... por el momento.
Con eso, se marchó de la sala.
—Maldita sea —susurró Valek.
—¿Y ahora qué? —pregunté yo.
—Había anticipado que un mago o maga participaría en este encuentro, pero
jamás había pensado que sería ella. Mientras esté aquí, Ari y Janco se seguirán
ocupando de ti aunque, si es eso lo que quiere, no habrá nada que ellos o yo
podamos hacer al respecto. Con Mogkan tuve suerte. Estaba cerca cuando sentí su
poder. Esperemos que esa mujer se porte como una invitada mientras esté en
nuestras tierras. Al menos ahora sé dónde están los magos. Mogkan fue el que sentí
durante la reunión de generales. Y la maga del sur está ahora en el castillo. A menos
que vengan más, estaremos a solas.
—¿Y la capitana Star?
—Star es una charlatana. Sus afirmaciones de que es maga sólo son una táctica
para asustar a sus soplones y evitar que se enfrenten a ella. Te recuerdo que tendrás
que asistir al festín esta noche. Una pesadez, pero al menos la comida debería ser
buena. He oído que Rand quería utilizar el Criollo para un nuevo postre, pero el
Comandante se negó. Otro enigma, dado que Brazell lo ha enviado en cantidades
industriales y ha prometido hacer lo mismo con los otros generales. Se lo pedían
como si fuera oro. ¿Te sientes extraña desde que has dejado de tomarlo? —me
preguntó.
Habían pasado tres días desde que tomé el último trozo. No recordaba haber
notado síntomas físicos. El hecho de comerlo me había levantado el ánimo y había
supuesto un incremento de energía para mí. Anhelaba su dulce sabor, especialmente
en aquellos momentos, cuando mis oportunidades de ser libre eran más reducidas
que nunca.
—Un cierto deseo por tomarlo, pero no se puede considerar adicción —le dije a
Valek—. Pienso en ello de vez en cuando y me gustaría tomar un trozo.
—Tal vez sea demasiado pronto —comentó Valek, frunciendo el ceño—. Puede
que aún lo tengas en la sangre. ¿Me informarás si ocurre algo?
—Sí.
—Bien. Hasta esta noche.
«Pobre Valek», pensé. Había tenido que ponerse su uniforme de gala en tres
ocasiones. En el comedor, se habían colocado elaborados adornos para el festín. La
sala estaba muy iluminada. Se había construido una plataforma para colocar la mesa
principal en la que la delegación del sur, el Comandante y Valek estuvieran sentados
con sus mejores galas. El resto, estaba sentado alrededor en mesas redondas,
formando un círculo en la sala. El espacio de en medio quedaba vacío. En un rincón,
una pequeña orquesta tocaba música relajante, lo que resultó una sorpresa. El
Comandante despreciaba la música, dado que la consideraba una pérdida de tiempo.
Yo tomé asiento al lado del Comandante Ambrose de modo que él pudiera
pasarme su plato. Como era de esperar, la comida era maravillosa. Rand se había
superado a sí mismo. Por su parte, Irys y los suyos estaban colocados a la izquierda
del Comandante. Sus hermosos trajes tenían remolinos de color que brillaban a la luz
de las lámparas. Irys llevaba un colgante de diamantes con forma de flor, que relucía
sobre su pecho. Ignoró mi presencia, lo que no me molestó en absoluto.
Después de que los criados recogieran las mesas, apagaron la mitad de las
lámparas. La orquesta empezó a tocar una música más animada y, entonces, unos
bailarines disfrazados irrumpieron en la sala, sujetando palos ardiendo por encima
de sus cabezas. ¡Bailarines de fuego! Realizaron una compleja danza que dejó a todo
el mundo boquiabierto. Comprendí perfectamente por qué durante el festival su
tienda había estado siempre llena.
Valek se reclinó en su silla y me dijo:
—No creo que hubiera pasado las pruebas, Yelena. Probablemente, a estas
alturas de la danza ya tendría el cabello en llamas.
—¿Qué hay de malo en una cabeza chamuscada por el bien del arte? —bromeé.
Él se echó a reír. Todo el mundo parecía estar muy contento. Esperé de todo
corazón que el Comandante no esperara otros quince años para celebrar otro festín.
Los bailarines terminaron su segundo baile y salieron de la sala. Irys se levantó
para proponer un brindis. Los de Sitia habían llevado su mejor brandy. Irys sirvió
una copa al Comandante, a Valek y a sí misma. No pareció ofenderse cuando el
Comandante me entregó a mí su copa.
Hice que el líquido diera vueltas en la copa y aspiré el olor. Tomé un pequeño
sorbo y saboreé el brandy y luego lo escupí al suelo. Entre arcadas y escupitajos, traté
de echarlo todo. Valek me miró alarmado.
—Mi amor —susurré.
Valek tiró las otras dos copas y vertió sus contenidos sobre la mesa. A medida
que mi cuerpo fue reaccionando al veneno, vi que Valek se iba convirtiendo en un
punto negro y que las paredes se cubrían de sangre.
Yo flotaba en un mar rojo. Los colores parecían flotar y dar vueltas a mí
alrededor. El sonido del cristal roto sobre la piedra creó una extraña melodía en mi
mente. Navegaba a la deriva sobre una balsa hecha de cabello blanco rizado, que era
empujada por una fuerte corriente. La suave voz de Irys habló en medio de aquella
tempestad de colores.
—Te pondrás bien... Agárrate a tu balsa. Podrás capear esta tormenta.
Me desperté en mi habitación. Alguien había encendido una lámpara y Janco
estaba sentado en una silla, leyendo un libro. Aquello resultaba mucho más
agradable que la última vez que había probado «Amor mío». Una cómoda cama era
preferible a yacer en un charco de mis propios vómitos.
—Vaya, Janco. No sabía que eras capaz de leer —bromeé. Tenía la voz ronca y
me dolían la cabeza y la garganta.
—Soy hombre de talentos desconocidos. Bienvenida.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Dos días.
—¿Qué ocurrió?
—¿Después de que te convirtieras en una loca? ¿O te refieres más bien a por
qué te convertiste en una?
—Después.
—Resulta sorprendente lo rápido que se puede mover Valek —dijo Janco con
admiración—. Te colocó a ti en el suelo mientras ponía el corcho de la botella
envenenada y la cambiaba por otra con un rápido movimiento de manos. Se disculpó
de su torpeza y sirvió otras tres copas para que esa bruja del sur pudiera hacer su
brindis. Todo el incidente se tapó tan rápidamente que sólo los de la mesa principal
se dieron cuenta de lo ocurrido. Bueno, Ari también —añadió, tocándose la perilla—.
No te quitó los ojos de encima en toda la noche, por lo que, cuando caíste al
suelo, nos levantamos. Nos deslizamos hasta llegar detrás de la mesa principal y él te
trajo aquí. Aún estaría a tu lado, pero yo le obligué a que se fuera a dormir un poco.
Eso explicaba el hecho de que mi balsa fuera de pelo rizado, dado que era así
como lo tenía Ari. Me senté, pero el dolor de cabeza se intensificó. Al ver que había
una jarra de agua sobre mi mesilla, me serví un vaso que vacié de un trago.
—Valek dijo que tendrías sed. Ha estado aquí en un par de ocasiones, pero ha
estado muy ocupado con los sureños. No me puedo creer que esa bruja tuviera la
audacia de tratar de envenenar al Comandante.
—No fue así. ¿Es que no te acuerdas? Sirvió tres copas de la misma botella.
Debió de hacerlo otra persona.
—A menos que estuviera dispuesta a suicidarse para cometer el asesinato. Una
muerte rápida en vez de esperar en nuestras mazmorras a que la colgaran.
—Puede ser —dije, aunque me parecía poco probable.
—Valek debe de ser de la misma opinión. Las conversaciones sobre el tratado
han seguido como si no hubiera ocurrido nada —comentó Janco, entre bostezos—.
Bueno, ahora que vuelves a estar despierta, voy a dormir un rato. Quedan cuatro
horas hasta que amanezca. Descansa tú también un poco. Volveremos por la mañana
—añadió, obligándome a tumbarme. Entonces, me estudió atentamente, con el rostro
lleno de indecisión—. Ari me dijo que gritaste mucho mientras él te cuidaba. De
hecho, dijo que si Reyad siguiera con vida, le rajaría sin dudarlo un momento. Me
pareció que te gustaría saberlo.
Con eso, Janco me dio un beso fraternal en la frente y se marchó.
Genial. ¿Qué más sabía Ari? ¿Cómo podría yo enfrentarme a él por la mañana?
De momento, no podía hacer nada al respecto. Traté de dormir un poco, pero el
estómago vacío no hacía más que protestar. Sólo podía pensar en la comida.
Cuando me decidí a correr el riesgo de ir a buscar algo a la cocina, me coloqué
mi navaja y me dirigí con piernas temblorosas a la cocina. Allí esperaba encontrar un
poco de pan sin que Rand me viera.
Conseguí el pan y estaba cortándome un trozo de queso cuando la puerta de
Rand se abrió.
—Yelena —dijo, muy sorprendido.
—Buenos días, Rand. Sólo estaba robando un poco de comida.
—Hace semanas que no te veo —se quejó —. ¿Dónde has estado?
—Ocupada. Ya sabes. Los generales, la delegación, el festín... Por cierto, éste fue
magnífico. Rand, eres un genio.
Rand pareció animarse un poco. Me resigné al hecho de que, si quería que él
pensara que seguíamos siendo amigos, tendría que charlar un rato con él. Coloqué
mi desayuno sobre la mesa y acerqué un taburete.
—Alguien me dijo que estabas enferma —comentó, acercándose a mí.
—Sí. Un virus estomacal. No he comido en dos días, pero ahora estoy mejor.
—Espera, te haré unos pastelillos.
Observé cómo mezclaba los ingredientes y me aseguré de que no echaba
ningún veneno. Cuando los pastelillos estuvieron a mi alcance, me lancé a ellos con
completo abandono. La escena me resultaba tan familiar que se disolvió la
incomodidad entre nosotros. Muy pronto estuvimos charlando y riendo.
Hasta que sus preguntas se hicieron más concretas, no comprendí que estaba
tratando de sacarme información sobre el Comandante y Valek.
—¿Sabes algo sobre ese tratado del sur? —preguntó Rand.
—No —dije con un tono tan duro que provoqué que él me mirara con
curiosidad—. Lo siento. Estoy cansada. Es mejor que vuelva a la cama.
—Antes de que te vayas, es mejor que te lleves estos granos. Los he preparado
de todas las maneras posibles, pero su sabor resulta horrible e irreconocible.
Me las echó en una bolsa y fue a comprobar los hornos. Al ver cómo avivaba el
fuego, tuve una idea.
—Tal vez no sean para comer —dije—. Tal vez sean una fuente de energía.
—Bueno, merece la pena intentarlo.
Arrojó los granos al fuego. Esperamos un rato, pero no se produjeron
repentinas llamas ni ningún aumentó de la temperatura. Mientras Rand se ocupaba
de sus panes, miré las brasas, pensando que, en el misterio de los granos, ya no me
quedaban opciones.
Cuando Rand volvió a la carga con sus preguntas, aparté los ojos del fuego.
Sentía una presión en la garganta.
—Es mejor que me vaya o Valek se preguntará dónde estoy.
—Sí, vete. He notado que Valek y tú estáis ahora muy unidos. Dile de mi parte
que no mate a nadie, ¿quieres? —dijo, con la voz llena de sarcasmo. Al escucharlo, yo
perdí el control.
—Al menos, Valek tiene la decencia de informarme que me ha envenenado —le
espeté sin poder contenerme.
La expresión de su rostro pasó de la sorpresa a la culpabilidad en un instante.
—¿Te lo dijo Star? —preguntó.
—Ah...
No sabía qué decir. Si decía que sí, Star le confirmaría que yo le había mentido y
si decía que no, insistiría en conocer mi fuente. Fuera como fuera, lo descubriría.
Acababa de dejar al descubierto las investigaciones secretas de Valek.
Afortunadamente, Rand no esperó a que yo respondiera.
—Tendría que haberme imaginado que te lo diría. Le encanta jugar malas
pasadas. Cuando tú apareciste, no quería conocerte. Lo único que quería era el
montón de dinero que Star me ofreció para cancelar mi deuda si le estropeaba la
prueba a Valek. Entonces, mi moralidad y lo buena persona que tú eres complicaron
las cosas. Vender información sobre ti y luego tener que protegerte sin que pareciera
que te estaba protegiendo convirtió mi vida en un infierno.
—Siento haberte molestado. Supongo que, aparte de envenenamientos y
secuestros, te debería estar agradecida.
Rand se frotó el rostro con las manos.
—Lo siento, Yelena. Estaba acorralado y no podía salir sin hacerle daño a
alguien.
—¿Por qué quería Star que me envenenaras?
—El general Brazell se lo encargó. Eso sí que no debería suponerte una
sorpresa.
—No... Rand, ¿hay alguien que te pueda ayudar a salir de este lío? ¿Valek, tal
vez?
—¡Por supuesto que no! ¿Por qué tienes tan buena opinión de él? Es un asesino.
Deberías odiarlo por haberte dado el Polvo de Mariposa. Yo lo odiaría.
—¿Quién te lo ha dicho? ¿Quién más lo sabe? Pensé que sólo lo sabían Valek y
el Comandante.
—Tu predecesor, Oscove, me dijo por qué jamás trataba de huir y no, no le he
vendido esa información a nadie. Tengo mis límites. El odio que Oscove sentía por
Valek rivalizaba con el mío. Lo comprendí. Sin embargo, tu relación con Valek...
Estás enamorada de él, ¿verdad? —me dijo, inesperadamente.
—Eso es una tontería —grité.
Nos miramos mutuamente con la boca abierta, demasiado atónitos para decir
nada más.
Entonces, un dulce aroma a frutos secos me alcanzó la nariz. Rand también lo
notó. Seguí el aroma hasta el horno al que había arrojado los misteriosos granos. Al
abrir la puerta, me vi asaltado por el fuerte aroma de una esencia celestial. Criollo.

Capítulo 25


Mientras me reclinaba contra la pared, me aferré a la mano de Mogkan. Sentía
que el mundo se difuminaba a mí alrededor. De repente, sentí un incómodo tirón y el
bloqueo que me oprimía la garganta desapareció. Al tiempo que trataba de recuperar
el aliento, recuperé los sentidos y me di cuenta de que estaba tumbada en el suelo. A
mi lado, Valek estaba sentado sobre el pecho de Mogkan. Lo tenía agarrado por el
cuello, pero no dejaba de mirarme a mí.
Mogkan sonrió cuando Valek se puso de pie y le obligó a él a hacer lo mismo.
—Espero que seas consciente de la pena que te espera por ser mago en el
territorio de Ixia —dijo Valek—. Si no, yo estaré encantado de decírtelo.
Mogkan se estiró el uniforme y ajustó la larga y oscura trenza en la que llevaba
recogido su cabello.
—Algunos dirían que tu habilidad para oponerte a la magia te convierte a ti en
un mago, Valek.
—El Comandante es de otra opinión. Estás arrestado.
—En ese caso, tú te llevarás una gran sorpresa. Te sugiero que hables con el
Comandante antes de que hagas algo demasiado drástico.
—¿Qué te parece si te mato ahora mismo? —le espetó Valek, acercándosele
peligrosamente.
Un profundo dolor me atravesó el abdomen. Yo lancé un grito y me enrollé
sobre mí misma. La agonía era insoportable. Valek dio otro paso al frente. Yo grité al
experimentar una sensación parecida a la del fuego en la espalda y en la cabeza.
—Acércate más y ella se convertirá en cadáver —dijo Mogkan, con la voz llena
de astucia.
Con los ojos llenos de angustia, Valek trató de seguir hacia delante, pero al final
permaneció inmóvil.
—Vaya, vaya... Eso sí que es interesante. Al Valek de antaño no le habría
importado que yo matara a un simple catador de comida. Yelena, niña mía, me acabo
de dar cuenta de lo útil que vas a ser para mí.
El intenso dolor resultaba insoportable. Habría muerto gustosa tan sólo para
escapar de él. Antes de perder el conocimiento, lo último que vi fue cómo Mogkan se
marchaba, sin que Valek se lo impidiera.
Me desperté sumida en la oscuridad. Tenía algo pesado sobre la frente.
Alarmada, traté de incorporarme.
—Tranquila —dijo Valek, obligándome a tumbarme.
Me toqué la cabeza y noté un trapo húmedo. Parpadeé para que los ojos se me
acostumbraran a la luz y comprobé que estaba en mi habitación. Valek estaba de pie
a mi lado con una taza en la mano.
—Bébete esto.
Tomé un sorbo. Me repugnó el sabor a medicina, pero Valek insistió en que me
lo terminara. Cuando la taza estuvo vacía, la colocó sobre la mesilla de noche.
—Descansa —me ordenó. Entonces, se dio la vuelta para marcharse.
—Valek —dije, para que se detuviera—. ¿Por qué no mataste a Mogkan?
—Una maniobra táctica. Mogkan te habría matado a ti antes de que yo hubiera
podido acabar con él. Tú eres la clave de muchos enigmas. Te necesito.
Se dirigió de nuevo a la puerta, pero se detuvo en el umbral.
—He denunciado a Mogkan ante el Comandante, pero él se ha mostrado...
impasible —añadió, agarrando con fuerza el pomo de la puerta—. Yo me encargaré
de vigilar al Comandante hasta que Brazell y Mogkan se marchen. He designado a
Ari y a Janco como tus guardaespaldas personales. No te marches de estas
habitaciones sin ellos. Y deja de comer Criollo. Yo me encargaré de probar el del
Comandante. Quiero ver si te ocurre algo.
Valek se marchó, dejándome a solas con mis turbadores pensamientos.
Tal y como había prometido y para enojo del Comandante, Valek no se apartó
de su lado. A Ari y a Janco les gustó poder disponer de un cambio de rutina, pero yo
les hice trabajar mucho. Cuando no estaba probando las comidas del Comandante,
hacía que Ari me instruyera en las peleas a cuchillo y que Janco me diera más clases
sobre abrir cerraduras.
La marcha del Comandante estaba programada para el día siguiente, lo que
significaba que había llegado el momento de realizar mi propio reconocimiento. Era
media tarde, y sabía que Valek estaría con el Comandante hasta muy tarde. Les dije a
Ari y a Janco que me iba a acostar temprano y les di las buenas noches en el umbral
de la puerta de las habitaciones de Valek. Después de esperar durante una hora, salí
al pasillo.
Los corredores del castillo no estaban tan desiertos como había esperado, pero,
afortunadamente, el despacho de Valek estaba situado en una parte bastante
tranquila del castillo. Me acerqué a la puerta y, tras asegurarme de que no había
nadie, metí mis punzones en la primera de las tres cerraduras. Sin embargo, los
nervios hicieron que me resultara imposible hacer saltar la cerradura. Respiré
profundamente y volví a intentarlo.
Había conseguido abrir dos de las cerraduras cuando oí voces. Rápidamente,
saqué los punzones de la cerradura y llamé a la puerta justo cuando los dos hombres
aparecían en el pasillo.
—Está con el Comandante —dijo uno de ellos.
—Gracias —repliqué.
Entonces, comencé a caminar en la dirección opuesta. El corazón me latía con la
misma velocidad que las alas de un colibrí. Cuando vi que los hombres se habían
marchado, regresé al despacho de Valek. La tercera cerradura resultó ser la más
difícil. Cuando conseguí abrirla, estaba completamente cubierta de sudor. Entré
rápidamente en el despacho y cerré la puerta a mis espaldas.
Mi primera tarea era abrir el armario en el que se guardaba mi antídoto. Tal vez
Valek tenía allí anotada la receta. Cuando lo conseguí, encendí una pequeña lámpara
para mirar en su interior. Había muchas botellas y frascos. La tensión se fue
apoderando de mí. Lo único que descubrí fue una gran botella que contenía el
antídoto. Vertí unas cuantas dosis en el frasco que llevaba en el bolsillo, sabiendo que
Valek se daría cuenta si tomaba demasiado.
Después de volver a cerrar el armario, empecé a registrar los archivos de Valek.
Afortunadamente, sus papeles personales estaban muy bien organizados. Encontré
informes sobre Margg y el Comandante. Sentí la tentación de leerlos, pero me centré
en buscar el archivo que contenía mi nombre o alguna referencia al Polvo de
Mariposa. En mi archivo personal, Valek había escrito unos comentarios muy
interesantes sobre mi habilidad para notar sabores, pero no había mención alguna
del veneno ni del antídoto.
Cuando terminé con el escritorio, me dirigí a la mesa de conferencias. Rebusqué
entre libros y carpetas, pero era consciente de que el tiempo se me estaba acabando.
Tenía que regresar a mi habitación antes de que Valek acompañara al Comandante a
su suite.
Terminé con la mesa. Sentí una profunda desilusión al darme cuenta de que
aún me quedaba por registrar la mitad del despacho. De repente, oí el distintivo
sonido que hacía una llave al introducirse en la cerradura. Un clic. Se retiró la llave.
Apagué la luz mientras sonaba el clic correspondiente a la segunda cerradura. Me
lancé bajo la mesa de conferencias, esperando que las cajas que se apilaban debajo de
ella me ocultaran por completo. Recé para que fuera Margg y no Valek. El tercer clic
hizo que se me detuviera el corazón.
La puerta se abrió y se cerró. Unos pasos cruzaron la sala y alguien se sentó al
escritorio. No me arriesgué a mirar para ver de quién se trataba, pero sabía que era
Valek. ¿Se había retirado pronto el Comandante? Repasé las opciones que tenía: ser
descubierta o esperar a que Valek se marchara. Me puse cómoda.
Unos minutos después, alguien llamó a la puerta.
—Entre —dijo Valek.
—Su... su paquete ha llegado, señor —anunció una voz masculina.
—Hágalo pasar.
Inmediatamente, oí un ruido de cadenas y alguien que arrastraba los pies al
andar.
—Puede marcharse —ordenó Valek. La puerta se cerró. Inmediatamente, capté
el olor rancio de las mazmorras.
—Bien, Tentil. ¿Eres consciente de que eres el siguiente en ir al cadalso? —
preguntó Valek. —Sí, señor —susurró una voz. —Estás aquí porque mataste a tu hijo
de tres años con un arado y afirmaste que se trataba de un accidente. ¿Es correcto?
—Sí, señor. Mi esposa acababa de morir. Yo no me podía permitir una niñera
para el niño. No sabía que él se había metido debajo —murmuró el hombre, con la
voz desgajada por el dolor.
—Tentil, en Ixia no valen las excusas. —Sí, señor. Lo sé, señor. Quiero morir,
señor. Me resulta imposible soportar la culpa.
—En ese caso, la muerte no sería un castigo adecuado, ¿no te parece? Vivir sería
una sentencia mucho más dura. De hecho, yo conozco una granja muy productiva en
el DM-4 que, trágicamente, ha perdido al granjero y a su esposa. Han quedado tres
huérfanos con menos de seis años. Tentil morirá en la horca mañana mismo, o eso
será lo que crea todo el mundo. Sin embargo, tú te dirigirás al DM-4 para hacerte
cargo de una granja de trigo y de criar a esos tres niños. Te sugiero que lo primero
que hagas sea contratar a una niñera. ¿Comprendido?
—Pero...
—El Código de Comportamiento ha realizado un papel fundamental a la hora
de librar a Ixia de los indeseables, pero también carece en cierto modo de
comprensión humana. A pesar de mis argumentos, el Comandante no logra
comprender este punto, por lo que en ocasiones yo me ocupo personalmente de
algunos asuntos. Mantén la boca cerrada y sobrevivirás. Uno de mis hombres de
confianza te irá a ver de vez en cuando...
Yo escuché completamente incrédula aquellas palabras. No podía creer lo que
acababa de oír.
En aquel momento, alguien llamó a la puerta.
—Entre —dijo Valek—. En el momento justo, como siempre Wing. ¿Has traído
los documentos? —preguntó. Oí el ruido de unos papeles—. Tu nueva identidad,
Tentil. Wing te acompañará al DM-4. Puedes marcharte.
—Sí, señor —repuso Tentil, con la voz rota por la emoción. Seguramente se
sentía abrumado. Yo sabía cómo me sentiría si Valek me ofreciera una vida en
libertad.
Cuando los hombres se marcharon, un doloroso silencio se apoderó del
despacho. Me temí que el sonido de mi respiración me delatara. De repente, la silla
de Valek se deslizó sobre el suelo. Entonces, él bostezó ruidosamente.
—Bueno, Yelena, ¿te ha parecido interesante esa conversación?
Me mantuve inmóvil, esperando que él estuviera elucubrando. Sin embargo, su
siguiente frase no me dejó dudas.
—Sé que estás detrás de la mesa.
Me puse de pie. No había ira en su voz. Se había reclinado sobre la silla y había
puesto los pies en el escritorio.
—¿Cómo has...? —empecé.
—Te gusta el jabón de lavanda y yo no seguiría con vida si no pudiera darme
cuenta de que alguien ha forzado mis cerraduras. A los asesinos les encantan las
emboscadas y eso de dejar cadáveres detrás de puertas misteriosamente cerradas.
Muy divertido.
—¿No estás enfadado conmigo?
—No. En realidad, me siento aliviado. Ya me estaba preguntando cuándo
registrarías mi despacho para buscar la receta del antídoto.
—¿Aliviado? —repetí, furiosa—. ¿De que haya intentado escaparme? ¿De que
haya rebuscado en tus papeles? ¿Tan seguro estás de que no voy a conseguir nada?
—No. Lo que me alivia es que vayas siguiendo los pasos habituales de los
intentos de escapada y que no hayas inventado un plan diferente. Si sé lo que estás
haciendo, puedo anticipar tu siguiente movimiento. Si no es así, podría ser que se me
escapara algo. Naturalmente, el hecho de aprender a forzar cerraduras conduce a
esto. No obstante, dado que la fórmula del antídoto no está escrita y sólo la conozco
yo, estoy seguro de que no la encontrarás.
Llena de furia, apreté con fuerza los puños para no estrangular al señor
sabelotodo.
—Muy bien. No tengo posibilidad de escapar. ¿Qué te parece esto? Le has dado
a Tentil una nueva vida. ¿Por qué no a mí?
—¿Cómo sabes que no lo he hecho ya? —replicó Valek, poniéndose de pie—.
¿Por qué crees que estuviste un año en las mazmorras? ¿Fue sólo la suerte la que
provocó que tú fueras la siguiente cuando Oscove murió? Tal vez simplemente
estaba actuando en nuestra primera reunión, cuando pareció que me sorprendía
tanto de que fueras una mujer.
Aquello me resultaba insoportable.
—¿Qué es lo que quieres, Valek? —pregunté—. ¿Quieres que deje de intentarlo?
¿Qué me contente con una vida envenenada?
—¿De verdad lo quieres saber?
—Sí...
—Te quiero... no como sirvienta, sino como colaboradora leal. Eres inteligente,
rápida y te estás convirtiendo en una luchadora decente. Quiero verte tan dedicada
como yo a la hora de preservar la vida del Comandante. Sí, es un trabajo peligroso,
pero, por otro lado, un salto mal calculado sobre el cable podría hacerte romper el
cuello. Eso es lo que quiero. ¿Serás capaz de dármelo? —dijo, mirándome
atentamente a los ojos—. Además, ¿a dónde irías? Tu lugar es éste.
Sentí la tentación de ceder. Sin embargo, sabía que si no moría víctima del
veneno o asesinada por Brazell, la magia salvaje que había en mi sangre terminaría
por explotar y me llevaría con ella. La única marca física que dejaría en el mundo
sería una pequeña arruga en la fuente de poder. Además, sin el antídoto, estaba
perdida de todos modos.
—No lo sé. Hay demasiado...
—¿Que no me has dicho?
Asentí, incapaz de hablar. Hablarle sobre mis habilidades mágicas sólo serviría
para que me mataran antes.
—Resulta difícil confiar y mucho más saber en quién hacerlo —dijo.
—Y mi experiencia ha sido horrenda. Es una de mis debilidades.
—No, uno de tus puntos fuertes. Mira a Ari y a Janco. Se convirtieron en tus
protectores mucho antes de que yo los asignara para que lo fueran, todo porque tú
los defendiste delante del Comandante cuando no lo hizo ni su propio capitán.
Piensa en lo que tienes ahora antes de que me des una respuesta. Te has ganado el
respeto del Comandante y de Maren y la lealtad de Ari y Janco.
—¿Y qué me he ganado de ti, Valek? ¿Lealtad? ¿Respeto? ¿Confianza?
—Tienes mi atención, pero, si me das lo que quiero, podrás tenerlo todo.
A la mañana siguiente, los generales se prepararon para marcharse. Los
soldados tardaron cuatro horas en reunirse. Cuatro horas de ruido y confusión.
Cuando por fin todos hubieron pasado por las puertas exteriores de la muralla,
pareció que el castillo exhalaba un suspiro de alivio. Entonces, el Comandante
informó de que la delegación de Sitia llegaría al día siguiente. Sus palabras
provocaron un enorme revuelo. El silencio inicial se vio seguido por una frenética
actividad mientras los sirvientes se disponían a llevar a cabo sus obligaciones.
Aunque me alegraba de que Mogkan y Brazell se hubieran marchado, me sentía
sin fuerzas. Aún no le había dado a Valek su respuesta. Para seguir con vida, tenía
que marcharme al sur, pero, sin el antídoto, no sobreviviría. El temor llenó mi
corazón al comprender la realidad de mi inevitable destino.
Al día siguiente, se requirió mi presencia en la ceremonia de bienvenida que se
organizó para la llegada de la delegación de Sitia. Yo sentía una cierta aprensión ante
la presencia de los sureños. Me parecía como si alguien me estuviera diciendo que
mirara lo que no podía tener.
Desde que la sala del trono se había convertido en un enorme despacho, el
único lugar del castillo que podía albergar aquella clase de acontecimientos era la
sala de guerra del Comandante. Una vez más, Valek tuvo que ponerse su uniforme
de gala y colocarse al lado derecho del Comandante mientras yo esperaba tras ellos.
Por fin, cuando se anunció la llegada de la delegación, me asomé un poco para
ver mejor.
Los de Sitia entraron en la sala como si estuvieran flotando. Sus exóticos y
coloristas vestidos eran largos y les cubrían por completo los pies. Además,
completaban su atuendo con máscaras animales adornadas con brillantes plumas y
pieles. Se detuvieron delante del Comandante y se abrieron hasta formar una uve.
Su líder, que llevaba la máscara de un halcón, habló con voz muy formal.
—Le traemos los saludos de sus vecinos del sur. Esperamos que esta reunión
acerque más a nuestros dos países. Para mostrar nuestro compromiso con este
empeño, hemos venido preparados para mostrarnos ante usted.
Entonces, los cinco se quitaron las máscaras con un estudiado movimiento.
Parpadeé varias veces de asombro, esperando que todo cambiara durante
aquellos segundos de oscuridad. Desgraciadamente, mi mundo había pasado de mal
a peor. Valek me miró con rostro resignado, como si él tampoco pudiera creer el giro
que habían dado los acontecimientos.
La persona que se ocultaba bajo la máscara del halcón era Irys. Su líder era una
maga maestra que estaba a una corta distancia del Comandante Ambrose.

Capitulo 24


Valek se tensó al notar el contacto. ¿Acaso estaba esperando que yo fuera a
estrangularle? A medida que mis manos empezaron a masajearle los músculos, fue
relajándose.
—¿Qué harías si, de repente, el mundo fuera perfecto y no tuvieras a nadie a
quien espiar? —le pregunté.
—Me aburriría —admitió.
—Venga, en serio. Tendrías que cambiar de profesión.
—No sé... ¿Instructor de armas?
—No. Es un mundo perfecto. No se permiten las armas —dije, bajando las
manos por la espalda—. ¿Qué te parece un erudito? Has leído todos estos libros, ¿no?
¿O acaso los tienes aquí para que les cueste trabajo a los intrusos colarse?
—Los libros me sirven de muchos modos diferentes, pero dudo que tu sociedad
perfecta necesitara un experto en asesinatos.
—No —susurré, deteniéndome un instante—. Por supuesto que no.
—¿Qué te parece escultor? Podría tallar estatuas extravagantes. Podríamos
redecorar el castillo y animarlo un poco. ¿Y tú? ¿Qué harías tú?
—Sería acróbata —contesté, mientras le masajeaba la zona lumbar.
—¡Acróbata! Bueno, eso explica muchas cosas.
Excitada por el contacto con el esculpido cuerpo de Valek, le deslicé las manos
hacia el estómago. Al diablo con Reyad. El brandy me había relajado más allá del
miedo. Empecé a desabrochar los pantalones de Valek.
Él me agarró con fuerza las muñecas y me detuvo las manos.
—Yelena, estás bebida —dijo con voz ronca.
Me soltó las manos y se puso de pie. Yo permanecí sentada, observando con
sorpresa que él se inclinaba sobre mí y me tomaba en brazos. Sin decir una palabra,
me llevó a mi habitación y me tumbó en la cama.
—Duerme un poco, Yelena —musitó, antes de salir de la habitación.
Mientras observaba la oscuridad, el mundo daba vueltas a mí alrededor.
Coloqué una mano sobre la pared que había junto a mi cama para tranquilizar mis
pensamientos. Ya lo sabía. Valek no tenía más interés en mí que en mi trabajo como
catadora de comidas. Me había dejado atrapar por los cotilleos de Dilana y los celos
de Maren. El dolor del rechazo que sentía en el alma era culpa mía.
¿Por qué no había aprendido ya? En mi experiencia, las personas se convertían
en monstruos. Brazell, Rand, la presencia constante de Reyad... ¿Y Valek? ¿Se
transformaría en uno o acaso lo había hecho ya? Como Star había dicho, yo no
debería estar pensando en él en absoluto, al menos no como compañero ni para
llenar el vacío de muerte que me ocupaba el corazón.
Como si eso fuera posible. Me eché a reír. «Mírate, Yelena. Eres una catadora de
comida que conversa con fantasmas». Tenía que sentirme agradecida por respirar,
por seguir viva. No debería anhelar más que la libertad en Sitia. Entonces podría
llenar el vacío. Decidí olvidarme de todo pensamiento sentimental y concentrarme en
seguir viva.
El hecho de escapar a Sitia rompería los vínculos con Valek. Cuando hubiera
obtenido el antídoto del Polvo de Mariposa, podría poner mis planes en movimiento.
Decidida, repasé mentalmente lo que había aprendido para forzar cerraduras y, por
fin, me quedé dormida.
Me desperté una hora antes del alba con un terrible dolor de cabeza. Tenía la
boca seca. Con mucho cuidado, me levanté de la cama y me cubrí los hombros con
una manta. Entonces, fui a buscar algo de beber. A Valek le gustaba el agua fría y
siempre tenía una jarra en el balcón.
El frío aire de la noche me despejó. Los muros del castillo relucían por efecto del
fantasmal reflejo de la luna llena. Vi la jarra de metal. Tenía una fina capa de hielo
sobre la parte superior. La rompí con el dedo y me eché el agua directamente a la
boca.
Cuando incliné la cabeza para tomar un segundo trago, noté un objeto con
forma de araña negra que se aferraba a la pared del castillo, por encima de mi cabeza.
Con creciente alarma, me di cuenta de que la forma descendía hacia mí. No era una
araña, sino una persona.
Busqué un lugar en el que esconderme, pero decidí que el intruso seguramente
ya me había visto. Me pareció que sería mejor encerrarme en la suite y buscar a
Valek. Sin embargo, antes de que pudiera volver a entrar en el salón, dudé. En el
interior, las ropas negras del intruso resultarían difíciles de detectar. Desde que Janco
me había enseñado a forzar cerraduras, una puerta cerrada ya no me daba sensación
de seguridad. Tras maldecirme por haber dejado mi navaja en la habitación, me
dirigí al lado más alejado del balcón con la jarra en la mano.
El intruso salvó la distancia que le quedaba saltando al balcón. Algo en sus
movimientos me resultó familiar.
—¿Valek?
Valek sonrió y se quitó un par de gafas oscuras. El resto de su rostro estaba
escondido tras una capucha que le cubría por completo la cabeza y que formaba
parte de una ceñida malla corporal.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—Reconocimiento. Los generales suelen quedarse levantados hasta tarde
después de que el Comandante abandona la reunión del brandy. Por eso tuve que
esperar hasta que todo el mundo se hubo marchado a la cama.
Valek entró en la suite y se quitó la capucha. Tras encender la lámpara que
había sobre la mesa, se sacó un papel de un bolsillo.
—No me gustan los misterios. Habría dejado que la identidad del sucesor del
Comandante permaneciera en secreto, tal y como lo he hecho durante quince años,
pero la oportunidad de esta noche resultaba demasiado tentadora. Con ocho
generales borrachos durmiendo la mona, me podría haber puesto a bailar sobre sus
camas sin que se enteraran. Ni siquiera uno de ellos tiene imaginación. Vi que todos
se metían el sobre que les dio el Comandante en su maletín —añadió. Entonces, me
indicó que me acercara al escritorio—. Ven, ayúdame a descifrar esto.
Me entregó un duro trozo de papel, sobre el que había garrapateados una serie
de palabras y números. Había copiado los ocho trozos del mensaje cifrado del
Comandante entrando en cada uno de los dormitorios de los generales. Me pregunté
por qué confiaba en mí, pero, como sentía demasiada curiosidad, acerqué una silla
para ayudarle.
—¿Cómo rompiste el sello de cera? —pregunté.
—Un viejo truco. Lo único que se necesita es un cuchillo afilado y una pequeña
llama. Ahora, léeme el primer grupo de letras.
Lo escribió y luego ordenó las letras hasta que hubo creado la palabra «asedio».
Entonces, abrió un libro y pasó las páginas, que estaban llenas de símbolos como los
que había en mi navaja. La página en la que se detuvo estaba decorada con un
enorme símbolo azul que parecía una estrella en medio de tres círculos.
—¿Qué es eso?
—El viejo símbolo de la batalla para la palabra «asedio». El rey muerto utilizaba
estos símbolos para comunicarse con sus capitanes durante tiempos de guerra. Los
creó hace cientos de años un gran estratega. Léeme el siguiente texto. Deberían ser
números.
Le dije los números. Él empezó a contar las líneas del texto.
Mientras lo hacía, se me ocurrió que podría utilizar aquel libro para descifrar el
mensaje de mi navaja. Nada de tarde o temprano. Janco se sorprendería.
Cuando Valek alcanzó un número, escribió una letra en una página en blanco.
Cuando terminó de descifrar el mensaje, se quedó completamente inmóvil y contuvo
el aliento.
—¿Quién es? —pregunté, incapaz de esperar un momento más.
Lo miré. Estaba cansado y parecía algo resacoso.
—Te daré una pista. ¿Quién se mostró más contento por el cambio? ¿Qué
nombre no hace más que salir en las situaciones más extrañas?
El terror me abrazó como si fuera una capa. Si algo le ocurría al Comandante,
Brazell estaría al mando. Probablemente, yo sería una de sus prioridades.
Seguramente, no viviría lo suficiente para ser testigo de los cambios que él efectuaría
en Ixia.
Valek comprendió inmediatamente el gesto de mi rostro.
—Así es. Brazell.
Durante dos días, el Comandante fue reuniéndose uno a uno con cada uno de
los generales. Mis breves y periódicas interrupciones para probar la comida del
Comandante provocaban incómodos momentos de silencio. La tensión era palpable
en el castillo, como lo eran las constantes peleas de los soldados de los generales.
Al tercer día, cuando llegué para probar el desayuno del Comandante, lo
encontré sumido en una profunda conversación con Brazell y el consejero Mogkan.
Los ojos del Comandante estaban vidriosos y su voz era monótona.
—¡Fuera de aquí! —rugió Brazell.
Mogkan me obligó a salir a la sala del trono.
—Espera aquí hasta que te llamemos —me ordenó.
Dudé un instante, sin saber si debía obedecer aquella petición tan inusual. Si me
lo hubiera ordenado Valek o el Comandante, no habría dudado, pero me molestaba
obedecer a Mogkan. Mis preocupaciones se acrecentaron dado que había empezado a
imaginarme que Brazell tenía la intención de asesinar al Comandante. Estaba a punto
de ir a buscar a Valek cuando él mismo entró en la sala del trono y, con una
expresión dura en el rostro, se dirigió al despacho del Comandante.
—¿Qué estás haciendo aquí? —me preguntó—, ¿Aun no has probado el
desayuno del Comandante? —Se me ha ordenado esperar. Está con Brazell y
Mogkan.
El miedo se reflejó en el rostro de Valek. Entró en el despacho y yo lo seguí.
Mogkan estaba de pie detrás del Comandante, apretándole las sienes con los dedos.
Cuando Valek apareció, Mogkan dio un paso atrás.
—Ya verá, señor, que éste es un modo excelente de aliviar los dolores de cabeza
—dijo suavemente.
El rostro del Comandante recuperó de nuevo la animación.
—Gracias, Mogkan —respondió. Entonces, miró con frialdad a Valek—. ¿Qué
es tan importante?
—Tengo noticias preocupantes, señor —contestó Valek, lanzando dardos con la
mirada a Brazell y a Mogkan—. Me gustaría discutirlas con usted en privado.
El Comandante programó la reunión para más tarde y el general y el consejero
se marcharon.
—Yelena, prueba el desayuno del Comandante ahora mismo. —Enseguida.
Valek observó cómo yo probaba el desayuno con una intensa expresión en el
rostro que me puso muy nerviosa. ¿Acaso creía que la comida estaba envenenada?
Probé el té y la tortilla, pero no detecté nada extraño. Coloqué la bandeja sobre el
escritorio del Comandante.
—Yelena, si tengo que volver a tomar la comida fría, haré que te azoten, ¿me
comprendes? —me espetó. La voz del Comandante carecía de pasión, pero la
amenaza era genuina.
—Sí, señor —dije, sabiendo que no serviría de nada explicarme.
—Puedes marcharte.
Salí corriendo del despacho, casi sin fijarme en la increíble actividad de la sala
del trono. De repente, noté que una voz me susurraba algo en la cabeza. «Tienes
hambre». Efectivamente, de repente me sentí muy hambrienta, por lo que me dirigí
rápidamente a la cocina.
Cuando di la vuelta a una esquina, me encontré con el consejero Mogkan.
Entrelazó su brazo con el mío y me guió a una parte aislada del castillo. Ir con él
parecía algo natural, pero yo quería marcharme. Quería tener miedo, terror, pero no
podía experimentar emoción alguna. Mi hambre se había disipado. Me sentí
satisfecha.
Mogkan me llevó a un pasillo desierto. Comprendí que era un callejón sin
salida, pero me resultó imposible reaccionar de modo alguno. Los ojos grises de
Mogkan me miraron durante un instante antes de que me soltara el brazo. Con los
dedos trazó la línea de rombos negros que tenía por la manga del uniforme.
—Mi Yelena —dijo, posesivamente.
El miedo se apoderó de mí en el momento en el que se rompió el contacto físico.
A pesar de todo, no podía moverme. Los músculos de mi cuerpo no respondían a las
frenéticas órdenes que yo les enviaba para poder salir huyendo.
¡Un mago! Mogkan tenía poderes. Los había utilizado durante la reunión del
brandy, lo que había alertado a Valek. Sin embargo, no pude seguir pensando más en
el tema cuando Mogkan se me acercó.
—Si me hubiera imaginado que causarías tantos problemas, jamás te habría
llevado al orfanato de Brazell —dijo con una sonrisa al notar mi confusión—. ¿No te
dijo Reyad que yo te había encontrado?
—No.
—Estabas perdida en el bosque. Sólo tenías seis años. Eras una niña tan
hermosa e inteligente... Una delicia. Te rescaté de las garras de un leopardo porque
sabía que tenías potencial. Sin embargo, eras demasiado testaruda, demasiado
independiente. Cuanto más nos esforzábamos, más te resistías. Incluso ahora,
cuando estoy unido a ti, sigues resistiéndote. Puedo darle órdenes a tu cuerpo —dijo.
Entonces, levantó el brazo izquierdo y el mío se levantó, repitiendo de modo
idéntico los movimientos de él.
—Sin embargo, si tratara de controlar tu cuerpo y tu mente, tú terminarías
derrotándome —concluyó, sacudiendo la cabeza con incredulidad, como si el
concepto le sorprendiera—. Afortunadamente, lo único que se necesita es una suave
presión.
Apartó la mano y realizó un gesto con los dedos, como si estuviera dando un
pellizco. Entonces, sentí que se me cerraba la garganta. Incapaz de defenderme, caí al
suelo. Traté de gritar, pero no pude. Mi mente me lo impidió. Mogkan estaba
utilizando la magia. Tal vez pudiera bloquearlo antes de perder el conocimiento.
Traté de recitar venenos mentalmente.
—Qué fuerza —dijo Mogkan con admiración—, pero esta vez no te servirá de
nada.
Se inclinó sobre mí y me besó tiernamente en la frente, como si se tratara de un
padre.
Sentí que se extendía por mi cuerpo una profunda paz. Dejé de resistirme. La
visión se me nubló. Sentí que Mogkan me tomaba la mano y la sostenía entre las
suyas.

Por donde voy


—Ya basta. Tengo que vestirme así una vez al año y, por lo que a mí se refiere,
es demasiado. ¿Lista?
Me uní con él en la puerta. El uniforme hacía resaltar su atlético cuerpo. No
pude dejar de pensar lo magnífico que estaba con el uniforme.
—Estás muy guapo —dije sin pensar. Entonces, me sonrojé vivamente. Debía
de haberme tragado más brandy de lo que había pensado.
—¿De verdad? —replicó. De repente, pareció sentirse más cómodo y esbozó
una sonrisa.
—Sí.
Llegamos a la sala de guerra justo cuando los generales se reunían. Las largas
vidrieras refulgían con los últimos rayos del sol. Los criados recorrían nerviosamente
la sala, colocando platos de comida encima de la mesa. Todo el personal militar
estaba ataviado con el uniforme de gala. Las medallas y los botones relucían. De
vista, sólo conocía a tres generales. Deduje quiénes eran los demás por el color de sus
diamantes en el uniforme negro. Examiné cuidadosamente sus rostros, por si acaso
Valek me ponía a prueba más tarde.
Brazell me miró con desaprobación al verme. A su lado, estaba el consejero
Mogkan y temblé al ver cómo éste me miraba. Cuando Brazell y Reyad realizaban
sus experimentos conmigo, Mogkan siempre estaba cerca. Su presencia, a menudo
más presentida que vista, me había provocado violentas pesadillas. Los habituales
consejeros de Brazell no estaban. Me pregunté por qué se habría llevado a Mogkan.
El Comandante se sentó a la cabecera de la mesa. Su uniforme era sencillo y
elegante, con diamantes de verdad en el cuello. Los generales, flanqueados por sus
consejeros, tomaron asiento también. El lugar de Valek estaba a la derecha del
Comandante y mi taburete estaba detrás de ellos, contra la pared. Sabía que la
reunión duraría toda la noche y me alegraba poder descansar la espalda contra las
piedras. Otra ventaja de mi posición es que no estaba en línea directa con Brazell. Sin
embargo, aunque podía evitar ver sus miradas envenenadas, no podía esconderme
de las de Mogkan.
El Comandante golpeó la mesa. Se hizo el silencio.
—Antes de que abordemos los temas estipulados —dijo, señalando la agenda
de la que todos disponían—, tengo que realizar un anuncio de importancia. He
designado a un nuevo sucesor.
Un murmullo se extendió por toda la sala. Entonces, el Comandante se levantó
y les entregó un sobre sellado a cada general. En su interior, estaban las ocho piezas
del rompecabezas codificado que revelaba el nombre del nuevo sucesor, cuando se
pudiera descifrar con la clave de Valek.
La tensión se palpaba en la sala. Sobre los rostros de los generales, se adivinaba
un maremágnum de sentimientos: sorpresa, ira, preocupación... Sin embargo, la
tensión fue aplacándose lentamente y pasó cuando el Comandante empezó la
reunión. El primer punto de la reunión tenía que ver con el DM-1, seguido de cada
distrito en orden. Mientras saboreaban la botella de brandy del general Kitvivan, los
presentes hablaron de tigres de nieve y derechos mineros.
—Vamos, Kit. Ya basta de hablar de felinos. Dales de comer como hacemos
nosotros y no te molestarán —dijo el general Chenzo, del DM-2.
—¿Darles de comer para que se pongan fuertes y empiecen a procrear como
conejos? Nos arruinaríamos dándoles carne —replicó Kitvivan.
Mi interés en la reunión iba y venía, dependiendo del tema que se hablara.
Después de un rato, empecé a sentirme bajo los efectos del brandy, dado que el
protocolo dictaba que, en aquel caso, debía tragarlo.
Los generales votaron sobre varios tópicos, pero el Comandante siempre tenía
el voto final. Principalmente, se inclinaba a favor de la mayoría. Nadie se atrevía a
protestar cuando no era así.
El Comandante Ambrose había vivido en el DM-3, luchando por vivir con su
familia en las faldas de las montañas del Alma. Entre las montañas y el glaciar, su
hogar estaba sobre una enorme mina de diamantes. Cuando se encontró el rico filón,
el Rey reclamó todos los diamantes y «permitió» que la familia del Comandante
viviera allí y trabajara en las minas. Él perdió a muchos miembros de su familia en
las minas.
Como joven que sufrió las injusticias de la monarquía, Ambrose se instruyó a sí
mismo y empezó a predicar sobre la reforma. Su inteligencia y persuasión le
reportaron muchos seguidores.
Volví a centrarme en la reunión cuando los generales empezaron a abordar los
temas del DM-5. El general Brazell provocó un revuelo considerable. En vez de
repartir su mejor brandy, sacó una bandeja que contenía lo que parecían pequeñas
piedras marrones. Valek me entregó una. Era un trozo redondo del Criollo.
Antes de que las protestas sobre el hecho de ignorar la tradición se hicieran
incontenibles, Brazell se levantó e invitó a todo el mundo a dar un bocado. Después
de un breve momento de silencio, las exclamaciones de gozo llenaron la sala de
guerra. El Criollo estaba relleno de brandy de fresas. Le di al Comandante la señal
que indicaba que podía tomarlo para que yo pudiera saborear el resto de mi bocado.
La combinación del delicioso sabor del Criollo con el brandy era algo divino. Rand se
sentiría muy disgustado de que no se le hubiera ocurrido a él. Entonces, me lamenté
por haberme apenado de Rand, al recordar que me había engañado.
Después de que los elogios se acallaran, Brazell anunció que ya había terminado
de construir su nueva fábrica. Entonces, siguió hablando de asuntos mucho más
mundanos, como por ejemplo de cuánta lana se había esquilado o la cosecha que se
esperaba obtener de las plantaciones.
El DM-5 producía y teñía todo el hilo de Ixia. A continuación, lo enviaba al DM-
3 para que lo tejieran. El general Franis, que estaba a cargo del DM-3 sacudió la
cabeza con preocupación mientras anotaba las cifras de Brazell. Era el más joven de
los generales.
Yo empecé a dormitar sobre mi taburete y tuve extraños sueños sobre brandy y
patrullas fronterizas. Entonces, las imágenes se hicieron nítidas y brillantes al tiempo
que la imagen de una joven vestida con pieles blancas me asaltaba el pensamiento.
Levantaba una lanza en el aire a modo de celebración. A sus pies, yacía un tigre
de nieve. Entonces, sacó un cuchillo. Tras hacer un corte en la piel del animal, utilizó
una copa para recoger la sangre que se derramaba de la herida.
Mientras bebía, unos riachuelos de color rojizo se le derramaban por la barbilla.
Escuché claramente sus palabras.
—¡Nadie ha conseguido nunca esta hazaña! Nadie más que yo.
Su alegría me llenó el corazón.
—Eso demuestra que soy una cazadora fuerte y astuta. Que me quitaron mi
hombría. Que soy un hombre. Los hombres no gobernarán nunca más. Conviértete
en un tigre de nieve viviendo con tigres de nieve y en un hombre viviendo con
hombres.
La cazadora giró el rostro. Al principio, pensé que era la hermana del
Comandante, dado que ambos compartían los mismos delicados rasgos e idéntico
cabello negro. Transmitía seguridad en sí misma y poder. Cuando me miró, sus ojos
almendrados me atravesaron como una lanza. Cuando me di cuenta de que era el
Comandante, me desperté sobresaltada. El corazón me latía a toda velocidad y la
cabeza me dolía mucho. Entonces, me di cuenta de que Mogkan me estaba mirando
muy intensamente. Entonces, el consejero sonrió de satisfacción.
Las razones que tenía el Comandante para odiar a los magos me resultaron
claras como el agua. Él era una mujer, pero con la profunda convicción de que tenía
que haber nacido hombre. Aquel cruel destino lo había hecho cargar con una
mutación que tenía que superar y el Comandante temía que un mago pudiera
arrancarle su secreto. «Tonterías», pensé, mientras trataba de olvidarme de todo. Sólo
porque hubiera soñado con una mujer no significaba que el Comandante lo fuera.
Era una tontería. ¿O no?
Me froté los ojos y miré a mi alrededor para comprobar si alguien más se había
dado cuenta de que me había quedado dormida. El Comandante tenía la mirada
perdida en la distancia y Valek estaba sentado muy erguido y alerta, examinando la
sala como si estuviera buscando algo o a alguien. El general Tesso tenía la palabra.
Valek miró al Comandante y le golpeó en el brazo, alarmado.
—¿Qué le pasa? —le preguntó con urgencia—. ¿Dónde estabas?
—Simplemente recordaba un pasado muy lejano —dijo el Comandante con voz
pensativa—. Resulta más agradable que escuchar los aburridos y detallados informes
del general Tesso sobre la cosecha de trigo del DM-4.
Estudié los rasgos del Comandante, tratando de compararlos con los de la
mujer de mi sueño. Encajaban perfectamente, pero eso no significaba nada. Los
sueños tergiversaban la realidad y resultaba fácil imaginarse al Comandante
matando un tigre de nieve.
El resto de la reunión prosiguió sin incidentes. Yo dormitaba en mi taburete de
vez en cuando, ya sin que me molestaran sueños desagradables. Cuando el
Comandante tomó la palabra, me desperté inmediatamente.
—El último punto, caballeros —anunció—. Una delegación de Sitia ha pedido
una reunión.
Las voces resonaron por toda la sala. Los generales empezaron a discutir,
retomando el debate y sus argumentos donde lo habían dejado. Hablaron de
antiguos tratados de comercio y discutieron sobre un eventual ataque a Sitia. En vez
de comerciar, ¿por qué no arrebatárselos? Querían expandir sus distritos y contar con
más hombres y recursos. Así, terminarían también con la preocupación de que fuera
Sitia la que terminara atacando a Ixia.
El Comandante permaneció en silencio durante la discusión. Los generales
declararon su opinión sobre la visita de la delegación de Sitia. Los cuatro generales
del norte, (Kitvivan, Chenzo, Franis y Diño) no querían que ésta se produjera. Por el
contrario, los cuatro del sur (Tesso, Rasmussen, Hazal y Brazell) estaban a favor.
El Comandante sacudió la cabeza.
—Sé la opinión que tenéis sobre Sitia, pero los sureños prefieren comerciar con
nosotros a atacarnos. Nosotros tenemos más hombres y metal, un hecho del que ellos
son muy conscientes. Atacar Sitia significaría perder muchas vidas humanas y gastar
grandes cantidades de dinero. ¿Para qué? Sus artículos de lujo no valen tanto. Yo
estoy contento con Ixia. Hemos curado a esta tierra de la enfermedad del Rey. Tal vez
mi sucesor quiera más. Tendréis que esperar hasta entonces.
Un murmullo se extendió entre los generales. Brazell asintió para mostrar su
acuerdo.
—Yo ya he accedido a recibir a la delegación de Sitia —prosiguió el general—.
Van a llegar dentro de cuatro días. Tenéis hasta entonces para expresarme vuestras
preocupaciones específicas antes de marcharos. Se termina la reunión.
Entonces, el Comandante se puso de pie seguido de sus guardaespaldas y de
Valek y se dispuso a marcharse. Valek me indicó que me uniera a ellos. Yo me puse
de pie, pero el efecto del brandy que había tomado se apoderó por completo de mí. A
duras penas, pude seguir a los demás fuera de la sala. Una explosión de voces estalló
a nuestras espaldas cuando la puerta se cerró.
—Eso debería animar un poco las cosas —comentó el Comandante con una
débil sonrisa.
—Yo no le aconsejaría que se tomara sus vacaciones en el DM-8 este año —dijo
Valek, lleno de sarcasmo—. El modo en el que reaccionó Dinno cuando usted
anunció la visita de la delegación del sur me hace pesar que adornaría su casa de la
playa con arañas de arena —añadió, temblando—. Un modo terrible de morir.
Yo sentí un escalofrío al pensar en las letales arañas, que eran del tamaño de
perros pequeños. Nuestra procesión prosiguió en silencio durante un rato mientras
nos dirigíamos a la suite del Comandante. Yo andaba con paso algo inestable. Me
parecía que las paredes de piedra se movían y que yo era la que estaba inmóvil.
Frente a la suite del Comandante, Valek dijo: —Yo también tendría cuidado con
Rasmussen. No se ha tomado muy bien las noticias del cambio de sucesor.
El Comandante abrió la puerta. Yo conseguí echar un vistazo en el interior de
su suite. El mismo estilo espartano que decoraba su despacho y el resto del castillo.
¿Qué había esperado? ¿Tal vez una nota de color o algo más femenino? Sacudí la
cabeza para desprenderme de unos pensamientos tan absurdos.
—Tendré cuidado con todo el mundo, Valek. Ya lo sabes —dijo antes de cerrar
la puerta.
Al entrar en nuestra suite, Valek se quitó la chaqueta del uniforme y la arrojó
sobre el sofá. Me indicó una silla y me dijo:
—Siéntate. Tenemos que hablar.
Yo obedecí y observé cómo Valek recorría la habitación con su camiseta sin
mangas y unos favorecedores pantalones. Me imaginé que mis manos le ayudaban a
deshacerse de la tensión que se acumulaba en aquellos fuertes músculos y casi estuve
a punto de soltar la carcajada. El brandy me fluía con fuerza por la sangre y me hacía
perder el control.
—Esta noche han salido mal dos cosas —dijo.
—Venga ya. Sólo dormité durante un minuto —protesté.
—No, no. Tú te portaste bien —comentó, mirándome con sorpresa—. Me refería
a la reunión. A los generales. En primer lugar, Brazell pareció extremadamente
contento por lo del cambio de sucesor y por lo de la delegación de Sitia. Él siempre
ha querido un tratado de comercio, pero habitualmente se muestra más cauteloso. En
segundo lugar, había un mago en la sala.
—¿Cómo? —pregunté, atónita. ¿Acaso me había descubierto?
—Magia. Sutil, pero muy profesional. Sólo la sentí en una ocasión, pero no
pude averiguar de dónde venía. Sin embargo, el mago tenía que estar en la sala o no
lo habría sentido.
—¿Cuándo fue?
—Durante la aburrida disertación de Tesso sobre el trigo —comentó Valek, algo
más relajado, como si el hecho de hablar del tema le ayudara—. Al mismo tiempo
que tus ronquidos podían escucharse por toda la sala.
—Ja —repliqué—. Tú estabas tan tieso en la reunión que pensé que tenías rigor
mortis.
Valek se echó a reír.
—Dudo que tú hubieras tenido mejor aspecto si hubieras tenido que estar
sentada con un incómodo uniforme toda la noche. Creo que Dilana me puso más
almidón que de costumbre. Por cierto —añadió, en tono más serio—, ¿conoces al
consejero Mogkan? Te estuvo mirando casi toda la noche.
—Sí. Era el consejero principal de Reyad. También cazaban juntos.
—¿Cómo es?
—La misma clase de alimaña que Reyad y Nix —contesté, sin poder
contenerme. Cuando me tapé la boca con las manos, era ya demasiado tarde.
Valek me observó durante un instante.
—En la reunión había varios consejeros nuevos. Supongo que tendré que
investigarlos uno a uno. Me parece que tenemos un espía del sur con habilidades
mágicas. Nunca se acaba... —susurró, al tiempo que se dejaba caer sobre el sofá,
presa de un profundo agotamiento.
—Si se terminara, te quedarías sin trabajo.
Casi sin darme cuenta, me coloqué detrás de él y empecé a darle un masaje en
los hombros. El alcohol se había hecho dueño de mis movimientos y la pequeña
sección de mi cerebro que aún se mantenía sobria no podía hacer nada más que gritar
amonestaciones inútiles.