miércoles, 7 de agosto de 2013

Capítulo 30

Mientras las puntas de las espadas me pinchaban en la espalda, observé a
Valek. Esperaba que él se pusiera en acción durante el miserable viaje hacia las celdas
de Brazell. Esperé que se pusiera en movimiento mientras nos desnudaban y nos
registraban, teniendo que soportar la humillación del contacto con aquellas hoscas
manos mientras me confiscaban mi mochila, mi navaja y mi collar. Perder mi ropa no
me dolió tanto como perder la mariposa de Valek y mi amuleto. A continuación, nos
llevaron a la prisión y nos colocaron en celdas contiguas.
Contuve el aliento al escuchar el sonido de la cerradura. Los soldados nos
tiraron la ropa a través de los barrotes antes de marcharse, dejándonos sumidos en la
oscuridad. Yo me vestí rápidamente.
Allí estaba de nuevo. Una pesadilla hecha realidad. Aquel olor rancio me
saludó de nuevo. El aire estaba tan viciado que tardé un rato en darme cuenta de que
éramos los únicos ocupantes.
—¿Valek?
—¿Qué?
—¿Por qué no te enfrentaste a los guardias? Yo te habría ayudado.
—Me halaga que confíes tanto en mí, pero ocho hombres armados y sus
correspondientes espadas apuntándome al pecho es demasiado. Cuatro, tal vez, pero
ocho...
—¿Forzamos las cerraduras para escaparnos?
—Eso estaría fenomenal, si tuviéramos algo con lo que hacerlo... ¿Era ése tu
destino? —preguntó, tras una pequeña pausa—. Si no hubieras matado a Reyad,
¿habrías terminado encadenada al suelo?
La imagen de aquellos cautivos volvió a atormentarme. Por primera vez me
alegré de haber acabado con Reyad. Efectivamente, Mogkan absorbía el poder de
aquellas personas. Brazell, Reyad y Mogkan debían de buscar personas con potencial
mágico. Entonces, mientras experimentaban con los elegidos, Mogkan les borraba la
mente y los convertía en cascaras de las que podía extraer su poder.
—Creo que Brazell y Reyad querían reducirme a ese estado mental, pero yo
resistí —dije. Entonces, le expliqué mi teoría sobre los cautivos a Valek.
—Cuéntame lo que te pasó.
Tras una pausa, la historia empezó a fluir de mis labios, al principio en retazos,
pero luego en toda su extensión. Las lágrimas me caían abundantemente por el
rostro. No me ahorré ningún detalle ni traté de quitarle horror a las partes más
desagradables. Le conté a Valek todo lo vivido durante aquellos dos años de horror,
las humillaciones, los tormentos, los juegos crueles y, por último, la violación que
precedió al asesinato. Así, me purgué de la sangre de Reyad que cubría mi alma. Me
sentí bien por ello.
Valek permaneció en silencio. Por fin, su voz cristalizó y dijo:
—Brazell y Mogkan serán destruidos.
Yo no sabía si se trataba de una promesa o de una amenaza. Entonces, como si
hubieran escuchado sus nombres, Brazell y Mogkan se presentaron en las
mazmorras. Los escoltaban cuatro guardias con lámparas encendidas.
—Me alegro de volver a verte en donde debes estar —me dijo Brazell—. He
sentido la tentación de mojarme las manos con tu sangre, pero Mogkan me ha
informado del destino que te espera si no recibes tu antídoto —añadió, sonriendo de
satisfacción—. Ver cómo la asesina de mi hijo se retuerce de dolor será mucho mejor.
Te vendré a visitar más tarde para escuchar tus gritos. Si me lo suplicas, tal vez te
ayude a morir, aunque sólo sea para poder respirar el aroma cálido de tu sangre. En
cuanto a ti, Valek, desobedecer una orden directa se castiga con la pena capital. El
Comandante Ambrose ha firmado tu pena de muerte. Tu ejecución se llevará a cabo
mañana a mediodía. Creo que haré que me disequen tu cabeza. Te convertirás en un
bonito elemento de decoración para mi despacho cuando me convierta en
Comandante.
Entre risas, los dos se marcharon. La oscuridad en la que quedamos sumidos
resultó más pesada que antes. Las emociones que sentía pasaban del terror al
desprecio más absoluto. Di una patada a los barrotes de la celda y empecé a golpear
las paredes.
—Yelena, tranquilízate. Duerme un poco. Necesitarás las fuerzas más tarde.
—Sí, claro. Todo el mundo debería estar descansado para morir —repliqué.
Entonces, lamenté mi dureza al recordar que Valek también se enfrentaba a la muerte
—. Lo intentaré.
Me tumbé en la sucia paja, sabiendo que no podría descansar. ¿Cómo podía
alguien dormir en sus últimas horas de vida?
Aparentemente, yo.
Me desperté con un grito. La pesadilla de ratas se había transformado en
realidad. Tenía una enorme sobre la pierna. Le di una patada que la mandó contra la
pared.
—¿Has dormido bien? —me preguntó Valek.
—Mejor en otras ocasiones. Mi compañero de sueños roncaba —bromeé—.
¿Cuánto tiempo he estado dormida?
—Resulta difícil saberlo sin el sol, pero yo diría que está a punto de ponerse el
sol.
Yo había recibido mi última dosis de antídoto el día anterior por la mañana. Eso
significaba que tenía hasta el día siguiente por la mañana, pero los síntomas
empezarían seguramente mucho antes.
—Valek, tengo una confesión...
De repente, los músculos del estómago se me contrajeron con tal severidad que
me sentí como si alguien estuviera tratando de arrancármelos.
—¿Qué te pasa?
—Un fuerte dolor de estómago. ¿Es el comienzo?
—Sí. Empiezan muy lentamente, pero muy pronto las convulsiones serán
continuas.
Al notar otro fuerte dolor, me acurruqué en el suelo. Cuando pasó, me preparé
sobre la paja del suelo, esperando el siguiente asalto.
—Valek, háblame. Necesito algo que me distraiga.
—Pues te diré una cosa que tal vez te consuele. No existe ningún veneno
llamado Polvo de Mariposa.
—¿Cómo dices?
—Vas a querer morir, a desear que ya estuvieras muerta, pero, al final, seguirás
con vida.
—¿Por qué me lo dices ahora?
—La mente controla al cuerpo. Si creyeras que vas a morir, habrías muerto sólo
por esa creencia.
—¿Y por qué has esperado hasta ahora para decírmelo? —le espeté, llena de
furia.
—Una decisión táctica.
Traté de comprender a Valek. Decidí que, tal vez, durante el día se nos habría
presentado la oportunidad de escapar. En ese caso, Valek no habría tenido que
contarme la verdad.
—¿Y los retortijones que siento?
—Es síndrome de abstinencia.
—¿De qué?
—De tu supuesto antídoto. Es un brebaje muy interesante. Yo lo utilizo para
provocar los vómitos. A medida que pasa el tiempo, produce fuertes dolores de
estómago que duran un día entero. Si se bebe con continuidad, los síntomas no se
manifiestan hasta que se deja de tomar.
—¿Cómo se llama? —pregunté, recordando los libros que había estudiado.
—Susto Blanco.
—¿Y el Polvo de Mariposa? —quise saber, más tranquila dado que conocía que
no iba a morir. Este hecho me ayudó a soportar los dolores más estoicamente.
—No existe. Yo lo inventé. Me sonaba muy bien. Necesitaba algo para evitar
que los catadores de comida se escaparan sin tener que utilizar guardias ni puertas
cerradas.
—¿Sabe el Comandante que es una mentira? —inquirí. Si él lo sabía, Mogkan
también estaría al corriente.
—No. Él cree que has sido envenenada.
Durante aquella noche, me resultó difícil creer que no tenía ningún veneno en el
cuerpo. Los dolores resultaban insoportables. No hacía más que recorrer la celda,
gritando y vomitando.
Por fin, el agotamiento me llevó a quedarme dormida.
Me desperté tumbada sobre el suelo de la celda.
Tenía el brazo derecho extendido a través de los barrotes. Me sorprendió más el
hecho de que estuviera de la mano de Valek que estuviera viva.
—Yelena, ¿te encuentras bien? —preguntó él, con cierta preocupación.
—Creo que sí.
De repente, la puerta de la prisión se abrió con un fuerte estruendo.
—Hazte la muerta —me susurró Valek, soltándome la mano—. Intenta que se
acerquen a mi celda —añadió, mientras dos guardias entraban en la mazmorra.
—¡Maldita sea! El olor que hay aquí es peor que el de las letrinas después de la
fiesta de la cerveza —dijo uno de los guardias.
—¿Crees que está muerta? —preguntó el segundo.
Tenía el rostro contra la pared, pero cerré los ojos de todos modos y contuve el
aliento mientras la luz de la lámpara me recorría el cuerpo.
El guardia se inclinó para tocarme la mano izquierda que, al no haber estado en
contacto con la de Valek, estaba helada.
—Fría como el orín del tigre de nieve. Saquémosla de aquí antes de que
empiece a pudrirse. Si crees que ahora huele mal...
La puerta de la celda se abrió. Yo me concentré en hacerme la muerta mientras
el guardia me sacaba por los pies. Cuando pasábamos por delante de la celda de
Valek, agarré los barrotes con las manos aprovechando la penumbra que reinaba a
nivel del suelo.
—Espera un momento. Se ha enganchado.
—¿Con qué? —preguntó el que llevaba la lámpara.
—No lo sé. Regresa aquí con esa maldita luz.
Yo me solté y enganché el brazo entre los barrotes de la celda.
—Apártate —le dijo el guardia a Valek.
Empezó a tirarme del brazo con fuerza. Entonces, soltó un gruñido. Abrí los
ojos a tiempo para ver cómo la luz de la lámpara se apagaba cuando ésta cayó contra
el suelo.
—¿Qué diablos? —exclamó el que me tenía agarrada por los pies.
Se apartó de los barrotes de Valek. Yo doblé las piernas y me acerqué a sus
botas. Al sentir que yo le agarraba los tobillos, gritó con fuerza. Entonces, tropezó y
cayó. El horrible sonido del hueso rompiéndose contra el suelo no fue lo que yo
esperaba. Me puse de pie.
Al escuchar el tintineo de las llaves, me volví y vi a Valek encendiendo la
lámpara. El otro guardia estaba apoyado contra los barrotes. Tenía la cabeza colocada
un ángulo poco natural. Yo miré al otro soldado y vi que se había roto la cabeza
contra el suelo. Al ver el enorme charco de sangre, pensé que había matado a otro
hombre. Empecé a temblar. ¿Me había convertido en una asesina sin corazón?
¿Sentía Valek remordimientos cuando segaba una vida?
Tan eficaz como siempre, Valek quitó las armas a los soldados muertos.
—Espera aquí —me ordenó. Entonces, abrió la puerta principal de las
mazmorras y salió.
Se escucharon gritos y el sonido de una pelea. No había culpabilidad ni
remordimiento alguno en el caso de Valek. Él hacía lo que tenía que hacer para
ganar.
Cuando me indicó que me reuniera con él, vi que tenía el rostro, el pecho y los
brazos manchados de sangre. Había tres guardias, o inconscientes o muertos,
tumbados sobre el suelo.
Mi mochila estaba sobre una mesa, sobre la cual estaban esparcidos todos sus
contenidos. Lo recogí todo mientras Valek abría la puerta que nos quedaba para
alcanzar la libertad. Cuando tuve la mariposa y mi amuleto colgados del cuello, me
sentí muy optimista.
—Maldita sea...
—¿Qué ocurre, Valek?
—El Capitán debe de tener la única llave de esta puerta. La abrirá cuando
llegue el momento de hacer el cambio de guardia.
—Prueba con estos —le dije, entregándole mis punzones. Él sonrió.
Rápidamente abrió la cerradura y se asomó al exterior.
—Perfecto. No hay guardias. Vamos —susurró.
Entonces, me agarró de la mano y se dio la vuelta de lo que significaba nuestra
única salida. Me condujo a la prisión, deteniéndose para dejar completamente abierta
la puerta de las celdas.
—¿Estás loco? —le pregunté, al ver que me llevaba a la última celda—. La
libertad no está por aquí.
—Confía en mí. Éste es el lugar perfecto para escondernos. Muy pronto
descubrirán lo ocurrido y enviarán partidas de búsqueda por todas partes. Cuando
todos los soldados hayan abandonado la casa, saldremos de aquí. Hasta ese
momento, nos esconderemos.
Después de apagar la lámpara, me hizo tumbarme sobre la paja. Yo me
acurruqué de costado, de espaldas a él. Entonces, Valek nos cubrió con paja y me
tomó entre sus brazos. Yo me tensé al notar el contacto, pero su calor corporal me
hizo entrar en calor y muy pronto me relajé.
La conmoción que se produjo cuando se descubrió nuestra huida fue
ensordecedora. Se escuchaban voces y gritos por todas partes. Se organizaron
partidas de búsqueda, pero Brazell y Mogkan no parecían de acuerdo sobre qué
dirección debían tomar.
—Valek probablemente se retirará a un territorio que conozca bien —afirmó
Brazell.
—Sin embargo, el sur es lo más lógico. Nosotros tenemos al Comandante. No
pueden hacer nada. Huyen para salvar la vida. Tomaré un caballo y registraré el
bosque con mi magia.
Cuando la prisión quedó en silencio por fin y estuvo vacía durante unas horas,
yo empecé a sentirme inquieta.
—¿Podemos marcharnos ya?
—Todavía no. Creo que aún es de día. Esperaremos hasta que oscurezca.
Para ayudar a que pasara el tiempo, le pregunté a Valek cómo había comenzado
su relación con el Comandante. Después de una larga pausa, durante la cual me
arrepentí de mi curiosidad, él tomó la palabra.
—Mi familia vivía en la provincia de Icefaren, antes de que esta adoptara el
nombre de DM-1. Un invierno particularmente duro, provocó que la casa que
albergaba el negocio de pieles de mi padre se desmoronara, destrozándole todas sus
herramientas. Necesitaba otras para poder seguir trabajando, pero los soldados que
vinieron a mi casa a recoger el dinero de los tributos no se atuvieron a razones. Por
aquel entonces, yo sólo era un niño, pero tenía tres hermanos mayores. Todos eran
fuertes y grandes. Cuando mi padre les dijo a los soldados que si pagaba los
impuestos no tendría dinero para dar de comer a su familia, ellos mataron a mis
hermanos. Se echaron a reír y le dijeron a mi padre que ya tenía el problema
solucionado porque tenía tres bocas menos que alimentar. Naturalmente, yo quería
vengarme, pero no de los soldados. Ellos sólo eran mensajeros. Yo quería al Rey. El
hombre que había permitido que sus soldados asesinaran a mis hermanos en su
nombre. Aprendí a pelear y estudié el arte de matar hasta que me convertí en un
hombre invencible. Empecé a viajar y utilicé mis habilidades para ganar dinero. Los
de la clase alta eran tan corruptos que me pagaban para matarse unos a otros.
Entonces, me encargaron que matara a un joven llamado Ambrose, cuyos discursos
incitaban a la rebelión y que estaban poniendo muy nerviosos a la realeza. Había
desaparecido con un ejército cada vez más numeroso y realizaba operaciones secretas
contra la monarquía. El pago que me dieron para matar a Ambrose era muy
significativo. Le tendí una emboscada, esperando que podría matarlo antes de que se
diera cuenta. Sin embargo, él me paró el golpe y me encontré luchando para salvar la
vida. Cuando perdí, en vez de matarme, Ambrose me grabó una c en el pecho con mi
propio cuchillo, por cierto, el mismo que usé para matar al Rey. Entonces, Ambrose
se declaró mi Comandante y anunció que yo trabajaba para él. Estuve de acuerdo y le
prometí que si me facilitaba el acercamiento al Rey para que yo pudiera matarlo, le
sería leal para siempre. A lo largo de todos estos años, lo he visto ir alcanzando sus
objetivos uno a uno sin excesos ni violencia. El poder y la avaricia no han logrado
corromperle. Es muy leal a los suyos y no ha habido nadie en el mundo al que
apreciara más. Hasta ahora.
Yo contuve el aliento. Había sido una pregunta muy sencilla. Jamás habría
esperado una respuesta tan íntima.
—Yelena, me has estado volviendo loco. Me has causado considerables
problemas y he pensado en quitarte la vida en dos ocasiones desde que te conozco —
confesó. El hecho de sentir su aliento contra la oreja me provocó un escalofrío por la
espalda—. Sin embargo, te me has metido muy dentro y me has robado el corazón.
—Eso parece más un veneno que una persona —dije. Su confesión me había
sorprendido y emocionado a la vez.
—Eso es. Me has envenenado —susurró, dándome la vuelta para ponerme cara
a cara con él. Antes de que yo pudiera decir nada más, me besó.
Un deseo reprimido durante mucho tiempo cobró vida. Lo abracé con fuerza y
le devolví el beso con idéntica pasión. Mi respuesta fue una deliciosa sorpresa. Había
temido que, después de los abusos de Reyad, el cuerpo sintiera pánico y repulsión
ante la cercanía de un nombre. No fue así.
El sonido distante de la música vibró en el aire. Poco a poco, la mágica armonía
fue acrecentando su tempo y nos cubrió como si fuera una cálida manta. Nos
olvidamos de la presión y de la sucia paja. A aquel nivel, éramos compañeros,
iguales. Nuestras almas se unieron. Su placer era mi éxtasis. Mi sangre comenzó a
bombear su corazón.
El gozo en estado puro sólo se conseguía en pequeños retazos, pero Valek y yo
estábamos dispuestos a volverlo a intentar. Nos habíamos fundido, nos habíamos
convertido en uno. Yo atesoraba su esencia y gozaba con el hecho de sentir su cuerpo
dentro del mío. Valek había llenado el vacío que había en mi corazón con luz y
alegría. Aunque estábamos tumbados sobre sucia paja y nos enfrentábamos a un
futuro incierto, un profundo zumbido de felicidad vibraba por todo mi cuerpo.

Capítulo 29

Examiné a los dos soldados y comprobé que estaban muy bien armados. Me
toqué la navaja a través del bolsillo, pero decidí que no podía hacer nada. Esperaría
hasta que tuviera más posibilidades a mi favor. Los guardias me indicaron que los
acompañara. Lancé una última mirada al Comandante, pero nada parecía haber
cambiado en su actitud.
Cuando los guardias me llevaron a una pequeña habitación del ala de invitados
en vez de a las celdas del sótano, sentí una pequeña oleada de esperanza. Pasé en una
de ellas una semana después de matar a Brazell y odiaba la idea de volver a aquellas
celdas malolientes e infestadas de ratas.
Después de que cerraran la puerta con llave, me quité los punzones con los que
me había recogido el cabello. La cerradura era muy básica y no tardaría mucho en
abrirla. Sin embargo, antes de forzarla, decidí utilizar un punzón que tenía un
pequeño espejo en la punta para mirar por debajo de la puerta. Pude ver que había
un par de botas a cada lado de la puerta.
Los guardias estaban montando guardia delante de mi habitación.
Me dirigí a la ventana. Mi habitación estaba en la segunda planta. Si me sentía
desesperada, podía saltar, pero por el momento decidí esperar.
Al día siguiente, se me permitió salir de mi habitación tan sólo para probar las
comidas del Comandante. Después del desayuno, Mogkan me mostró una porción
de mi antídoto.
—Si quieres esto, debes responder a una pregunta.
—Esto es una fanfarronada —repliqué—. Si me quisieras muerta, no estaría de
pie ahora mismo.
—Te aseguro que se trata sólo de una situación temporal. Simplemente te
ofrezco una elección. La muerte por Polvo de Mariposa es larga y fea mientras que,
por ejemplo, morir degollada es sólo un momento de dolor.
—¿Cuál es la pregunta?
—¿Dónde está Valek?
—No lo sé —dije. Era cierto. No había vuelto a verlo desde la pelea del bosque.
Mogkan consideró mi respuesta. Entonces, aprovechando su distracción, le
arrebaté el vial y me lo tomé de un trago.
El rostro de Mogkan enrojeció de furia. Me agarró de los hombros y me empujó
hacia los guardias.
—Llevadla a su habitación.
Allí me pregunté qué estaría tramando Valek. Dudaba que estuviera ocioso.
Además, las preguntas de Mogkan confirmaban mis sospechas.
Durante mis visitas al Comandante en los días sucesivos, empecé a reconocer
que mi presencia formaba parte del espectáculo de Mogkan para evitar que los
consejeros del Comandante sospecharan. Brazell, por su parte, fingía que el
Comandante seguía dando órdenes.
Durante la visita a la fábrica, se me permitió acompañar al grupo. Esto me
sorprendió casi tanto como el hecho de que ninguno de los consejeros del
Comandante protestara de que estuviera fabricando Criollo en vez de pienso para los
animales, tal y como había reflejado en su permiso. Se limitaban a comer barras de
Criollo y les bastaba con asentir a todo y darle la razón a Brazell.
Los granos se tostaban en enormes hornos. Cuando estaban preparados, se
transportaban a otra zona en la que unos trabajadores partían los granos y sacaban
una especie de brote marrón oscuro. Unos enormes rodillos convertían los brotes en
una pasta, que se mezclaba con azúcar, leche y mantequilla en enormes
contenedores. Otros trabajadores removían constantemente la mezcla hasta que ésta
se convertía en un líquido suave y espeso, que se vertía a continuación en moldes
rectangulares.
A pesar de los deliciosos aromas que se respiraban allí, la fábrica era un lugar
triste y sombrío. Durante la visita, examiné cuidadosamente las zonas de trabajo para
comprobar que no se vertían ingredientes venenosos o adictivos. No encontré nada.
Cuando el grupo regresó a la casa, observé que las animadas expresiones de los
consejeros desaparecían, para verse reemplazadas por la misma mirada perdida que
adornaba el rostro del Comandante. Eso debía de significar que existía un vínculo
entre el Criollo y el hecho de sucumbir ante la magia de Mogkan. Seguramente, el
fingimiento de Mogkan y Brazell terminaría cuando el primero tuviera el control
absoluto de las mentes de los consejeros. Cuando eso ocurriera, mi lugar de
alojamiento empeoraría notablemente.
Aquella noche, arrojé mi capa por la ventana y llamé a la puerta
inmediatamente.
Cuando los guardias la abrieron, dije:
—Necesito un baño.
Sin esperar respuesta, salí decididamente al pasillo. Los guardias me siguieron.
En los baños, un guardia me detuvo en el pasillo mientras su compañero miraba en
el interior. Cuando se aseguró de que estaría sola, me dejaron pasar.
En el interior, me dirigí a la pared más alejada de la puerta. Allí, oculta a la vista
de todos, había otra entrada. Los guardias trabajaban allí, pero yo había crecido en
aquella casa. Conocía todos sus rincones, a excepción de la suite de Brazell y su
despacho.
Traté de abrir la puerta y me encontré con la primera sorpresa. Estaba cerrada
con llave. No obstante, no suponía ningún problema. Tomé mis punzones y la hice
saltar con facilidad. Entonces, descubrí una segunda y desagradable sorpresa. Uno
de los guardias me esperaba al otro lado.
El soldado sonrió. Entonces, aproveché la situación y le di una patada en la
entrepierna. Entonces, eché a correr por el pasillo.
Salí por la puerta sur, recogí mi capa y me dirigí al oeste para recuperar mi
mochila y mi bastón. La brillante luz de la luna me iluminaba el sendero, pero mi
verdadero camino no quedaba tan claro. Sabía que no podía ayudar al Comandante
encerrada en una habitación, pero no estaba segura de lo que podía hacer desde
fuera. Necesitaba hablar con Valek. Como me pareció que sería demasiado
arriesgado ir a los barracones, me subí a los árboles. Cuando supiera que me había
escapado, me buscaría allí.
Cuando llegué a la zona en la que se solía instalar el festival de fuego, me
detuve. Me arrebujé bien en mi capa y me apoyé contra un árbol. En una ocasión
escuché el ladrido de los perros y gritos lejanos, pero nadie se acercó a mi
improvisada cama. No conseguía dormir. Tenía demasiado frío y me sentía muy
nerviosa. Para tranquilizarme, me imaginé los festivales de fuego que se habían
celebrado allí. Me perdí en esos pensamientos, imaginando que volvía a asistir a
ellos. Tan vivos fueron mis recuerdos que bajé del árbol y empecé a realizar mi rutina
de ejercicios, lo que me ayudó a entrar en calor.
De repente, me di cuenta de que podía ponerme en contacto con la naturaleza
que me rodeaba e incluso sentir a los animales que había en el bosque. Vi cómo un
búho seguía desde uno de los árboles los movimientos de un ratón de campo. Una
familia de zarigüeyas atravesaba sin hacer ruido alguno los matorrales. Una mujer,
que estaba acurrucada detrás de una piedra, me observaba.
Meterme en el pensamiento de Irys me resultó tan fácil como ponerme un par
de guantes. Sus pensamientos fluían dentro de mí como la seda. Yo la recordaba a su
hermana menor, Lily y ansiaba regresar a Sitia con su familia y no estar en la horrible
y fría Ixia. La situación en el norte se estaba haciendo peligrosa. Como maga maestra,
no podía consentir el abuso del poder que se estaba produciendo en aquella zona.
Kangom, o Mogkan, estaba produciendo Theobroma en alarmantes cantidades.
También había conseguido intensificar su poder.
«Yelena, ¿qué estás haciendo en mi mente?»
«No estoy segura de como he llegado hasta aquí».
—«¿Aún no te has dado cuenta? Proyectas la mente cuando luchas. Por eso,
instintivamente, anticipas los movimientos de tus oponentes. Te sentí en el castillo
cuando luchabas con tus amigos. Ahora que has aprendido a refrenar tu poder, has
dado el paso lógico de expandirlo más allá de la zona que te rodea...»
Mi sorpresa rompió nuestro vínculo. En aquel momento, Irys salió del bosque.
—¿Significa eso que no voy a salir ardiendo? —pregunté.
—Te has estabilizado, pero no te harás más poderosa a menos que recibas un
adiestramiento adecuado. No puedes perder tu potencial. Ven al sur ahora. Tus
perseguidores están lejos de aquí...
—El Comandante...
—Está hechizado. No hay nada que puedas hacer. Seguramente ha perdido la
mente para siempre. Mogkan le ha estado dando Theobroma. Lo olí en cuanto llegué.
—¿Theobroma? ¿Te refieres al Criollo, ese dulce de aspecto marrón que Brazell
fabrica?
—Creo que sí. Abre la mente a las influencias mágicas. Relaja las defensas
mentales y permite el fácil acceso a la mente de una persona. Lo usamos como
herramienta para controlar situaciones en las que un aprendiz de mago está cerca de
la sustancia. El Comandante tiene una personalidad muy fuerte, muy resistente a las
sugestiones de la magia, pero la Theobroma rompe esas barreras, lo que ayuda a un
estudiante cuando está aprendiendo. Utilizarlo para hacerse con el control de la
mente del Comandante es como si fuera una violación. Incluso con Theobroma, un
mago no debería poder alcanzar la mente del Comandante desde esta distancia, pero
Mogkan lo ha hecho. Ha encontrado un modo de acrecentar su poder. Creo que la
visita que Mogkan realizó al castillo tuvo por objeto encerrarse en la mente del
Comandante para poder sacarlo de allí.
—¿Qué podemos hacer para romper ese vínculo?
—Matar a Mogkan, pero será difícil. Es muy poderoso.
—¿Hay alguna otra manera?
—Bloquear el suministro de poder de Mogkan podría servir. Seguiría teniendo
su magia, pero no sería tan poderosa.
—¿Cómo podemos hacerlo?
—Creo que lo que hizo fue reclutar a una serie de magos para reunir su poder
en sí mismo. O puede que haya encontrado el modo de absorber más poder sin
romper el equilibrio... Diamantes —añadió, después de pensarlo un momento.
—¿Diamantes? —pregunté, atónita.
—Sí. Resulta muy caro, pero los diamantes reúnen y acumulan el poder como
las brasas guardan el calor. Tal vez esté utilizando diamantes para potenciar su
magia. Necesitaría un círculo de diamantes del tamaño de un hombre, lo que no
resulta fácil de ocultar. Si pudiéramos encontrar este círculo, podríamos bloquear su
poder o, al menos, interrumpirlo el tiempo suficiente para que tú pudieras despertar
al Comandante.
—¿Y si la fuente es un grupo de magos? ¿Cómo podría reconocerlos?
—Desgraciadamente, Ixia no dispone de un uniforme para los magos —
comentó Irys, con la voz llena de sarcasmo—. En vez de buscarlos, podríamos buscar
una sala vacía con el dibujo de una rueda de carro pintado en el suelo. Para vincular
el poder mágico, cada mago debe estar perfectamente alineado alrededor de un
círculo.
—Puedo registrar la casa, pero necesitaré ayuda. Necesito a Valek.
—Lo que necesitas es un milagro.
—¿Puedes dirigir a Valek hacia aquí?
—Ya está de camino. Los dos habéis forjado un vínculo muy fuerte, aunque no
sé si es de origen mágico.... —comentó Irys, frunciendo el ceño—. Es mejor que me
vaya antes de que él llegue. Si descubres la fuente del poder extra de Mogkan, entona
mi nombre mentalmente en un cántico. Yo te escucharé porque nosotras también
hemos creado un vínculo. Trataré de ayudarte con el Comandante, pero no te
prometo nada. Voy tras Mogkan.
Con eso, Irys desapareció. Mientras esperaba a Valek, traté de pensar en el
modo de encontrar la fuente de poder de Mogkan. Efectivamente, tal y como Irys
había dicho, necesitaría un milagro.
Para distraerme mientras esperaba, miré a mí alrededor. Habían pasado dos
años desde la última vez que estuve allí. Recordé que había enterrado en alguna
parte la medalla que gané en la competición de acrobacia para que no cayera en
manos de Reyad. Como prueba, traté de utilizar mis poderes mágicos para
encontrarla. Recorrí el terreno palmo a palmo. Estaba empezando a aburrirme
cuando, de repente, las plantas de mis pies se pusieron al rojo vivo. Cuando seguí
andando, se enfriaron. Al volver al lugar en el que había estado antes, se calentaron
de nuevo.
Saqué el gancho de la mochila y empecé a escarbar. Mis esfuerzos dejaron al
descubierto un poco de tela. Seguí escarbando y, muy pronto, volví a tener entre las
manos mi preciada medalla. Había perdido el brillo y estaba sucia. La cinta estaba
rasgada y manchada. Apreté la medalla contra mi pecho y sentí el calor que emanaba
de ella, como si fuera un amuleto. La limpié un poco y me la colgué al cuello, junto
con la mariposa de Valek.
—No es el mejor escondite, ¿no te parece? Te están buscando. ¿Por qué has
huido?
Rápidamente, le conté a Valek todo lo referente al Comandante, a Mogkan, a la
fábrica y a los consejeros, esperando que él sacara las mismas conclusiones que yo.
—Es decir, está utilizando el Criollo para hacerse dueño de sus mentes. Sin
embargo, ¿de dónde saca el poder?
—No lo sé. Tenemos que registrar la casa. Yo crecí en ella. La conozco bien.
¿Cuándo empezamos?
—Ahora. Nos quedan cuatro horas hasta el alba. ¿Qué es exactamente lo que
estamos buscando?
Cuando le conté todo lo que Irys me había explicado sin revelarle la fuente que
me lo había contado, Valek frunció el ceño, como si quisiera interrogarme al respecto.
Sin embargo, guardó silencio y nos dirigimos a los barracones.
Yo esperé fuera mientras se ponía su malla negra. Me sacó una camisa negra
para que me la pusiera sobre la roja de mi uniforme. Además, llevaba una discreta
lámpara sin encender. Como mi capa resultaría algo molesta, la escondí entre los
matorrales.
Encontramos una puerta cerca del ala de los sirvientes. Valek encendió la
lámpara y dejó que escapara sólo un pequeño rayo de luz. Ya en el interior de la casa,
yo tomé la delantera. Mi interés principal se centraba en la zona de los experimentos
de Reyad, sobre todo en su laboratorio. Disponía de un ala entera y había puertas
que siempre había tenido cerradas con llave durante el tiempo en el que yo fui su
rata de laboratorio.
Mientras buscábamos, los horrores de antaño se apoderaron de mí. Entramos en
el laboratorio y la sola visión de los instrumentos que colgaban de las paredes me
aceleró los latidos del corazón. La sala parecía una cámara de tortura en vez de un
lugar para experimentos. Me sentía como un animal atrapado. Quería salir corriendo,
huir. ¿Por qué había tenido que llevar a Valek allí? Después de todo, seguramente el
círculo de poder estaba cerca de las habitaciones de Mogkan, no allí.
Valek no había dicho ni una palabra desde que encendió la lámpara. En el
pasillo que había frente a la puerta del dormitorio de Reyad, sentí que una fuerza
física me impedía entrar. Los músculos me temblaban. Un sudor frío me cubría todo
el cuerpo. Yo espere fuera mientras Valek entraba. No quería volver a ver el
diabólico baúl en el que Reyad guardaba sus «juguetes». Si lo quemaba, ¿cesarían
mis pesadillas?
—No si yo puedo impedirlo —me dijo el fantasma de Reyad, materializándose
a mi lado.
Me di la vuelta muy sobresaltada. Sin que pudiera evitarlo, un grito se me
escapó de los labios.
—Creía que habías desaparecido para siempre —repliqué.
—Jamás, Yelena. Siempre estaré a tu lado. Mi sangre te ha manchado el alma.
No tienes posibilidad alguna de lavarla.
—Yo no tengo alma.
—Tu alma está cubierta con la sangre de tus víctimas, por eso no puedes verla.
Cuando mueras, esa pesada esencia manchada de sangre se hundirá en el fondo de la
tierra y allí arderás por toda la eternidad por tus crímenes.
—Lo dice la voz de la experiencia...
En aquel momento, Valek salió de la habitación de Reyad. Con el rostro pálido
como la muerte, me miró durante un rato con una expresión de horror tal que me
pregunté si se habría quedado mudo. Por fin, cerró la puerta y pasó al lado del
fantasma sin verlo y se detuvo frente a la siguiente puerta, que estaba cerrada con
llave. Allí, inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con una mano.
Yo me olvidé de Reyad y seguí a Valek. Continuamos con nuestra búsqueda,
pero resultaba evidente que, a excepción del laboratorio, el ala estaba completamente
abandonada. Nos quedaban tres salas por examinar.
El contenido de una de ellas reclamó toda mi atención. En su interior, docenas
de mujeres y unos cuantos hombres se encogieron al notar el rayo de luz de la
lámpara de Valek. El cabello grasiento oscurecía sus sucios rostros. Sus emaciados
cuerpos estaban sólo cubiertos con harapos. Ninguno de ellos habló ni gritó.
Horrorizada, vi que estaban encadenados al suelo. En círculos. Un círculo exterior y
dos círculos interiores con líneas pintadas entre ellos.
Cuando Valek y yo entramos en la sala, el hedor de cuerpos sucios y de
excrementos se apoderó de nosotros. Valek empezó a hacerles preguntas, que se
respondieron con silencio.
Yo comencé a reconocer algunos de los rostros. Habían vivido en el orfanato
conmigo. Eran las chicas y chicos que se habían «graduado» y que se suponía que se
habían marchado de la casa. Una muchacha, de cabello rojo, me hizo gritar de dolor.
Los ojos de Carra no mostraron señal alguna de inteligencia mientras le acaricié
el hombro y susurré su nombre. La niña alegre que yo había conocido se había
convertido en una cascara de mujer, vacía y sin espíritu.
—Mis alumnos —dijo Reyad, volviendo a aparecer—. Los que no fallaron...
—¿Y ahora qué? —le pregunté a Valek con voz temblorosa.
—Estáis arrestados —respondió Mogkan.
Valek y yo nos dimos la vuelta al unísono. Mogkan estaba en la puerta. Valek se
lanzó contra él con los ojos llenos de furia. Antes de que pudiera alcanzarlo, Mogkan
se echó a un lado, provocando que Valek cayera al suelo. Yo me apresuré a salir de la
sala para ayudarlo.
Como un cobarde, Mogkan estaba detrás de ocho guardias. Las puntas de las
espadas de todos ellos se dirigían al pecho de Valek, a pocos centímetros de su piel.

Capítulo 28

El séquito de viaje del Comandante Ambrose consistía de casi cincuenta
soldados de su guardia de élite. Algunos precedían a la caravana, otros marchaban a
su lado. Los soldados también protegían a los sirvientes, que precedían a los caballos.
El resto de los soldados cerraba el cortejo. Ari y Janco iban examinando la ruta del
viaje, por lo que llevaban horas de adelanto.
Avanzábamos a paso rápido en el frío aire de la mañana. Yo me había metido la
mariposa de Valek bajo la camisa y me había sorprendido tocándola a través de la
tela en varias ocasiones. El regalo provocaba un tumulto en mis sentimientos.
Cuando creía que ya lo conocía, él volvía a sorprenderme.
Junto con mi mochila, también llevaba un bastón, que utilizaba como si lo
necesitara para caminar. Algunos de los soldados me miraban con cierta sospecha,
pero no me importaba. Rand se negaba a mirarme a los ojos. Miraba hacia delante en
completo silencio. No tardó mucho en quedarse atrás. Su pierna le impedía mantener
el paso.
Después de detenernos para almorzar, seguimos hasta una hora antes de la
puesta de sol. El mayor Granten, el oficial al mando de la expedición, quería montar
el campamento a la luz del día. Unas espaciosas tiendas se erigieron para el
Comandante y sus consejeros y dos más pequeñas para los sirvientes. Descubrí que
compartiría mi espacio con una mujer llamada Bria, que hacía recados y servía a los
consejeros del Comandante.
Me acomodé en la tienda mientras Bria se calentaba al lado del fuego. Encendí
una pequeña lámpara y saqué el libro sobre símbolos de guerra que había tomado
prestado de Valek. Después de descifrar el nombre del sucesor, no había tenido
tiempo de interpretar los símbolos de la navaja que Janco me había regalado. Cuando
terminé de traducir los seis símbolos, esbocé una sonrisa. Janco podía resultar muy
irritante, pero, bajo esa apariencia, era un hombre muy dulce.
Cuando Bria entró en la tienda, guardé rápidamente el libro.
Unos turbadores sueños hicieron que no descansara mucho aquella noche. Al
alba, me desperté completamente agotada. Con el tiempo que la procesión tardaba en
comer y reagruparse, además del hecho de que había menos horas de sol, estimé que
el viaje a la casa de Brazell nos llevaría unos cinco días.
En la segunda noche del viaje, encontré una nota en mi tienda. Era una cita. A la
tarde siguiente, mientras los soldados montaban el campamento, yo tenía que seguir
un pequeño sendero que llevaba hacia el norte. El mensaje iba firmado por Janco.
Examiné cuidadosamente la firma, tratando de recordar si había visto alguna vez la
caligrafía de Janco. ¿Sería una trampa? ¿Debería ir o quedarme en el campamento,
donde estaba a salvo? ¿Qué haría Valek en aquella situación en particular? La
respuesta me ayudó a formar un plan.
Cuando se oyó la señal de que nos deteníamos para pasar la noche, esperé a que
todo el mundo estuviera ocupado para dejar el claro. Cuando nadie podía verme, me
quité la capa y me la puse del revés. Antes de marcharnos del castillo, le había
pedido a Dilana que me diera tela gris, que había cosido al forro de mi capa por si
tenía que escapar y ocultarme en el paisaje invernal. Esperaba que aquel improvisado
camuflaje me ayudara a ocultar mi presencia cuando me acercara al lugar de la
reunión.
Me até el bastón a la espalda y me coloqué la navaja en el muslo derecho.
Entonces, agarré mi cuerda y mi gancho. Encontré el sendero del norte. En vez de ir
andando por él, busqué un árbol adecuado y enganché mi cuerda entre las ramas. Lo
primero que me preocupó fue el ruido que podría hacer al moverme entre las ramas,
pero muy pronto descubrí que los árboles sin hojas sólo crujían levemente bajo mi
peso.
Cuando me acerqué al lugar, vi a un hombre alto, de cabello oscuro. Parecía
inquieto y agitado. Era demasiado delgado para ser Janco. Entonces, se dio la vuelta.
Era Rand.
¿Qué estaba haciendo allí? Rodeé el claro. Al descubrir que no había amenaza
alguna entre los árboles, bajé al sendero, aunque dejé la cuerda colgando del árbol.
Por último, escondí mi mochila en el tronco de un árbol.
—Maldita sea —dijo Rand—. Creía que no ibas a venir —añadió. Su agotado
rostro mostraba profundas ojeras.
—Y yo creía que Janco era el que iba a estar aquí.
—Quería explicártelo, pero ya no hay tiempo, Yelena —afirmó, mirándome
fijamente a los ojos—. ¡Es una trampa! ¡Corre!
—¿Cuántos? ¿Dónde? —pregunté, sacándome el bastón de la espalda.
—Star y dos gorilas. Están muy cerca. Se suponía que guiarte hasta aquí me
reportaría la cancelación de mi deuda —susurró Rand con lágrimas en los ojos.
—Pues has hecho un buen trabajo —le espeté—. Veo que has cumplido con tu
cometido.
—No —gritó—. No puedo hacerlo. Corre, maldita seas, corre... ¡No!
Rand me apartó hacia un lado. Algo me pasó silbando al lado de la oreja
mientras caía al suelo. Rand cayó a mi lado, con una flecha clavada en el corazón. La
sangre manaba abundantemente y empapaba la camisa blanca de su uniforme.
—Corre —susurró—. Corre...
—No, Rand. Estoy cansada de correr.
—Perdóname, por favor —suplicó, agarrándome la mano.
—Estás perdonado.
Suspiró una vez y entonces dejó de respirar. El brillo de sus ojos se apagó. Le
cubrí la cabeza con su capucha.
—Levántate —me ordenó la voz de un hombre.
Apoyándome en mi bastón, obedecí. Suavemente, empecé a frotar la madera,
encontrando rápidamente mi zona de concentración.
—La zona está controlada, capitana —dijo el hombre gritando hacia el bosque
—. Tú no te muevas —añadió, refiriéndose a mí, mientras me apuntaba con su arma
al pecho.
Se oyeron pasos. El hombre apartó los ojos de mí para buscar a sus compañeros.
Yo ataqué.
Le di el primer golpe en los antebrazos. La ballesta se le cayó de las manos y se
disparó hacia el bosque. El segundo golpe aterrizó en la parte posterior de las
rodillas, lo que le hizo caer de bruces al suelo.
Desde allí, me miró con una expresión atónita en el rostro.
Antes de que pudiera reaccionar, le golpeé en el cuello, aplastándole la tráquea.
Cuando miré por encima del hombro, vi que Star y otro hombre se acercaban
rápidamente al claro. Star empezó a gritar. Su gorila sacó la espada. Yo eché a correr
por el sendero. Los pesados pasos del hombre resonaban a mis espaldas. Cuando
alcancé la cuerda, arrojé el bastón al bosque y me subí al árbol. La espada del hombre
me rozó las piernas. El filo me cortó la tela de los pantalones y el tacto frío del acero
me animó a subir más aprisa.
Mientras me subía al siguiente árbol, lanzó una maldición. Yo me movía con
rapidez por las copas de los árboles. Cuando el sonido de sus pasos quedó atrás,
encontré un lugar en el que esconderme. Me envolví en mi capa y esperé.
El gorila no tardó en aparecer. No lejos de donde yo estaba, se detuvo para
escuchar y para examinar las copas de los árboles. Los latidos del corazón se me
aceleraron.
Cuando noté que estaba debajo de mí, tiré la capa y me lancé, golpeándole la
espalda con los pies. Caímos al suelo. Yo me puse de pie antes de que él pudiera
recuperarse, entonces, le quité la espada de las manos con una patada, pero él se
mostró más rápido de lo que yo había anticipado. Me agarró por el tobillo y me hizo
caer al suelo.
Antes de que yo pudiera reaccionar, sentí su peso encima y sus manos
alrededor del cuello. Mientras me golpeaba la cabeza contra el suelo musitó:
—¡Esto es por darme problemas!
Entonces, empezó a apretarme la garganta con los pulgares.
Yo empecé a tirarle de los brazos, tratando de apartarlos. Entonces, recordé mi
navaja. Rebusqué en el bolsillo mientras la vista se me empezaba poner borrosa. En
ese momento, noté el suave tacto de la madera. Agarré con fuerza el mango, saqué la
navaja y apreté el botón.
El sonido de la hoja provocó miedo en los ojos del hombre. Antes de que
pudiera reaccionar, le hundí la navaja en el estómago. Con un gruñido, él incrementó
la presión que me estaba aplicando a la garganta. La sangre me corrió por los brazos,
mojándome la camisa. A pesar de la asfixia que tenía, levanté la navaja y probé otra
vez. En esta ocasión, apunté directamente al corazón. El hombre se desmoronó hacia
delante y murió.
Con un gran esfuerzo, me aparté el cadáver de encima. Me sentía como presa
de un sueño. Limpié la navaja en la tierra, encontré mi bastón y fui en busca de Star.
Dos hombres. Acababa de matar a dos hombres. Ni siquiera había dudado. El
miedo y la rabia se me instalaron en el pecho, rodeándome el corazón de una capa de
hielo.
Star no había ido muy lejos. Estaba esperando en el claro. Su rojo cabello
destacaba sobre el fondo gris del bosque. Muy pronto caería la noche.
Al verme, lanzó un pequeño sonido de sorpresa. Entonces, se fijó en la sangre
que yo tenía en la camisa. Cuando vio que yo no estaba herida, miró a su alrededor
buscando a su gorila.
—Está muerto —le dije.
Star palideció enseguida.
—Podemos solucionar todo esto —suplicó.
—No, no podemos. Si te dejo marchar, regresarás con más hombres. Si te llevo a
presencia del Comandante, tendría que responder por la muerte de tus gorilas. No
me queda opción.
Di un paso hacia ella. Tenía el cuerpo paralizado por el miedo. Había matado a
los otros en defensa propia. Matar premeditadamente sería más difícil.
—¡Yelena, para!
Me di la vuelta para ver quién me había llamado. Uno de los soldados del
Comandante se acercaba con la espada en la mano.
Debió de darse cuenta de que yo estaba lista para presentar batalla porque se
detuvo y envainó su espada. Entonces, se quitó el pasamontañas de lana que le
cubría la cabeza y dejó suelto su cabello negro.
—Pensé que tenías órdenes de quedarte en el castillo —le dije a Valek—. ¿No te
supondrá eso un consejo de guerra?
—Y yo que creía que tus días de matar habían terminado —replicó él,
examinando el cadáver del gorila de Star—. A ver qué te parece esto. Si tú no dices
nada, yo tampoco. Así los dos podremos evitar la soga. ¿Trato hecho?
—¿Y ella?
—Hay una orden de arresto a su nombre. ¿Pensaste en algún momento llevarla
ante el Comandante?
—No.
—¿Por qué no? El asesinato no es la única solución a un problema. ¿Ha sido ésa
siempre tu manera?
—¡Mi manera! Perdona, señor Asesino, que me ría. Voy a recordar mis lecciones
de historia sobre cómo terminar con un monarca tiránico matándolo a
él y a su familia.
Valek me lanzó una peligrosa mirada. Entonces, decidí cambiar de táctica.
—Basé mis acciones en lo que creía que tú harías si eras objeto de una
emboscada.
Valek consideró mis palabras en silencio durante una incómoda porción de
tiempo. Star parecía horroriza con nuestra discusión. No dejaba de mirar a su
alrededor, como si estuviera pensando escapar.
—No me conoces en absoluto —dijo Valek.
—Piénsalo, Valek. Si la llevo al Comandante y le explico los detalles, ¿qué me
ocurriría a mí?
La expresión del rostro de Valek me sirvió como respuesta.
—En ese caso, ha sido una suerte para las dos que llegara yo —comentó.
En el momento en el que Star echaba a correr, Valek lanzó un extraño silbido.
La mujer echó a correr por el camino. Yo traté de seguirla, pero Valek me dijo que
esperara. Dos formas se materializaron entre los árboles, a ambos lados del camino.
Agarraron a Star. La mujer gritó de sorpresa.
—Llevadla al castillo —ordenó Valek—. Ya me ocuparé de ella cuando regrese.
Y enviad a alguien que recoja todo esto. No quiero que nadie se encuentre con esto.
Inmediatamente, los hombres empezaron a llevarse a Star.
—Esperad —dijo —. Tengo información. Si me soltáis, os diré quién planeó
estropear el tratado de comercio con Sitia.
—No te molestes —le espetó Valek—. Me lo vas a decir de todos modos. Sin
embargo, si quieres revelar el nombre de tu patrón ahora mismo, nos podremos
saltar un interrogatorio mucho más doloroso más tarde, pero te advierto que mentir
sólo empeoraría tu situación.
—Kangom —dijo, muy a su pesar—. Llevaba un uniforme de soldado del DM-
8.
—El general Dinno —dijo Valek, sin sorpresa.
—Describe a ese Kangom —le ordené, sabiendo que era el otro nombre del
consejero Mogkan. No obstante, no podía decirle a Valek cómo había descubierto
esta información.
—Alto, con cabello largo y negro, recogido en una trenza. Un canalla arrogante.
Casi lo eché a patadas, pero me mostró un montón de dinero que no pude rechazar.
—¿Algo más? —preguntó Valek.
Star negó con la cabeza. Valek chascó los dedos y los dos hombres se la
llevaron.
—¿Podría ser Mogkan?
—¿Mogkan? No. Brazell estaba muy contento con lo de la visita de la
delegación. ¿Por qué iba a querer poner en peligro el tratado? No tiene sentido. Por
otro lado, Dinno se mostró furioso con el Comandante. Probablemente envió a uno
de sus hombres para contratar a Star.
Traté de encontrar una razón por la que Mogkan quisiera poder en peligro el
tratado con Sitia, pero no hallé ninguna. Me pregunté cómo podría convencer a
Valek de que Mogkan había contratado a Star.
Empecé a temblar. La sangre me empapaba el uniforme y las manos. Me sequé
éstas en los pantalones y me puse a buscar mi capa. Sin embargo, antes de que
pudiera ponérmela, Valek me dijo:
—Es mejor que dejes esas ropas aquí. Se montaría un buen lío si te presentaras a
cenar cubierta de sangre.
Retiré mi mochila de donde la había guardado y, mientras Valek no miraba, me
puse un uniforme limpio. Entonces, nos dirigimos al campamento.
—Por cierto, muy bien —me dijo—. Vi la pelea. No estaba lo suficientemente
cerca como para poder ayudarte, pero te defendiste bien. ¿Quién te dio la navaja?
—La compré con el dinero de Star —respondí. En parte, era verdad. No quería
meter a Janco en un lío.
—Muy apropiado.
Cuando llegamos, Valek se mezcló con los soldados mientras yo me dirigía
rápidamente a la tienda del Comandante para probar su comida.
Aquella noche, mientras estaba sentada junto al fuego del campamento, empecé
a reaccionar ante lo ocurrido aquella tarde. Sentí una inmensa pena por Rand y la
melancolía se apoderó de mí. Tal vez sería mejor que me marchara al sur y dejar que
Valek se ocupara del Comandante y de Brazell... Las dudas me asaltaron de repente.
¿Estaría alguien influenciándome para que tuviera esos pensamientos? Erigí mi
muralla de protección y conseguí disipar algunas dudas, pero no todas.
La desaparición de Rand no se descubrió hasta la mañana siguiente. El mayor
Granten, que creía que se había escapado, mandó una pequeña partida para buscarlo
mientras los demás nos íbamos adentrando en el distrito de Brazell.
El resto del viaje transcurrió sin incidentes, a excepción del turbador hecho de
que, cuanto más nos acercábamos a la casa, más ausente parecía el Comandante.
Había dejado de dar órdenes o de mostrar interés por lo que le rodeaba. La chispa
inteligente y letal que adornaba su mirada iba desapareciendo con cada paso.
Por el contrario, yo me sentía cada vez peor. A medida que avanzábamos, me
convencía más de que había sido un profundo error. Cuando el pánico se apoderaba
de mí, me refugiaba tras mi muro de protección y me centraba en mis pensamientos
de supervivencia.
A una hora de camino de la casa de Brazell, el rico aroma del Criollo flotaba casi
palpablemente en el aire. Como precaución, yo me deslicé en el bosque y, tras tomar
sólo lo imprescindible, escondí mi mochila y el bastón en un árbol.
Cuando por fin llegamos a la casa, los soldados exhalaron un suspiro de alivio.
Ya habían entregado sano y salvo al Comandante. A partir de entonces, podrían
descansar en los barracones hasta que llegara el momento de volver a casa. Por el
contrario, mis sentimientos eran completamente opuestos. Mientras seguía al
Comandante y a sus consejeros al despacho de Brazell, me iba costando más respirar.
Al entrar, Brazell nos recibió con una enorme sonrisa. Mogkan lo acompañaba.
Coloqué en su lugar mi escudo mental y permanecí cerca de la puerta.
—Caballeros, deben de estar muy cansados —dijo Brazell, refiriéndose a los
consejeros del Comandante—. Mi ama de llaves los conducirá a sus aposentos.
Mientras los consejeros se marchaban, traté de marcharme con ellos, pero
Mogkan me agarró por el brazo.
—Todavía no —me dijo—. Para ti tenemos planes especiales.
Alarmada, miré al Comandante. Carecía por completo de expresión. Tenía la
mirada perdida en la distancia. Era como una marioneta esperando que su dueño
tirara de los hilos.
—¿Y ahora qué? —le preguntó Brazell a Mogkan.
—Disimularemos durante unos días. Lo llevaremos a ver la fábrica, tal y como
estaba planeado. Mantendremos contentos a sus consejeros. Cuando todo el mundo
esté enganchado, no tendremos que fingir más.
—¿Y ella? —preguntó Brazell con satisfacción. Yo me centré en la imagen de mi
muro de ladrillos.
—Yelena —comentó Mogkan—. Has aprendido un truco nuevo. Ladrillo rojo,
qué vulgar. Sin embargo… —Escuché un ruido, como el que puede hacer la piedra
frotándose contra la piedra.
—Hay puntos débiles aquí y aquí —dijo, señalando en el aire—. Y creo que esté
ladrillo está suelto...
El mortero empezó a desmoronarse. Aparecieron pequeños agujeros en mi
pared mental.
—Cuando tenga un momento, haré pedazos tus defensas —prometió Mogkan.
—¿Por qué perder el tiempo? —preguntó Brazell, sacando la espada—. La
quiero muerta. Ahora mismo.
—Quieto —le ordenó Mogkan—. La necesitamos para tener a Valek a raya.
—Pero si tenemos al Comandante...
—Es demasiado evidente. Hay que considerar a otros siete generales. Si
matamos al Comandante mientras esté aquí, sospecharán. Jamás te convertirías en su
sucesor. Valek lo sabe, por lo que no nos servirá amenazar al Comandante. Sin
embargo, ¿quién se preocupa por una catadora de comida? Nadie menos Valek. Si
ella muere aquí, los generales creerán que está justificado.
Mogkan se inclinó sobre el Comandante y le susurró al oído. El Comandante
abrió su maletín, sacó una petaca y se la entregó a Mogkan. Mi antídoto.
—Desde ahora, tendrás que venir a mí para que te dé tu antídoto —dijo
Mogkan, sonriendo.
Antes de que yo pudiera reaccionar, alguien llamó a la puerta. Entraron dos
soldados sin pedir permiso.
—Estos son tus escoltas, Yelena. Se ocuparán bien de ti —comentó. Entonces, se
volvió a los soldados—. No necesita que le deis un paseo para que lo conozca todo.
Nuestra infame Yelena ha vuelto a casa.

Capítulo 27

—¿Dónde encontraste esos granos? —me preguntó Rand—. Son el ingrediente
que me falta para la receta del Criollo. No se me ocurrió tostarlos para cambiar su
sabor.
—En un almacén del sótano —mentí. No estaba dispuesta a decirle que Valek y
yo los habíamos interceptado de camino a la nueva fábrica de Brazell, que,
seguramente, no producía piensos sino Criollo.
—¿Qué almacén? —insistió Rand, complemente desesperado.
—No me acuerdo.
—Esfuérzate un poco. Si puedo hacer Criollo, tal vez no me transfieran.
—¿A dónde?
—¿Me estás diciendo que Valek aún no te lo ha dicho? Lleva queriendo librarse
de mí desde el cambio de régimen. Me envían a la casa de Brazell para que Ving
pueda venir aquí. ¡No durará ni una semana! —exclamó con amargura.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Mis papeles aún no están listos, por lo que aún me queda esperanza
de impedirlo. Si me puedes encontrar esos granos.
Creía que aún éramos amigos. Incluso después de admitir que había intentado
envenenarme, aún creía que yo sería capaz de hacer algo por él.
—Lo intentaré —dije antes de marcharme precipitadamente.
Los primeros rayos del sol estaban despuntando en las montañas del Alma
cuando llegué a la suite de Valek sin que nadie me viera. Gracias a la tenue luz, vi
que Valek me estaba esperando sentado en el sofá.
—¿Tan pronto vuelves? —me preguntó Valek—. Una pena. Estaba a punto de
organizar una partida de búsqueda de tu cadáver. ¿Qué ocurrió cuando llamaste a la
puerta de la maga del sur para sacrificarte? ¿Te echaron a patadas, pensando que
eras demasiado tonta como para que perdieran su tiempo contigo?
Me senté en una silla para escuchar la charla de Valek. Ninguna excusa que yo
le dijera le satisfaría. Tenía razón. Había sido una tontería salir sola, pero la lógica y
el estómago vacío eran como el aceite y el agua. No se mezclan.
Cuando terminó, le pregunté:
—¿Has terminado ya?
—¿No vas a refutar lo que acabo de decirte?
—No.
—En ese caso, he terminado.
—Bien. Dado que ya estás de mal humor, tal vez te diga lo que ocurrió mientras
estaba en la cocina. En realidad, dos cosas. Una mala y una buena. ¿Cuál te gustaría
escuchar primero?
—La mala. Eso siempre transmite la esperanza de que la buena equilibre un
poco las cosas.
Me armé de valor y admití haber revelado su operación de investigaciones
secretas. El rostro de Valek se endureció.
—Es culpa tuya. ¡Te estaba defendiendo!
—Por proteger mi honor, has dejado al descubierto meses de trabajo. ¿Crees
que debería sentirme halagado?
—Sí.
No pensaba sentirme culpable. Si no hubiera puesto a prueba mi lealtad con
Star y luego me hubiera utilizado en su investigación, no estaría en aquella situación.
—No había planeado realizar arrestos hasta finales de mes. Será mejor que
empiece antes de que Rand tenga tiempo de alertar a Star. No obstante, esto podría
beneficiarnos. Creo que Star está empezando a sospechar. Si la detengo ahora, tal vez
descubra quién la contrató para que pusiera el veneno en la botella de Sitia.
—¿Star? ¿Cómo?
—Ella tiene empleado a un asesino del sur. Sería el único que tuvo la
oportunidad y la habilidad de hacerlo. Estoy seguro de que el envenenamiento no
fue el resultado de los puntos de vista políticos de Star. Su organización haría
cualquier cosa por un buen precio. Debo descubrir quién arriesgó tanto para
comprometer a la delegación. Bueno, ¿cuáles son las buenas noticias?
—Los granos misteriosos son un ingrediente del Criollo.
—Entonces, ¿por qué mintió Brazell en su solicitud? —dijo Valek, pensando
igual que yo en la verdadera naturaleza de la fábrica de Brazell.
—Tal vez porque importa los granos de Sitia —sugerí—. Eso sería ilegal, al
menos hasta que el tratado de comercio esté finalizado. Puede que haya estado
utilizando más materias primas o equipamiento.
—Es posible, lo que explicaría su interés por tener un tratado. Tendrás que
fijarte muy bien cuando visites la fábrica.
—¿Qué?
—El Comandante ha preparado un viaje al DM-5 cuando se marchen los de
Sitia. Y, donde va el Comandante, tú lo acompañas.
—¿Y tú? Tú vas a venir también, ¿verdad? —dije, llena de pánico.
—No. Se me ha ordenado que permanezca aquí.
—Uno y dos y tres, cuatro y cinco... Sigue peleando así y morirás —canturreó
Janco.
Yo estaba inmovilizada contra la pared. Mí bastón cayó al suelo. Janco me
golpeó en la sien con el suyo, para enfatizar sus palabras.
—¿Qué te pasa? Normalmente no resulta tan fácil ganarte.
—Estoy demasiado distraída —dije. Sólo hacía un día que Valek me había
informado de los planes del Comandante.
—Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí? —preguntó Ari. Maren y él nos
estaban observando.
—Os prometo que me esforzaré un poco más en la siguiente ronda. Janco, ¿por
qué nunca dejas de hablar mientras peleas?
—Me ayuda con el ritmo.
—¿No te toman el pelo los otros soldados?
—No cuando los derroto.
Empezamos una nueva pelea. Hice un esfuerzo mayor por concentrarme, pero
Janco volvió a derrotarme.
—Ahora te estás esforzando demasiado. Planeas cada movimiento de ataque.
Te delatas —me comentó—. Por eso, yo te puedo bloquear los golpes antes de que los
des.
—Ensayamos por una razón. Los movimientos ofensivos y defensivos deben ser
instintivos —añadió Ari—. Deja que tu mente se relaje, pero permanece alerta.
Bloquea todas las distracciones. Permanece centrada en tu oponente, pero no
demasiado.
—¡Es una contradicción! —grité, llena de frustración.
—Funciona —respondió Ari. Respiré profundamente y traté de apartar los
turbadores pensamientos de mi próxima visita al distrito de Brazell. Me concentré en
la solidez y suavidad de mi arma y traté de establecer un vínculo con ella, como si se
tratara de una extensión de mí misma.
Al tocar la madera de nuevo, sentí una ligera vibración en los dedos. Mi
conciencia fluía a través del bastón, uniéndome por completo a él.
Empezamos la tercera ronda con una sensación diferente. Instintivamente,
empecé a adivinar lo que Janco planeaba. Una décima de segundo antes de que él
estableciera un movimiento, yo se lo bloqueaba con mi arma. En vez de luchar por
defenderme, lo hacía por atacar. Acorralé a Janco. Una música me empezó a vibrar
en la mente y yo le permití guiar mi ataque. Gané la pelea.
—Sorprendente —dijo Janco—. ¿Has seguido el consejo de Ari?
—Al pie de la letra.
—¿Puedes volver a hacerlo? —quiso saber Ari.
—No lo sé.
—Ponme a prueba a mí.
Ari tomó su bastón y se colocó en posición. Yo froté de nuevo el bastón con los
dedos, dejando que mi mente regresara a la misma zona mental en la que había
estado antes. La segunda vez, me resultó más fácil.
Ari era un oponente más complicado que Janco. Lo que le faltaba de velocidad,
lo compensaba con la fuerza. Tuve que modificar mi defensa y utilicé mi menor
tamaño para colarme bajo uno de sus codos. Entonces, le coloqué mi bastón detrás de
los tobillos y tiré. Se cayó al suelo como un saco de patatas. Había vuelto a ganar.
—Increíble —dijo Janco.
—Me toca a mí —me desafió Maren. Una vez más, volví a la misma zona
mental. Los ataques de Maren eran rápidos como los de una pantera. Era una
oponente muy lista, que aplicaba la táctica en vez de la fuerza y la velocidad. A pesar
de todo, también conseguí derrotarla.
—¡Maldita sea! —exclamó—. Cuando una estudiante empieza a derrotar a su
profesora, significa que la primera ya no la necesita. Me marcho.
Ari, Janco y yo nos miramos.
—Está de broma, ¿verdad? —pregunté.
—Déjala. Ya se le pasará —comentó Ari—. A menos que empieces a derrotarla
en cada pelea.
—No creo que eso sea muy probable.
—Eso digo yo —apostilló Janco, que seguramente también estaba tratando de
animar a su derrotado ego.
—Ya basta de peleas —dijo Ari—. Yelena, ¿por qué no haces algunas katas para
irte relajando y lo dejamos por hoy?
Una kata era una rutina de bloqueos y golpes defensivos y ofensivos. Cada una
tenía un nombre y se iban haciendo más complejas a medida que se iba avanzando.
Yo empecé con una más sencilla.
Mientras yo me ejercitaba, Ari y Janco estaban absortos en su conversación. Yo
sonreí, pensando que parecían una pareja de casados.
Mientras realizaba mis ejercicios, noté que alguien me estaba observando desde
la puerta con mucho interés. Era Irys.
Llevaba un uniforme de halconera y el cabello recogido según las reglas
militares de Ixia. Seguramente había conseguido recorrer el castillo sin que nadie la
detuviera.
Miré a mis guardaespaldas y vi que seguían sumidos en su conversación y que
no hacían caso ni de Irys ni de mí. La intranquilidad se apoderó de mí. Al ver que
ella entraba en el almacén, me acerqué un poco más a mis compañeros.
—¿No sentirá Valek tu magia? —le pregunté, señalando a Ari y a Janco.
—Él está en el otro lado del castillo, pero sentí que alguien utilizaba el poder
antes de que llegáramos. Unos momentos breves. Así que hay o hubo otro mago en el
castillo.
—¿No lo sabes tú?
—Desgraciadamente, no.
—Pero sabes de quién se trata, ¿verdad?
—No. Hay varios magos que han desaparecido. O están muertos o escondidos.
Algunos son muy reservados, por lo que nunca sabemos nada de ellos. Podría ser
cualquiera. Yo sólo puedo identificar a un mago si he establecido un vínculo con él o
ella, tal y como he hecho contigo. ¿Qué le pasa al Comandante? —me preguntó, tras
inspeccionar las armas que había contra la pared—. Los pensamientos prácticamente
se le escapan de la cabeza. Es tan abierto... Yo podría sacarle toda la información que
quisiera si no fuera porque va contra nuestro código de ética.
Yo no podía responderle a eso.
—¿Qué estás haciendo aquí? —quise saber.
Irys sonrió. Indicó el bastón que yo tenía entre las manos.
—¿Qué haces tú con ese arma?
Como no veía razón alguna para mentir, expliqué mi entrenamiento.
—¿Cómo te ha ido hoy? —me preguntó.
—Por primera vez, he derrotado a mis tres compañeros.
—Interesante —comentó Irys. Parecía contenta.
—¿Por qué estás aquí? —insistí, tras mirar a Ari y a Janco, que seguían sumidos
en su profunda conversación—. Me prometiste un año. ¿Estoy cerca de salir
ardiendo?
—Aún te queda tiempo. Por el momento, te has estabilizado, pero, ¿cómo de
cerca estás de venir a Sitia?
—No puedo conseguir el antídoto, a menos que tú le puedas sacar la
información de la mente.
—Imposible. Sin embargo, mis curanderos dicen que si puedes conseguir
suficiente antídoto para que te dure un mes, hay una posibilidad de que te podamos
quitar el veneno del cuerpo. Ven con nosotros cuando nos marchemos. Tengo una
consejera que es justo de tu tamaño. Ella se pondrá tu uniforme y alejará a Valek y a
sus hombres mientras tú ocupas su lugar. Con una máscara puesta, nadie se daría
cuenta.
La esperanza se despertó dentro de mí. El corazón se me aceleró. Tenía que
tranquilizarme. Irys había dicho que existía la posibilidad de sacarme el veneno del
cuerpo, pero no había garantías. El plan de huida parecía sencillo, pero yo busqué
posibles fallos. Sabía muy bien que no debía fiarme por completo de ella.
—El consejero Mogkan estuvo aquí la semana pasada —dije—. ¿Es él uno de
tus espías?
—Mogkan... Mogkan...
—Es un hombre alto, de ojos grises. Tiene el pelo largo y lo lleva recogido con
una única trenza. Valek me dijo que tiene poderes.
—¡Kangom! ¡Qué poco original! Lo perdí de vista hace diez años. Se produjo un
gran escándalo sobre su implicación en una banda de secuestradores. Oh —susurró,
mirándome fijamente—. ¿Dónde está ahora?
—En el DM-5. ¿Se le busca?
—Sólo si se convierte en un peligro para Sitia, pero eso explica por qué he
estado captando emanaciones de poder desde esa dirección —dijo—. De hecho, hay
un débil flujo de magia en el castillo. Podría ser de Kangom... O Mogkan, aunque no
lo creo. Él no tiene esa clase de fuerza. Probablemente no sea nada de importancia.
Sin embargo, he sentido que alguien absorbía poder recientemente. Bueno, ¿vienes
conmigo?
Tal vez la magia de Mogkan no le preocupara a ella, pero a mí sí. Parecía existir
un vínculo entre la magia de Mogkan y el inusual comportamiento del Comandante,
pero no podía entender por qué.
No sabía qué hacer. El hecho de escapar siempre había sido un reflejo
defensivo. Marcharme al sur me ofrecía mi mejor posibilidad de supervivencia.
Meses antes, me habría aferrado a la posibilidad, pero en aquel momento, me parecía
que era como abandonar el barco demasiado pronto.
—No. Todavía no.
—¿Estás loca?
—Probablemente, pero primero tengo que terminar una cosa. Entonces,
mantendré mi promesa y me marcharé a Sitia.
—Si sigues con vida.
—Tal vez tú puedas ayudarme. ¿Hay algún modo en el que pueda proteger mi
mente de influencias mágicas?
—¿Te preocupa Kangom?
—Mucho.
—Creo que sí. Eres lo suficientemente fuerte como para manejarlo —dijo,
entregándome mi bastón—. Haz una de tus katas, cierra los ojos y aclara la mente.
Empecé con una de bloqueo.
—Imagínate un ladrillo. Coloca un ladrillo en el suelo y luego haz una fila de
ellos. Utilizando un mortero imaginario, construye otra fila. Sigue construyendo
hasta que tengas una pared tan alta como tu cabeza.
Hice lo que Irys me decía. Cuando por fin terminé, había formado una
resistente pared mental.
—Basta —me ordenó—. Ahora, abre los ojos —añadió. Mi pared desapareció—
¡Ahora, bloquéame!
Una música resonó en mi cabeza, abrumándome.
—Imagina tu pared —me gritó Irys.
Mi muro se erigió inmediatamente. La música se detuvo en seco.
—Muy bien. Sugiero que termines todo lo que tengas que terminar aquí y te
vengas al sur. Con esa clase de fuerza, si no consigues controlar tu magia por
completo, alguien podría quitártela y utilizarla, convirtiéndote en un esclavo sin
mente.
Con eso, se dio la vuelta y se marchó del almacén. En el momento en el que la
puerta se cerró, Ari y Janco terminaron su conversación y parpadearon como si se
estuvieran despertando de un profundo sueño.
—¿Has terminado ya? ¿Cuántas katas? —me preguntó Ari.
Yo me eché a reír y dejé el bastón.
—Vamos, tengo hambre.
Cuando la delegación de Sitia se marchó tres días después, tuve un repentino
ataque de pánico. ¿Qué diablos estaba haciendo? Era la oportunidad perfecta para
escapar al sur, pero yo había decidido quedarme en el castillo y prepararme para ir a
la casa de Brazell. Irys tenía razón. Estaba loca. Cada vez que pensaba en el viaje, el
corazón se me aceleraba. El Comandante lo había preparado todo para salir al día
siguiente.
Empecé a preparar mis provisiones especiales para el viaje. El rostro triste de
Dilana me recibió cuando fui a pedirle ropa de viaje. Los papeles de Rand ya estaban
preparados. Venía con nosotros.
—Yo he pedido un traslado, pero dudo que me lo concedan. Si ese imbécil se
hubiera casado conmigo, no estaríamos en esta situación.
—Aún tenéis tiempo de hacer la solicitud. Si se aprueba, podrás viajar al DM-5
para la boda.
—El no quiere que nadie sepa lo que siente por mí. Le preocupa que me
pudieran utilizar para vengarse de él.
Dilana estaba inconsolable. Ni siquiera se alegró cuando le dije que, con el
nuevo tratado de comercio, se podría importar seda. Cuando me dio la ropa, me
marché de su taller sin haber conseguido animarla.
La mañana siguiente amaneció gris y nublada. La estación fría estaba
comenzando, lo que normalmente indicaba el fin de los viajes, no el inicio. Las nieves
probablemente mantendrían nuestra partida en casa de Brazell hasta que llegara la
estación de las heladas. Temblé sólo de pensarlo.
Valek me detuvo antes de que me marchara de nuestra suite.
—Éste es un viaje muy peligroso para ti. Intenta pasar desapercibida y mantén
los ojos abiertos. Cuestiona los pensamientos que tengas, porque podrían no ser
tuyos —dijo. Entonces, me entregó una petaca de plata—. El Comandante tiene tu
dosis de antídoto, pero, si se le olvidara, aquí tienes un suministro de apoyo. No le
digas a nadie que lo tienes y mantenlo oculto.
Por primera vez, Valek había confiado en mí.
—Gracias.
El miedo me rozó el estómago mientras metía la petaca en mi mochila. Otro
peligro que no había reconocido. ¿Qué más había pasado por alto?
—Espera, Yelena, hay una cosa más. Quiero que tengas esto.
Extendió la mano y en ella vi la hermosa mariposa de piedra que él había
tallado. Los puntos de plata relucían maravillosamente. Una cadena de plata colgaba
de un pequeño agujero que tenía en el cuerpo.
Valek me colocó la cadena alrededor del cuello.
—Cuando la tallé, pensaba en ti. Delicada en apariencia, pero con una fuerza
que no se nota a primera vista.
Sentí una extraña tensión en el pecho. Valek se comportaba como si no fuera a
volver a verme. Su miedo por mi seguridad parecía auténtico. Sin embargo, ¿le
preocupaba yo o su valiosa catadora de comidas?