jueves, 5 de septiembre de 2013

Capítulo 11

No llegué a la casa de mis padres. Mi prima Nutty me interceptó por el camino y me dio el mensaje de que debía acudir a la sala común. Arrugó la nariz e hizo un sonido de fastidio al ver mi ropa rota y manchada. Me dijo que necesitaba un traje nuevo y que me lo iba a hacer. Después fue a buscar a Esau y a Perl para darles el mismo mensaje que a mí.
Cuando llegué a la gran sala, encontré allí reunidos a Oran, Violet, Chestnut y los dos exploradores. Cuando me vio, Stono se sentó. Palideció intensamente, y a mí me preocupó que pudiera desmayarse. Murmuró unas palabras de agradecimiento hacia mí, esquivando mi mirada. Oran y Violet continuaron preguntando a Chestnut por las serpientes.
Chestnut tartamudeó nerviosamente.
—Quería ayudar.
—No tenías nuestro permiso —le dijo Oran—. Y ahora, ¿cuántas personas han muerto?
—Seis —respondió Chestnut en voz baja.
—Bien hecho, Chessie —intervino Stono—. Ojalá los hubieras matado a todos. ¡Ojalá les hubieras sacado los intestinos y los hubieras ahogado con ellos! —exclamó con un brillo asesino en la mirada.
Los mayores rodearon a Stono con una expresión horrorizada.
Violet se recuperó primero.
—Stono, has pasado por una experiencia terrible. Ve a descansar —le ordenó.
Él se puso en pie con las piernas temblorosas y dio unos cuantos pasos, pero se detuvo junto a mí.
—Mataré a la serpiente que intentó comerte si quieres —me susurró al oído—. Dime lo que puedo matar por ti.
Yo me volví a protestar, pero él se alejó.
—¿Qué te ha dicho? —me preguntó Oran.
¿Qué había sido? ¿Una oferta de venganza para la serpiente o algo más perturbador?
—Me ha dicho que le gustaría ayudarme.
—No sin nuestro permiso —dijo Oran, dándose un golpe en el pecho con importancia.
—No puedes usar a los miembros de nuestro clan como si fueran tu ejército personal. Hiciste mal en arrastrar a Chestnut a una situación desconocida y peligrosa en la que podría haber muerto.
Yo ya me había hartado de Oran Cinchona Zaltana. Me acerqué a él y le dije:
—Podría haber muerto, pero no ha sucedido. Si hubiéramos esperado a que nos dieras permiso, habríamos perdido a tres miembros del clan. Y yo no debatiría demasiado tiempo sobre cómo vais a buscar a un posible nido de Vermin que viven en vuestra selva. Si esperáis demasiado, es posible que se multipliquen.
—¿De qué estás hablando? —me preguntó Violet. Entonces, Esau y Perl llegaron a la sala. Habían oído mi advertencia, y mi madre se llevó la mano al cuello. La expresión sombría de mi padre se intensificó.
—Padre, ¿podrías informar a los ancianos sobre la amenaza que se cierne sobre nosotros? Yo tengo otros asuntos de los que ocuparme —dije.
—¿Adónde vas? —me preguntó mi madre.
—A buscar a mis amigos.
Encontré a Leif en casa de mis padres, profundamente dormido en el sofá. Pasé de puntillas a su lado para no despertarlo y subí a mi habitación. Pronto se pondría el sol, y quería volar con los murciélagos.
Al tumbarme en mi estrecha cama, noté que el sueño me vencía. Me resistí, pensando en el Hombre Luna. Él nos había ayudado a Leif y a mí a salvar a Stono. Quizá el esfuerzo lo hubiera dejado tan exhausto que no podía responder a mi búsqueda.
Mientras la luz iba apagándose en el exterior, tiré de un hilo de magia de la fuente de poder y proyecté la mente hacia la selva. Encontré la conciencia colectiva de los murciélagos y me uní a su búsqueda, flotando de un animal a otro, sintiendo el espacio debajo y a mi alrededor. Los murciélagos invadieron toda la Selva Illiais. La selva no era grande, y el mercado estaba en su límite oeste. Unos cuantos murciélagos bajaron en picado hacia las hogueras del mercado, pero evitaron el aire polvoriento y los ruidosos grupos de gente.
Yo retiré mi mente de ellos. No había encontrado ni rastro del Hombre Luna ni de los demás en la selva, y pensé que Leif y yo debíamos ir al mercado al día siguiente. Era el lugar donde habíamos convenido encontrarnos cuando estábamos en la Planicie Daviian. Si el Hombre Luna había seguido a los Vermin desde la selva, finalmente nos buscaría allí. Aquélla era mi esperanza.
Cuando me desperté, al día siguiente, había un grupo de gente en el salón de mis padres, todos embebidos en una animada conversación.
—Te toca a ti. Yo llevé una carreta llena de pomelos la última vez —le decía Nutty a Chestnut—. ¿Lo ves? —le preguntó, y le mostró la mano derecha—. Aún tengo ampollas.
—No soy tonto. Esas ampollas son de quedarte toda la noche terminando la ropa que le debes a Fern—replicó Chestnut—. Te toca a ti ir al mercado.
—No puedes cortar todas las enredaderas de curare, Esau. Tardarías estaciones enteras —decía Perl—. ¿Y qué pasa con los Vermin? Si te atraparan de nuevo… —Perl se llevó la mano a la garganta, como si estuviera intentando evitar que la emoción se le desbordara del corazón.
—Eso no me preocupa —respondió mi padre—. ¡Me preocupa lo que pueden hacer con el curare!
—El curare se puede contrarrestar con teobroma —le dijo Leif a Esau—. Sólo tenemos que asegurarnos de que todo el mundo lleve suficiente teobroma.
—No es mi turno —dijo Nutty.
—Sí es —repuso Chestnut.
—¡Yelena! —gritó Nutty al verme—. ¡Te he hecho otro traje de falda pantalón! —dijo, y me mostró una tela de color azul y amarillo claro.
—Gracias —le dije yo—. No tienes que ir al mercado, Nutty. Yo le llevaré los trajes a Fern. Y, Leif, el teobroma es bueno para recuperar el movimiento, pero te deja indefenso contra un ataque mágico. Padre, ¿podrías encontrar una manera de que el teobroma funcione contra el curare sin los efectos secundarios? Eso sería más útil que arrancar todas las enredaderas. Además, no he visto señales de que ningún Vermin esté recolectando enredaderas ahora, pero pienso que sería buena idea enviar a un grupo de exploradores a la selva de vez en cuando.
—Ha llegado Yelena —bromeó Leif—. Problema resuelto.
—Será más fácil con el teobroma que intentar convencer a Oran y Violet de que envíen equipos de reconocimiento —dijo Esau—. ¡Quieren meterse en nuestra casa y esconderse!
—Yo me ocuparé de Oran y Violet —dijo Perl.
Su rostro tenía una expresión decidida. Se volvió hacia mí.
—¿Te vas hoy?
—Tengo que ir a buscar a los caballos y a nuestros amigos.
—¿Están en el mercado? —preguntó Leif en tono de esperanza.
—Es demasiada gente para que pueda averiguarlo. En cualquier caso, necesitamos buscar pistas de Ferde y Cahil.
En aquel momento, podían estar en cualquier sitio, haciendo cosas innombrables.
—No sin desayunar antes —dijo Perl, y se marchó a la cocina apresuradamente.
—Iré por los vestidos —dijo Nutty, y se marchó también.
—Yo iré a preparar mi bolsa —añadió Leif con una sonrisa—. No hay un día aburrido contigo, hermanita.
—¿Qué necesitas? —me preguntó Esau.
—Se me están acabando el teobroma y el curare.
Él entró al ascensor para subir al segundo piso. Chestnut miró a su alrededor por la estancia, que de repente, se había quedado silenciosa. Estaba nervioso y esquivaba mi mirada. Yo me di cuenta de que quería hablar de algo.
—Ahora es el momento —le dije—. Cuando vuelva todo el mundo…
—No puedo… me está costando superar… ¿Cómo puedes estar tan calmada? Haciendo planes, impartiendo órdenes. Han muerto seis personas. Stono ha vuelto de la muerte y ahora es distinto…
—¿En qué sentido?
—Probablemente no sea nada. Ha sufrido una gran conmoción, pero se ha vuelto más duro —dijo Chestnut, agitando la cabeza—. Ése no es el problema. Han muerto seis personas devoradas por serpientes. Ésa es la cuestión.
—¿Nunca habías perdido a nadie ante una serpiente?
—No. Sé que no es una muerte terrible. Al menos, han muerto antes de que se los coman. Siempre he tenido curiosidad… —no terminó la frase. Se encogió de culpabilidad.
—Curiosidad por ver a una serpiente devorar su presa, y te sientes responsable por no haber detenido a las serpientes.
—Sí.
—Piensa en lo que habría ocurrido si las serpientes hubieran liberado a los Vermin.
—Stono y tú habríais muerto.
—No me alegro de la muerte de seis personas, pero teniendo en cuenta la alternativa, puedo racionalizarlo —dije, pero me estremecí. Siempre y cuando no lo pensara demasiado—. Me has preguntado cómo puedo estar tan calmada. No tengo tiempo para no estarlo. Me gustaría sentir pena, preocuparme y continuar, pero eso no consigue resultados.
—Y los resultados son importantes, ¿verdad, Yelena? —me preguntó Leif mientras entraba en la habitación—. Una de las cosas más importantes que me enseñó la Primera Maga cuando llegué a la Fortaleza fue dejar de lado el sentimentalismo. Roze cree que se le concedió el don de la magia con un propósito, y no permite que la culpabilidad ni el remordimiento le impidan conseguirlo.
Leif se frotó la barbilla; su expresión se tornó pensativa.
—Tú te pareces mucho a ella.
—No es cierto —respondí yo.
—Era un cumplido. Las dos sois inteligentes. Hacéis las cosas. Tenéis un liderazgo natural.
Yo no estaba de acuerdo. Yo no me comportaba como Roze. Ella era una tirana que pensaba que lo sabía todo, y no se detenía a pensar en otras opciones ni en las opiniones de los demás. Yo no era así. ¿Verdad?
—Aunque ella tiene mal carácter —dijo Leif—. Se equivocó en cuanto a la dirección de Ferde y Cahil. No se va a poner muy contenta al saberlo.
—En eso sí estoy de acuerdo —dije.
—¿En qué estás de acuerdo? —preguntó Esau. Tenía los brazos llenos de frascos.
Nutty llegó con su montón de ropa. Después, Perl apareció con una bandeja llena de fruta y té. Cuando terminamos de comer, había pasado la mañana.
—Será mejor que nos vayamos. Vamos a tener que darnos prisa si queremos llegar al mercado antes de que anochezca —dijo Leif.
—Yelena, tienes que volver a hacernos una visita en condiciones —dijo mi madre—. Quizá cuando tu vida se estabilice un poco —agregó. Después se quedó pensando un instante y siguió—: Quizá puedas encontrar tiempo para venir. No creo que tu vida se estabilice durante un largo tiempo.
—¿Lo sabes por tu magia? —le pregunté.
—No querida. Por tu historia —dijo ella, sonriendo.
Después recuperó la expresión severa de madre y me soltó un sermón advirtiéndome de que tuviera cuidado.
Con las mochilas llenas, Leif y yo bajamos la escalera hasta el suelo de la selva. El comenzó a caminar a buen paso y lo seguí. Cuando paramos para descansar, dejé mi pesada mochila en el suelo y me froté la espalda dolorida. Entendí a un caballo de carga… ¡Kiki!
—Leif, ¿este camino es ancho hasta el mercado?
—Si no han caído árboles recientemente… Los Zaltana lo mantienen limpio. ¿Por qué?
—Por los caballos.
Él se dio una palmada en la frente. Yo proyecté mi mente y busqué los pensamientos de Kiki.
Estaba escondida, junto a Garnet y Rusalka, en el bosque, al oeste del mercado.
«Tarde», me dijo. «Sucios. Hambrientos».
«¿Podéis venir a buscarnos al camino de la selva? Llegaremos antes al mercado. Estaréis limpios antes».
Ella accedió. Leif y yo continuamos caminando en silencio.
—Se me olvida siempre que puedes comunicarte con los caballos —dijo Leif—. Creo que debes de ser la primera de la historia de Sitia.
—¿Estás seguro?
—Todos los estudiantes de la Fortaleza deben aprender la vida de los magos antiguos y sus poderes, pero seguro que el Maestro Bloodgood lo sabe.
El Segundo Mago era como un libro de historia viviente, y a mí me quedaba mucho por aprender, de magia y de historia, tanto que a veces me sentía abrumada y recordaba lo poco preparada que estaba.
Leif interrumpió mis pensamientos.
—¿Conoces a alguien que pueda hablar con los caballos?
—El Jefe de Establos dice que conoce los estados de ánimo y las intenciones de los caballos, pero no oye sus palabras en la mente.
—¿Y en Ixia? ¿Alguien podía hablar con los animales?
Yo lo pensé. Cuando el Comandante se había hecho con el control de Ixia dieciséis años antes, había ordenado a Valek, su jefe de seguridad, que asesinara a todos los magos. Si un ixiano mostraba alguna habilidad mágica, sobre todo después de la pubertad, Valek mataba a aquella persona, si acaso no había huido a Sitia. En Ixia no había magos, supuestamente; pero recordé a Porter, el Maestro de Perreras. Tenía un don especial con los perros; no necesitaba correas ni silbatos para que lo obedecieran.
—Quizá algún otro —dije—. Aunque él nunca lo admitiría. Eso le valdría una sentencia de muerte.
—A lo mejor puede escapar a Sitia.
—No creo que quiera venir.
—¿Por qué no? —preguntó Leif, asombrado.
—Te lo explicaré más tarde.
No tenía la energía suficiente para explicarle a Leif la política del Comandante. Mi hermano se había criado en Sitia, y creía que Ixia era un lugar horrible para vivir. Que, con el estricto código de conducta del país vecino, en el que había que llevar uniforme y pedir permiso para casarse o mudarse de una casa a otra, los ciudadanos eran infelices. Ixia no era perfecta, pero tenía beneficios vivir allí. Para mí, Valek era uno.
Lo echaba de menos cada día, añoraba nuestras conversaciones sobre venenos y tácticas de lucha, y echaba de menos tener un alma gemela que supiera lo que necesitaba antes que yo misma. Suspiré. Era mejor tener inmunidad a la magia como Valek, que ser Halladora de Almas. Una Halladora de Almas completamente indefensa contra un Hechicero de Fuego. En aquel momento, el punto de vista del Comandante Ambrose sobre la magia no me parecía tan extremo.
—Leif, ¿y el Hechicero? —le pregunté. Desde el incidente de la selva, no había tenido tiempo para hablar con él—. ¿Habías visto alguna vez a un mago salir del fuego?
—No. Roze Featherstone puede hacer grandes fuegos que consumen edificios, pero si se acercara a alguno, se quemaría. Desde que tú has vuelto a casa, he estado
viendo todo tipo de magias extrañas. Tú sacas lo mejor y lo peor de la gente —dijo Leif, intentando bromear.
—Los Vermin están poniendo en práctica rituales mágicos antiguos. ¿Tú sabes algo de ellos?
—Los poderes de los Tejedores de Historias Sandseed son legendarios. Antes se llamaban Guerreros Efe. Pensaba que lo que se cuenta de aquellos guerreros era exagerado. Usando la magia de sangre, los Efe no tenían rival. Los otros clanes les daban todo lo que querían: comida, oro o sacrificios. Con eso, tenían la esperanza de aplacarlos. Hubo un desacuerdo entre los dirigentes Efe, y comenzó una guerra civil. La batalla aplanó las Montañas Daviian.
—¿Montañas?
—Ahora es una planicie.
—Oh, vaya.
—Exacto. Después de esa batalla, un nuevo líder llamado Guyan fue quien se hizo cargo de los supervivientes de la tribu. Declaró que plantaría las semillas de una nueva tribu en la arena que había caído cuando las montañas se habían destruido. Por eso se llaman Sandseed, que significa semilla en la arena, y sus magos se llaman Tejedores de Historias.
El ruido de unos cascos interrumpió la narración de Leif. Ver el rostro de Kiki me alegró, aunque en sus ojos azules se reflejaba el cansancio, y tenía la piel color bronce cubierta de barro. Garnet y Rusalka no estaban mucho mejor.
Leif y yo dimos de comer y de beber a los caballos. Yo quería cepillarlos y dejar que descansaran, pero Leif insistió en que fuéramos primero al mercado.
—Por la noche hay demasiados depredadores —dijo Leif—. Los caballos atraerán a todos los leopardos de la selva.
«Mercado no lejos», dijo Kiki. «Selva huele raro».
Montamos y cabalgamos hacia el mercado. Al estar con nosotros, los caballos no tenían que esconderse. Los cepillamos cerca de la hoguera Zaltana, detrás de los edificios del mercado, cuando comenzaba a atardecer. Muchos de los clanes habían construido establecimientos permanentes para que sus miembros se alojaran cuando estaban comerciando.
El Mercado Illiais no cerraba hasta por la noche. Se encendían antorchas para iluminar y permitir que continuara el comercio. Después de dejar tranquilos a los caballos, eché a caminar rápidamente por entre los edificios de bambú con tejados de paja, mirando a toda la gente del mercado, buscando al Hombre Luna. Paré a unos cuantos clientes y les pregunté si alguien había visto a mis amigos. Uno de los comerciantes recordaba que había visto a algunos hombres corriendo por el mercado unos días antes, pero no podía describirlos.
Mi mente se llenó de imágenes del Hombre Luna, de Tauno y de Marrok atados a estacas clavadas en el suelo para ser sometidos al ritual del Kirakawa. Si estaban escondidos tras un escudo anulador, no podría encontrarlos, y cada minuto que pasaba era otro minuto más para Cahil y Ferde.
Para concentrarme en lo que estaba haciendo y relajar la opresión que sentía en el pecho, inspiré profundamente el aire impregnado del aroma a especias y a deliciosa carne asada que ofrecían los comerciantes del clan Greenblade. Antes de comprar la comida, fui a entregarle los vestidos de Nutty a Fern, la vendedora de ropa y telas, y adquirí un tarro de miel de Avibia para el Jefe de Establos antes de volver al puesto de carne para que Leif y yo pudiéramos cenar.
Los dos esperamos otro día al Hombre Luna. Yo paseé por el mercado, maldiciendo entre dientes. Busqué por el bosque con mi magia, pero la zona estaba serena. Sin perturbaciones. Aquella noche hablamos de nuestro siguiente movimiento mientras estábamos sentados junto a la hoguera.
—Deberíamos volver a Citadel —dijo Leif—. Eso es lo más lógico.
—¿Y los Sandseed? Ellos dejaron a su clan sin protección en la planicie. Quizá necesiten ayuda, y deberíamos contarles lo del Hombre Luna y Tauno.
—¿Decirles qué? ¿Que los hemos perdido? Prefiero decirles que Tauno tiene miedo de las alturas y que el Hombre Luna es claustrofóbico.
Y yo preferiría que estuvieran con nosotros. Para no tener que tomar la decisión en aquel mismo momento, dije:
—La dirección del viaje hacia Citadel o la planicie es la misma. Mañana iremos hacia el norte.
Leif asintió. Después extendió su saco de dormir junto a la hoguera y se tumbó. Yo tomé la silla de Kiki para usarla como almohada, me tapé con la capa e intenté acomodarme en el suelo frío junto a mi hermano.
—Deberías acercarte más al fuego. Te vas a congelar —dijo Leif.
—Estoy bien.
—No lo estás. Tienes miedo de…
—Leif, duérmete. Mañana nos espera un día muy largo.
Yo me di la vuelta y me coloqué de espaldas a él. No quería que le pusiera nombre a mi miedo. Nombrarlo lo convertiría en realidad.
Muerta de frío, incómoda, di vueltas y me moví, intentando conciliar el sueño. Para evitar las pesadillas, me concentré en la luna, que se había elevado sobre las copas de los árboles. Estaba casi llena, y su disco brillante iluminaba el paisaje. Me pregunté por el poder de la luna, y por qué ciertas cosas, como el ritual Kirakawa, necesitaban su presencia para funcionar. Sentía el velo invisible de poder que envolvía el cielo, pero no sentía nada de la luna.
En un sutil parpadeo de luz, el Hombre Luna se fusionó con un rayo azul, como si mi pensamiento lo hubiera conjurado. Se quedó junto a nuestra hoguera, sin ropa ni su arma.
«¿Eres un sueño?», le pregunté.
Su cara estaba marcada con profundas arrugas de cansancio, pero esbozó una sonrisa y dijo:
«Quizá siempre haya sido un sueño. ¿Tú qué crees?».
«Creo que en este momento estoy demasiado cansada como para charlar de filosofía contigo. ¡Y si no eres real, al menos haz algo útil y dime dónde estás en realidad!».
«Estoy aquí».

El Hombre Luna cayó de rodillas al suelo.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Capítulo 10

Nos miramos los unos a los otros, con estupefacción, durante un momento. Los Vermin teman las manos llenas de sangre. Después, los tres volvieron a su macabra tarea, ignorándome. Asombrada, avancé hacia ellos alzando mi arco para atacar. Sin embargo, una fuerza abrasadora me empujó desde detrás, como si alguien me hubiera golpeado con una sartén al rojo vivo.
Caí al suelo con dureza. El arco se me escapó de las manos, y todo el aire se me salió de los pulmones. El dolor se me extendió por la espalda. Rodé por el suelo, convencida de que tenía la ropa ardiendo. Intentando respirar, seguí rodando por el suelo hasta que vi lo que me había atacado. Me quedé espantada. El campamento Vermin había crecido tres veces su tamaño anterior. Había un hombre en mitad de la hoguera.
El hombre salió de entre la leña ardiente. Estaba abrasado y negro de los pies a la cabeza, y tenía pequeñas llamas prendidas en el cuerpo como si fueran plumas. Avanzó hacia mí. Yo superé mi parálisis y me alejé arrastrándome de él. Él se detuvo. Un rastro de fuego lo unía a la hoguera.
—¿Te he sorprendido, mi pequeño murciélago? —me preguntó—. Contaste nueve, cuando en realidad eran diez. Un buen truco.
Él sabía que mi conciencia había volado con los murciélagos. Pero, ¿quién era?
Miré a mi alrededor por la selva, buscando ayuda. Leif y mis amigos estaban al borde del claro. Tenían los brazos y las manos alzados, como si se estuvieran protegiendo el rostro de un viento abrasador. Su ropa estaba manchada de hollín y sudor, y tenían la mirada apartada del hombre.
—No tendrás ayuda de ellos, mi pequeño murciélago. Se quemarán si se acercan.
Yo intenté proyectar mi mente en la del hombre llameante, pero sus defensas eran impenetrables. Era un Hechicero de increíble poder. Se me acababan las opciones. Miré hacia detrás y vi mi arco.
El Hechicero señaló con un dedo y creó una línea de fuego que apareció entre mi arma y yo. Me puse en pie de un salto. El calor me abrasó el vello de la nariz, e hizo que se evaporara la humedad de mi boca. Saboreé cenizas. Un muro de aire caliente me empujó, y el Hechicero apareció ante mí. Sin embargo, su conexión con la madera ardiente permaneció.
—El fuego es tu ruina, pequeño murciélago. No puedes llamarlo. No puedes controlarlo.
Se me estaba asando el cuerpo, como si me hubieran ensartado en un palo y estuvieran cocinándome sobre una hoguera. Busqué mentalmente por la selva con la esperanza de encontrar ayuda. Sin embargo, no percibí nada, salvo los pensamientos de pánico de mis amigos y a una serpiente que curioseaba cerca de nosotros.
Justo cuando pensaba que iba a desmayarme, él extendió las manos y una burbuja de aire fresco me acarició. La ruptura con el calor me produjo un alivio enorme. Me tambaleé.
—Toma mis manos. No te quemaré. Viaja conmigo a través del fuego.
—¿Por qué?
—Porque me perteneces.
—No es una buena respuesta. Hay otros que han dicho lo mismo.
—Necesito completar mi misión.
—¿Y cuál es?
Las llamas de sus hombros temblaron cuando él se rió.
—Buen intento. Acepta mi oferta, o te quemaré a ti, y a tus amigos también. Os reduciré a un montón de cenizas.
—No.
Las llamas de su cuerpo se intensificaron antes de que se encogiera de hombros.
—No importa.
El aire frío desapareció, y la intensidad del calor me cortó la respiración.
—Sólo necesito que te duermas, murciélago. Entonces, te tomaré.
Se me cerró la garganta; comencé a perder la visión. El sueño era una forma agradable de describir el proceso de la asfixia. Era extraño, pero me dio una idea.
Con mis últimas energías, me saqué una cápsula del bolsillo y la aplasté con la mano. El líquido pegajoso se me extendió por la palma de la mano. Caí de rodillas, y lo último que recordé antes de que el mundo se derritiera fue que algo marrón y verde me atrapaba.
Me desperté estremeciéndome. Chestnut me estaba mirando con preocupación. Me abanicaba con una hoja grande para darme aire fresco y limpio. Tenía arrugas de agotamiento alrededor de los ojos.
—Supongo que hay una serpiente que se tendrá que ir con hambre —dijo mi primo.
—¿A qué te refieres? —pregunté, notando un dolor agudo en la garganta. Cuando intenté sentarme, me di cuenta de que estábamos sobre la rama de un árbol
Chestnut me ayudó.
—Le dije a la serpiente que, si morías, podía comerte —me explicó sonriendo.
—Siento decepcionarla.
—No importa. Quizá tengamos algún Vermin de sobra para alimentarla —dijo, y la sonrisa se le borró de los labios.
Yo lo recordé todo.
—¡El Hechicero de Fuego! ¡Mi padre! ¡Los demás! ¿Qué…
Chestnut alzó la mano.
—Cuando la serpiente te atrapó y te subió a los árboles, el Hechicero se distrajo lo suficiente como para que Leif pudiera atravesar la pared de calor. Con la ayuda del Hombre Luna, Leif pudo romper la unión entre la hoguera y el Hechicero —dijo Chestnut—. El Hechicero desapareció. El resto de los Vermin salieron corriendo, perseguidos por el Hombre Luna, Tauno y Marrok.
—¿Y Leif?
—Está abajo, con tu padre.
Antes de que yo pudiera preguntar, Chestnut me dijo:
—Tu padre está bien, pero no creo que Stono vea la luz del día otra vez.
Un repentino propósito me dio energías.
—Ayúdame a bajar.
Cuando llegamos al suelo, me acerqué a Leif. Tenía la cabeza de Stono en el regazo. Evité mirar el estómago sanguinolento de Stono. Mi padre y el otro chico explorador estaban tendidos en el suelo, a su lado, inmóviles, aún paralizados por el curare. Yo no vi a mis amigos.
—¿Dónde están los demás? —pregunté.
—No han vuelto todavía —respondió Chestnut. Se sentó en el suelo, junto a Leif, y le tomó la mano a Stono.
—Al menos, no siente dolor —susurró Leif.
Mi hermano tenía la cara llena de hollín y sudor. El fuego le había hecho agujeros en la ropa. Olía a humo.
Yo me arrodillé junto a Leif. Puse dos dedos en el cuello de Stono y noté un pulso débil. Stono gruñó, y sus párpados temblaron.
—No está paralizado como los demás, para que el ritual de Kirakawa pudiera funcionar —dije yo.
—¿Puedes salvarlo? —preguntó Leif.
Las heridas de Stono eran mortales. Yo no había sanado a nadie con unas lesiones tan graves. Tula tenía la nuez aplastada cuando murió; yo pude reparar aquel daño, pero no pude despertarla sin su alma. ¿Por qué no? Según Roze, yo tenía el poder de crear un ejército sin alma.
—Yelena —me dijo Leif con impaciencia—. ¿Puedes salvarlo?
¿Podría salvarme a mí misma si asumía sus heridas? Tomé aire. Sólo había una manera de averiguarlo.
Cerré los ojos, tiré del poder y agarré hebras gruesas de magia para enrollarlas en mi estómago. Me agaché hacia Stono y me obligué a examinar la masa distendida y sanguinolenta, viendo sus heridas a través de mi magia. Latían con un brillo rojo y apremiante cuando me concentré en ellas.
Sin previo aviso, el corazón de Stono se paró y su alma salió de su cuerpo. Por instinto, inspiré su alma del aire y la guardé en un lugar seguro de mi mente.
Hice caso omiso de sus pensamientos confusos y me concentré en sus heridas. El estómago me explotó con el dolor de un millón de cuchillos clavándoseme en las entrañas. Agarrándome el abdomen, me acurruqué. La sangre me anegó las manos, los brazos, se derramó por el suelo. El aire se llenó del hedor caliente de los fluidos del cuerpo.
Luché por apartar el dolor, pero se aferraba a mí, abriéndose camino a bocados hacia mi espina dorsal y el corazón. La voz de Leif me resonó en los oídos. Quería algo. Molesta por su insistencia, transferí mi atención a él durante un momento. Su energía fluyó hacia mi cuerpo. Detuvimos el avance del dolor, pero no pudimos conquistarlo. Sólo era cuestión de tiempo que nuestras fuerzas fallaran y perdiéramos la batalla.
La voz resignada del Hombre Luna sonó en mi mente.
«No puedo dejarte sola. ¿Qué te ha hecho pensar que podías contrarrestar el poder del ritual Kirakawa por ti misma?».
«Yo no…».
«¿Pensabas? ¿Sabías? ¿Importa ahora?».
La energía azul del Hombre Luna se sumó a la de Leif, y entre los tres conseguimos apartar el dolor.
Yo alargué el brazo hacia Stono y posé mi mano en su estómago blando.
«Vuelve», le ordené a su alma.
Sentí en el brazo un picor, un cosquilleo. Cuando oí que jadeaba para tomar aliento, aparté la mano.
Estaba demasiado exhausta como para moverme. Me quedé dormida allí mismo.
En algún momento, alguien me despertó.
—¿Teobroma? —preguntó Leif. Su voz sonaba distante.
Mis pensamientos agotados salieron de entre una neblina.
—Mochila —murmuré.
—¿Dónde?
Leif me agitó. Yo le aparté las manos, pero él no cejó.
—¿Dónde?
—En la mochila. En la selva. Serpiente.
—Yo iré —dijo Chestnut.
El sonido de sus pasos alejándose me arrulló, y me dormí de nuevo.
Me desperté atragantándome con un líquido repugnante. Entre toses, me incorporé y escupí.
—Todavía tienes que beber el resto —me dijo mi padre.
Me ofreció una taza.
—¿Qué es? —le pregunté, y agarré la taza. El contenido verdoso olía a agua pantanosa.
—Té de «sopasagrias». Le devuelve las fuerzas al cuerpo. Vamos, bebe.
Yo hice un gesto de asco y me llevé la taza a los labios. Sin embargo, no pude tomar el té.
Esau suspiró. Tenía el pelo, largo y gris, lleno de sangre y suciedad. Parecía mayor de los cincuenta años que tenía. El cansancio tiraba de sus hombros hacia abajo.
—Yelena, me gustaría volver a casa. Tu madre debe de estar muy angustiada.
Tenía razón. Conteniendo la respiración, tragué el té. La garganta me quemaba mientras tragaba el líquido, pero después de un momento, me sentí más despierta y vigorosa.
El sol subía por el cielo. Yo me di cuenta de que el claro estaba vacío.
—¿Dónde están los demás?
—Te lo diré de camino a casa —me respondió mi padre, y se levantó.
Tomé mi mochila y revisé el contenido. Después me la puse al hombro. Mi arco descansaba en el suelo, junto a una ancha marca quemada. Yo levanté el arma y pasé las manos por la madera de ébano. Parecía que estaba intacta. Una sorpresa agradable ya que, durante la pelea, yo pensaba que el Hechicero había dejado el arco reducido a cenizas.
Sentí miedo al pensar en aquel Hechicero. Nunca había conocido una magia como aquélla. No tenía ninguna preparación para luchar contra él, y no se me ocurría nadie en Sitia que igualara su poder. Pero, ¿y en Ixia? Pensé en Valek. ¿Podría salvarlo su inmunidad a la magia de las llamas del Hechicero del Fuego? ¿O lo consumirían?
—Vamos, Yelena —me dijo Esau.
Yo me quité aquellos pensamientos morbosos de la cabeza y seguí a mi padre. Él comenzó a andar a buen ritmo, y cuando lo alcancé, le pregunté qué había ocurrido después de que me quedara dormida.
Él resopló, divertido.
—¿Quieres decir cuando te desmayaste?
—Acababa de salvar la vida de Stono. Y la tuya también.
Esau se detuvo y me dio un abrazo.
—Lo sé. Lo hiciste muy bien.
Él me soltó tan rápidamente como me había abrazado, y continuó caminando por la selva. Yo me apresuré a seguirlo.
—¿Y los demás? —pregunté.
—Has estado dormida durante un día entero. Pensamos que era mejor que Leif y Chestnut se llevaran a Stono y a Barken al pueblo. Los Sandseed y el otro hombre de Ixia no han vuelto.
Yo me detuve.
—Quizá tengan problemas.
—¿Dos guerreros Sandseed y un soldado contra tres Daviian? Lo dudo.
—¿Y contra tres Vermin con curare?
—¡Ah, demonios! —escupió Esau—. Ojalá nunca hubiera descubierto esa maldita sustancia —dijo, y se dio un golpe con los puños en los muslos—. Tenía la esperanza de que la cantidad que les robaron a los Sandseed ya se hubiera terminado.
—¿Conseguiste extraerlo de las enredaderas de la selva?
—Sí.
—Entonces, ¿cómo saben hacerlo ellos?
—¿Y dónde lo están haciendo? —preguntó Esau, mirando a su alrededor—. Quizá en la jungla. Voy a cortar todas las enredaderas de curare y las voy a quemar —juró Esau.
Yo le puse una mano en el brazo.
—Recuerda por qué la buscaste. Tiene muchos usos beneficiosos. Nuestra preocupación más inmediata debería ser por el Hombre Luna y por los demás. Voy a intentar ponerme en contacto con él.
Alcancé la fuente de poder y proyecté la mente hacia la selva. Rocé una variedad de vida. Los valmures que se movían por los árboles, los pájaros que estaban posados en las ramas y otras pequeñas criaturas que corrían bajo los arbustos.
Sin embargo, no podía localizar el pensamiento del Hombre Luna.
¿Acaso los Vermin lo habían escondido tras un escudo anulador? ¿Había muerto? Busqué también a Tauno y a Marrok, pero no conseguí nada.
—Vayamos a casa y busquemos un modo de encontrarlos. A todos ellos, incluyendo a los Vermin —dijo mi padre.
Aquello me recordó a los guardias Vermin que habíamos rociado con el perfume de serpiente.
—Podemos interrogar a los guaridas Daviian. ¿Están en nuestro pueblo?
Esau se tiró de la túnica manchada como si tuviera que decirme algo desagradable.
—Cuando te atrapó la serpiente, no se puso muy contenta al descubrir que no eras una hembra. Así que Chestnut, para poder evitar que te devorara, tuvo que concentrar todos sus esfuerzos en salvarte.
—¿Y?
—Perdió el control de las otras serpientes.
—¿Los guardias han muerto?
—Una consecuencia desafortunada, pero también tiene una ventaja —dijo Esau.
—¿Y cuál es?
—Ahora hay cuatro serpientes muy llenas, que no molestarán a los Zaltana durante mucho tiempo.
Me quité del cuerpo toda la sangre seca que pude en el pequeño riachuelo que discurría bajo el pueblo de mi clan. Mi madre se preocuparía mucho si me viera de aquel modo, pese a que estuviera ante ella sana y salva.
Mientras subía por la escalera de cuerda a la cubierta de árboles, pensé en todo lo que había ocurrido recientemente. Mi vida en Ixia, aunque tuviera que ser la catadora de alimentos del Comandante, parecían unas vacaciones.
¿Por qué me quería marchar de Ixia cuando vivía allí? Una de las razones más importantes era la orden de ejecución que pesaba sobre mí por el hecho de ser maga. Aquello y también, el deseo de ver a mi familia de quienes no recordaba nada hasta que el Hombre Luna desbloqueó mi memoria. Bien, ya había conocído a mis padres y la orden de ejecución había sido revocada. La idea de volver a Ixia, con Valek, me tentaba.
Cuando llegué a lo alto de la escalera, entré en un pequeño recibidor hecho de ramas atadas entre sí. El guardia Zaltana que estaba allí me informó de que mi padre me esperaba en casa.
Caminé hacia el apartamento de mis padres, maravillándome de la ingenuidad y la artesanía con que se había erigido aquel inmenso complejo de viviendas sobre el suelo de la selva. Los Zaltana eran ingeniosos y decididos, y también obstinados. A mí me habían acusado de tener todos aquellos rasgos.
Me pregunté si aquellas cualidades serían suficientes para enfrentarme al Hechicero de Fuego. ¿Tenía la experiencia o el conocimiento mágico para encontrar al Hombre Luna, capturar a Ferde e impedirles a los Vermin que mataran a más gente?

Aquella lista de tareas tan «desalentadora y larga no iba a disuadirme de intentarlo. Sin embargo, ¿cuántas personas más resultarían heridas o muertas por mi causa?

Capítulo 9

No teníamos mucho tiempo que perder. Leif, el Hombre Luna y yo bajamos rápidamente al salón de mis padres. Perl había vuelto con Oran y Violet.
—¿Los has encontrado? —me preguntó Perl.
—Están a unos cuatro kilómetros al sureste de nosotros.
—Necesitaremos magos y soldados —le dijo Leif a Oran.
—¿Cuántos hay, y qué tienen planeado hacer los Vermin? —me preguntó Oran.
—Nueve. Y no importa lo que tengan planeado. Los Vermin tienen a Esau y a los exploradores. ¡Tenemos que rescatarlos!
Oran titubeó.
—Deberíamos consultar al consejero Bavol…
—Bavol está en Citadel. Tardaríamos semanas en tener su respuesta.
—No podemos dejar desprotegido el pueblo —dijo Violet—. Concertaremos una reunión y pediremos voluntarios.
—Muy bien —dije yo, que había perdido la paciencia. Acompañé a Violet y a Oran a la puerta—. Haced lo que queráis.
—Yelena… —dijo mi madre.
—Regáñame después. Ahora nos vamos.
Leif y el Hombre Luna me miraron como si estuvieran esperando órdenes.
—Avisad a Tauno y a Marrok. Os alcanzaré abajo, junto a la escalera.
—¿Adónde vas tú? —me preguntó Leif.
—A conseguir nuestra distracción.
Ellos salieron de la estancia y yo iba a hacer lo mismo cuando mi madre me tomó del brazo.
—Un minuto —me dijo—. Sólo sois cinco. ¿Qué tienes pensado hacer? Dímelo, o iré con vosotros.
Irradiaba la obstinación de los Liana, y yo sabía que sus amenazas no eran en vano. Así pues, le resumí lo que tenía en mente.
—Eso no funcionará sin ayuda —me dijo.
—Pero voy a…
—Necesitas más incentivos. Yo tengo lo preciso. Vete. Te veré junto a la escalera —dijo Perl, y se marchó apresuradamente.
Después de unos minutos de búsqueda frenética, encontré lo que necesitaba. Cuando bajé las escaleras hasta el suelo, los demás ya estaban preparados. Los rayos de luna brillante atravesaban las hojas y la oscuridad del suelo de la selva, iluminando levemente las formas de los árboles.
Les expliqué a Tauno y a Marrok cómo debían aproximarse al campamento de los Vermin y a los guardias, y les dije dónde debían colocarse cuando estuvieran cerca.
—Sin ruidos. A distancia. Esperad mi señal para atacar.
—¿Qué señal? —preguntó Marrok.
Tenía una expresión de determinación, pero la incertidumbre asomaba en sus ojos. Aunque Cahil había dado órdenes a sus hombres, Marrok era el que estaba realmente al mando.
—Algo alto y repugnante.
Marrok frunció el ceño.
—Éste no es momento de bromear.
—No estaba bromeando.
Después de un momento de vacilación, Marrok y Tauno partieron.
El Hombre Luna se quedó mirándolos.
—¿Y nosotros?
Hubo un sonido sobre nosotros. Alguien estaba bajando las escaleras de cuerda. Un poco después, Chestnut se unió a nosotros. Llevaba una túnica oscura y pantalones, y el tambor atado al cinturón. Se había lavado la pintura verde de la cara y el tinte del pelo.
—Me alegro de poder ayudar —dijo Chestnut—. Pero tenéis que saber que nunca había hecho esto.
—¿Qué? —preguntó Leif—. Yelena, ¿qué sucede?
—Espero que Chestnut pueda llamar a unas cuantas serpientes para que se unan a la fiesta de los Vermin.
—Ah. Tu distracción —dijo el Hombre Luna.
—¿A qué distancia necesitas colocarte? —le pregunté a mi primo.
—Probablemente, a un kilómetro, pero depende de cuántas serpientes haya por allí —dijo él dubitativamente—. Estoy acostumbrado a ahuyentarlas, no a llamarlas. ¿Y si no funciona?
Oportunamente, la escalera comenzó a moverse por el peso de otra persona. Perl descendió con agilidad.
—Toma —me dijo mi madre, y me entregó diez cápsulas del tamaño de una uva, y varios alfileres rectos—. Por si acaso fracasa el primer plan.
—¿Y si fracasa el segundo? —preguntó Leif.
—Entonces, atacaremos el campamento y que todo salga bien —dije yo.
Me metí las cápsulas al bolsillo, me prendí los alfileres a la camisa de modo que no me pincharan y me ajusté la mochila para que el peso descansara en mitad de mi espalda. Después tomé mi arco.
—Tened cuidado —dijo Perl.
Yo la abracé. Después, me puse en contacto con los murciélagos de nuevo y, guiándome por su mapa de formas de la selva, comencé a moverme con facilidad por el estrecho camino, aunque la cubierta de árboles impedía el paso de la luz de la luna en algunos tramos.
A un kilómetro del campamento de los Vermin, me detuve. Chestnut apoyó la frente en el tronco de un árbol y yo noté que el poder me rozaba.
—Sólo hay una serpiente cerca —dijo él—. Está esperando a que uno de los hombres que están sobre los árboles caiga en su trampa. Estas serpientes no son cazadoras activas. Prefieren esperar, valerse del elemento sorpresa —explicó Chestnut, y me miró—. Y yo no quiero enseñarles a cazar.
—Tienes razón —dijo el Hombre Luna.
—¿Y ahora qué? —preguntó Leif.
—Estoy pensando —respondí yo.
—Piensa más rápido —me dijo Leif, apremiándome.
Una serpiente no era suficiente. Era hora de usar el método de Perl. Yo le entregué a todo el mundo dos cápsulas y un alfiler.
—Acercaos a los guardias tanto como podáis. Haced un pequeño agujero en la cápsula y echad el líquido cerca de ellos. No os manchéis con él —les dije.
—¿Por qué no? —preguntó Leif.
—Tendréis a una serpiente intentando aparearse con vosotros.
—Vaya, Yelena. Me alegro mucho de que hayas vuelto a casa —dijo Leif, refunfuñando—. Mamá ha empezado a hacer cosas útiles en su tiempo libre.
—Creía que tu madre hacía perfumes —dijo el Hombre Luna.
—Todo depende de cómo lo mires —intervino Chestnut—. Para una serpiente macho, esto es un perfume.
—Hay seis guaridas. El Hombre Luna, Leif y yo rociaremos a dos —dije yo. Me quité la mochila y la dejé tras un árbol—. Chestnut, tú quédate aquí. ¿Puedes evitar que las serpientes nos atrapen a nosotros cuando lleguen?
—Lo intentaré. Tienen un magnífico olfato, así que apartaos rápidamente cuando rociéis a los guardias con la sustancia.
—¿Y los que están en los árboles? —preguntó Leif.
—Apuntad alto y sigilosamente.
Leif murmuró algo para sí mientras los tres nos dispersábamos para acercarnos al campamento Vermin. Chestnut se quedó atrás para comunicarse con los depredadores, mientras nosotros nos posicionábamos. Cuando llegara nuestra distracción y los guardias tuvieran que afanarse para escapar de las amorosas serpientes, Leif y el Hombre Luna se reunirían con Tauno y Marrok y esperarían mi señal. Yo espiaría a los Vermin en su campamento.
Trepé por los árboles, buscando a los guardias. Me desvinculé de la mente de los murciélagos y busqué a los Vermin proyectando mi conciencia. Entonces, me di cuenta de que los sonidos de la selva habían cesado.
Se me aceleró el corazón y el estómago se me encogió de miedo. Sentí una presencia sobre mí y conecté con un hombre que estaba agachado en las ramas más bajas de un árbol. Su mente estaba alerta para captar señales de intrusos, pero no me había detectado. Hice un agujero en una de las cápsulas, rocié el líquido por la rama del árbol y bajé silenciosamente.
Cinco minutos después encontré al segundo guardia. Era una mujer, y no notó que me aproximaba ni que rociaba el perfume de serpiente en los matorrales que había cerca de ella. Esperaba que se frotara con ellos en algún momento.
Al retirarme, me tropecé con una raíz y me caí. Me volví a tiempo para ver cómo me apuntaba con una flecha.
—¡Quieta! —gritó—. Manos arriba.
Yo alcé ambas manos y lamenté no haber restablecido mi vínculo con los murciélagos. A través de sus ojos, nunca me habría tropezado.
Ella llamó a otro guardia.
—Levántate lentamente —me ordenó—. Deja tu arma.
Dejé el arco en el suelo.
Ella se acercó y me miró en la penumbra. El guardia inhaló bruscamente y dijo:
—La Halladora de Almas.
Yo rodé cuando el arma de la guarda vibró, y agarré mi arco. La flecha se clavó en el suelo. Me puse en pie de un salto y dibujé un amplio semicírculo con el arco; le di un golpe tras los tobillos y ella cayó mascullando un juramento. La forma oscura de su compañero aumentó de tamaño a medida que él se acercaba corriendo. Estupendo.
El aire se llenó con un sonido extraño, más y más alto, que llegaba de todas las direcciones. Los tres nos quedamos inmóviles. Todos los pensamientos de pelea se disiparon mientras buscábamos la fuente de los sonidos.
Una serpiente pasó por entre mis piernas sigilosamente. Fue directamente hacia la guardia y se enroscó en ella a una velocidad pasmosa. El otro guardia miró a su compañera y dio un salto hacia atrás. Otra serpiente se deslizó hacia él. Las vibraciones de las serpientes y del tambor de Chestnut me resonaban en el pecho.
Proyecté mi mente hacia Chestnut para que me pusiera al día. Él estaba impidiendo que las criaturas nos atacaran a nosotros, pero no sabía cuánto tiempo iba a poder mantener el control.
«Cuanto más rápido, mejor», dijo.
«Muy bien».
Me vinculé con el Hombre Luna. Leif y él habían marcado a los otros cuatro guardias. Estaban esperando, junto a Marrok y Tauno, mi señal.
Yo corrí hacia el campamento, evitando a las serpientes y a los guardias aterrorizados, y atravesé el escudo anulador. Me detuve durante un instante al sentir una carga de emociones y pensamientos. El aire estaba impregnado de magia y miedo. El pánico me empujaba por la espalda, pero yo me obligué a calmarme.
Cuando llegué al límite del campamento Vermin, se me heló la sangre. Tres hombres estaban sacando el estómago de una de las formas inmóviles del suelo. Los Vermin fijaron su atención en mí. Quedaron boquiabiertos de la sorpresa.

Sin darme cuenta, me había movido, y estaba en mitad de su campamento, pidiéndoles a gritos que pararan.

Capítulo 8

Resistí el impulso de valerme de la magia para calmar a mi madre. Antes de que ella se tranquilizara lo suficiente como para poder contarme los detalles, yo me imaginé muchas cosas horribles. Se esperaba que mi padre volviera de una expedición el día anterior, y no había regresado.
—Hubo una reunión del clan —dijo Perl entre sollozos—. Un par de exploradores se habían perdido, y él fue a buscarlos.
—¿Unos exploradores que se pierden?
Ella sonrió entre las lágrimas.
—Algunos de los nuevos sí se pierden. Esau siempre los encuentra. Nadie conoce la selva tan bien como él.
—Quizá uno de los exploradores se haya herido —dije yo, con la esperanza de que se relajara, y para dejar de imaginarme a mi padre como víctima de un ritual Kirakawa—. ¿Por qué lo esperabais ayer?
—Por la reunión del clan. Las criaturas de la selva han estado muy inquietas, y no sabemos por qué. Al no aparecer los dos exploradores, el clan decidió que todo el mundo debía permanecer cerca del pueblo. Cada noche nos reunimos en la sala común para asegurarnos de que todo el mundo está bien. Se suponía que Esau sólo iba a estar fuera durante unas horas —me dijo, mientras las lágrimas le caían por las mejillas.
Su semblante reflejaba horas de preocupación y miedo. Su largo pelo tenía más gris que negro. No podía dejarla sola, pero necesitaba más información.
—Tengo que hablar con los ancianos —dije—. Puedes venir sólo si me prometes que no te vas a disgustar mucho.
Ella asintió, pero tenía una mirada de incertidumbre. Sin embargo, al instante se irguió.
—Espera —me dijo, y fue hacia el ascensor.
Mientras la veía tirar de las cuerdas y ascender al segundo piso de la casa en el ascensor de poleas que había inventado mi padre y que había fabricado con lianas de la selva, sentí un terrible miedo por Esau.
Cuando volvió a bajar, vi que mi madre se había lavado la cara con agua fresca y se había recogido el pelo en una coleta. También se había puesto un amuleto de fuego que yo le había regalado al cuello.
—Para que me dé fuerzas —dijo, y me miró. En aquella ocasión, en sus ojos había determinación—. Vamos.
Quizá el nombre de nuestro clan fuera Zaltana, pero nuestro apellido familiar era Liana, que significaba enredadera en la lengua antigua de los Illiais. Aquellas lianas crecían por todas partes en la selva, y trepaban por los árboles en busca del sol. Cuando se cortaban y se dejaban secar, se endurecían como la roca.

Al ver la firmeza de mi madre, supe que había llegado al punto en el que ya no se dejaría llevar por sus emociones, sino que haría todo lo necesario para ayudar a encontrar a su marido.
La sala común era la zona más grande del pueblo. Allí cabía todo el clan, y en el centro había una gran chimenea. A su alrededor había bancos de ramas y lianas. Olía a muchos perfumes. Cuando yo había conocido aquella sala, todo el clan estaba reunido para recibirme con una mezcla de esperanza, alegría y desconfianza. Mis esperanzas de tener una reunión tranquila se disiparon cuando mi hermano declaró ante todos que yo apestaba a sangre.
Chestnut me sacó de mi ensimismamiento al presentarme a los ancianos del clan.
—Oran Cinchona Zaltana y Violet Rambutan Zaltana.
Me hicieron una reverencia al estilo formal de Sitia. Sus rostros oscuros estaban fruncidos de preocupación. Aquellos dos trataban los problemas del día a día mientras nuestro líder, Bavol, estaba en Citadel. El hecho de que hubieran desaparecido dos exploradores y hubieran aparecido unos visitantes inesperados eran demasiados problemas juntos.
—Tus amigos han llegado a la escalera de la palmera —me dijo Violet—. Cuando suban, los acompañarán hasta aquí —añadió con una sonrisa ligera.
Me sentí aliviada al saber que habían llegado sanos y salvos. Cuando llegaron a la sala común, yo sentía mi deseo de acción cada vez más intenso, amenazando con explotar. Puse al día a los ancianos del clan sobre lo que sabía, pero la única información que añadieron Oran y Violet fue la dirección en que habían partido los dos exploradores. Uno, al sur, el otro, al este. Esau había ido primero al este para buscarlos.
—Tienen que ser los Daviian —dije yo—. Tenemos que rescatarlos antes de que puedan hacer algo del ritual Kirakawa.
—Vamos —dijo Leif, alzando el machete con una mirada fiera.
—No sabéis con certeza si los Vermin tienen a vuestro padre —dijo el Hombre Luna—. Ni dónde están. Ni cuántos Hechiceros hay. Ni lo bien defendidos que pueden estar.
—Está bien, señor lógico. ¿Cómo propones que consigamos esa información? —le pregunté.
—Marrok y Tauno buscarán pistas y nos informarán.
—¿Hacia dónde?
—Hacia el este.
—¿Para que caigan en la misma emboscada que mi padre? Los atraparán y los matarán —repliqué yo—. Es demasiado arriesgado enviar a gente allí. A menos que… —de repente, tuve una idea. Si los Daviian estaban escondidos tras un escudo anulador, ninguna magia podía alcanzarlos, pero sí podíamos saber dónde estaban mediante los sentidos, mediante la luz y el sonido.
—¿A menos que qué? —me preguntó Leif.
—A menos que pudiéramos conseguir una perspectiva a vista de pájaro. Podría vincularme a un pájaro de la selva y ver a través de sus ojos.
—Pero no verás mucho durante el día —dijo el Hombre Luna—. Seguro que los Vermin están bien camuflados. Por la noche, necesitarán una pequeña hoguera y la luna para llevar a cabo el primer paso del ritual Kirakawa.
Yo sentí una oleada de frío miedo.
—La luna salió anoche.
—Demasiado pronto. Necesitan tiempo para prepararse adecuadamente.
—¿Y puede un pájaro ver de noche? —intervino Leif.
—Habrá luz de la hoguera —dijo Marrok.
—Murciélagos —dije yo.
Tauno me miró con desconcierto.
—¿Dónde?
—Me vincularé con los murciélagos para encontrar a los Vermin. Su fuego atraerá a los insectos, y los murciélagos comen insectos.
—¿Y podemos permitirnos el hecho de esperar a que anochezca? —inquirió Leif—. ¿Y si Yelena no los encuentra a través de los murciélagos? Entonces habremos perdido un tiempo precioso para buscar a nuestro padre.
—Yelena los encontrará —dijo mi madre.
Había cumplido su promesa y estaba controlando sus emociones durante la conversación. Su confianza en mí era reconfortante, pero de todos modos, yo estaba muy preocupada. Había tres vidas en juego.
—Está bien. Encontremos a los Vermin y determinemos cuál es su fuerza. Todo el mundo debería comer y descansar. Puede que sea una noche muy larga.
Leif y yo fuimos con nuestra madre a casa. Allí comimos y tomamos té, aunque yo tragaba los alimentos sin notar su sabor. Después, la fatiga me venció y me quedé dormida en el sofá. Tuve pesadillas de serpientes que me estrujaban el cuerpo mientras me siseaban al oído.
—…despiértate. Está oscureciendo —me susurró Leif.
Yo parpadeé. Perl también estaba dormida en una de las butacas. El Hombre Luna estaba junto a la puerta de la casa.
Yo desperté a mi madre.
—¿Puedes ir en busca de los ancianos del clan? Tenemos que hacer planes para cuando haya encontrado a Esau.
Ella salió apresuradamente por la puerta.
—¿Adónde quieres ir? —me preguntó Leif.
—Arriba, a mi antigua habitación —respondí, y me dirigí hacia el ascensor.
Leif y el Hombre Luna me siguieron, y los tres subimos al piso superior.
Unos años después de mi secuestro, Esau había comenzado a usar mi cuarto como almacén. Después de catorce años de recoger y catalogar muestras de la selva, la habitación estaba llena de estanterías, y las estanterías atestadas de frascos de todas las formas y tamaños. Los únicos lugares libres eran una pequeña cama y un escritorio de madera.
Quería concentrar toda mi energía en conectarme con los murciélagos, así que me tumbé en la camita.
—Intentad evitar cualquier distracción para mí y manteneos listos para ayudar.
Leif y el Hombre Luna asintieron. Ambos tenían suficiente energía mágica como para que yo tomara de su fuerza si lo necesitaba. Proyecté mi conciencia hacia la boca de la cueva. Los murciélagos estaban saliendo de su guarida para buscar alimento.
Yo volé con ellos, flotando de un animal a otro, intentando entender mi situación en la selva. Era una vista de pájaro sin colores, sólo formas, tamaños y movimiento. Con mi mente de murciélago, los árboles y las rocas no eran visuales, sino sonoros. Esperé y vigilé hasta que uno de ellos encontró una pequeña fogata. Me concentré con todas mis fuerzas mientras el murciélago bajaba y se acercaba al aire caliente que emanaba de la hoguera, atrapando a los insectos que danzaban sobre la luz.
Evitando instintivamente a las criaturas que había debajo, el murciélago se mantuvo alto en el aire. Yo usé los sentidos del murciélago para determinar el número de Vermin que había en el campamento: tres alrededor del fuego, dos subidos a los árboles y cuatro haciendo guardia alrededor de las tiendas. Junto a una de las tiendas había tres formas inmóviles. Alarmada, me concentré en ellas hasta que sentí que sus pechos subían y bajaban.
Cuando tuve la situación exacta del campamento Vermin en la mente, me retiré de la conciencia del murciélago.
—Hay nueve —les dije a Leif y al Hombre Luna—. No sé cuántos de ellos son Hechiceros.
—Deberíamos tener suficientes magos Zaltana como para vencerlos —dijo Leif—. Si pudiéramos sorprenderlos, tendríamos ventaja. ¿Podrías formar un escudo anulador? —le pidió al Hombre Luna.
—No. Ésa no es una de mis habilidades.
Yo me incorporé, pensando en lo que había dicho Leif. Si atacábamos con un grupo grande, los Vermin sabrían que nos acercábamos. Entonces escaparían y se esconderían de nuevo, o quizá se enfrentaran a nosotros. De cualquiera de las dos formas tendrían tiempo para matar a sus prisioneros. El elemento sorpresa era clave, pero, ¿cómo podríamos conseguirlo?
—¿No puede Tauno disparar a los guardias con flechas impregnadas de curare para inmovilizarlos? —preguntó Leif—. O quizá pudiéramos dispararles dardos con cerbatanas…
—Demasiados árboles —dijo el Hombre Luna.
—Sería difícil hacer blanco, en la oscuridad —convine yo—. Podríamos acercarnos y apuñalarlos.
—¿Y los guardias de los árboles? Acercarnos sin que se den cuenta es algo muy difícil, casi imposible —dijo Leif.
Si yo fuera capaz de controlar a los murciélagos, podría usarlos como distracción. Necesitábamos algo que causara un revuelo en el campamento. Seguí la lógica y encontré una solución.
Leif, al ver mi expresión, sonrió.

—¿Qué estás tramando, hermanita?

Capítulo 7

—¿Cómo se contrarresta el escudo anulador? —pregunté al Hombre Luna, intentando que no se notara mi pánico en el tono de voz.
—La magia no puede atravesar el escudo, pero se puede encontrar un modo de pasar por los bordes del escudo, y entonces sí se puede usar la magia.
—¿Cuáles son las dimensiones del escudo?
—Depende de la fuerza de quien lo lleva. El que nosotros usamos en la planicie es tan alto como un hombre a caballo, y tan ancho como treinta hombres. Sin embargo, cuatro Tejedores de Historias unieron sus fuerzas para construirlo. Para un solo Hechicero, el escudo será más pequeño.
Yo miré a los árboles. La emboscada había llegado desde arriba. ¿Usarían la misma táctica para tendernos otra trampa? No. Si el primer intento no había funcionado, pensarían en otra estrategia. Estar en una posición más alta que la de tu objetivo tenía muchas ventajas, y si yo trepaba hasta las copas de los árboles, quizá pudiera sobrepasar los bordes de otro escudo anulador y descubrir dónde había otra emboscada.
Saber cuál sería mi próximo movimiento me ayudó a mitigar el terror. Me puse en contacto con Kiki y le dije que nos encontraríamos en el Mercado Illiais, como habíamos convenido, y les conté mi plan a los demás. Decidimos que mi hermano Leif se quedaría con el grupo para guiarlos por la jungla, puesto que él se había criado allí y la conocía como la palma de su mano. Antes de irme, despertamos al prisionero para interrogarlo, pero se negó a decirnos de dónde había obtenido los pasos de los antiguos rituales.
El Hombre Luna me explicó que Guyan, su líder, había hecho ejecutar a los miembros malvados del clan que conocían los detalles de los rituales malignos. La información debería haber muerto con ellos.
Sin embargo, yo recordé que mi amigo Dax había leído unos libros antiguos cuando estábamos intentando interpretar los tatuajes de Ferde para averiguar por qué estaba raptando y violando a las muchachas. Le expliqué al Hombre Luna que en la Fortaleza había tomos antiquísimos, y que quizá hubiera copias que estaban usando los Vermin para conocer los pasos de aquellos rituales.
Decidí registrar la mente del Vermin con la magia para averiguar si sabía algo de los planes de su clan. Aunque aquello estaba prohibido por el Código Ético, la prohibición no protegía a los criminales ni a los espías. Sin embargo, el prisionero no sabía casi nada, sólo había estado cumpliendo órdenes. En su cabeza sólo había algunos chismes: conseguí confirmar que Cahil y Ferde habían ido hasta allí y que viajaban con un grupo de doce Vermin.
—Catorce personas no son suficientes para vencer en un ataque a los Zaltana —dijo Leif con orgullo.
Yo estaba de acuerdo.
—Pero ganar no lo es todo.
Mi ansiedad por marcharme de allí se multiplicó por mil. No podía quitarme de la cabeza que un grupo de Vermin se había adentrado en la selva y que mi clan podía estar en peligro. Me puse la mochila al hombro. Le pregunté al Hombre Luna qué iba a ocurrir con el prisionero, y me explicó que aplicaría las leyes Sandseed, que proporcionaban el mejor modo de ocuparse de un Vermin.
—¿Y cuál es ese modo?
—Exterminarlos.
Yo contuve una protesta. Aquél no era el momento apropiado para hablar del crimen y el castigo.
En vez de eso, miré hacia las copas de los árboles y al instante, divisé una liana. La usé para trepar a las ramas más altas y, después de reorientarme durante un instante y confirmar que el pueblo Zaltana estaba hacia el oeste, me balanceé hacia el árbol siguiente.
Mantuve los sentidos mágicos concentrados en la vida que me rodeaba, en busca de los Daviian y otros predadores mientras viajaba hacia casa. La red de ramas y espesos árboles ralentizaba mi paso. Después de pocas horas, estaba empapada en sudor, tenía la ropa rasgada y la piel me quemaba debido a las picaduras de los insectos.
Descansé un rato y después continué mi viaje por la bóveda de la selva, sin bajar la guardia, atenta a cualquier signo de la presencia de los Daviian. De pronto percibí una vibración distante. Me concentré en descubrir la fuente. Había un hombre entre los árboles. Antes de que pudiera averiguar si era amigo o enemigo, mi mano izquierda se agarró a una rama suave y flexible. Entre la sorpresa, mi mente conectó con un cazador que acechaba entre los árboles.
Las hojas susurraron y se movieron. El ruido áspero y aterrorizador de una serpiente me rodeó. La rama que había bajo mis pies se curvó. Yo me moví para encontrar una rama sólida, pero no toqué nada más que las espirales secas del reptil, que estaba completamente camuflada por el verde de la vegetación.
Cerré los ojos y entré en la mente de la serpiente. Había enrollado su cuerpo en dos ramas y había formado una red a mi alrededor. Me saqué la navaja de la funda.
Cuando noté que las pesadas curvas del animal caían sobre mi hombro, supe que no tenía más que segundos antes de que la serpiente se me enrollara en el cuello y me ahogara. Sentí la satisfacción de la serpiente mientras se movía para estrujar a su presa.
Clavé la navaja en el cuerpo del reptil. ¿Tendría efecto el curare en aquella criatura? En la mente de la serpiente se registró un suave dolor, pero consideró que la herida era leve.
La serpiente siguió contrayéndose a mi alrededor. Me atrapó las piernas y el brazo izquierdo. Entonces, intentó rodearme el cuello. Yo le clavé la navaja en la curva más cercana, con la intención de cortarla en dos. Antes de que aplicara más presión, la criatura se detuvo.
Quizá el curare la hubiera paralizado. Saqué la hoja de la navaja y la serpiente volvió a contraerse. El curare no había funcionado. Pero, cuando volvió a clavarle el puñal, el animal hizo una pausa. Era raro. Debía de haber encontrado una zona vulnerable de su cuerpo. Estábamos en punto muerto. Yo no quería matarla, pero no veía otra solución para salvarme.
—Hola, ¿hay alguien ahí? —preguntó la voz de un hombre.
Mi lucha con la serpiente había atrapado toda mi atención. Me maldije por olvidarme del hombre.
—¿Te ha comido la lengua la serpiente? —inquirió él, y se rió de su propia broma—. Sé que estás ahí. Siento tu poder. Si no perteneces a esta selva, dejaré que las serpientes te tomen de cena.
—¿Serpientes? —pregunté.
—Tu serpiente ha enviado una llamada pidiendo ayuda. Puede que mates a ésta y te desenrolles, pero para entonces, sus parientes estarán allí para terminar el trabajo.
Yo escudriñé mentalmente la selva y vi otras cinco serpientes avanzando hacia mí.
—¿Y si pertenezco a la selva?
—Entonces te ayudaré. Sin embargo, será mejor que tengas una buena excusa. Últimamente están ocurriendo cosas raras.
—Soy Yelena Liana Zaltana, hija de Esau y hermana de Leif.
—Ese parentesco lo conoce todo el mundo. Dime algo más concreto.
Soy el alma gemela de Valek, el azote de Sitia, pensé, pero sabía que decirle aquello no me ayudaría. Pensé en algo de información que sólo pudieran saber los Zaltana.
—Podría enviarte a cazar valmures, ¿pero no sería más fácil si te diera un pedazo de dulce de savia? —dije, y contuve el aliento.
Entonces, comenzó a sonar un tambor. Las vibraciones resonaron por la serpiente.
El animal se relajó y abrió un agujero entre sus curvas.
Una cara sonriente y pintada de verde apareció ante mí y me tendió una mano, también verde.
—Agárrate.
Yo obedecí. Él me sacó de la red de la serpiente y me depositó en una rama sólida. Sentí tanto alivio que me flaquearon las rodillas y tuve que sentarme.
La ropa del hombre era del mismo color que la selva. Posó el tambor de cuero sobre la rama y tocó otra canción. La serpiente se movió y desapareció por la vegetación.
—Con eso, las mantendremos alejadas durante un rato —dijo él.
Por su ropa y su color de pelo castaño, supe que tenía que ser un Zaltana. Le di las gracias por ayudarme.
—¿Quién eres?
—Tu primo, Chestnut. Estaba de patrulla la última vez que viniste a casa, por eso no nos conocimos. Soy hermano de Nutty.
Las historias que Nutty me había contado sobre sus hermanos eran muy divertidas, y yo recordé que jugaba con mi prima, haciendo piña contra ellos, antes de mi secuestro.
—¿Cómo has controlado a la serpiente? —le pregunté.
—Soy encantador de serpientes —dijo él, como si aquel título lo explicara todo—. Es parte de mi magia. Mi poder me permite localizarlas con facilidad y escuchar sus llamadas a las demás serpientes. Y el tambor es una forma de comunicarse con ellas. No funciona con otros animales —explicó, y se encogió de hombros—. Pero consigo mantener a las serpientes apartadas del pueblo.
—¿Y estabas de patrulla cuando oíste a esta serpiente?
—Sí. Aunque cuando salí esta mañana, tenía la esperanza de encontrar algo más que reptiles —dijo, y me miró de una forma extraña—. Supongo que lo he conseguido. ¿Por qué has venido, Yelena?
—Estoy siguiendo a un grupo de gente que vivía en la planicie. Han venido hacia aquí. ¿Los ha visto alguien? —pregunté. Sin embargo, lo que de verdad quería saber era si alguien había atacado a mi clan, y si mi padre y mi madre estaban bien.
—¿Verlos? No. Los extraños están en la selva, pero no podemos encontrarlos y… quizá sería mejor que hablaras con los ancianos del clan. ¿Estás sola?
—No. Mi hermano y algunos Sandseed viajan conmigo.
—¿Por los árboles?
—No. Por el suelo —respondí yo.
Después, le hablé a Chestnut sobre el ataque, y le dije que yo era la exploradora del grupo.
Chestnut me acompañó al pueblo Zaltana. Estaba formado por una enorme red de viviendas, con zonas de descanso y cocina conectadas por puentes y suspendidas sobre el suelo. Estaba bien escondido entre la espesa vegetación de la selva, y era difícil encontrar el complejo.
Estaba construido de madera, y el suelo de los edificios estaba anclado a las ramas más grandes. En el exterior de las paredes crecía la hiedra, escondiendo sus formas. Casi todo el mobiliario era de madera, y para dormir se utilizaban cómodas hamacas de cuerda. La artesanía, confeccionada sobre todo de semillas y palos de la jungla, decoraba las estancias, incluyendo esculturas de animales que se hacían con piedras de colores adheridas entre sí.
La vía principal del pueblo estaba formada por las áreas comunes de cada familia del clan. Las habitaciones privadas de vida y descanso se ramificaban desde las estancias comunes.
Además de ser muy grande, el pueblo estaba bien defendido. Los magos Zaltana vigilaban a todos los extraños.
Después de nuestra llegada, Chestnut se apresuró a buscar a los ancianos del clan y yo me comuniqué con el Hombre Luna.
«Venid», le dije. «Venid rápidamente».
«Estamos de camino», respondió él.
Yo corrí hacia la casa de mis padres. Me siguieron unas cuantas miradas de sorpresa y algunas llamadas, pero yo no les presté atención.
Mi madre, Perl, estaba paseándose por el salón. El aire olía a canela y jengibre, pero su destilería de perfumes, que estaba colocada en una larga mesa, estaba vacía.
—¡Yelena!
Ella se echó a mis brazos. Era unos pocos centímetros más baja que yo. Se agarró a mí como si fuera a caerse.
—Madre, ¿qué ocurre? —le pregunté.
—Esau —respondió ella, y rompió a llorar.
—¿Qué ocurre con papá?
—Ha desaparecido.

Capítulo 6

Hubo una lluvia de flechas. Tauno gritó de dolor cuando una le atravesó el hombro.
—¡A cubierto! —ordenó Marrok. Una flecha le había alcanzado en el muslo.
Nos tiramos al suelo, hacia los matorrales. El Hombre Luna arrastró a Tauno consigo. Marrok cayó al suelo. Una flecha me pasó silbando junto al oído y se clavó en el tronco de un árbol. Otra me dio en la mochila antes de que me escondiera bajo un arbusto.
Escudriñé las copas de los árboles con mi magia, pero no percibí nada.
—Hay un escudo anulador —me dijo el Hombre Luna—. La magia no sirve.
Marrok estaba en el claro, inmóvil. Las flechas continuaban volando, pero no le daban. Él miraba al cielo.
—¡Curare! —grité yo—. ¡Las flechas están impregnadas de curare!
Los que nos habían tendido la emboscada querían paralizarnos, no matarnos. Al menos, todavía no. Recordé cómo era estar completamente inmovilizado por aquella droga. Alea Daviian había querido vengarse por la muerte de su hermano, así que me había herido con curare y me había torturado.
Leif gritó desde cerca. Una flecha le había rozado la mejilla.
—¿Teobroma? —preguntó, antes de que se le paralizara la cara.
¡Claro! El teobroma de mi padre, que me había salvado de Alea. Abrí la mochila y busqué el antídoto del curare. La lluvia de flechas había disminuido, y había un ruido de ramas por encima de nosotros que significaba que nuestros atacantes estaban bajando de los árboles. Probablemente, era para poder apuntar mejor. Yo encontré algunos pedazos de teobroma y me metí uno en la boca. Rápidamente, lo mastiqué y lo tragué.
El Hombre Luna soltó una maldición, y yo salí de mi refugio y corrí hacia él. Una flecha me alcanzó en la espalda. La fuerza del impacto me tiró al suelo y el dolor me atravesó el cuerpo.
—¡Yelena!
El Hombre Luna tomó la mano que yo le tendía y me arrastró a su lado.
—Toma —le dije, jadeando, mientras el curare me anestesiaba el dolor de la espalda—. Cómete esto.
Él se comió el pedazo de teobroma sin dudarlo. Una flecha le había clavado la túnica al tronco de un árbol.
Yo perdí la sensación de las piernas.
—¿Te han dado?
Él se abrió la camisa y se examinó el costado derecho.
—No.
—Finge que sí —le susurré—. Y espera mi señal.
Él entendió rápidamente y asintió. Rompió la flecha que no le había alcanzado y se manchó con sangre de mi espalda. Se tumbó y agarró la flecha con ambas manos, poniéndosela en el estómago para que pareciera que le había atravesado el estómago. Con la mano derecha, asió la empuñadura de la cimitarra.
Los hombres se llamaron cuando llegaron al suelo de la selva. Antes de que me descubrieran, me metí la mano derecha en el bolsillo del pantalón y palpé mi puñal. El entumecimiento se me extendió por el torso, pero el Teobroma contrarrestó los efectos del curare hasta un punto en el que podía moverme limitadamente. De todos modos, me mantuve quieta, fingiendo que estaba paralizada.
—He encontrado a uno —dijo un hombre.
—Aquí hay otro.
—Yo he encontrado a otro —dijo alguien con la voz muy ronca, por encima de mí.
—Están todos. Aseguraos de que están incapacitados antes de sacarlos. Ponedlos a todos juntos en la orilla —dijo una cuarta voz.
El hombre de la voz ronca me dio una patada en las costillas. El dolor se me extendió por el pecho y el estómago. Apreté los dientes para reprimir un gruñido. Cuando me tomó por los tobillos y me arrastró sobre los arbustos y las piedras del claro de la orilla, agradecí tener curare en el cuerpo. Mitigaba el agudo dolor que sentía en la mejilla izquierda y en el oído cuando se me raspaban contra el suelo.
El curare también amortiguaba mis emociones. Sabía que debería estar aterrorizada, pero sólo sentía algo de preocupación. El aspecto más inquietante del curare era que podía anular mi magia. Aunque el teobroma lo neutralizaba, también tenía un efecto secundario: el antídoto abría la mente de una persona a la influencia mágica. Aunque yo podía valerme de la magia, ya no tenía defensa contra la magia de otro.
Marrok quedó inmóvil en el lugar donde lo depositaron sin miramientos. El sonido del arma del Hombre Luna al arrastrarse por el suelo me llegó a los oídos antes de que lo tiraran a mi lado.
—Tiene los dedos agarrados a la empuñadura de su cimitarra —dijo uno de los hombres.
—No le va a servir de nada —respondió otro.
Por sus voces, conté cinco hombres. Dos contra cinco. No estaba mal, a menos que mis piernas continuaran entumecidas. Entonces, el Hombre Luna estaría solo.
Cuando los hombres trajeron a Leif y a Tauno al claro, el líder de nuestros atacantes deshabilitó el escudo anulador. Fue como si hubieran descorrido una cortina y se me hubiera revelado lo que había detrás. Los pensamientos de los cinco hombres se abrieron para mí.
Su jefe comenzó a impartir órdenes.
—Preparad a los prisioneros para el ritual Kirakawa —dijo.
—No deberíamos darles de comer a estos prisioneros —dijo Voz Áspera—. Deberíamos usar su sangre para nosotros mismos. Deberías quedarte.
Mi mirada se cruzó con la del Hombre Luna. Teníamos que actuar pronto. Reprimí el impulso de conectarme mentalmente con el Tejedor de Historias. Su líder debía de ser un Hechicero muy fuerte para haber creado un escudo anulador tan sutil. Cabía la posibilidad de que nos oyera.
El sonido de la gravilla bajo las botas se acercó. A mí se me encogió el estómago.
—Tengo órdenes de llevarle la mujer a Jal —dijo el jefe, encima de mí—. Jal tiene planes especiales para ella.
Sin aviso previo, me arrancaron la flecha de la espalda. Yo me mordí la lengua para no gritar de dolor. El jefe se arrodilló junto a mí. Examinó la flecha, que tenía la punta manchada con mi sangre.
—Es una pena —dijo Voz Áspera—. Piensa en el poder que tendrías si tú realizaras el ritual Kirakawa sobre ella. Podrías hacerte más fuerte que Jal. Tú podrías dirigir nuestro clan.
La parte baja de mi espalda latía de dolor. El teobroma estaba surtiendo efecto. Otro minuto más y recuperaría la movilidad de las piernas.
—Es poderosa —dijo el jefe—, pero yo todavía no conozco el ritual de vinculación. Espero que, cuando se la lleve a Jal, me recompense y me permita ascender al siguiente nivel.
Me apartó los mechones de pelo de la cara y yo tuve que hacer un esfuerzo para no estremecerme al sentir sus dedos en la mejilla.
—¿Son ciertos los rumores? ¿Eres de verdad una Halladora de Almas? —me susurró. Me acarició el brazo de una forma posesiva—. Quizá pueda sacarte una taza de sangre antes de entregarte a Jal —dijo, y se llevó la mano al cuchillo que llevaba en el cinturón.
Yo me moví. Me saqué la navaja del bolsillo y rodé por el suelo. De una puñalada le abrí el estómago. Sin embargo, en vez de caerse hacia atrás de la sorpresa, se inclinó hacia delante y me rodeó el cuello con las manos.
Con la rapidez de un rayo, el Hombre Luna se puso en pie de un salto y trazó un arco mortal con su cimitarra sobre el cuerpo de Voz Áspera.
Yo luché con el líder. Con su peso, me aprisionaba los brazos. La presión que ejercía con los dedos pulgares me constreñía la garganta. Intentó conectar con mi mente, y habría tenido éxito con su ataque mágico si el curare que yo había impregnado en la punta de mi navaja no hubiera actuado con tanta velocidad y no hubiera paralizado su poder.
Había otro problema. Estaba atrapada bajo el Vermin paralizado y no podía respirar.
«Hombre Luna, ¡ayúdame!», le pedí.
«Un minuto». El sonido del entrechocar de las espadas se oía muy cerca.
«En un minuto estaré muerta. Sólo tienes que empujarlo un poco».
Entonces, en un segundo, el hombre que estaba sobre mí cayó a un lado. Yo me liberé los brazos y conseguí quitarme sus manos del cuello.
El Hombre Luna retomó su lucha. Estaba enfrentándose a tres hombres. La cabeza de otro de ellos estaba a mi lado. Encantador.
Con mi corto puñal no podía hacer frente a sus cimitarras, y mi arco estaba en la selva, junto a mi mochila. Reuní el poder y envié un ligero toque a la mente de uno de los hombres. Aliviada por que no fuera un Hechicero, le hice llegar imágenes absurdas para distraerlo.
Se apartó de la lucha con el Hombre Luna y vio cómo me aproximaba con desconcierto. Elevó la espada un segundo más tarde de lo que hubiera debido. Yo me acerqué y le rasgué el brazo con el puñal, con la esperanza de que todavía hubiera curare en la hoja. Incapaz de usar su espada, el hombre la dejó caer al suelo y se abalanzó sobre mí. Yo profundicé mi conexión mental con él y lo obligué a dormirse.
Con sólo dos atacantes, el Hombre Luna consiguió cortarles la cabeza en poco tiempo. Se acercó al hombre que dormía y alzó el arma.
—No —le dije yo—. Cuando se despierte, podemos preguntarle por Cahil.
—¿Y el otro?
—Paralizado.
El Hombre Luna hizo rodar al líder. La sangre de la herida que yo le había infligido en el estómago había formado un charco sobre las rocas. Después de tocarle el cuello y la cara, el Hombre Luna dijo:
—Ha muerto.
El corte había sido más profundo de lo que yo pensaba. Sentí una punzada de culpabilidad. Probablemente, el líder tenía más información que el otro hombre.
—Es mejor. Era un Hechicero. No habríamos conseguido nada de él, salvo problemas.
Yo miré la carnicería que nos rodeaba. Los cuerpos decapitados proyectaban sombras macabras a la luz de la luna. A mí me dolían la mejilla y la espalda. Notaba el aire de la noche, helado, en la ropa mojada. Tauno y Marrok necesitaban atención médica, y no podíamos ir a ninguna parte hasta que el efecto del curare no hubiera pasado. Y la idea de pasar la noche rodeada de cadáveres…
—Yo me ocuparé de ellos —dijo el Hombre Luna, leyéndome el pensamiento—. Y haré una hoguera. Tú cuida de los heridos. Incluida de ti.
Saqué las flechas de las heridas de Marrok y de Tauno, pero no pude asumir sus heridas. El curare que tenían en el cuerpo bloqueaba mi magia. Parecía que, bajo la influencia de aquella droga, una persona no podía hacer magia ni verse afectada por ella.
Mientras pensaba en las implicaciones de aquello, rebusqué en mi mochila hasta que encontré otros pedazos de teobroma. Se los entregué al Hombre Luna para que los derritiera al fuego y pudiéramos dárselos a nuestros compañeros. Por mi experiencia con el curare, sabía que la droga no afectaba a la capacidad de tragar, respirar y oír. Así que les dije lo que tenía planeado hacer.
Mis últimas reservas de energía se terminaron cuando curé mi propia herida. Me acurruqué en el suelo y me dormí.
Cuando me desperté, vi que el cielo estaba teñido de colores. El Hombre Luna estaba sentado, con las piernas cruzadas, junto a la hoguera, asando un estupendo pedazo de carne. A mí me rugió el estómago.
Miré a los demás. Marrok, Leif y Tauno aún estaban dormidos. El corte de Leif había sanado, pero aún tenía que curar las heridas de Marrok y Tauno. El Hombre Luna había atado de pies y manos al prisionero Daviian con lianas de la selva, aunque el Vermin continuaba inconsciente.
El Hombre Luna me hizo un gesto para que me uniera a él.
—Come antes de curarlos.
Me tendió una tajada de carne ensartada en un palo. Cuando lo olisqueé, me dijo:
—No lo analices. Está caliente y es nutritivo. Es lo único que tienes que saber.
—¿Por qué decides tú lo que debo saber? ¿Por qué no puedes limitarte a darme la información que te pido? —le pregunté con frustración.
—Eso sería demasiado fácil.
—¿Y qué tiene de malo que sea fácil? Lo entendería si el aspecto más estresante de mi vida fuera el próximo examen de Historia de Bain, pero en este caso, hay vidas en juego. Tal vez Ferde esté robándole el alma a alguien, y yo debería tener el poder necesario para detenerlo.
—¿Y qué quieres? ¿Que yo te lo diga todo? ¡Éxito instantáneo!
—Sí. Eso es exactamente lo que quiero. Por favor, dímelo.
Él se quedó pensativo.
—Cuando te estabas formando para ser la catadora del Comandante, ¿habrías sabido cuál era el sabor del veneno Mi Amor si Valek te lo hubiera descrito?
—Sí.
Era imposible confundir un sabor a manzana amarga.
—¿Y confiarías tu vida a ese conocimiento? ¿O la de otros?
Abrí la boca para responder, pero me callé. En aquel momento, no recordaba los venenos que no había probado ni olido. Sin embargo, nunca olvidaría la acidez de Mi Amor, ni el sabor a naranja pasada del Polvo de Mariposa, ni la espesura amarga del Susto Blanco.
—Estoy hablando de magia. Probar los alimentos en busca de venenos es otra cosa.
—¿De veras? —pregunté yo, y di un puñetazo en el suelo—. ¿Es que los Tejedores de Historias hacen un juramento para ser difíciles y obstinados y pesados?
Él sonrió con serenidad.
—No. Cada Tejedor de Historias elige el modo en que guía a sus pupilos. Piénsalo, Yelena. No respondes bien a las órdenes. Y ahora, come la carne antes de que se enfríe.
Contuve el deseo de tirar la comida al fuego y demostrarle al Hombre Luna que tenía razón en cuanto a mi incapacidad de aceptar órdenes, mordí un buen bocado.
La carne estaba sazonada con pimienta y tenía sabor a pato. El Hombre Luna me dio dos pedazos más antes de dejar que volviera junto a los hombres dormidos y los curara. Después, muy cansada, me quedé durmiendo junto al fuego.
Cuando todo el mundo se despertó y se reunió alrededor de la hoguera, hablamos de nuestro siguiente movimiento.
—¿Crees que van a hacer más emboscadas en la selva? ¿Dejarán a más Hechiceros en nuestro camino? —le pregunté al Hombre Luna.
—Es posible. Nuestros espías han determinado que los Vermin tienen unos diez Hechiceros, ahora, ocho. Dos de ellos son muy poderosos, y el resto tienen habilidades variadas.
—El líder de la emboscada tenía suficiente magia como para crear un escudo anulador.
—Sí —dijo el Hombre Luna—. Eso es alarmante. Quiere decir que quizá lleven un tiempo llevando a cabo el ritual Kirakawa.
—¿Qué es el ritual Kirakawa? —preguntó Leif.
—Es un ritual antiguo. Tiene muchos pasos y ritos. Cuando se hace correctamente, transfiere la energía vital de una persona a otra. Todos los seres vivos tienen la capacidad de usar la magia, pero la mayoría no pueden conectar con la fuente de poder. Una persona que lleve a cabo el Kirakawa incrementará su poder mágico o conseguirá la habilidad de conectarse con la fuente de poder, y por lo tanto, se convertirá en un Hechicero. Su líder mencionó niveles y un rito de vinculación. Probablemente están usando el ritual para concederles a ciertos miembros habilidades mágicas, y aumentar ciertos poderes de los Hechiceros. Su líder no querrá que todos los miembros del clan sean igual de poderosos.
—¿Y en qué se diferencia el Kirakawa del ritual Efe que usó Ferde? —preguntó Leif, frotándose el corte de la mejilla.
—El ritual Efe vincula el alma de una persona a la del que lo lleva a cabo, y aumenta su poder. Aunque se necesita sangre, no es el medio que contiene el poder en Efe. Es el alma la que lleva el poder. Y la persona que lleva a cabo el ritual ha de ser un mago.
—Parece que cualquiera puede usar este Kirakawa para ganar poder —dijo Leif.
—Si conocen los pasos apropiados, sí. Con el Kirakawa, el alma de la víctima queda atrapada en sangre. Es truculento. A la víctima se le abre el estómago y se le saca el corazón mientras está con vida. El Kirakawa es más complejo que el ritual Efe.
—¿Puede un mago usar Efe? ¿O sólo el Ladrón de Almas? —pregunté.
—Un Hallador de Almas puede, pero nadie más. ¿Es suficiente respuesta para ti, Yelena?
Yo no me digné a responder a su comentario. En vez de eso, le pregunté por Mogkan, el hermano de Alea. En Ixia, él había capturado a treinta personas y los había convertido en esclavos sin voluntad para poder absorber su poder. Valek y yo le habíamos impedido, finalmente, hacerse con el control de Ixia, lo que explicaba el deseo de venganza de Alea.
—Mogkan los torturó tanto física como mentalmente hasta que ya no podían soportar nada de lo que les rodeaba. Se retiraron dentro de sí mismos y se convirtieron en un conducto que él explotaba. Su magia permaneció en sus cuerpos.
Las implicaciones de las diferentes maneras que tenía la gente de abusar del poder se me sucedieron en la cabeza.
—Volviendo al Kirakawa. Si los Vermin llevan un tiempo llevándolo a cabo, entonces puede que tengan más de ocho Hechiceros.
El Hombre Luna asintió.
—Muchos más.
Sentí un estremecimiento de paranoia. Convencida de que nos rodeaban los Hechiceros, mi deseo de devolver a mis amigos a la seguridad de la planicie me presionó entre los omóplatos.

Sin embargo, si los Daviian querían encontrar más víctimas para su ritual, el clan Zaltana estaba lleno de gente y magos. Si los Hechiceros usaban un escudo anulador, el clan no tendría forma de saber que se acercaban. El miedo me encogió el estómago cuando las imágenes de mi madre y mi padre mutilados me llenaron la mente.