miércoles, 4 de septiembre de 2013

Capítulo 5

El sol iluminaba unos cuantos metros del agujero. Bajo la tapa había un par de escalones cortados en la arenisca.
—¿Sientes a alguien ahí dentro? —me preguntó Leif.
Yo tiré de un hilo de poder y me proyecté hacia la oscuridad. Rocé con la conciencia muchas de aquellas mentes oscuras, pero no a personas.
—Murciélagos —dije—. Hay muchos. ¿Y tú?
—Sólo satisfacción y petulancia.
—¿Será otra pista falsa? —preguntó Marrok.
—¿O una trampa? —preguntó Tauno. Miró a su alrededor con movimientos furtivos, como si le preocupara que salieran cientos de Vermin de la tierra.
—Uno tiene que entrar ahí para informarnos —dijo el Hombre Luna, mirando a Tauno—. Sabía que necesitaríamos un explorador.
Tauno se sobresaltó. Las gotas de sudor le recorrían la frente. Tragó saliva.
—Necesitaré una luz.
Leif tomó una de sus pequeñas antorchas de cocina de su mochila.
—No duran mucho —le dijo. La encendió y se la entregó a Tauno.
Con la luz, el explorador Sandseed bajó primero por la abertura. Esperar me resultó difícil. Me imaginé todo tipo de peligros en el camino de Tauno, y estaba pensando que se había caído y se había roto una pierna, o algo peor, cuando él apareció por el agujero nuevamente.
—Las escaleras conducen a una gran cavidad de la que nacen muchos túneles. He visto varias huellas en la tierra, pero tenía que volver antes de que se me apagara la luz —dijo Tauno—. También he oído correr el agua cerca.
Ya lo sabíamos. Los Vermin habían huido por aquella cueva.
—Leif, ¿qué necesitas para conseguir que esa luz dure más? —le pregunté.
—No estarás pensando en bajar ahí, ¿verdad? —me preguntó Marrok, horrorizado.
—Claro que sí. Quieres encontrar a Cahil, ¿no?
—¿Y por qué estás tan segura de que ha bajado ahí?
Yo miré a Leif, y dijimos al unísono:
—Satisfacción y petulancia.
Mientras Leif y Tauno volvían al campamento Daviian por madera, el Hombre Luna y yo pensamos en qué podíamos hacer con los caballos. Necesitaríamos la capacidad de Marrok para rastrear y el agudo sentido de la orientación de Tauno
para encontrar el camino dentro de la caverna. Leif y yo teníamos que llevar a Cahil de vuelta a Citadel, así que eso sólo dejaba libre al Hombre Luna.
—No voy a quedarme esperando —afirmó él.
—Alguien tiene que quedarse para darles de comer y de beber a los caballos —dije yo.
Kiki relinchó. Yo abrí mi mente para ella.
«No es necesario», me dijo. «Esperamos, y después vamos».
«¿Adonde?».
«Al mercado».
Vi una imagen del mercado Illiais en mi cabeza. Al ser el punto de comercio más importante de todo el sur de Sitia, el mercado estaba situado entre la frontera oeste de la Selva Illiais y las tierras del clan Cowan.
«¿Cómo es que conoces el mercado?», le pregunté.
«Conozco la tierra como conozco la hierba».
Yo sonreí. La concisa visión de Kiki sobre la vida me sorprendía por sus muchas capas de emoción. Si yo pudiera ver el mundo de la misma manera, mi vida sería más fácil.
El Hombre Luna me había estado observando.
—Quizá Kiki debiera convertirse en tu tutora.
—¿Para qué? ¿Para ayudarme a convertirme en Halladora de Almas?
—No. Tú eres una Halladora de Almas. Ella puede ayudarte a ser Halladora de Almas.
—¿Más consejos crípticos del Tejedor de Historias?
—No. Está claro como el aire —dijo él, y me sonrió—. Vamos a preparar a los caballos.
Les quitamos las bridas y las riendas y las metimos en las alforjas. Cuando Leif y Tauno volvieron, distribuimos las provisiones por nuestras mochilas, y lo sobrante lo dejamos en las alforjas. Los caballos tendrían las sillas puestas, pero nos aseguramos de que nada quedara colgando y de que nada impidiera sus movimientos naturales.
Mi mochila era más pesada de lo normal, pero yo tenía el presentimiento de que quizá necesitáramos algunos de los instrumentos que llevaba dentro.
Cuando estuvimos listos, Leif encendió las antorchas de madera, que había impregnado de un aceite que llevaba en las alforjas de Rusalka. Dejó la mayor parte de sus pócimas y medicinas allí, alardeando de que podía encontrar cualquier cosa que necesitáramos en la selva.
—Si encontramos la salida —murmuró Marrok—. ¿Qué haremos si nos perdemos en las cavernas?
—Eso no va a suceder —dijo el Hombre Luna—. Yo marcaré el camino con pintura. Si no podemos encontrar el camino de salida, volveremos a la planicie. Los caballos esperarán hasta que Yelena les diga que se marchen.
El Hombre Luna le pasó el brazo por los hombros a Marrok. Marrok se puso tenso, casi como si esperara un golpe.
—Confía en ti mismo, Rastreador. Nunca te has perdido —le dijo el Hombre Luna.
—Nunca he estado en una cueva —repuso Marrok.
—Entonces, será una nueva experiencia para nosotros dos —dijo el Hombre Luna, con los ojos brillantes de impaciencia. Sin embargo, Marrok se encogió.
A mí no me resultaban extraños los lugares pequeños y oscuros. Antes de convertirme en la catadora de la comida del Comandante, había pasado un año en las celdas del Comandante, esperando a que me ejecutaran. Aunque no estaba ansiosa por volver a un lugar así, controlaría los nervios con tal de capturar a Ferde.
—Hay algunas cuevas en la selva —dijo Leif—. La mayoría son guaridas de leopardos, y la gente las evita, pero yo he explorado algunas —dijo.
Nuestras miradas se cruzaron, y por su sonrisa triste, yo supe que había registrado aquellas cavernas buscándome. Tauno y Marrok tomaron una antorcha cada uno. Con Tauno como guía, entramos en la cueva por la pequeña abertura.
Las antorchas iluminaron un túnel de un metro de anchura. Había marcas de palas en las toscas paredes, que indicaban que el espacio había sido cavado. Los escalones se convirtieron en baches que ralentizaban nuestro paso a medida que nos deslizábamos hacia abajo por el pasadizo. Yo tosí, porque el polvo que levantábamos se había mezclado con el flujo de aire húmedo constante.
Cuando llegamos a la caverna, la luz de Tauno iluminó unas piedras que parecían dientes. Unas cuantas colgaban del techo, y otras surgían del suelo, como si estuviéramos en la boca de una bestia gigante.
—No os mováis —dijo Marrok, mientras examinaba el suelo.
Mientras él buscaba rastros, las sombras danzaban en las paredes llenas de agujeros. Había profundos pozos de negrura que señalaban otros túneles, y pequeños charcos de agua en el suelo. El sonido del goteo y el correr del agua llenaba el aire con un zumbido agradable que contrarrestaba el desagradable olor de humedad mineral, mezclado con un hedor animal.
El Hombre Luna agachó los hombros y comenzó a jadear.
—¿Te ocurre algo? —le pregunté.
—Las paredes me oprimen. Me siento apretado. Sin duda, es mi imaginación —dijo, y siguió marcando las paredes del túnel con pintura roja.
—Por aquí —dijo Marrok, y nos mostró una serie de salientes que descendían por un pasadizo.
El olor que ascendía de aquel pasadizo era intenso y fétido. Yo tuve náuseas. Tauno comenzó a bajar. Los salientes resultaron ser grandes piedras colocadas una sobre la otra. Continuamos el camino, y con algunas maldiciones y murmullos, alcanzamos a Tauno.
Él esperó en el último saliente visible. Más allá de él, el pasadizo terminaba en una oscuridad total. Tauno dejó caer su antorcha. Aterrizó en un suelo de piedra, mucho más abajo.
—Demasiado lejos como para saltar —dijo Tauno.
Yo saqué el garfio de mi mochila y lo enganché en una grieta, contenta de haber decidido llevarlo. Até la cuerda al gancho y probé la fuerza de sujeción del garfio. Estaba seguro por el momento, pero el Hombre Luna se curó en salud y sujetó la cuerda cuando Tauno saltó por el borde y descendió.
Pese al frío, el Hombre Luna estaba sudando. Su respiración arrítmica resonaba contra las paredes. Cuando Tauno llegó al fondo, el Hombre Luna soltó la cuerda. Tauno tomó la antorcha y exploró la zona, antes de darnos el aviso de que podíamos bajar. Uno por uno, nos unimos a él en el fondo del pasadizo. Dejamos el garfio en su lugar por si necesitábamos volver.
—Tengo buenas y malas noticias —nos dijo Tauno.
—Dínoslo —ladró Marrok.
—Hay una salida de esta cámara, pero no creo que el Hombre Luna ni Leif quepan por ella —dijo Tauno, y nos mostró una pequeña abertura. La llama de la antorcha tembló debido al aire que provenía del canal.
Yo miré a Leif. Aunque Marrok era más alto que él, Leif tenía los hombros más anchos. ¿Cómo habían pasado Cahil y Ferde por allí? ¿O habían tomado una ruta distinta? Era difícil juzgar el tamaño de una persona basándose en la memoria. Quizá no hubieran tenido ningún problema.
—Primero, exploremos el túnel. Vamos a ver lo que hay al otro lado —dije yo.
Tauno desapareció por el agujero con agilidad. Leif se agachó junto a la abertura para examinarla.
—Tengo más aceite de plantas —dijo—. Quizá podamos engrasarlo y deslizamos por él —propuso. Dio un paso atrás cuando la luz de Tauno iluminó la abertura.
—Se hace más ancho tres metros más abajo, y termina en otra cueva —dijo Tauno. Tenía los pies cubiertos de barro negro y maloliente—. Es la fuente del hedor —respondió, cuando le preguntamos qué era—. Guano de murciélago. Hay mucho.
Nos costó mucho recorrer aquellos tres metros, y yo me desesperé por todo lo que tardamos en estrujar a dos hombres tan grandes para que cupieran por aquella estrecha abertura. Sería imposible alcanzar a Cahil y a los demás. Y el ataque de pánico del Hombre Luna cuando se atascó durante un instante puso a todo el mundo los nervios de punta.
Allí, hundidos hasta los tobillos en excremento de murciélago, formábamos un grupo muy triste. Mi consternación se reflejaba en el rostro de todo el mundo. Y no se debía al olor pútrido y ácido. Leif tenía los hombros arañados y ensangrentados, y el Hombre Luna tenía la piel de los brazos rasgada. Le sangraban las manos.
El Hombre Luna tenía la respiración entrecortada.
—Volvamos. Deberíamos… volver —dijo entre jadeos—. Mala idea. Mala idea. Mala idea.
Yo reprimí mi preocupación por Cahil. Conecté con la fuente de poder, tiré de un hilo y busqué la mente del Hombre Luna. Un miedo claustrofóbico había empujado a la lógica y la razón a un lado. Me hundí más en su pensamiento y encontré al fuerte Tejedor de Historias. Le recordé la importancia de nuestro viaje. Un Tejedor de Historias Sandseed no se dejaría dominar por el pánico. La respiración del Hombre Luna se calmó, y yo me retiré de su mente.
—Lo siento —dijo él—. No me gusta esta cueva.
—A nadie nos gusta —murmuró Leif.
Sin soltar la hebra de magia, me concentré en los brazos del Hombre Luna. Se le habían desprendido largas tiras de piel de los brazos. Cuando me concentré en sus heridas, los brazos comenzaron a dolerme como si tuviera quemaduras. Cuando ya no puedo soportar más el fuego de las heridas, usé la magia para apartarlo de mí. Me tambaleé de alivio, y me habría desplomado al suelo si Leif no me hubiera agarrado.
El Hombre Luna examinó sus brazos.
—Esta vez no he podido prestarte mi fuerza —me dijo—. Tu magia me ha inmovilizado.
—¿Qué es esto? —preguntó Leif.
Él alzó mi mano hacia la luz. La sangre se derramaba por mis brazos, pero no podía encontrar la lesión. Cuando había ayudado a Tula, una de las víctimas de Ferde, Irys había pensado que yo asumí sus heridas y después me curé a mí misma. Supongo que había ocurrido lo mismo con la mejilla aplastada de Marrok. Sin embargo, al ver la prueba física, la teoría de Irys se convirtió en realidad. Me quedé mirando la sangre y me mareé.
—Eso es interesante —dijo Leif.
—¿Interesante en un sentido bueno o malo? —pregunté yo.
—No lo sé. Nadie lo había hecho antes.
Yo miré al Hombre Luna.
—Un par de Tejedores de Historias tienen el poder de sanar, pero no así —me dijo—. Quizá sea algo que sólo puede hacer una Halladora de Almas.
—¿Quizá? ¿Es que no lo sabes? Entonces, ¿por qué me has hecho creer que lo sabes todo sobre mí? —le pregunté.
Él se frotó el brazo.
Maria V. Snyder - Dulce Fuego - 3º Soulfinders
Escaneado por Mariquiña-Naikari y Corregido por ID Nº Paginas 39-252
—Soy tu Tejedor de Historias. Lo sé todo sobre ti, pero no lo sé todo sobre los Halladores de Almas. ¿Te defines a ti misma con ese título, estrictamente?
—No.
Yo evitaba aquel título.
—Bueno —dijo él, como si con aquello lo hubiera aclarado todo.
—Vamos —dijo Marrok, a través de su camisa. Se había cubierto la nariz y la boca para mitigar el olor—. El rastro de los Daviian en esta porquería es fácil de seguir.
Con Marrok a la cabeza, seguimos caminando con cuidado. A medio camino por la cueva de los murciélagos, sentí un despertar. Tiré de una fina hebra de poder y me conecté con la mentes oscuras que flotaban sobre nosotros. Su necesidad de comida me presionó, y a través de ellos, percibí la situación exacta de cada uno de los murciélagos, de cada pared, de cada salida, de cada roca y de cada figura que pasaba por debajo. Todos salieron volando.
—¡Agachaos! —grité, mientras descendía una nube de criaturas.
El zumbido del batir de las alas fue aumentando mientras los cuerpecillos negros nos rodeaban. El aire estaba lleno de murciélagos. Habilidosamente, evitaban chocar con nosotros y entre ellos mientras se dirigían hacia la salida, a buscar los insectos y las bayas de la selva.
Mi mente viajó con ellos. El éxodo instintivo de miles de murciélagos que volaban por los estrechos túneles de la cueva era tan organizado como un ataque militar. Y como todos los eventos bien planificados, tomó un tiempo que todos los murciélagos salieran. Los músculos de las piernas me dolían cuando por fin pude incorporarme. Miré a mis compañeros. Ninguno estaba herido, aunque algunos estaban salpicados con guano.
Marrok había tirado la antorcha al suelo y tenía la cabeza cubierta con los brazos. Estaba resoplando de angustia.
—Capitán Marrok —le dije, con la esperanza de calmarlo—, la antorcha.
Mi orden consiguió hacerlo reaccionar. Tomó el palo apagado y me lo entregó.
—¿Por qué?
—Porque los murciélagos me han enseñado el camino de salida —dije, y sentí asco cuando tomé el palo cubierto de excremento—. Leif, ¿puedes volver a encender esto?
Leif asintió, y las llamas surgieron de la antorcha. Entonces, mi hermano me preguntó:
—¿Cuánto queda para la selva?
—No está lejos.
Yo guié al grupo a buen paso. Nadie se quejó. Todos tenían tantas ganas de salir del túnel como yo.
El sonido del agua y la frescura del aire fueron las únicas señales de que habíamos llegado a nuestro destino. El día se había convertido en noche mientras recorríamos el pasadizo subterráneo. Por los murciélagos, sabía que el agua fluía por el suelo de la salida y caía en cascada a la selva, a unos diez metros más abajo, sobre unos peñascos.
Los demás me siguieron hasta el borde de la corriente. Apagamos las antorchas y esperamos a que nuestra visión se adaptara a la débil luz de la luna. Yo observé la selva, que se extendía bajo nosotros, con la magia, buscando cualquier pista de una emboscada o de que hubiera algún leopardo de los árboles. También las serpientes eran un peligro para nosotros, pero la única vida que percibí fueron pequeñas criaturas que se escabullían por los matorrales bajos.
—Preparaos para mojaros —les dije, antes de meter la pierna hasta la rodilla en el agua profunda.
Mis botas se llenaron inmediatamente. Había muchas rocas en las que subirse, pero también estaban bajo el agua, o húmedas. Me quité la mochila y la tiré hacia un lugar seco en la orilla contraria.
—Con cuidado —dije.
Me volví y me agaché para bajar al agua. Al menos, el agua me quitó el excremento maloliente de encima.
Cuando todos estábamos en la corriente, la atravesamos y salimos a la orilla temblando y chorreando agua.
—¿Y ahora qué? —me preguntó Leif.
—Está demasiado oscuro para buscar un rastro —dijo Marrok—. A menos que tengamos más antorchas.
Yo miré a nuestro variopinto grupo. Tenía una muda de ropa seca en la mochila, pero Tauno y el Hombre Luna no tenían nada. La orilla era lo suficientemente ancha como para hacer una hoguera.
—Tenemos que secarnos y descansar un poco.

—Vais a morir —tronó una voz desde la selva.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Capítulo 4

Cuando el espejismo desapareció, también desaparecieron las tiendas y los Daviian. El único hombre que había ante el fuego se desplomó antes de que los guerreros Sandseed llegaran hasta él.
Había pruebas en el suelo de que un gran ejército había estado acampado allí. Sin embargo, cuando los líderes Sandseed restauraron el orden entre los guerreros, muchas de las huellas se habían borrado.
Y el único testigo había tomado veneno.
—Es uno de sus brujos, un Hechicero —dijo el Hombre Luna, moviendo el cuerpo con un pie—. Él mantuvo el espejismo y cuando ya no era necesario, se ha suicidado.
—Si pueden despejar la zona, quizá sea capaz de averiguar adonde han ido —dijo Marrok.
Los guerreros Sandseed volvieron hacia el bosquecillo de espinos. El Hombre Luna y yo nos quedamos junto al fuego mientras Marrok y Leif recorrían el campamento. Marrok buscaba pruebas físicas, mientras Leif se valía de su magia para olfatear las intenciones de los Daviian. Yo protegí mi conocimiento mental tanto como pude. Si buscaba a una persona en concreto, quizá pudiera alcanzarlos desde lejos, pero con una búsqueda general, mi magia sólo cubría unos quince kilómetros. No alcancé a nadie en la planicie, y la explosión de vida de la selva era demasiado abrumadora como para distinguir algo.
Cuando Marrok y Leif terminaron su recorrido, volvieron. La expresión sombría de sus rostros presagiaba malas noticias.
—Se marcharon hace días. La mayor parte de las huellas se dirigen hacia el este y el oeste —les dijo Marrok—. Sin embargo, he encontrado algunas escarpias de metal con fibras de ropa en el suelo, cerca del borde de la meseta. Quizá unos cuantos Vermin hayan bajado a la selva.
Yo le toqué el brazo a Leif.
—¿Los Zaltana?
—Si los Vermin llegan a encontrar nuestro pueblo entre los árboles, estarán bien protegidos —dijo mi hermano.
—¿Incluso de los Hechiceros?
Leif palideció.
—¿Aún están allí las cuerdas? —le pregunté a Marrok.
—No. Los otros debieron de esperar y cortar las cuerdas. O se las han llevado —respondió Marrok.
—¿Sabes cuántos han bajado? —le preguntó el Hombre Luna.
—No.
—Había muchas esencias y emociones mezcladas —dijo Leif—. La necesidad de sigilo y apremio predomina. Se movían con un objetivo, y se sentían seguros. El grupo del este, sin embargo, estaba formado por hombres y ellos… —Leif cerró los ojos y olisqueó la brisa—. No sé. Necesitaría seguir su rastro durante un rato.
Marrok condujo a Leif hacia las huellas del este. Yo le pedí a Kiki y a los otros caballos que se dirigieran hacia nosotros. Mientras los esperábamos, el Hombre Luna y los demás Tejedores de Historias separaron a los guerreros en dos grupos, y enviaron dos exploradores, uno al oeste y el otro al este.
Sin embargo, ¿qué ocurría con los que habían bajado por las cuerdas hacia la selva? ¿Dónde estaban Cahil y Ferde? ¿Estaban con los Daviian? Y de ser así, ¿adónde habían ido?
Cuando llegaron los caballos, tomé mi bolsa de la silla de Kiki. La abrí, saqué mi cuerda y me dirigí hacia el borde de la planicie. Encontré una de las escarpias que Marrok había mencionado y até mi cuerda. Me tumbé sobre el estómago y me acerqué al borde hasta que puede ver lo que había abajo, en la selva. Aquella bajada parecía muy peligrosa; quizá intentara llevarla a cabo una persona desesperada, pero la descripción que había hecho Leif de los Vermin no incluía la desesperación.
El Hombre Luna me estaba esperando junto a los caballos.
—Cuando vuelvan los grupos de exploración, nos pondremos en camino —dijo.
Algo que me había estado fastidiando, por fin, salió a la superficie.
—Tu gente ha estado peinando la planicie y ha estado vigilando el campamento. ¿Cómo es posible que los Vermin hayan escapado sin que os hayáis dado cuenta?
—Unos cuantos de sus Hechiceros han sido Tejedores de Historias. Deben de haber aprendido a elaborar un escudo anulador.
—Eso sólo ocultaría su presencia ante una búsqueda mágica, pero, ¿no se puede verlos?
Antes de que el Hombre Luna pudiera responder sonó un grito. Leif, Marrok y el explorador corrieron hacia nosotros.
—He encontrado una zanja —dijo Marrok, jadeando.
—Va hacia el este, y luego hacia el norte —dijo el explorador.
—Malas intenciones —dijo Leif.
Hacia el norte, hacia las Llanuras de Avibian. Hacia las tierras sin protección de los Sandseed, porque sus guerreros estaban allí, en la planicie. Todos.
El Hombre Luna se cubrió la cara con las manos, como si necesitara escapar de las distracciones y pensar.
El segundo explorador llegó del oeste.
—¿Otra trinchera? —preguntó Marrok.
—El rastro termina. Volvieron hacia atrás —dijo el explorador.
El Hombre Luna bajó las manos y comenzó a impartir órdenes a gritos, enviando a los guerreros hacia el noreste a toda velocidad e instando a los Tejedores de Historias que se pusieran en contacto con la gente que se había quedado atrás, en las llanuras.
—Vamos —dijo después.
—No —respondí yo.
Él se detuvo y me miró.
—¿Qué?
—Es evidente. No creo que Cahil aceptara eso.
—Entonces, ¿adónde ha ido? —preguntó el Hombre Luna.
—La mayor parte de los Daviian fue al este, pero creo que un grupo más pequeño ha ido al oeste o al sur.
—Mi pueblo está en peligro —dijo el Hombre Luna.
—Y el mío —respondí yo—. Tú ve con tus guerreros. Si estoy equivocada, os alcanzaremos.
—¿Y si tienes razón?
Buena pregunta. Sólo éramos tres.
—Yo iré con vosotros —dijo el Hombre Luna.
Se volvió hacia uno de los Tejedores de Historias y yo sentí el roce de la magia en la piel mientras ellos conectaban sus mentes.
Después de que terminaran su conversación telepática, Tauno se acercó a nuestro grupo y preguntó:
—¿Adónde vamos?
Yo miré al Hombre Luna. Él se encogió de hombros.
—Se le da mejor rastrear que pelear. Lo necesitaremos —dijo con seguridad.
Yo suspiré al entender lo que quería decir.
—Hacia el oeste.
Para bajar a la selva, debíamos seguir el borde oeste de la meseta hacia las tierras del clan Cowan. Cuando estuviéramos en sus tierras, nos dirigiríamos al sur para adentrarnos en el bosque, y después, al este, hacia la Selva Illiais. Sólo había que esperar que no llegáramos demasiado tarde.
Montamos en los caballos. Tauno y Marrok nos guiaron una vez más. El lugar donde los Daviian se habían dado la vuelta fue evidente incluso para mí. La arena estaba llena de marcas en donde se habían detenido, y hacia el oeste, el suelo estaba intacto.
Tauno detuvo a los caballos y esperó más instrucciones.
—Un truco. Percibo engaño y petulancia —dijo Leif.
—¿Por qué petulancia? —pregunté yo—. Dejar un rastro falso es una estrategia básica.
—Puede ser Cahil —dijo Marrok—. Él tiende a pensar que es más listo que nadie. Quizá pensara que con esto engañaría a los Sandseed para que enviaran a la mitad de sus guerreros en la dirección equivocada.
Yo proyecté mi magia por la arena suave. Encontré unos cuantos ratones que buscaban comida. Había una serpiente enroscada en una roca caliente, disfrutando del sol de la tarde. Y encontré una extraña mente oscura.
Yo seguí buscando por la planicie. A unos cuantos metros de nosotros había un punto donde la tierra parecía esponjosa, como si hubieran cayado un agujero y después lo hubieran tapado. Yo bajé de Kiki y caminé hasta aquel lugar. Noté que la arena estaba blanda bajo mi pies.
—Un Vermin debe de haber enterrado algo aquí —dijo Marrok.
Tauno resopló con disgusto.
—Probablemente, habéis encontrado uno de sus pozos negros.
Kiki se acercó, con el Hombre Luna montado en su lomo.
«Huele a humedad», dijo.
«¿Humedad buena o mala?», pregunté yo.
«Sólo a humedad».
Tomé mi garfio de la mochila y comencé a cavar. Los otros me observaron con expresiones diferentes, de diversión, de disgusto y de curiosidad.
Cuando había cavado unos treinta centímetros, di con algo duro.
—Ayudadme a retirar la arena.
Mi desganado público se unió a mí. Finalmente, desenterramos una plancha de madera.
Marrok tocó con los nudillos y dijo que era la tapa de una caja. Todos trabajamos más aprisa para encontrar los bordes. Era una tapa redondea de un metro de diámetro.
Mientras Tauno y el Hombre Luna hablaban sobre por qué los Vermin habían enterrado una caja circular, yo encontré la tapa y la abrí. Una ráfaga de aire estuvo a punto de absorber la tapa hacia abajo nuevamente.
Todo el mundo se quedó en silencio, asombrado. La tapa cubría un agujero que había en el suelo. Y, a juzgar por la fuerza del aire que emanaba de él, era un agujero muy profundo.

Capítulo 3

—Quédate atrás, Yelena —me ordenó Marrok—. Respóndeme, Leif.
Leif estaba muy pálido, pero tenía los labios apretados con firmeza. Me miró a mí.
—¿Qué quieres, Marrok? —le pregunté.
Los moretones de su rostro habían desaparecido, pero aún tenía el ojo derecho hinchado y herido, pese a los esfuerzos que había hecho el Sanador Hayes para reparar su pómulo roto.
—Quiero encontrar a Cahil —dijo Marrok.
—Todos queremos encontrarlo. ¿Por qué estás amenazando a mi hermano? —le pregunté yo, en tono severo, para recordarle que en aquel momento estaba tratando conmigo. Tener una mala reputación también proporcionaba ventajas.
Marrok me miró también.
—Tu hermano trabaja con la Primera Maga. Ella está al mando de la búsqueda. Si tiene alguna pista sobre dónde puede estar Cahil, enviará a Leif —razonó Marrok, y señaló las bridas que Leif tenía entre las manos—. No creo que en un día como hoy vaya al mercado, ni a dar un paseo por placer. Sin embargo, no quiere decirme adónde va.
—¿Y por qué no has decidido seguirlo? —le pregunté yo. La habilidad de rastreo de Marrok había impresionado tanto a los caballos que lo habían llamado Rastreador.
Marrok se tocó la mejilla e hizo un gesto de dolor. Yo supuse lo que pensaba. Marrok había seguido a Cahil con suma lealtad, pero Cahil lo había golpeado y torturado para averiguar la verdad sobre su nacimiento. Después, lo había abandonado al borde de la muerte.
El soldado envainó la espada con un rápido movimiento, como si acabara de tomar una decisión.
—No puedo seguir a Leif. Me percibiría con su magia y confundiría mi mente.
—Yo no puedo hacer eso —dijo Leif.
—¿De veras? —preguntó Marrok, dejando descansar la mano sobre la empuñadura de la espada.
—Pero yo sí —dije.
Marrok fijó su atención en mí.
—Marrok, no estás en condiciones de viajar. Y no puedo permitir que mates a Cahil. El Consejo de Sitia quiere hablar con él primero.
Yo también quería hablar con él.
—No busco venganza —dijo Marrok.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Ayudar.
—¿Cómo? —preguntamos Leif y yo al unísono.
—Sitia necesita a Cahil. Los únicos que saben que no tiene sangre real son los miembros del consejo y los Maestros. Ixia es una amenaza real para el estilo de vida de Sitia. Sitia necesita una figura de cohesión. Alguien que los conduzca a la batalla.
—Pero Cahil ha ayudado a escapar a Ferde —dije yo—. ¡Y puede que Ferde esté torturando y violando a otra chica mientras hablamos!
—Cahil se quedó muy confuso y abrumado cuando supo la verdad de su nacimiento. Yo lo crié. Lo conozco mejor que nadie. Probablemente, ya lamenta su precipitación. Seguramente, Ferde habrá muerto. Si tengo la oportunidad de hablar con Cahil, estoy seguro de que podré convencerlo de que vuelva sin oponer resistencia, y podemos arreglar esto con el consejo.
Yo sentí que el poder me rozaba.
—Es sincero en cuanto a sus intenciones —dijo Leif.
Sin embargo, ¿cuáles eran las intenciones de Cahil? Yo lo había visto comportarse de forma despiadada y oportunista para reunir un ejército, pero nunca de forma precipitada. Sin embargo, sólo lo conocía desde hacía dos estaciones. Pensé en valerme de la magia para ver los recuerdos que Marrok tenía de Cahil, pero eso habría sido una violación del Código Ético del mago, a menos que él me diera su consentimiento. Así que se lo pedí.
—Adelante —dijo Marrok, mirándome.
Tenía un dolor reflejado en los ojos. El pelo gris y corto se le había quedado completamente blanco desde el ataque de Cahil.
El hecho de que me concediera el permiso fue suficiente para que yo me convenciera de su sinceridad, pero pese a sus buenas intenciones, quería reunir un ejército para atacar Ixia, y eso estaba en contra de lo que yo creía. Ixia y Sitia necesitaban entenderse y trabajar juntas. Una guerra no ayudaría a nadie.
¿Debía dejar allí a Marrok, para que influenciara al consejo y lo convenciera de atacar, o debía llevármelo? Sus habilidades de rastreo podían ser una ventaja.
—Si te permito que nos acompañes, deberás obedecer todas mis órdenes. ¿Entendido? —le pregunté.
Él se irguió, como si estuviera en una formación militar.
—Sí, señora.
—¿Tienes fuerzas para cabalgar?
—Sí, pero no tengo caballo.
—Eso no es un problema. Te encontraré un caballo Sandseed. Lo único que tienes que hacer es agarrarte —dije yo con una sonrisa, pensando en el paso de ráfaga de viento de Kiki.
Leif se rió y su cuerpo se relajó al notar que la tensión se había disipado.
—Buena suerte para que consigas convencer al Jefe de Establos para que te preste su caballo.
—¿A qué te refieres?
—Garnet es el único caballo, aparte de Kiki, que fue criado por los Sandseed.
Yo me encogí con sólo pensar en el obstinado y malhumorado Jefe de Establos. ¿Qué podía hacer? Ningún otro caballo podría seguir nuestro ritmo.
«Miel», me dijo Kiki.
«¿Miel?».
«Miel de Avibia. Al Jefe le encanta la miel».
Lo cual significaba que, si le ofrecía traerle miel de las Llanuras de Avibian al Jefe de Establos, quizá me prestara su caballo.
Salimos de Citadel por la puerta sur, y tomamos el camino del valle. Los campos de las granjas estaban rebosantes de maíz, y el lado derecho de la carretera estaba lleno de surcos de ruedas de carreta.
A la izquierda se extendían las Llanuras de Avibian. Con el frío, la hierba verde de las praderas se había vuelto marrón, y las lluvias habían ocasionado muchos charcos. El paisaje se había convertido en un pantanal que impregnaba el aire del olor húmedo a tierra podrida.
Leif cabalgaba sobre Rusalka, y Marrok llevaba agarradas las riendas de Garnet con todas sus fuerzas. Su nerviosismo afectaba al caballo, que temblaba a cada ruido que oía.
Kiki se puso a su lado para que yo pudiera hablar con él.
—Marrok, relájate. Yo soy la que le prometió la miel al Jefe de Establos, además de limpiar la habitación de arreos durante tres semanas.
Él se rió, pero siguió asiendo las riendas con tirantez.
Era hora de cambiar de táctica. Me estiré hacia la manta de poder que envolvía el mundo y tiré de uno de sus hilos de magia. Conecté mi mente a la de Garnet. El caballo echaba de menos al Jefe de Establos. No le gustaba el extraño que tenía sobre el lomo. Sin embargo, se calmó cuando yo le mostré nuestro destino.
«Hogar», convino Garnet. Quería ir. «Dolor».
La rígida sujeción de Marrok le hacía daño en la boca a Garnet, debido al bocado. Yo sabía que Marrok no se relajaría ni aunque lo amenazara con dejarlo allí. Suspirando, establecí contacto con su mente. Su preocupación y su miedo se debían más a Cahil que a sí mismo. Su aprensión se debía a que no se sentía con el control del poderoso caballo sobre el que cabalgaba, y también a que no tenía el control de la situación y tenía que acatar mis órdenes.
Había un trasfondo oscuro en sus pensamientos que me alarmó, y me habría gustado explorar más. Él me había dado permiso para que viera sus recuerdos de Cahil, pero no me había dado carta blanca para examinar su mente. En vez de eso, le envié algunos pensamientos calmantes. Aunque no podía oír mis palabras, sí podía percibir el tono de tranquilidad.
Después de un rato, Marrok ya no cabalgaba con tanta rigidez, y su cuerpo se movía siguiendo la marcha de Garnet. Cuando Garnet se sintió cómodo, Kiki se puso en camino hacia el este, hacia las llanuras. Sus cascos salpicaban en el barro mientras ella incrementaba la velocidad. Les hice a Leif y a Marrok una señal para que dejaran que sus caballos tomaran el control.
«Por favor, encuentra al Hombre Luna. Rápido», le pedí a Kiki.
Con un ligero salto, ella adoptó el paso de ráfaga de viento. Yo me sentí transportada en un río de viento. Las llanuras se hacían borrosas bajo los cascos de Kiki, a un paso el doble de rápido que un galope.
Sólo los caballos Sandseed podían alcanzar aquella velocidad, y sólo cuando cabalgaban por las Llanuras de Avibian. Tenía que ser una habilidad mágica, pero yo no sabía si Kiki tiraba de los hilos de poder. Tendría que preguntárselo al Hombre Luna cuando lo viera.
Las llanuras ocupaban una gran parte del este de Sitia. Estaban situadas al sureste de Citadel, y se extendían desde las Montañas Esmeralda, al este, hasta la Planicie Daviian, en el sur.
Con un caballo normal se tardarían unos siete días en cruzar las llanuras. Los Sandseed eran el único clan que vivía en aquel territorio, y sus Tejedores de Historias habían protegido sus tierras con un poderoso escudo mágico. Cualquier extraño que se adentrara en las Llanuras de Avibian sin permiso de los Sandseed se perdía. La magia podía confundir la mente de un intruso, y permanecería viajando en círculos hasta que por casualidad saliera de las llanuras o muriera de sed.
Los magos con poderes fuertes podían viajar sin que les afectara aquel escudo protector, pero los Tejedores de Historias siempre sabían cuándo había alguien cruzando sus tierras. Los miembros del clan de los Zaltana, al ser primos lejanos de los Sandseed, también podían viajar por las llanuras sin problemas. Los otros clanes evitaban la zona.
Como Marrok cabalgaba sobre un caballo Sandseed, la protección tampoco le afectaba, y pudimos avanzar durante toda la noche. Finalmente, Kiki se detuvo a descansar al amanecer.
Mientras Leif recogía leña, yo cepillé a los caballos y les di de comer. Marrok ayudó a Leif, pero yo me di cuenta de que estaba exhausto.
Teníamos la ropa mojada a causa de la lluvia, así que la colgué de un árbol. Marrok y Leif encontraron algunas ramas secas. Después de colocarlas sobre el suelo, Leif las miró fijamente y unas pequeñas llamas se encendieron.
—Fantasma —le dije yo.
El sonrió mientras llenaba un cazo con agua para hacer té.
—Te da envidia —me dijo.
—Es cierto —respondí con frustración.
Leif y yo teníamos diferentes poderes, pese a ser hermanos. Nuestro padre, Esau, no tenía poderes mágicos, sólo facilidad para encontrar y usar las plantas y los árboles de la selva para hacer comida, medicinas e inventos. Perl, nuestra madre, sólo podía sentir si una persona tenía capacidad mágica.
Entonces, ¿por qué Leif tenía la habilidad mágica de prender el fuego y de sentir la fuerza vital de una persona mientras que yo podía afectar a sus almas? Con mi magia, podía obligar a Leif a encender una hoguera, pero no podía hacerlo por mí misma. Me pregunté si alguien, en la historia de Sitia, habría estudiado la relación entre la magia y los padres de una persona. Bain Bloodgood, el Segundo Mago, lo sabría probablemente. Él tenía un ejemplar de todos los libros que existían en Sitia.
Marrok se quedó dormido en cuanto terminamos de comer el pan y el queso. Leif y yo nos quedamos despiertos junto al fuego.
—¿Le has puesto algo en el té? —le pregunté a mi hermano.
—Un poco de una corteza curativa, para ayudarle a sanar.
La cara de Marrok estaba cruzada de arrugas y cicatrices. A través de los hematomas amarillentos que tenía en la mandíbula, distinguí una incipiente barba blanca. De su ojo hinchado brotaban lágrimas y sangre. Tenía regueros rojos en la mejilla derecha. Hayes, el Sanador, no me había permitido que lo ayudara en la recuperación de Marrok. Otro más que temía mis poderes.
Yo le toqué la frente a Marrok. Tenía la piel caliente y seca. De él emanaba un olor fétido a carne podrida. Me erguí hacia la fuente de poder y sentí el escudo protector de los Sandseed, vigilándome por si descubría alguna señal de amenaza. Con la magia, proyecté un hilo de poder hacia Marrok y revelé los músculos y los huesos bajo su piel. Sus heridas latían con una luz roja. Tenía el pómulo hecho añicos, y algunas pequeñas piezas se le habían clavado en el ojo y le afectaban la visión. Tenía pequeños puntos negros de una infección por toda la zona.
Yo me concentré en la herida hasta que su dolor se traspasó a mi rostro. Noté una punzada de dolor atravesándome el ojo derecho, y mi visión se hizo borrosa al tiempo que se me caían las lágrimas. Me hice un ovillo y luché contra la arremetida, canalizando la magia de la fuente de poder a través de mi cuerpo. El flujo continuó y yo seguí haciendo un gran esfuerzo. De repente, la corriente de magia comenzó a moverse con facilidad y se llevó el dolor. Sentí un gran alivio y me relajé.
—¿Crees que ha sido buena idea? —me preguntó Leif cuando abrí los ojos.
—La herida estaba infectada.
—Pero has usado toda tu energía.
—Yo… —me senté. Estaba cansada, pero no exhausta—. Yo…
—Ha tenido ayuda —dijo una voz que salía de ninguna parte.
Leif se puso en pie, sobresaltado, pero yo reconocí aquella voz masculina y profunda. El Hombre Luna apareció junto a la hoguera como si acabara de materializarse. Su calva brillaba bajo la luz del sol.
Debido al frío, el Hombre Luna llevaba una túnica marrón de manga larga y unos pantalones, también de color marrón oscuro, que igualaba el color de su piel. Sin embargo, iba descalzo.
—¿No hay maquillaje? —le pregunté al Hombre Luna.
Cuando conocí al Hombre Luna, él había salido de un rayo de luna, cubierto sólo con una capa de pintura color añil. Me había dicho que era mi Tejedor de Historias, y me había mostrado la historia de mi vida, incluyendo mis recuerdos de infancia, que habían permanecido bloqueados durante mucho tiempo. Los seis años que había vivido con mis padres y mi hermano habían sido suprimidos por un mago llamado Mogkan para que no echara de menos a mi familia después de que me secuestraran.
El Hombre Luna sonrió.
—No me ha dado tiempo a cubrirme la piel. Y me alegro de haber venido en este momento —dijo, en tono de desaprobación—. O habrías gastado todas tus fuerzas.
—Claro que no —respondí yo como si fuera una niña contestona.
—¿Ya te has convertido en una Halladora de Almas todopoderosa? —me preguntó, con los ojos abiertos como platos con asombro fingido—. Me inclino ante ti, oh, la más grande —dijo, y se dobló por la cintura hacia delante.
—Está bien, ya es suficiente —respondí yo, riéndome—. Debería haberlo pensado dos veces antes de curar a Marrok. ¿Contento?
Él suspiró exageradamente.
—Estaría contento si pensara que has aprendido la lección y no volvieras a hacerlo. Sin embargo, sé que continuarás metiéndote en problemas. Está en el patrón de tu vida. No hay esperanza para ti.
—¿Para eso me has llamado? ¿Para decirme que no tengo arreglo?
El Hombre Luna se puso serio.
—Ojalá. Hemos sabido que el Ladrón de Almas ha escapado de la Fortaleza con la ayuda de Cahil. Uno de nuestros Tejedores de Historias, que estaba explorando la Planicie Daviian, sintió a un extraño que viajaba acompañado de uno de los Vermin.
—Entonces, ¿Cahil y Ferde están en la planicie? —preguntó Leif.
—Eso creemos, pero queremos que Yelena identifique al Ladrón de Almas.
—¿Por qué? —pregunté yo.
Los Sandseed no perdían el tiempo con juicios y encarcelamientos. Ejecutaban a los criminales cuando los detenían.
Maria V. Snyder - Dulce Fuego - 3º Soulfinders
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Sin embargo, había sido muy difícil encontrar a los Vermin Daviian, y ellos también tenían magos poderosos. Los Vermin eran un grupo de jóvenes Sandseed que se habían sublevado contra el estilo de vida de los Sandseed, que consistía en mantenerse aislados y limitar el contacto con los otros clanes. Los Vermin querían que los Tejedores de Historias usaran su gran poder para guiar a toda Sitia, y no sólo a los habitantes de las Llanuras de Avibian.
Se habían separado de su clan y se habían establecido en la Planicie Daviian; así, se habían convertido en el clan Daviian. El suelo seco y yermo de la planicie imposibilitaban los cultivos, así que los Daviian robaban a los Sandseed, y se habían ganado el sobrenombre de Vermin, gusanos. Los Sandseed llamaban Hechiceros a los brujos de los Vermin, porque usaban su magia para conseguir objetivos egoístas.
—Tienes que identificar al Ladrón de Almas porque puede que haya robado más almas, y sólo tú puedes liberarlas antes de que lo matemos —respondió el Hombre Luna.
Yo lo tomé por el brazo.
—¿Habéis encontrado más cuerpos?
—No, pero me preocupa lo que podamos encontrar cuando ataquemos su campamento.
El horror de las dos últimas estaciones me angustió. Ferde había mutilado y violado a once muchachas para poder robarles el alma y fortalecer su poder mágico. Valek y yo lo habíamos detenido antes de que pudiera robar el alma definitiva. Si lo hubiera conseguido, Sitia e Ixia estarían en aquel momento bajo su poder. Sin embargo, yo había liberado todas aquellas almas hacia el cielo. Pensar que hubiera podido comenzar de nuevo me resultaba insoportable.
—¿Habéis encontrado su campamento? —le preguntó Leif.
—Sí —dijo el Hombre Luna—. Los guerreros del clan han peinado toda la planicie. Encontramos un campamento en el límite sur, cerca de la Selva de Illiais.
Y cerca de mi familia. Debí de emitir un gemido, porque el Hombre Luna me agarró por el hombro y me lo apretó.
—No te preocupes por tu clan. Todos los guerreros Sandseed están preparados para atacar si los Vermin salen de su campamento. Nos pondremos en camino cuando los caballos hayan descansado.
Yo me puse a caminar alrededor de nuestro campamento. Sabía que debía dormir, pero no podía calmarme. Leif atendió a los caballos, y Marrok siguió durmiendo. El Hombre Luna se sentó junto al fuego y se quedó mirando al cielo.
Marrok se despertó cuando el cielo se oscureció. Había dejado de sangrarle el ojo y ya no tenía hinchazón. Se tocó la mejilla con un dedo, y el asombro se le reflejó en el rostro hasta que vio al Hombre Luna a su lado. Se puso en pie de un salto y desenvainó la espada, blandiéndola hacia el Hombre Luna. Incluso armado, Marrok parecía insignificante junto al musculoso Sandseed, que se puso en pie. Le sacaba, al menos, veinte centímetros de altura.
El Hombre Luna se rió.
—Veo que te encuentras mejor. Vamos, tenemos que hacer planes.
Los cuatro nos sentamos alrededor del fuego mientras Leif preparaba la cena. Marrok se sentó a mi lado, y por el rabillo del ojo, yo veía que, cada vez que se tocaba la mejilla, miraba al Hombre Luna con una fascinación temerosa. Además, su mano derecha nunca se apartaba de la empuñadura de su espada.
—Nos marcharemos al amanecer —dijo el Hombre Luna.
—¿Por qué todo tiene que empezar al amanecer? —pregunté yo—. Los caballos tienen buena visión nocturna.
—Así, los caballos tendrán un día entero para recuperarse. Yo iré contigo sobre Kiki. Ella es la más fuerte. Y cuando lleguemos a la planicie, no habrá descansos hasta que nos unamos a los demás.
—¿Y después qué?
—Después atacaremos. Tú te quedarás cerca de mí y de los demás Tejedores de Historias. El Ladrón de Almas estará protegido por algunos de los Hechiceros. Cuando neutralicemos a los guardias del exterior, comenzará la parte más difícil.
—Enfrentarse a los Hechiceros —dije yo.
Él asintió.
—¿Y no podéis mover el Vacío de nuevo? —preguntó Leif.
El Vacío era un agujero en la manta de poder donde no existía magia. La última vez que los Sandseed habían descubierto un escondite de los Vermin, estaba protegido por un escudo mágico que creaba una ilusión. Parecía que el campamento sólo estaba ocupado por unos cuantos guerreros; sin embargo, cuando los Sandseed habían trasladado el Vacío sobre los Vermin, la ilusión se había roto. Por desgracia, en aquel campamento había cuatro veces más soldados de los que parecía, y nos superaban ampliamente en número.
—Ya conocen ese truco, y si intentamos mover la manta de poder, los pondremos sobre aviso —respondió el Hombre Luna.
—Entonces, ¿cómo vais a vencer a los Hechiceros? —pregunté yo, preocupada. Si los Vermin tenían acceso a la magia, aquélla sería una batalla difícil.
—Todos los Tejedores de Historias Sandseed nos uniremos para formar una red mágica fuerte que los atrapará e impedirá que usen su magia. Los mantendremos atrapados el tiempo suficiente como para que tú encuentres al Ladrón de Almas.
Entonces, Marrok preguntó:
—¿Y Cahil?
—Ayudó a escapar al Ladrón de Almas. Debería ser castigado.
—El consejo quiere hablar con él —dije yo.
—Y ellos decidirán qué hay que hacer con él —agregó Leif.
El Hombre Luna se encogió de hombros.
—Él no es un Vermin. Les diré a los demás que no lo maten, pero en una batalla grande, puede resultar difícil.
—Probablemente, estará con los dirigentes Vermin —dijo Marrok.
—Marrok… Leif y tú encontrad a Cahil y llevadlo al norte del campo de batalla y yo me reuniré con vosotros después de la lucha.
—Sí, señora —dijo Marrok.
Leif asintió, pero yo vi dudas en su mirada.
«¿Hay algún problema?», le pregunté telepáticamente.
«¿Y si Cahil convence a Marrok de que no lo lleve ante el consejo? ¿Y si se unen contra mí?».
«Buena observación. Le pediré al Hombre Luna que…».
«Le diré a uno de mis guerreros que se quede con Leif», dijo el Hombre Luna.
Yo me sobresalté. No había notado que el Hombre Luna se conectara con nosotros.
«¿Qué más puedes hacer?», le pregunté.
«No voy a decírtelo. Destruiría mi misteriosa identidad de Tejedor de Historias».
A la mañana siguiente, ensillamos los caballos y nos dirigimos hacia el sur, a la planicie. Kiki nos llevaba con facilidad, aunque éramos dos jinetes. Sólo nos detuvimos una vez para tomar una cena caliente y dormir, y llegamos al límite de las Llanuras de Avibian en dos días. Al atardecer del segundo, paramos para que descansaran los caballos.
La gran planicie se extendía hacia el horizonte. Había algunos parches de hierba marrón en la superficie abrasada por el sol. Mientras que las llanuras tenían algunos árboles, colinas, rocas y elevaciones de arenisca, la planicie tenía arbustos de espino, arena áspera y escasos pinos raquíticos.
Habíamos dejado atrás el tiempo frío y lluvioso. El sol de la tarde había calentado la tierra lo suficiente como para que yo me quitara la capa, pero a medida que oscurecía, se levantó una brisa fresca.
El Hombre Luna se marchó a encontrarse con su explorador. Incluso a aquella distancia del campamento de los Vermin resultaba peligroso encender una hoguera. Yo me estremecía mientras comía pan reseco con queso duro.
El Hombre Luna regresó con otro Sandseed.
—Os presento a Tauno —dijo—. Él nos guiará por la planicie.
Yo miré al hombre. Era de baja estatura y llevaba un arco y flechas. Sólo medía un par de centímetros más que yo, y llevaba pantalones cortos pese al frío. Llevaba la piel pintada, pero en la penumbra, yo no distinguía los colores.
—Nos marcharemos cuando la luna haya salido —dijo Tauno.
Viajar de noche era buena idea, pero me pregunté qué hacían los guerreros durante el día.
—¿Cómo os escondéis los Sandseed en la planicie?
Tauno señaló su propia piel.
—Nos mimetizamos. Y ocultamos nuestro pensamiento tras el escudo anulador de los Tejedores de Historias.
Yo miré al Hombre Luna.
—Un escudo anulador sirve para bloquear la magia —me explicó él—. Si quisieras peinar la planicie con tu magia, no detectarías a ninguna criatura que estuviera tras el escudo anulador.
—¿Y el hecho de usar la magia para crear ese escudo no alerta a los Vermin? —pregunté yo.
—No si se hace bien. Se completó antes de que los Tejedores de Historias salieran de las llanuras.
—¿Y los Tejedores de Historias que están detrás del escudo? ¿Pueden ellos usar la magia? —preguntó Leif.
—La magia no puede atravesar el escudo. No impide ver ni oír, sólo nos protege del hecho de ser descubiertos por medio de la magia.
Mientras nos preparábamos para ponernos en marcha, pensé en lo que había dicho el Hombre Luna, y me di cuenta de que había muchas cosas que no sabía todavía sobre la magia. Demasiadas. Y la idea de aprender más con Roze estimuló mi curiosidad.
Cuando la luna hubo recorrido un cuarto del cielo negro, Tauno dijo:
—Es hora de salir.
Yo me sentí tensa de aprensión mientras el Hombre Luna se acomodaba detrás de mí sobre la silla de Kiki. ¿Y si mi falta de conocimientos mágicos ponía en peligro la misión?
En aquel momento, ya no tenía sentido preocuparse por aquello. Tomé aire, intenté calmarme y miré a mis compañeros. Tauno iba con Marrok sobre Garnet. Por la expresión de fastidio de Marrok, supe que no le agradaba compartir la montura con un guerrero Sandseed. Y para empeorar las cosas, Tauno insistió en llevar él las riendas de Garnet.
Para permanecer detrás del escudo anulador, debíamos llevar una ruta precisa a través de la planicie. Tauno nos guió. Lo único que se oía era el sonido de los casos de los caballos sobre la arena dura. Ladrón de Almas luna recorría el cielo. Hubo un momento en el que tuve la tentación de gritar y pedirle a Kiki que galopara, sólo para romper la tensión que nos rodeaba. Cuando la negrura del cielo comenzó a clarear por el este, Tauno se detuvo y desmontó. Tomamos un rápido desayuno y les dimos de comer a los caballos. A medida que amanecía, vi cómo Tauno se mimetizaba con el entorno. Se había pintado con los colores de la planicie, gris y marrón.
—Desde aquí, iremos caminando —dijo Tauno—. Dejaremos a los caballos. Tomad sólo lo que necesitéis.
El cielo claro prometía un día cálido, así que yo me quité la capa y la metí en la mochila. También tomé la navaja. Me até la funda al muslo derecho e impregné la punta de la hoja con curare. Aquella droga que paralizaba los músculos me resultaría útil si Cahil no cooperaba. Después, puse el cuchillo en su funda a través de un agujero que tenía en los pantalones. Me recogí el pelo en un moño y después, tomé mi arco.
Estaba vestida para la batalla, sí, pero eso no significaba que estuviera preparada para la batalla. Tenía la esperanza de ser capaz de encontrar a Cahil y a Ferde, y apresarlos sin acabar con la vida de nadie. Sin embargo, el hecho de saber que tendría que matar para salvarme hizo que se me formara un nudo en la garganta.
Tauno observó nuestra ropa y nuestras armas. Leif llevaba el machete colgando de la cintura. Llevaba una túnica y unos pantalones verdes. Marrok se había atado la espada al cinturón, y su ropa era marrón. Yo me di cuenta de que todos íbamos vestidos con los colores de la tierra, y aunque no nos mimetizábamos tan bien como Tauno, no llamaríamos la atención.
Dejamos atadas nuestras mochilas y las bolsas de provisiones en las sillas de los caballos, y después, soltamos a los animales para que pudieran pastar en la hierba que encontraran. Nos pusimos de camino al sur. Aparentemente, la planicie estaba desierta. La necesidad de buscar por la zona con la magia me abrumaba, e intenté hacer caso omiso del deseo. Conectar con la vida que me rodeaba se había vuelto algo casi instintivo, y yo me sentí expuesta por no saber quién respiraba a mi alrededor.
Después de recorrer un camino tortuoso, Tauno se detuvo por fin. Señaló a un grupo de espinos.
—Justo detrás de aquellos matorrales está el campamento —susurró.
Yo observé la planicie. ¿Dónde estaba el ejército Sandseed? La tierra se onduló como si la arena se hubiera licuado. Las ondas del suelo aumentaron. Yo me tapé la boca con la mano para ahogar un grito de sorpresa.
Fila tras fila, los guerreros Sandseed se pusieron en pie. Estaban camuflados en la arena, y habían estado tumbados en el suelo, ante nosotros, sin que yo me diera cuenta.
El Hombre Luna sonrió al notar mi consternación.
—Has estado apoyándote tanto en tus sentidos mágicos que se te han olvidado tus sentidos físicos.
Antes de que yo pudiera responder, cuatro Sandseed se unieron a nosotros. Aunque iban vestidos como los demás, tenían un aire de autoridad. Daban órdenes e irradiaban poder. Tejedores de Historias.
Un Tejedor de Historias le entregó al Hombre Luna una cimitarra. Después, me miró atentamente y estudió mis rasgos.
—¿Esta es la Halladora de Almas? —preguntó—. No es como me esperaba.
—¿Qué esperabas? —pregunté yo.
—Una mujer grande de piel oscura. No parece que tú pudieras sobrevivir a una tormenta, y mucho menos encontrar y liberar un alma.
—Me alegro de que tú no seas mi Tejedor de Historias. Te distraes fácilmente con las ropas y no ves la calidad de la tela.
—Bien dicho —me dijo el Hombre Luna—. Reed, enséñanos el campamento.
El Tejedor de Historias nos condujo hasta los espinos. A través de las agujas de las ramas, vio el campamento Daviian.
El aire vibraba alrededor del campamento como si estuviera en una burbuja de calor. Había una gran hoguera en la zona central, y mucha gente yendo de un lado a otro como si estuvieran preparando el desayuno o tomándoselo. Las tiendas se extendían hasta el límite de la planicie.
Entornando los ojos bajo el sol, miré más allá del campamento. A lo lejos se divisaban las copas de los árboles de la Selva Illiais. Aquello me recordó al momento en que me había situado en una plataforma, cerca de la copa del árbol más alto de la selva y había visto la expansión de la planicie por primera vez. La abrupta caída desde la meseta hasta la selva me había parecido imposible de escalar. Entonces, ¿para qué habían acampado allí?
El Hombre Luna se inclinó hacia mí.
—El campamento es un espejismo.
—¿Hay suficientes guerreros para atacar? —le pregunté, pensando en que tras aquel espejismo se escondían muchos Vermin.
—Todos están aquí.
—Todos…
Los Sandseed prorrumpieron en gritos de batalla y se lanzaron contra el campamento. El Hombre Luna me tomó del brazo y me llevó consigo.
—No te apartes de mí.
Con Leif y Marrok justo detrás de nosotros, seguimos a los demás. Cuando los primeros guerreros entraron en el espejismo, desaparecieron de nuestra vista durante un instante. Un sonido de agua me llegó a los oídos justo cuando la quimera se disipaba.
Parpadeé unos instantes para ajustar la visión a lo que los Daviian habían escondido. La hoguera central era la misma; sin embargo, en vez de haber muchos
Vermin alrededor de las llamas, había un solo hombre. El resto del campamento estaba vacío.

Capítulo 2

El mensaje que tenía entre las manos era típico del Hombre Luna, mi amigo Tejedor de Historias del clan de los Sandseed. Era críptico y vago. Me imaginé que habría escrito la nota con una sonrisa perversa en los labios. Era mi Tejedor de Historias, y sabía que yo buscaba muchas cosas. Lo principal en mi lista era tener conocimientos sobre los Halladores de Almas y sobre cómo podía encontrar un equilibrio entre Sitia e Ixia. Además, me vendrían bien unas vacaciones tranquilas. Sin embargo, estaba segura de que él se refería a Ferde.
Ferde Daviian, el Ladrón de Almas, y asesino de once chicas, había escapado de la prisión de la Fortaleza de los Magos con la ayuda de Cahil Ixia. El consejo no pudo capturarlo nuevamente, y después de su fracaso, sus miembros pasaron un mes entero debatiendo sobre cómo podían encontrarlos.
Mi frustración aumentaba con cada retraso. Ferde había quedado muy débil cuando yo había liberado, durante nuestra lucha, las almas que él había robado y que eran su fuente de poder mágico. Sin embargo, sólo necesitaba asesinar a otra muchacha para recuperar su fuerza. Hasta el momento no se había denunciado la desaparición de nadie, pero el hecho de saber que era libre me encogía el corazón.
Para evitar imaginarme el horror que podía provocar Ferde, me concentré en el mensaje que tenía entre las manos. El Hombre Luna no había dicho que yo acudiera sola, pero no descarté la idea de informar al consejo. Cuando hubieran decidido lo que había que hacer, Ferde ya se habría escapado. Iría sin avisarlos. Irys diría que era mi método de hacer las cosas, meterme en una situación de lleno con la esperanza de que todo saliera bien. Salvo algunos percances en el pasado, siempre había funcionado. Y en aquel momento, salir corriendo me resultaba atractivo.
Irys se había apartado cuando yo desplegué el mensaje, pero por su modo de mantenerse inmóvil, yo sabía que tenía curiosidad. Le conté lo que ponía en la nota.
—Deberíamos informar al consejo —dijo.
—¿Y qué harían? ¿Debatir sobre el asunto durante todo el mes que viene? El mensaje es una invitación para mí. Si necesito tu ayuda, te enviaré un aviso —dije, y noté que ella cedía.
—No deberías ir sola.
—Está bien. Le pediré a Leif que me acompañe.
Después de un momento de vacilación, Irys asintió. Como miembro del consejo, no debía de estar muy contenta, pero había aprendido a confiar en mi sentido común.
Mi hermano, Leif, probablemente estaría tan contento como yo de poder alejarse de la Fortaleza y de Citadel. La animosidad creciente que Roze Featherstone sentía hacia mí había puesto a Leif en una situación complicada. Roze había sido su tutora mientras él cursaba sus estudios en la Fortaleza de los Magos, y después se había convertido en su ayudante. Su habilidad mágica de percibir las emociones de los demás habían ayudado a Roze a determinar la culpabilidad o inocencia de las personas en un crimen, y la magia de mi hermano también ayudaba a las víctimas a recordar detalles sobre lo que les había ocurrido.
Cuando yo había aparecido en Sitia después de una ausencia de catorce años, Leif había reaccionado con odio hacia mí. Estaba convencido de que mi secuestro y mi traslado a Ixia había sido algo para molestarlo, y mi regreso desde el norte había sido un complot de Ixia para espiar a Sitia.
—Al menos, deberíamos informar a los Magos Maestros del mensaje del Hombre Luna —dijo Irys—. Estoy segura de que a Roze le gustaría saber cuándo puede empezar con tu educación.
Yo fruncí el ceño y pensé en contarle el mezquino ataque que Roze me había lanzado con el fuego. No. Yo me enfrentaría a Roze por mí misma. Desafortunadamente, iba a pasar mucho tiempo con ella.
—Se va a celebrar una reunión de los Magos esta tarde en el edificio de administración. Será un momento perfecto para hablarles de tus planes.
Yo puse mala cara, pero ella se mantuvo firme.
—Bien, nos veremos más tarde —dijo.
Irys salió de la torre antes de que yo pudiera expresar mi desacuerdo. Sin embargo, yo podía comunicarme con ella por telepatía, porque nuestras mentes siempre estaban conectadas. Aquella comunicación se producía como si las dos estuviéramos en la misma habitación. Yo podía tener mis pensamientos privados, pero si quería «hablar» con Irys, ella me oiría. Si alguna vez, ella intentara leer mis pensamientos profundos o mis recuerdos, se consideraría una violación del Código Ético de los magos.
Mi yegua, Kiki, y yo, teníamos la misma conexión. Lo único que tenía que hacer para que ella me oyera era llamarla por medio de la mente. La comunicación con Leif o con Dax era más difícil. Tenía que tirar de un hilo de poder y buscarlos. Y cuando los encontraba, ellos tenían que permitirme acceso a su pensamiento a través de sus defensas mentales.
Aunque yo tenía el don de tomar atajos hacia sus pensamientos y emociones por medio de su alma, los sitianos consideraban aquella habilidad como una infracción del Código Ético. Yo había asustado a Roze al usarlo para protegerme de ella. Ni siquiera con todo su poder había podido evitar que yo rozara su esencia.
Sentí un nudo de ansiedad en el estómago. Mi nuevo título de Halladora de Almas tampoco encajaba bien conmigo. Rehuí aquellas especulaciones mientras me abrigaba con la capa antes de salir de la torre.
De camino hacia el campus de la Fortaleza, volví a mis cavilaciones sobre la comunicación mental. Mi vínculo con Valek no podía considerarse una conexión mágica. Para mí, la mente de Valek era inalcanzable, pero él tenía la asombrosa habilidad de saber cuándo lo necesitaba, y era él quien se ponía en contacto conmigo. Me había salvado la vida muchas veces gracias a aquel nexo de unión.
Mientras hacía girar el brazalete de serpiente que me había regalado Valek en la muñeca, reflexioné sobre nuestra relación hasta que un viento helado cuajado de aguas de hielo me apartó de la cabeza todo pensamiento cálido sobre Valek. La estación fría había llegado al norte de Sitia con rabia. Yo tuve que sortear charcos fangosos y protegerme la cara del aguanieve.
Los edificios blancos de la Fortaleza estaban salpicados de barro y, a la luz débil del día, parecían grises. Yo había pasado la mayor parte de mis veinte años de vida en el norte de Ixia, y había soportado poco el frío, sólo algunos días durante la estación de invierno. Allí, el aire frío se llevaba toda la humedad. Sin embargo, según Irys, aquel horrible tiempo era típico de Sitia aunque la nieve era un evento raro que no solía durar más de una noche.
Caminé con dificultad hasta el edificio de administración de la Fortaleza, haciendo caso omiso de las miradas hostiles de los estudiantes que se iban apresuradamente de clase en clase. Uno de los resultados de atrapar a Ferde había sido el cambio inmediato de estatus, de aprendiz de la Fortaleza a Ayudante de Mago. Desde que Irys y yo nos habíamos convertido en socias, ella me había ofrecido que compartiéramos su torre. Yo había aceptado con alivio por poder alejarme de las miradas de censura de mis compañeros.
Su desprecio no era nada en comparación con la furia de Roze cuando entré en la sala de juntas de los Maestros. Me preparé para su estallido, pero Irys se puso en pie de un salto, junto a la larga mesa, y explicó por qué había ido yo a la reunión.
—… nota del Tejedor de Historias de los Sandseed —dijo—. Cabe la posibilidad de que haya localizado a Ferde y a Cahil.
Roze hizo un gesto de desdén.
—Imposible. Sería un suicidio que intentaran cruzar las Llanuras de Avibian para volver con su clan, en la Planicie Daviian. Y sería demasiado evidente. Probablemente, Cahil se esté llevando a Ferde a Stormdance o a las tierras de Bloodgood. Cahil tiene muchos seguidores allí.
Roze había sido la valedora de Cahil en el Consejo. A Cahil lo habían criado unos soldados que habían huido de Ixia al producirse un golpe de estado que había cambiado el gobierno de una monarquía a una dictadura. Los soldados habían convencido a Cahil de que era el sobrino del difunto rey de Ixia y de que debía heredar el trono.
Él había trabajado mucho para conseguir partidarios y había intentado reunir un ejército para vencer al Comandante de Ixia. Sin embargo, cuando había descubierto que en realidad descendía de un soldado raso, había rescatado a Ferde y había escapado con él.
Roze había animado a Cahil. Ellos tenían la misma opinión: que sólo era cuestión de tiempo antes de que el Comandante Ambrose se propusiera conquistar Sitia.
—Cahil puede rodear las llanuras —dijo Zitora Cowan, la Tercera Maga. Sus ojos color miel estaban llenos de preocupación, pero como era la más joven de los Magos Maestros, en general los demás hacían caso omiso de sus opiniones.
—Entonces, ¿cómo iba a saberlo el Hombre Luna? Los Sandseed no salen de las llanuras a menos que sea absolutamente necesario —replicó Roze.
—Eso es lo que quieren que creamos —dijo Irys—. Seguramente, tienen algunos exploradores diseminados por ahí.
—De todos modos —dijo Bain Bloodgood, el Segundo Mago—, debemos tener en cuenta todas las posibilidades. Evidente o no, alguien tiene que confirmar que Cahil y Ferde no están en las llanuras.
Con su pelo blanco y la túnica larga y suelta, Bain tenía un aspecto de mago tradicional. La sabiduría irradiaba de su cara arrugada.
—Voy a ir —dije yo.
—Deberíamos enviar soldados para que la acompañen.
—Y Leif debe ir también —añadió Bain—. Al ser primos de los Sandseed, Yelena y su hermano serán bien acogidos en las llanuras.
Roze se pasó los esbeltos dedos por los blancos mechones de su pelo y frunció el ceño pensativamente. El color azul marino de sus vestiduras absorbía la luz, y casi igualaba el de su piel oscura. El Hombre Luna tenía el mismo tono de piel, y me pregunté cómo sería su pelo si no llevara afeitada la cabeza.
—No voy a enviar a nadie —dijo Roze finalmente—. Sería una pérdida de tiempo y de recursos.
—Yo voy a ir. No necesito tu permiso —dije yo, y me puse en pie, dispuesta a marcharme.
—Necesitas mi permiso para salir de la Fortaleza —dijo Roze—. Estos son mis dominios. Yo estoy por encima de todos los magos, incluida tú, Halladora de Almas —dijo ella, golpeando los brazos de su silla con las palmas de las manos—. Si yo tuviera el control del consejo, haría que te llevaran a una celda a esperar tu ejecución. Nunca ha salido nada bueno de un Hallador de Almas.
Los otros Maestros miraron a Roze con horror. Ella estaba iracunda.
—Sólo hay que leer nuestra historia. Todos los Halladores de Almas han deseado tener el poder mágico y político, el poder sobre las almas de los demás. Yelena no será distinta. Ahora está jugando a ser Enlace y ha aceptado que yo la instruya, pero sólo es cuestión de tiempo. Ya… —dijo, haciendo un gesto hacia la puerta—. Ya quiere marcharse, antes de que hayamos empezado la primera clase.
—Roze, eso ha sido…
Ella alzó la mano, acallando a Bain antes de que pudiera continuar rebatiéndola.
—Ya conoces la historia. Has recibido muchas advertencias, así que no diré nada más —Roze se levantó de su asiento. Era unos veinte centímetros más alta que yo, y me miró desde arriba—. Entonces, ve. Llévate a Leif. Considéralo tu primera lección, una lección de inutilidad. Cuando vuelvas, estarás en mis manos.
Roze hizo ademán de irse, pero yo capté sus pensamientos mentalmente.
«…con eso la mantendré ocupada y alejada de mi camino».
Roze se detuvo antes de salir. Mirando hacia atrás por encima del hombro, me miró significativamente.
«No te inmiscuyas en los asuntos de Sitia, y quizá seas la única Halladora de Almas conocida que ha vivido más de veinticinco años».
«Ve a consultar tus libros de historia, Roze», le dije yo. «La muerte de un Hallador de Almas siempre ha ido pareja a la de un Mago Maestro».
Roze dejó la sala sin otro comentario. De aquel modo terminó la sesión.
Fui en busca de Leif. Su habitación estaba cerca del ala de aprendices, en la zona este del campus de la Fortaleza. Vivía en el edificio de los Magos, en el cual se alojaban quienes se habían graduado en la Fortaleza y se habían convertido a su vez en profesores o trabajaban de ayudantes de los Magos Maestros.
Al resto de los magos que también habían terminado sus estudios se les asignaba una ciudad para que sirvieran a los ciudadanos de Sitia. El consejo intentaba que hubiera un sanador en cada pueblo, pero los magos con poderes especiales, como el don de leer lenguas antiguas o de encontrar objetos perdidos, viajaban de sitio en sitio cuando era necesario.
Los magos que tenían poderes más fuertes hacían el examen para convertirse en Maestros antes de marcharse de la fortaleza. Durante los últimos veinte años, la única que había aprobado aquel examen era Zitora, que había pasado a engrosar el grupo de Magos Maestros.
Irys pensaba que una Halladora de Almas podía ser lo suficientemente fuerte como para hacer aquel examen. Yo no estaba de acuerdo. El grupo estaba formado por el número máximo de componentes que había habido durante toda la historia, cuatro magos. Además, yo no tenía habilidades básicas, como la de encender el fuego ni mover objetos, capacidades que los Maestros sí tenían.
Ya era lo suficientemente malo ser Halladora de Almas como para tener además que soportar y suspender el examen para convertirse en Maestra. O eso pensaba yo. Corrían rumores de que era una prueba horrible.
Antes de que pudiera llegar a la puerta de la casa de Leif, mi hermano abrió la puerta y sacó la cabeza. La lluvia le empapó el pelo negro en un instante. Yo lo empujé hacia dentro y entré en su salón rápidamente, manchándole el suelo de barro.
Su apartamento estaba impecable, aunque escasamente amueblado. Las únicas pistas de su personalidad eran las pinturas que decoraban la sala. Un cuadro de la flor de Ylang Ylang, originaria de la Selva de Illiais, otro de una liana ahogando a un árbol de caoba y otro de un leopardo que descansaba en la rama de un árbol.
Leif observó mi aspecto desaliñado con resignación. Sus ojos, del color del jade, eran el único rasgo que teníamos en común. Su cuerpo fuerte y la mandíbula cuadrada eran completamente opuestos a mi complexión delgada y mi rostro oval.
—No traes buenas noticias —dijo Leif—. Dudo que hubieras salido con este tiempo sólo para saludar.
—Tú abriste la puerta antes de que yo llamara —respondí yo—. Debes de saber que ocurre algo.
Leif se enjugó la lluvia de la cara.
—Te he olido.
—¿Me has olido?
—Apestas a lavanda. ¿Te bañas con el perfume de mamá, o sólo lavas la capa con él? —me dijo en son de broma.
—Qué poco sofisticado. Yo pensaba que era algo de magia.
—¿Por qué voy a malgastar la energía usando la magia si no es necesario? Aunque…
La mirada de Leif se volvió distante y yo sentí que un delgado hilo de poder se tensaba.
—Aprensión. Emoción. Molestia. Ira —dijo Leif—. Entiendo que el consejo aún no te ha elegido Reina de Sitia.
Yo no respondí, y él continuó:
—No te preocupes, hermanita. Aún eres la princesa de la familia. Los dos sabemos que papá y mamá te quieren más a ti.
En sus palabras había cierta tirantez, y yo recordé que no hacía mucho tiempo, él quería verme muerta.
—Esau y Perl nos quieren a los dos por igual. Necesitas que yo esté por aquí para demostrarte que estás equivocado. Ya te lo he demostrado antes, y puedo hacerlo otra vez.
Leif se puso en jarras y arqueó una ceja con expresión dubitativa.
—Tú dijiste que tenía miedo de volver a la Fortaleza. Bueno… —dije yo, extendiendo los brazos y salpicando agua en el suelo de Leif—, pues aquí estoy.
—Estás aquí, eso te lo concedo. Pero, ¿no tienes miedo?
—Ya tengo una madre y un Tejedor de Almas. Tu trabajo es el de molesto hermano mayor. Dedícate a lo que sabes hacer.
—Ah. He tocado un punto débil.
—No quiero discutir contigo. Mira —dije. Me saqué la nota del Hombre Luna del bolsillo de la capa y se la entregué.
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Él desplegó el papel y leyó el mensaje.
—Ferde —dijo él, llegando rápidamente a la misma conclusión que yo—. ¿Se lo has dicho al consejo?
—No. A los Maestros sí —respondí.
Le expliqué a Leif lo que había sucedido en la sala de reuniones, aunque omitiendo mi encontronazo con Roze.
A Leif se le hundieron los hombros. Después de un largo momento, dijo:
—La Maestra Featherstone no cree que Ferde y Cahil hayan ido a la Planicie Daviian. Ya no confía en mí.
—No lo sabes…
—Cree que Cahil se ha encaminado en otra dirección. En otras circunstancias, me enviaría a buscarlo y después yo la avisaría para que, juntos, nos enfrentáramos a él. Ahora me envía a una caza de valmures.
—¿Valmures? —pregunté yo. Pasó un instante antes de que yo pudiera relacionar el nombre con la criatura pequeña de rabo largo que vivía en la selva.
—¿Te acuerdas? De pequeños los perseguíamos por los árboles. Eran tan rápidos que nunca capturamos ninguno. Pero si te sientas y los ofreces un pedazo de dulce de savia y se te sientan de un salto en el regazo, te siguen durante todo el día.
Yo no pude responder, y Leif se encogió debido a la culpabilidad.
—Eso debió de ser después de…
Después de que a mí me secuestraran y me llevaran a Ixia. Aunque me imaginaba a Leif, de niño, corriendo por la cubierta verde de la selva, de árbol en árbol, tras un valmur.
El hogar de los Zaltana estaba construido sobre las copas de los árboles, y mi padre siempre decía que los niños aprendían a trepar antes de caminar.
—Puede que Roze se equivoque en cuanto a las intenciones de Cahil. Así que haz la maleta y llévate un poco de ese dulce de savia. Quizá lo necesitemos —le dije yo.
Leif se estremeció.
—Al menos, estaremos más cálidos en las llanuras, y la meseta está incluso más al sur.
Salí de casa de Leif y me dirigí a la torre para recoger algunas provisiones. Irys me estaba esperando en el recibidor de la torre. Las llamas del hogar temblaron bajo el aire helado que entraba por las puertas mientras yo luchaba por cerrarlas contra el viento.
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Me acerqué rápidamente a la chimenea y extendí las manos hasta el fuego. La idea de viajar con aquel tiempo no era nada atractiva.
—¿Leif sabe encender fuego? —le pregunté a Irys.
—Creo que sí. Pero, por muy bien que se le dé, la madera húmeda no prende.
—Estupendo —murmuré yo.
De mi capa calada salía vapor de agua. Me la quité y la colgué en el respaldo de una silla para acercarla al fuego.
—¿Cuándo te vas? —me preguntó Irys.
—Enseguida.
El estómago me avisó, con un rugido, de que no había comido. Suspiré, sabiendo que la cena posiblemente sería una rebanada de pan con queso.
—He quedado con Leif en el establo. Oh, vaya. Irys, ¿podrías decirles a Gelsi y a Dax que comenzaremos con las lecciones cuando vuelva?
—¿Qué lecciones? No serán de magia…
—No, no, lecciones de defensa propia —le dije yo, y señalé mi arco.
Era un bastón de ébano curvo, de casi dos metros, que estaba junto a mi mochila. Las gotas de agua brillaban sobre su superficie.
Yo lo saqué y noté el peso sólido del arco. Bajo la superficie de ébano del bastón había una madera dorada. En ella había grabadas imágenes de mí cuando era niña, de la selva, de mi familia… incluso los ojos cariñosos de Kiki habían sido incluidos en la historia de mi vida. El arco se movía con suavidad entre mis manos. Era un regalo de una artesana del clan Sandseed, que también había criado a Kiki.
—Y Bain sabe que no vas a ir a la clase de esta mañana —dijo Irys—, pero dijo que te ayudaría a que te pongas al día con las materias cuando vuelvas.
Yo asentí. Tomé la mochila y miré en su interior para ver qué provisiones necesitábamos.
—¿Algo más? —me preguntó Irys.
—No. ¿Qué vas a decirle al consejo?
—Que Roze te ha enviado a aprender cosas sobre tu magia de los Tejedores de Historias. El primer Hallador de Almas documentado en Sitia era del clan Sandseed, ¿lo sabías?
—No.
Me sorprendió, pero no debería. Después de todo, lo que yo sabía sobre los Halladores de Almas no llenaría una página de los libros de historia del Maestro Bain.
Cuando terminé de hacer el equipaje, me despedí de Irys y me dirigí a la cocina. Allí, recogí comida para una semana. Después fui a los establos, y vi que algunos
caballos valientes asomaban la cabeza fuera de sus compartimientos. La cara blanca y canela de Kiki era inconfundible, incluso con aquella luz mortecina.
Ella relinchó para saludarme, y yo abrí mi mente.
«¿Nos vamos?», me preguntó.
«Sí. Siento tener que sacarte en un día tan horrible», le dije.
«No está mal con la Dama Lavanda».
La Dama Lavanda era el nombre que los caballos me habían otorgado. Ellos les ponían nombre a las personas como las personas a las mascotas. Sonreí al recordar el comentario de Leif.
«La lavanda huele como…». Kiki no tenía palabras para describir sus emociones. En su mente se formó la imagen de una mata de lavanda llena de flores. La imagen estaba acompañada de sentimientos de alegría y seguridad.
«¿Y Leif?», le pregunté a Kiki.
«El Hombre Triste está en la habitación de los arreos», respondió ella.
«Gracias».
Yo me dirigí hacia la parte trasera del establo, inhalando el aroma familiar del cuero y el jabón de limpiar las sillas.
«El Rastreador, también».
«¿Quién?».
Antes de que Kiki pudiera responder, vi al capitán Marrok en la habitación de arreos con Leif. La aguda punta de la espada de Marrok estaba dirigida al pecho de mi hermano.

Capítulo 1

—Eso es patético, Yelena —se quejó Dax—. Una Halladora de Almas todopoderosa que no es todopoderosa. ¿Qué tiene eso de divertido? —dijo, y elevó los brazos, delgados y largos, hacia el cielo, fingiendo frustración.
—Siento decepcionarte, pero yo no soy la que le agregó lo de todopoderosa al título.
Me aparté un mechón de pelo negro de los ojos. Dax y yo habíamos estado trabajando para ampliar mi habilidad mágica, pero sin éxito. Mientras practicábamos en la planta baja de la torre de Irys, la Guardiana, intentaba que el fastidio que sentía no afectara negativamente a las clases. En realidad, la torre también era un poco mía, porque Irys me había cedido tres pisos para que yo los usara.
Dax estaba intentando enseñarme cómo mover objetos con la magia. Había reubicado los muebles y había colocado las butacas en filas ordenadas; le había dado la vuelta al sofá y lo había puesto de costado. Ninguno de mis esfuerzos por recuperar la agradable distribución de Irys e impedir que me persiguiera una mesilla sirvió. Aunque no fue por falta de interés… yo tenía la camisa pegada a la piel sudorosa.
De repente, tuve un escalofrío. Los postigos estaban bien cerrados, pero, pese al fuego que ardía en la chimenea y las alfombras que cubrían el suelo, el salón estaba helado. Las paredes eran del mármol blanco, maravillosas en la estación caliente, pero absorbían todo el calor de la habitación en la estación fría. Me imaginé la calidez siguiendo las vetas verdes de la piedra y escapándose al exterior.
Dax Greenblade, mi amigo, se tiró de la túnica hacia abajo. Era alto y delgado. Su físico era el típico de un miembro del clan Greenblade. A mí me recordaba a una brizna de hierba, incluido el filo cortante: su lengua.
—Es evidente que no tienes la capacidad de mover objetos, así que probemos con el fuego. ¡Hasta un bebé puede prender una llama! —exclamó, y puso una vela sobre la mesa.
—¿Un bebé? Ya estás exagerando otra vez.
La capacidad de acceder a la fuente de poder y hacer magia de una persona se manifestaba en la pubertad.
—Detalles, detalles —dijo Dax, agitando una mano como si estuviera apartando una mosca—. Ahora, concéntrate en encender esta vela.
Yo arqueé una ceja. Hasta aquel momento, mis esfuerzos con objetos inanimados no habían tenido resultados. Podía sanar el cuerpo de mi amigo, oír sus pensamientos e incluso ver su alma, pero cuando alcanzaba un hilo de magia e intentaba mover una silla, no ocurría nada.
Dax me mostró tres dedos extendidos.
—Tienes tres razones para ser capaz de hacer esto. Una, eres poderosa. Dos, tienes tenacidad. La tercera es que has vencido a Ferde, el Ladrón de Almas.
Que había escapado y era libre de empezar otra juerga de robo de almas.
—¿Y podrías recordarme en qué me está ayudando Ferde?
—Se supone que esto es una charla para levantarte el ánimo. ¿Quieres que enumere todas tus heroicidades?
—No. Continuemos con la clase —dije yo.
Lo que menos quería era que Dax me contara los últimos cotilleos. La noticia de que yo era Halladora de Almas había corrido como la pólvora en la Fortaleza de los Magos. Y yo todavía no podía pensar en aquel título sin estremecerme de dudas, preocupación y miedo.
Intenté concentrarme y conectarme a la fuente de poder. El poder envolvía al mundo como una manta, pero sólo los magos podían tirar de hilos de magia de aquella manta para usarlos. Yo atraje una hebra y la dirigí hacia la vela, intentando que la mecha se prendiera.
Nada.
—Inténtalo con más fuerza —me dijo Dax.
Yo incrementé el poder y volví a apuntar.
Tras la vela, Dax se puso rojo y comenzó a tartamudear como si estuviera conteniendo una tos. Entonces, la mecha se encendió ante mis ojos.
—Eso es de mala educación —protestó Dax con una expresión cómica.
—Tú querías que se encendiera.
—¡Pero quería que lo hicieras por ti misma! Los Zaltana y sus extraños poderes. Me has obligado a encender la vela. ¡Bah! Y pensar que yo quería vivir tus aventuras a través de ti…
—Cuidado con lo que dices de mi clan, o… —lo miré a modo de amenaza.
—¿O qué?
—Le diré al Segundo Mago dónde vas cada vez que él saca uno de sus viejos libros de la estantería —dije.
Bain era el mentor de Dax pero, aunque al Segundo Mago le apasionaba la historia antigua, Dax hubiera preferido leer sobre los últimos bailes de moda.
—Está bien, está bien. Has ganado y has demostrado que tenías razón. No tienes capacidad para encender fuego. Yo seguiré traduciendo lenguas antiguas —dijo Dax con gesto adusto—, y tú sigue buscando almas.
Yo sabía que bromeaba, pero también percibía el trasfondo de sus palabras. Su inseguridad acerca de mis habilidades tenía un motivo de peso. El último Hallador de Almas nació en Sitia ciento cincuenta años antes, y durante su corta existencia, había convertido a sus enemigos en esclavos sin voluntad propia, y había estado a
punto de conseguir su objetivo de hacerse con el mando del país. La mayoría de los sitianos no se tomaría bien la noticia de que existía una Halladora de Almas.
El momento embarazoso pasó, y Dax volvió a su buen humor de siempre.
—Será mejor que me vaya. Tengo que estudiar. Tenemos un examen de historia mañana, ¿te acuerdas?
Yo gruñí, pensando en el grueso tomo que me estaba esperando.
—Tus conocimientos sobre la historia de Sitia también son patéticos.
—Dos razones —repliqué yo, extendiendo dos dedos—: Una, Ferde Daviian. Dos, el consejo de Sitia.
Dax hizo un gesto vago con la mano.
—Sí, ya sé —le dije yo—. Detalles, detalles.
Él sonrió, se envolvió en su capa y dejó entrar una ráfaga de aire helador al salir. Las llamas del hogar temblaron durante un instante. Yo me acerqué a la chimenea para calentarme las manos, y comencé a pensar de nuevo en aquellas dos razones.
Ferde era un miembro del clan Daviian, que era un grupo renegado del clan Sandseed. Los miembros del clan Daviian querían algo más de la vida que vagar por las Llanuras de Avibian y contar historias. En su búsqueda del poder, Ferde había secuestrado y torturado a doce chicas para robarles el alma e incrementar su magia. Valek y yo lo habíamos detenido antes de que pudiera completar su búsqueda.
Sentí dolor por Valek en el corazón. Acaricié el colgante en forma de mariposa que llevaba al cuello. Él había regresado a Ixia un mes antes, pero yo lo echaba de menos más y más a cada día que pasaba. Quizá debiera ponerme en peligro de muerte deliberadamente. Él tenía un don especial para aparecer cuando más lo necesitaba.
Por desgracia, aquellos tiempos eran peligrosos, y no habíamos tenido muchas oportunidades para estar juntos. Yo deseaba con todas mis fuerzas que me asignaran una misión diplomática en Ixia.
El consejo de Sitia no aprobaría un viaje así hasta que decidieran lo que iban a hacer conmigo. Los once líderes de los clanes y los cuatro Magos Maestros componían aquel consejo, y habían estado discutiendo sobre mi nuevo papel de Halladora de Almas durante todo el mes pasado. De los cuatro maestros, Irys Jewelrose, la Cuarta Maga, era mi apoyo más grande, y Roze Featherstone, la Primera Maga, era mi detractora más firme.
Me quedé mirando el fuego, siguiendo la danza de las llamas con los ojos. Seguí pensando en Roze. Los movimientos de las llamas dejaron de ser aleatorios. Se movían con un determinado ritmo, se dividían y gesticulaban como si estuvieran sobre un escenario.
Qué raro. Parpadeé. En vez de volver a la normalidad, el fuego creció hasta que me llenó la visión y bloqueó el resto de la habitación. Los brillantes dibujos de color
me atravesaron los ojos. Los cerré, pero la imagen permaneció allí. Sentí aprensión; pese a mis fuertes barreras mentales, un mago tejía su magia a mi alrededor.
Atrapada, observé la escena del fuego hasta que se convirtió en una figura con apariencia real de mí misma. El cuerpo sin alma se puso en pie y Enciéndeme señaló otra figura. Se dio la vuelta, persiguió a la otra persona y la estranguló.
Alarmada, intenté detener aquella visión del fuego, pero no lo conseguí. Me vi obligada a observarme a mí misma haciendo más gente sin alma, que a su vez, seguía matando. Un ejército contrario atacó. Destellaron las espadas de fuego, y salpicaron llamas de sangre. Me habría quedado impresionada con el nivel artístico de aquel mago si no hubiera estado tan horrorizada por la matanza del fuego.
Con el tiempo, mi ejército fue extinguido, y a mí me atraparon con una red de fuego. Enciéndeme fue arrastrada, encadenada a un poste y sofocada con aceite.
Yo volví a mi cuerpo de golpe. Junto a la chimenea, noté la tela de magia a mi alrededor. Se contrajo, y en mi ropa se encendieron pequeñas llamas.
Y se extendieron.
No podía detener su avance con mi poder. Maldiciendo mi falta de habilidad con el fuego, me pregunté por qué no poseía aquel poder en concreto.
La respuesta me resonó en la mente. «Porque necesitamos una manera de matarte».
Yo me desplomé y me alejé del fuego. Estaba empapada en sudor y el sonido de la sangre hirviendo me silbaba en los oídos. Toda la humedad se evaporó de mi boca y el corazón se me asó en el pecho. El aire caliente me quemó la garganta. El olor a carne quemada me inundó la nariz y sentí náuseas. Sentí dolor en todos los poros de la piel.
No tenía aire para gritar.
Rodé por el suelo, intentando apagar el fuego.
Me quemaba.
El ataque mágico cesó y me liberó del tormento. Me desplomé y respiré el aire fresco.
—Yelena, ¿qué te ha pasado? —me preguntó Irys, mientras me posaba la mano helada sobre la frente—. ¿Estás bien?
Mi mentora y amiga me miraba fijamente. En su expresión y en la mirada de sus ojos verdes se reflejaba una gran preocupación.
—Estoy bien —dije con la voz quebrada, y fui presa de un ataque de tos. Irys me ayudó a incorporarme.
—Mírate la ropa. ¿Es que te has quemado?
Tenía la camisa llena de hollín, y agujeros de quemaduras en las mangas y los pantalones. Ya no podría arreglarlos. Tendría que pedirle a mi prima, Nutty, que me hiciera otro par. Suspiré. Debería pedirle cien túnicas de algodón y pantalones para ahorrarle tiempo. Los sucesos, incluyendo los ataques mágicos, se confabulaban para hacer de mi vida algo interesante.
—Un mago me ha enviado un mensaje a través del fuego —le expliqué a Irys. Aunque sabía que Roze era la maga más fuerte de Sitia, y podía atravesar mis defensas mentales, no quería acusarla sin tener pruebas.
Antes de que Irys pudiera hacerme más preguntas, yo inquirí:
—¿Cómo ha ido la sesión del consejo?
A mí no me habían permitido acudir. Aunque el tiempo lluvioso no era un incentivo para caminar hasta la Asamblea del Consejo, me fastidiaba.
El consejo quería que yo estuviera informada de todos los asuntos que trataban diariamente, como parte de mi formación para ser el enlace entre Sitia y el territorio de Ixia. Mi formación como Halladora de Almas, sin embargo, no era algo en lo que el consejo se hubiera puesto de acuerdo. Yo pensaba que estaban preocupados por si, cuando yo descubriera el alcance de mi poder, seguía el mismo camino que aquel antiguo Hallador de Almas.
—La sesión… —ella sonrió con ironía—. Bien y mal. El consejo ha accedido a apoyar tu formación —me dijo. Después hizo una pausa.
Yo me preparé para escuchar sus palabras siguientes.
—Roze… se disgustó con esa decisión.
—¿Se disgustó?
—Se opuso ferozmente.
Al menos, ya sabía el motivo del mensaje de fuego.
—Ella aún cree que eres una amenaza. Así que el consejo ha decidido que será ella quien te forme. Yo me puse en pie de un salto.
—No.
—Es la única manera.
Yo tuve que tragarme la respuesta. Había otras opciones. Tenía que haberlas. Yo estaba en la Fortaleza de los Magos, rodeada de magos con diferentes niveles de poder. Tenía que haber otro que pudiera trabajar conmigo.
—¿Y tú, o Bain?
—Querían un mentor que fuera imparcial. De los cuatro Maestros, sólo quedaba Roze.
—Pero ella no es…
—Lo sé. Esto podría ser beneficioso para ti. Al trabajar con Roze, podrás convencerla de que no quieres regir los designios del país. Entenderá que tu deseo es ayudar a Sitia y a Ixia.
La expresión de duda permaneció en mi semblante.
—A ella no le agradas, pero su anhelo de que Sitia continúe a salvo libre supera sus sentimientos personales.
Irys me entregó un pliego de pergamino y evitó mi comentario sarcástico sobre los sentimientos personales de Roze.
—Esto llegó durante la sesión del consejo.
Yo abrí el mensaje. Era una orden del Hombre Luna.
Yelena, he encontrado lo que buscas. Ven.