sábado, 24 de agosto de 2013

Capítulo 30

—¿Yo? Pero yo nunca he conectado mi mente con Gelsi —dijo Dax, con una
expresión de miedo.
Yo me había llevado a Dax a mi habitación, y ambos estábamos sentados en el
sofá.
—No te preocupes. Sólo tienes que pensar en ella. Yo la encontraré a través de
ti.
Después de unos instantes, Dax consiguió concentrarse lo suficiente como para
que yo pudiera llegar a Gelsi.
«Gelsi, ¿dónde estás?», le pregunté.
Noté una terrible vergüenza.
«He sido una idiota. Nadie debe saberlo. Por favor, no se lo digas a nadie», me
dijo, con la mente invadida por el miedo.
«Te ha engañado un mago muy astuto. Nadie te acusará de nada. ¿Dónde
estás?».
«Él me castigará».
Gelsi intentó evadirse. Yo le mostré la preocupación que Dax sentía por ella, y
cómo la había buscado por toda la Fortaleza.
«No permitas que gane tu carcelero».
Gelsi me mostró una habitación vacía. Ella estaba desnuda y atada a unas
estacas de metal que estaban clavadas en el suelo. Había signos extraños pintados
por las paredes. Ella tenía un gran dolor entre las piernas, y múltiples cortes en los
brazos y en las piernas, que le ardían. Él no había necesitado drogaría con curare.
«Yo lo quería», me dijo. «Me entregué a él».
«Enséñame dónde estás», le pedí yo.
Más allá de la habitación había un salón, y fuera vi un patio con una escultura
de jade blanco de quince caballos.
«Ten fe», le dije. «Iremos a buscarte».
«Él lo descubrirá. Ha rodeado el vecindario con un escudo mágico, y sabe
cuándo alguien lo traspasa. Si se siente amenazado, completará el ritual».
«¿No tiene que esperar a la luna llena de esta noche?».
«No».
La nota que había dejado Alea había fijado el intercambio para la luna llena, así
que todo el mundo había asumido, además de que Ferde había sido el autor del
mensaje, que la fase de luna llena era imprescindible para el ritual.
«Tuvo que mudarse muchas veces», me explicó Gelsi. «Yo no sabía que él era a
quien estaban buscando los Maestros. Él me hizo creer que estaba llevando a cabo
una misión secreta por encargo de los Cuatro Magos».
«Te salvaremos», le prometí.
«Daos prisa».
Yo me retiré de su mente y me quedé sentada. Dax me miró con terror, porque
había sido testigo de nuestra conversación.
—Ella te necesitará cuando todo esto termine —le dije.
—Tenemos que decírselo a los Maestros…
—No.
—Pero él es fuerte. Ya has oído a Gelsi. Tiene un escudo.
—Más razón para ir a solas. Ellos han estado buscándolo, y él los conoce. Creo
que yo puedo atravesar ese escudo sin que me detecte.
—¿Cómo?
—No tengo tiempo para explicártelo. Pero sé que Gelsi te necesitará. ¿Puedes ir
al mercado a encontrarte conmigo en una hora?
—Claro que sí.
Dax se marchó, y yo comencé a recoger mi equipo y me cambié de ropa. Me
puse unos pantalones y una túnica marrones, con los que me confundiría fácilmente
con la gente de la ciudad.
Antes de salir, fui a ver a mis padres. Leif estaba con ellos, y yo no lo saludé. Sin
embargo, cuando le pedí a mi padre otra pastilla de theobroma, mi hermano me miró
alarmado, aunque no dijo nada.
Mis padres entendieron que yo iba a hacer algo peligroso nuevamente.
Asintiendo, mi padre me dio las pastillas, y mi madre me entregó el pequeño
instrumento de su invención y me explicó cómo funcionaba. Era estupendo.
Después, abracé a mis padres y me fui.
Cuando había atravesado las puertas de la Fortaleza, noté que alguien me
seguía, y me di la vuelta. Leif estaba allí.
—Ahora no, Leif —le dije, y seguí caminando.
—Sé adonde vas —respondió él.
—Muy bien; entonces sabrás que el tiempo es muy importante. Vuelve a la
Fortaleza.
—Si vuelvo, les diré a los Magos lo que vas a hacer.
—¿De verdad? A ti no se te da muy bien contar las cosas.
—Esta vez no vacilaré.
—¿Qué es lo que quieres?
—Ir contigo.
—¿Porqué?
—Me necesitarás.
—Teniendo en cuenta la ayuda que me prestaste en la selva hace tantos años,
creo que estoy mejor sola.
Él se encogió, pero la obstinación no abandonó su semblante.
—O me incluyes en tus planes, o te seguiré y los estropearé.
Yo tuve que apretar los labios para contener la repentina furia que sentía. No
tenía tiempo para aquello.
—Muy bien, pero deja que te advierta que tendré que entrar en tu mente para
que puedas atravesar el escudo de Ferde.
Él palideció, pero asintió mientras caminaba a mi lado hacia el mercado.
Cuando llegamos, Dax estaba esperando allí. Yo fui en busca de Fisk. El niño estaba
ayudando a una señora a llevar un rollo de tela, pero terminó en cuanto me vio.
—Encantadora Yelena, ¿necesitas ayuda? —me preguntó.
Yo le dije lo que necesitaba.
Él sonrió.
—Suena divertido, pero…
—Me va a costar dinero —terminé yo.
Él corrió a buscar a sus amigos. Los niños nos guiaron hasta la fuente de los
quince caballos blancos. Dax se quedó esperando en un callejón para no tocar el
escudo de Ferde, pero a la vista de las ventanas del segundo piso de la casa.
Entonces, yo tomé la mano de Fisk y la de mi hermano. Primero, le pedí a Fisk
que cerrara los ojos y pensara en sus padres. El niño obedeció, y yo me puse en
contacto con sus mentes a través de la de su hijo. Después alcancé también la de Leif.
La conciencia de Leif era un laberinto negro de dolor. Allí se retorcían la
culpabilidad, la vergüenza y la furia. Yo entendí por qué el Hombre Luna quería que
lo ayudara, pero no pude evitar sentir una mezquina satisfacción ante el
arrepentimiento de Leif.
Aparté sus pensamientos oscuros y los reemplacé con los del padre de Fisk: el
hombre tenía preocupaciones por encontrar trabajo y mantener a su familia.
Después, llené mi mente con los pensamientos de la madre de Fisk: preocupaciones
sobre las enfermedades de su hermana. Con sus personalidades en mi cabeza y en la
de Leif, yo le hice una señal a Fisk.
Él imitó el ladrido de un perro. Los demás niños lo siguieron, y los ladridos de
todos ellos resonaron en las paredes de mármol de la plaza. Los amigos de Fisk
comenzarían la distracción, jugando y corriendo, entrando y saliendo del escudo de
Ferde, tantas veces como pudieran.
Yo tomé de la mano a Fisk y a Leif y los tres continuamos recorriendo el patio.
Cuando cruzamos la barrera, yo sentí el calor de un mago molesto y poderoso. Él
repasó nuestros pensamientos, decidió que éramos una de las familias de mendigos
del barrio y nos retiró su atención.
Cuando llegamos junto a la fuente, yo liberé a los padres de Fisk. Ellos tendrían
una historia poco corriente que contarle a sus amigos: cómo se habían sentido al
pensar que podían estar en dos lugares a la vez.
—Ésta es la mitad de la batalla —le dije a Leif.
Él asintió, pero no me miró a los ojos. Fisk corrió a unirse al juego de sus
amigos, y nosotros nos aproximamos a la casa. Yo abrí la cerradura con mi horquilla
de diamante, y ambos entramos directamente en un salón. Leif agarró su machete, y
yo mi arco, aunque sabíamos que ninguna de las dos cosas nos protegería.
Entonces, conecté de nuevo con la mente de Gelsi, y vi a Ferde acercándose a
ella. Tenía un cuenco de piedra marrón y una daga larga en las manos. Sólo llevaba
la máscara roja. Al principio, Gelsi se había sentido fascinada por aquellos símbolos
que él llevaba tatuados en su escultural cuerpo, pero en aquel momento lo miraba
con asco.
«Estoy en el piso de abajo», le dije. «¿Qué va a hacer él?».
«Quiere más sangre. Espera, o me matará si te oye».
Yo tuve que agarrarme a Leif cuando Gelsi empezó a gemir de dolor. Le di a mi
hermano una de las píldoras de theobroma y le hice un gesto para que se la metiera
en la boca. Yo dejé la mochila en el suelo y extraje, sigilosamente, el invento de Perl.
Después, Leif y yo esperamos al final de la escalera. Por fin, oímos que Ferde se
movía.
«Se ha ido», dijo Gelsi con alivio.
A mí se me encogió el estómago de aprensión. Tiré del poder para reforzar mis
defensas mentales. Un error. Ferde sintió el tirón y se alarmó.
—Ahora —le susurré a Leif.
Corrimos escaleras arriba, subiendo los escalones de dos en dos.
Ferde nos estaba esperando en el descansillo, y yo sentí que chocaba contra su
magia. Tuve que agarrarme a la barandilla para no caerme por las escaleras. Leif se
quedó inmóvil junto a mí. ¿Qué le ocurría? Yo miré a Ferde. Tenía los ojos cerrados.
Me acerqué a él alzando el invento de Perl.
—Yelena, detente —me ordenó Leif, con una voz extraña.
Yo me volví hacia él justo en el momento en el que mi hermano blandía su
machete. Di un salto hacia atrás. El invento de mi madre se me cayó de las manos
cuando tuve que parar el golpe de Leif con mi arco.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.
Leif escupió su píldora de theobroma y se dispuso a atacar de nuevo.
—Cuando esos hombres se llevaron a mi perfecta hermana menor, yo creí que
tendría toda la atención de mis padres —dijo Leif, y dirigió su machete hacia mi
cuello.
Yo me agaché. ¿Acaso su vergüenza y su culpabilidad habían sido fingidas?
¿Había estado trabajando con Ferde durante todo aquel tiempo? Sobreponiéndome a
mi asombro y a mi incredulidad, le di un golpe con el extremo del arco en el
estómago. Él gruñó de dolor y se dobló hacia delante. La magia me presionó la piel, y
vi que Leif se incorporaba con fuerzas renovadas. Pero, ¿la magia de quién?
—En vez de eso, tuve que competir con un fantasma perfecto —dijo Leif, y
volvió a atacar—. Mamá se negó a salir del poblado, y papá nunca estaba en casa.
Todo por tu culpa —dijo Leif—. Y tú te quedaste lejos, sólo para despreciarme,
¿verdad?
Ferde había desaparecido. Yo noté el breve grito de alarma de Gelsi cuando
Ferde entró en su habitación. Él había planeado terminar el ritual mientras Leif me
mantenía ocupada. Y estaba funcionando.
Leif avanzó hacia mí, y yo hice un último esfuerzo por contenerlo. Entré en su
mente oscura.
El odio y la aversión por sí mismo le llenaban los pensamientos. Noté otra
presencia en la cabeza de mi hermano. Ferde tenía las habilidades del Tejedor de
Historias. Se había apropiado de todas las emociones crudas de Leif y las estaba
usando contra mí.
Cuando Leif me atacó de nuevo con su machete, yo me aparté hacia la
izquierda y recogí mi conciencia. Percibí los gritos de socorro de Gelsi, y aquello fue
como una inyección de energía. Me proyecté hacia la mente de Leif y tomé el control
de su cuerpo, tal y como había hecho con Goel; detuve la punta de su machete a
centímetros de mi estómago, e hice que Leif diera dos pasos atrás.
Moviéndome por la oscuridad de la mente de Leif, encontré al niño que era
cuando había presenciado el secuestro de su hermana; no experimentaba aquellos
sentimientos de odio y culpa. Tan sólo sentía curiosidad e incredulidad, y aquéllas
eran dos emociones que Ferde no podría usar contra mí. Dejé a Leif sumido en un
duermevela. Él se sentó en el suelo, y yo volví a mi cuerpo. Detener a Ferde era lo
más importante, así que ya arreglaría la situación con Leif más tarde.
Tomé el invento de Perl y corrí por el pasillo. Abrí la última puerta y entré en la
habitación. Ferde tenía las manos alrededor del cuello de Gelsi. Yo observé con
horror cómo la vida abandonaba el rostro de la muchacha. Sus ojos quedaron
vidriosos, vacíos.
Ferde gritó y alzó los puños hacia el cielo con un gesto de euforia.

Capítulo 29


«¡No!», le grité. «¡Tienes que sobrevivir! ¡Piensa en algo!».
«Yo viviré si tú vives también», replicó Valek.
Aquel hombre era frustrante. Exasperada, yo reuní las imágenes y los hechizos
que me estaban abrumando, las retorcí y luché contra ellas. Sudando y jadeando del
esfuerzo que me estaba costando, conseguí sacarme el cuchillo del estómago y atraer
un hilo de magia hacia la herida. Me puse las manos en el abdomen y cubrí de poder
el torrente de sangre.
Concentrándome, conseguí reparar los músculos y coser la piel. Aunque quedó
una fea cicatriz roja que aún me causaba un dolor agudo, la herida dejó de ser
mortal.
Yo había cumplido mi parte del trato, y deseé con todas mis fuerzas que Valek
cumpliera la suya. Estaba tan exhausta que me habría quedado dormida, pero
nuevamente, Kiki me animó.
«Vamos», me dijo.
Yo abrí los ojos.
«Cansada».
Estábamos fuera del Vacío, pero aún no nos habíamos alejado de Alea.
«Olor malo. Vamos», insistió ella. «Agárrate a mi cola».
Yo obedecí y conseguí sentarme. Kiki se agachó y yo me subí a su lomo.
Después, ella comenzó a trotar y al instante, adoptó su marcha de ráfaga de viento.
Yo me agarré con fuerza e intenté mantenerme consciente. Las planicies se volvieron
un borrón a medida que avanzábamos. El sol se puso. El aire helado comenzó a
morderme la piel.
Cuando Kiki aminoró la marcha, yo parpadeé, intentando reconocer los
alrededores. Aún estábamos en la llanura, pero vi una hoguera un poco más allá.
«Haz ruido. No asustes a Conejo».
¿Conejos? El hambre hizo que me rugiera el estómago. Kiki relinchó divertida,
relinchó y se detuvo. Yo miré hacia delante y vi a dos hombres que cortaban el
camino. La luz de la luna brillaba en las hojas de sus espadas. Ari y Janeo. Los llamé;
ellos envainaron las espadas y Kiki se acercó.
«¿Conejo? ¿No es el Hombre Conejo?».
«Demasiado rápido para ser un hombre».
—¡Gracias al destino! —gritó Ari.
Al ver cómo yo me encorvaba sobre el cuello de Kiki, Ari me tomó en brazos y
me llevó junto a la hoguera del campamento. Allí me depositó en el suelo con
delicadeza. De repente, tuve el deseo de que Ari fuera realmente mi hermano. Ni
siquiera siendo un niño de ocho años, él habría permitido que me secuestraran.
Janeo fingió aburrimiento.
—Sale y consigue toda la gloria de nuevo —dijo—. No sé ni siquiera para qué
nos hemos molestado en venir a esta tierra de locos. Las huellas de tu rastro no han
tenido la decencia de dirigirse a un lugar; dibujaban círculos —refunfuñó.
—¿No te gusta perderte, Janeo? —le pregunté yo burlonamente.
Él refunfuñó un poco más y se cruzó de brazos.
—No te preocupes. Aún conservas tu destreza. Estáis en la Meseta Avibian.
Tiene una magia defensiva que confunde la mente.
—Magia —dijo él con desdén—. Otra buena razón para permanecer en Ixia.
Ari me ayudó a sentarme.
—Tienes mal aspecto —dijo, y me envolvió en mi propia capa.
—¿Dónde…?
—La encontramos en la llanura —me dijo Ari—. Valek nos pidió anoche que lo
ayudáramos. Lo seguimos, pero le habían tendido una emboscada a las puertas de
Citadel.
—Cahil y sus hombres —dije yo.
Él asintió y comenzó a inspeccionar los cortes que yo tenía en los brazos.
—¿Cómo supieron que era él?
—El capitán Marrok es un rastreador de fama —dijo Ari—. Parece que había
conocido a Valek en el pasado. Él es el único soldado que consiguió escapar de los
calabozos del Comandante. Debía de estar esperando la ocasión perfecta —Ari
sacudió la cabeza—. Cuando capturaron a Valek, nos vimos frente a un dilema.
—Ayudar a Valek o ayudarte a ti —dijo Janeo.
—Creo que él sospechaba que podría pasarle algo, y no quería que tú quedaras
sin protección. Así que nos ceñimos al plan y te seguimos —siguió explicando Ari, y
me tendió un odre de agua.
Yo bebí con avidez.
—No es que sirviera de nada —dijo Janeo—. Cuando llegamos al punto de
intercambio, el caballo y el carro habían desaparecido, y pensamos que podríamos
seguiros. Ella tendría que parar en algún momento. Pero…
—Os perdisteis —terminé yo. Ari inspeccionó el corte más profundo, el que yo
tenía en el brazo derecho—. ¡Ay!
—Estate quieta —dijo Ari—. Janeo, trae mi botiquín. Hay que limpiar y vendar
estas heridas.
Si yo hubiera tenido energía, me habría curado con magia, pero en vez de eso,
Ari tuvo que hacerlo por mí. Cuando terminó de vendarme, tomó algo del fuego.
—Janeo cazó un conejo —me dijo, y me ofreció un pedazo de carne—. Tienes
que comer un poco.
Mientras yo comía, Janeo se fue a atender a Kiki.
—Es preciosa —afirmó, cuando hubo terminado y volvió junto a nosotros—.
Nunca había visto a un caballo que se dejara cepillar con tanta paciencia. ¡Y ni
siquiera estaba atada!
Yo le dije que ella le había concedido el honor de llamarle sólo Conejo, y no
Hombre Conejo.
—Eso no tiene precedentes.
Él me miró con extrañeza.
—Hablar con los caballos. Magia. Sureños locos —dijo sacudiendo la cabeza.
Quizá dijera más cosas, pero yo ya no podía seguir despierta.
A la mañana siguiente, yo les hablé de Alea a mis amigos, y del clan que vivía
en la Llanura Daviian. Ellos querían ir tras la mujer, pero yo les recordé que no
sabíamos lo que le había ocurrido a Valek, y que teníamos que capturar a Ferde. A mí
se me encogió el corazón al pensar en Valek. Ni siquiera después de una noche de
sueño tenía la energía suficiente como para averiguar dónde estaba.
Ari y Janeo recogieron sus cosas y me siguieron, corriendo tras el caballo. Se
mantenían en una perfecta forma física. Cuando llegamos a la carretera, Janeo
comenzó a maldecir por haberse perdido a tan sólo un kilómetro del camino
principal.
Al llegar a las puertas de Citadel, nos encontramos con los Magos Maestros.
Todos iban a caballo, y estaban acompañados por un grupo de caballería bien
armado.
Yo sonreí al percibir la mirada de estupefacción de Roze, pero me entristecí ante
la mirada fría de Irys.
—¿Por qué estáis aquí? —les pregunté.
—Íbamos a rescatarte o a matarte —dijo Zitora, y le lanzó una mirada de
irritación a Roze.
Yo miré a Irys para obtener alguna respuesta, pero ella apartó la cara y bloqueó
todos mis esfuerzos por alcanzar su mente. Aunque yo sabía que ella me rechazaría
por haberme marchado sola, sus acciones me rompieron el corazón.
Sin molestarse en disimular la satisfacción que sentía, Roze me dijo:
—Debido a tu peligrosa despreocupación por el bienestar de Sitia, has sido
expulsada.
Aquélla era la menor de mis preocupaciones.
—¿Está a salvo Opal? —les pregunté a los magos.
Bain Bloodgood asintió.
—Nos dijo que la había secuestrado una mujer. ¿Tenía conexión esa mujer con
Ferde?
—No. Aún necesitamos encontrarlo. Él no me quiere a mí. Debe de haber
tomado a otra persona. ¿Ha desaparecido alguien?
Mi anuncio provocó un jaleo considerable. Todo el mundo había asumido que
era Ferde quien retenía a Opal. Sin embargo, no era cierto, así que tendrían que
cambiar de estrategia.
—Llevamos buscándolo dos semanas —dijo Roze, poniendo punto final a la
charla de los demás—. ¿Qué te hace pensar que podremos encontrarlo ahora?
—La última víctima no ha sido secuestrada —dijo Bain—. Volvamos a hablar de
esto. Yelena, tú estarás más segura en la Fortaleza. Hablaremos de tu futuro cuando
este asunto esté resuelto.
Los Magos se dirigieron hacia la Fortaleza. Ari, Janeo y yo los seguimos. Yo
pensé en el comentario de Bain. Mi futuro no sería nada sin Valek. Me acerqué a Bain
y le pregunté por él.
Bain me miró con severidad, y yo sentí su magia presionando mi barrera
mental. Bajé la guardia y oí su voz en mi mente.
«Será mejor que no hables de esto en voz alta, hija. Cahil y sus hombres lo
capturaron hace dos noches, pero Cahil no quiso entregárselo a los Consejeros ni a
nosotros, a los Magos».
Noté que Bain desaprobaba las acciones de Cahil. Y tuve que reprimir mi deseo
de ir en busca de Cahil y atravesarlo con su propia espada.
«Cahil intentó colgar a Valek ayer, al amanecer, pero Valek consiguió escapar»,
dijo Bain, impresionado. «No sabemos dónde está ahora».
Yo le di las gracias a Bain y le indiqué a Kiki que marchara más despacio, para
que los demás nos pasaran. Sentí un gran alivio al saber que Valek estaba vivo.
Cuando Ari y Janeo me alcanzaron, les di la información.
Cuando llegamos al edificio del Ayuntamiento, Ari y Janeo se fueron a sus
habitaciones. Kiki aceleró el ritmo y de nuevo alcanzamos a los demás. Roze me
envió directamente a mis habitaciones de la Fortaleza, y Bain asintió.
—Ve a descansar, hija. Y no te preocupes. Haremos todo lo que podamos para
encontrar al asesino.
Yo obedecí; en realidad, estaba tan cansada que la orden de Bain tenía todo el
sentido del mundo. Antes de llegar a mi habitación, fui a visitar a mis padres.
Fue mi padre quien abrió la puerta. Al verme, me abrazó.
—¿Estás bien? ¿Funcionó mi píldora?
—Como un sortilegio —respondí yo, y le di un beso en la mejilla—. Me has
salvado la vida.
Él bajó la cabeza.
—He hecho más, por si acaso. Yo sonreí con gratitud.
Miré más allá y le pregunté: —¿Dónde está mamá?
—En su roble favorito, junto al prado. Estaba muy bien hasta que… —me dijo
mi padre, y sonrió con ironía.
—Lo sé. Iré a buscarla.
Yo me quedé junto al tronco del árbol. Me sentía como si me hubiera
atropellado un caballo.
—¿Mamá? —dije.
—¡Yelena! ¡Sube! ¡Aquí estaremos a salvo!
«No hay ningún lugar seguro», pensé yo. Los eventos de los últimos dos días
habían terminado por angustiarme. Demasiados problemas.
—Baja —le pedí yo—. Te necesito.
Me dejé caer al suelo, me abracé a mí misma y comencé a llorar. Haciendo crujir
las ramas, mi madre apareció a mi lado. Yo me transformé en una niña de seis años y
me eché a sus brazos, sollozando. Ella me consoló, me ayudó a llegar a mi habitación,
me dio un pañuelo y un vaso de agua. Me acostó y me besó la frente.
Cuando se marchaba, yo le agarré de la mano.
—Por favor, quédate.
Mi madre sonrió, se quitó la capa y se tumbó a mi lado. Yo me quedé dormida
en sus brazos.
A la mañana siguiente, me llevó el desayuno a la cama. Yo protesté por la
extravagancia, pero ella me atajó:
—Tengo que recuperar catorce años de maternidad. Consiéntemelo.
Aunque el plato estaba lleno de comida, yo lo terminé todo y me bebí todo el té.
—Los pasteles dulces son mis preferidos.
—Lo sé —dijo ella con una sonrisa petulante—. Le pregunté a uno de los
trabajadores del comedor, y me dijo que cada que vez que servían pasteles, se te
iluminaba la mirada —me explicó mi madre, y se llevó la bandeja—. Deberías volver
a dormir —añadió, mientras iba a la otra habitación.
Yo podría haber seguido su consejo de buena gana, pero antes tenía que
descubrir si alguien había desaparecido de la escuela. Decidí tomar un baño antes de
ir en busca de Bain.
—Ven a nuestra habitación cuando hayas terminado de bañarte —me dijo Perl
—. Cuando tu padre me contó lo que ha estado ocurriendo con este asesino y el
curare, pensé en algo que puede ayudarte. Podría haberte ayudado ayer —resopló—.
No soy una flor delicada. Esau y tú no tenéis por qué ocultarme las cosas. Y eso
incluye a Valek —mi madre se puso las manos en las caderas y se alisó las arrugas
del vestido.
—Cómo… —dije yo, tartamudeando.
—No soy sorda. En el comedor todo el mundo hablaba de Valek y de ti. ¡Y de
cómo Valek huyó de Cahil! —exclamó, y se llevó la mano al cuello. Entonces, inspiró
profundamente—. Sé que tengo tendencia a reaccionar desmesuradamente, y a
subirme a los árboles. Sin embargo, aunque Valek tiene una horrible reputación,
confío en ti. Cuando tengas tiempo, debes hablarme de él.
—Sí, madre —le dije yo, y le prometí que pasaría por su habitación después de
mi baño.
A mitad de mañana, los baños estaban casi vacíos. Mientras me lavaba, pensé
en lo mucho que podría contarle a mi madre sobre Valek. Cuando terminé de
secarme, me puse ropa limpia y me dirigí a ver a mis padres.
Por el camino me encontré con Dax. Su cara, que normalmente tenía una
expresión jovial, estaba tensa de preocupación, y tenía ojeras que indicaban que no
había dormido en unos cuantos días.
—¿Has visto a Gelsi? —me preguntó.
—No desde la Fiesta de los Nuevos Comienzos —respondí.
Habían ocurrido muchas cosas desde aquella noche. El semestre no había
transcurrido según lo que yo había imaginado.
—¿No estaba trabajando en un proyecto especial para el Maestro Bloodgood?
—Sí. Estaba experimentando con la planta Bellwood. Pero yo no la veo desde
hace días. No consigo encontrarla por ninguna parte.
Sus palabras me atravesaron como el cuchillo de Alea. Se me escapó un jadeo
de horror.
—¿Qué ocurre? —me preguntó él, alarmado.
—¿Estaba trabajando con plantas? ¿Dónde, y con quién?
—Ya he buscado por los invernaderos varias veces. Gelsi estaba trabajando con
uno de los jardineros. ¿Quizá podríamos preguntarle a él?
A él. A mí se me encogió el corazón. Sabía con quién estaba Gelsi.

Capítulo 28

Me quedé tirada en el suelo, mientras la parálisis se apoderaba de mi cuerpo
con una rapidez asombrosa. En un segundo, me di cuenta de que me habían atacado
con curare antes de que la droga me congelara los músculos. Sólo un segundo para
morder la pastilla de theobroma antes de que la mandíbula se me quedara rígida, y
para tragar una gota del antídoto.
Tumbada de costado, vi a Opal, a la luz de la luna, corriendo hacia Citadel. Mi
posición indefensa era resultado directo de mi estúpido exceso de confianza. Me
había concentrado en el peligro que suponía Ferde, y no me había preparado para un
ataque de Opal. Ella me había pinchado, se había disculpado y había huido.
Sentí un miedo apagado. Parecía que el curare había adormecido mis
emociones, además de mi magia.
Por detrás de mí, oí el sonido de unas pisadas que se acercaban y esperé a
Valek. ¿Saltaría él encima de Ferde cuando el mago se acercara?
Las pisadas se detuvieron, y mi radio de visión varió. Sin que yo sintiera nada,
alguien me tumbó boca arriba. Enfoqué la mirada en el cielo de la noche. No podía
abrir los ojos, aunque podía parpadear. No podía hablar, pero podía respirar. No
podía mover la boca ni la lengua, pero podía tragar. Extraño.
Cuando una cara entró en mi campo de visión, yo recordé de nuevo cómo era
estar asustada. Sin embargo, rápidamente la sorpresa sobrepasó al miedo que sentía.
Había una mujer de pelo largo mirándome. Llevaba una túnica, y yo vi que tenía
rayas difusas tatuadas o dibujadas en el cuello. Cuando me mostró un cuchillo y me
acercó la punta brillante a los ojos, tuve dificultad para respirar.
—¿Debería matarte ya? —me preguntó. Su acento me sonó familiar—. ¿No
dices nada? No te preocupes. No te mataré ahora, porque no sentirías ningún dolor.
Tienes que sufrir mucho antes de que yo termine con tu dolor para siempre.
La mujer se puso en pie y se alejó. Yo intenté recordar. ¿La conocía? ¿Por qué
quería matarme? Quizá trabajara con Ferde. Su lenguaje me recordaba al de él.
¿Dónde estaba Valek? Debería haber presenciado lo que había ocurrido.
Oí un ruido y un golpe, y en medio de una extraña desorientación, me di cuenta
de que la mujer me había arrastrado y me había subido a un carro. Me estaba atando.
Cuando terminó, saltó al suelo, y después de unos instantes, oí que le gritaba a un
caballo.
Comenzamos a movernos. Por el sonido de la hierba, yo supuse que nos
estábamos adentrando en la Meseta Avibian. ¿Dónde estaba Valek?
Me preocupé, esperé, incluso dormí. Cada vez que algo de la pastilla de
theobroma se disolvía en mi boca, yo tragaba. ¿Conseguiría tragar lo suficiente como
para que contrarrestara el efecto del curare? Cuando la mujer se detuvo, la pálida luz
del amanecer había empezado a aclarar el cielo, y yo había comenzando a notar de
nuevo mis miembros. Moví la lengua, intentando tragar más theobroma.
Por el dolor que sentí en las muñecas y los tobillos, me di cuenta de que me
había atado a cada esquina del carro. Mi capacidad de conectar con la fuente del
poder empezó a despertar cuando la mujer subió al carro. Mis pensamientos, sin
embargo, se alteraron cuando vi que tenía una larga y delgada aguja. Yo aparté el
miedo y atraje el poder.
—Oh, no, no —dijo ella, y me clavó la aguja—. Tenemos que llegar al Vacío
antes de que te permita sentir de nuevo. Así podrás notar el acero cortándote la piel.
A mí me pareció que aquél era el momento perfecto para que apareciera Valek;
sin embargo, él no apareció, y yo dije:
—¿Quién…?
Sin embargo, el curare volvió a congelar mis músculos.
—No me conoces, pero conocías bien a mi hermano. No te preocupes. Pronto
conocerás el motivo de tu sufrimiento —dijo la mujer. Volvió a subir al carro y yo
comencé a oír los sonidos del movimiento otra vez.
Esperaba a Valek en cualquier momento, pero a medida que el sol se movía por
el cielo, mis esperanzas de que me rescatara se diluyeron. Valek no había podido
seguirme por algún motivo. Quizá el mensaje que Irys me había enviado diciéndome
que estaba sola había sido en realidad una advertencia.
Me imaginé varias cosas terribles que habían podido sucederle a Valek, y para
distraerme, me pregunté por Kiki. ¿Estaría cerca? ¿Seguiría mi olor? Con mi
capacidad mágica neutralizada, ¿sabría que la necesitaba?
El sol estaba a punto de ponerse cuando el carro se detuvo de nuevo. Yo notaba
una sensación ardiente en las yemas de los dedos, lo que significaba que el efecto del
curare estaba empezando a cesar. Pronto sentí los calambres, el dolor y el frío. Me
estremecí y me tragué el resto del antídoto de Esau, preparándome para otro
pinchazo. Pero aquello no ocurrió.
En vez de eso, la mujer subió al carro y se puso en pie sobre mí. Extendió los
brazos y dijo:
—Bienvenida al Vacío. O, en tu caso, bienvenida al infierno.
A la luz del anochecer, vi con claridad sus ojos grises. Los rasgos fuertes de su
cara me recordaban a alguien, pero no sabía a quién. Me dolía la cabeza y tenía la
mente abotargada. Intenté tirar de una hebra de poder, pero sólo encontré aire
muerto. Nada.
Una sonrisa de petulancia se dibujó en los labios de aquella mujer.
—Este es uno de los pocos lugares de Sitia en los que hay un agujero en el
manto de poder. Y si no hay poder, no hay magia.
—¿Dónde estamos? —pregunté, con la voz ronca.
—En la Llanura Daviian.
—¿Quién eres?
—¿Aún no lo sabes? —me dijo con una mirada de cólera.
Aquella expresión de rabia me estimuló la memoria. Mogkan. El mago que me
había secuestrado y había intentado robarme el alma. En sitia se le conocía como
Kangom.
—Kangom merecía morir —dije.
La mujer se congestionó de furia. Me clavó el cuchillo en el antebrazo derecho y
lo sacó rápidamente. Yo sentí una explosión de dolor y grité.
—¿Quién soy? —me preguntó.
Me ardía el brazo, pero yo la miré a los ojos.
—Eres la hermana de Kangom.
Ella asintió.
—Me llamo Alea Daviian.
Aquél no era ninguno de los nombres de los clanes.
Ella entendió mi confusión:
—Antes era una Sandseed —dijo, escupiendo el nombre—. Están atrapados en
el pasado. Nosotros somos más poderosos que el resto de Sitia, pero los Sandseed se
contentan con vagar por las llanuras, soñar y tejer historias. Mi hermano tuvo una
visión sobre cómo dominar Sitia.
—Pero él estaba ayudando a Brazell a conquistar Ixia —dije yo, sin entender
aquella lógica.
—Era el primer paso. Tomar el control de los ejércitos del norte, y después
atacar Sitia. Pero tú lo echaste todo a perder, ¿no?
—En aquel momento me pareció buena idea.
Alea me hizo un corte en el brazo izquierdo, desde el hombro hasta la muñeca.
—Vas a aprender a lamentar esa decisión antes de que te corte el cuello, como
tú hiciste con mi hermano.
El dolor era casi insoportable en ambos brazos, pero más que nada, sentí una
extraña irritación por que aquella mujer hubiera estropeado la camisa especial de
Valek. Alea levantó de nuevo el cuchillo y lo dirigió hacia mi cara. Yo pensé con
rapidez.
—¿Vives en la llanura? —le pregunté.
—Sí. Nos separamos de los Sandseed y constituimos un nuevo clan. Los
Daviian conquistarán Sitia. No tendremos que robar más para sobrevivir.
—¿Cómo?
—Otro miembro de nuestro clan está en la búsqueda del poder. Cuando
complete el ritual, será más poderoso que los cuatro Magos Maestros juntos.
—¿Fuiste tú quien mató a Tula?
—No. Mi primo tuvo ese placer.
Alea tenía parentesco con Ferde. Él debía de ser quien estaba llevando a cabo la
búsqueda. ¿A quién habría seleccionado para el ritual definitivo? Podría ser
cualquier muchacha que tuviera poderes mágicos. Y él podría estar en cualquier
sitio. Y sólo nos quedaban dos días para encontrarlo.
Yo tiré de las cuerdas, con la repentina necesidad de moverme.
Alea sonrió con satisfacción.
—No te preocupes. No estarás aquí para la limpieza de Sitia. Sin embargo,
estarás aquí un poco más —dijo. Sacó su aguja y me la clavó en el corte del brazo. Yo
grité.
—No quiero malgastar tu sangre en este carro. Tenemos un marco especial,
donde te colocaré y podré recoger tu vida roja, para usarla en algo útil —me explicó.
Después, saltó al suelo.
El curare comenzó a mitigar el dolor de mis brazos, pero no me adormeció el
resto del cuerpo. El antídoto de Esau debía de estar haciendo efecto. La presencia del
Vacío significaba que yo no tenía que preocuparme por estar expuesta a influencias
mágicas. Sin embargo, al estar atada y desarmada, no sabía si mi cuerpo estaría en
condiciones para luchar contra Alea.
Si buscaba mi mochila, Alea se daría cuenta de que podía moverme. Así pues,
apreté los dientes para que no me castañetearan a causa del frío y me obligué a
permanecer quieta.
Oí un golpe, y el carro se inclinó. Mis pies apuntaron hacia el suelo, y mi cabeza
se elevó. Desde aquel nuevo ángulo, vi un marco de madera a unos cuantos metros.
Estaba hecho de gruesas vigas, y en la parte superior tenía colgados grilletes y
cadenas. Bajo la estructura había una palangana grande. Supuse que la víctima de
aquel artefacto de tortura sería situada sobre aquel recipiente.
Alea se acercó a mí.
—¿Te sientes mejor? —me preguntó—. Vamos a asegurarnos.
Me hundió la punta del cuchillo en el muslo. Yo me concentré tanto en no
reaccionar, que tardé un momento en darme cuenta de que la cuchillada no me había
causado dolor. El cuchillo había tocado en el mango de mi navaja, que aún llevaba
atada al muslo.
—Tu ropa es extraña —dijo Alea—. Es muy gruesa, y resiste mi cuchillo. Te la
quitaré y la conservaré. Será un buen recuerdo del tiempo que pasemos juntas.
Ella se acercó al marco y agarró los grilletes. Tiró de ellos y la cadena se alargó,
permitiéndola acercarse de nuevo a mí. Alea abrió los grilletes.
Mi oportunidad de actuar estaba cerca. Ella se agachó y cortó con el cuchillo la
cuerda con la que me había atado el brazo derecho al carro. Yo lo dejé caer como si
fuera un peso muerto. Entonces, Alea se guardó el cuchillo en el cinturón y se inclinó
para tomar uno de los grilletes y aprisionarme el brazo. En aquel momento, yo me
saqué la navaja de la correa del muslo y la abrí. Alea apenas tuvo tiempo de
reaccionar y sacar su cuchillo. Antes de que pudiera retirarse, le clavé la navaja en el
abdomen. Ella dirigió su arma hacia mi corazón, pero se tambaleó un poco antes de
clavármelo y me lo hundió en el estómago. Alea se cayó al suelo.
Yo intenté respirar, intenté no desmayarme. El dolor me atenazaba las entrañas
como un cepo.
Alea se sacó mi navaja del vientre y la tiró. Se arrastró hasta su capa y sacó un
frasquito de líquido de uno de los bolsillos. Lo abrió, hundió el dedo en el líquido y
después se lo pasó por la herida. Curare.
Se levantó y se acercó, con paso vacilante, a mí. Me observó en silencio. El
curare que ella había estado debía de estar diluido, porque le permitía moverse.
—Si te sacas el cuchillo del estómago para liberarte, te desangrarás y morirás —
dijo con satisfacción—. Si te lo dejas dentro, morirás también. De cualquier modo,
estás en mitad de la nada. Nadie podrá ayudarte, y no podrás usar la magia para
curarte. No era exactamente lo que yo había planeado, pero el resultado será el
mismo.
—¿Y tu problema? —le pregunté yo, jadeando.
—Tengo mi caballo, y mi gente está muy cerca. Nuestro sanador me curará, y
yo volveré a tiempo para presenciar tus momentos finales —dijo.
Con dificultad, caminó hasta el carro y subió. Chasqueó la lengua para que el
caballo se pusiera en marcha, y desapareció.
A medida que mi visión se desenfocaba, tuve que darle la razón a Alea. Mi
posición no había mejorado, pero al menos no le había permitido disfrutar del placer
de torturarme. El dolor intenso que sentía no me permitía concentrarme. ¿Debía
sacar el cuchillo, o dejarlo en mi estómago?
Pasó el tiempo, y yo perdí y recuperé el conocimiento varias veces. Me desperté
al oír el galope de un caballo. Aún no había tomado una decisión, y Alea ya había
vuelto.
Cerré los ojos para no ver su expresión de suficiencia; entonces oí un relincho.
Aquel sonido calmó mi dolor como si me hubieran administrado una dosis de curare.
Abrí los ojos y vi la cara de Kiki.
Mi situación era mejor, aunque no sabía si podría comunicarme con ella.
—Cuchillo —dije en voz alta—. Dame el cuchillo —le pedí, y miré a la navaja,
que estaba en el suelo.
Ella bajó la cabeza en la dirección correcta. Después caminó hacia la navaja y la
recogió con los dientes. Era muy lista.
Yo extendí mi mano libre, y ella me entregó el arma.
—Kiki, si esto sale bien —le dije—, te daré todas las manzanas y las pastillas de
menta que quieras.
Cuando corté la cuerda de mi brazo izquierdo, sentí una oleada de dolor muy
intensa. Caí al suelo, pero tuve los reflejos suficientes de parar la caída con las manos
y las rodillas para evitar que el cuchillo se me hundiera más en el estómago. Después
de una eternidad, fui capaz de volverme y cortar las cuerdas de mis tobillos.
Probablemente me habría quedado tirada en el suelo, inconsciente, de no ser
porque Kiki me empujó la cara con la nariz y resopló. Yo miré hacia arriba y pensé
que su lomo era tan inalcanzable como las nubes del cielo.
Kiki se alejó y me trajo la mochila. Chica lista. Yo la abrí y encontré el curare
que había olvidado. Había planeado usar aquella droga contra Ferde, y había tomado
uno de los frascos de Esau. Me froté un poco contra la herida. La droga mitigó mi
dolor. Con un suspiro de alivio, intenté sentarme. Tenía los brazos y las piernas
entumecidos y pesados, pero se movían. El theobroma que tenía en el cuerpo evitó
que el curare me congelara los músculos. Me puse la mochila y, con un esfuerzo
sobrehumano, me puse en pie.
Kiki dobló las patas delanteras para que yo me subiera a su lomo. Relinchó con
impaciencia; yo me agarré a sus crines y subí una pierna por su espalda. Ella se
incorporó y comenzó a cabalgar con suavidad.
Yo sentí el instante en el que salimos del Vacío. La magia me rodeó como el
agua de una laguna, y pronto me ahogué entre tanta corriente. Era un efecto adverso
del theobroma: abría mi mente a todas las influencias mágicas. Al entrar en la Meseta
Avibian, los hechizos defensivos de los Sandseed me asaltaron. Incapaz de bloquear
tanta magia, caí al suelo.
Sueños raros, imágenes y colores se adueñaron de mi mente. Kiki me hablaba
con la voz de Irys. Valek tenía una soga al cuello, y los brazos atados a la espalda. Ari
y Janeo estaban junto a una hoguera en un claro del bosque, inseguros y alarmados.
Nunca antes se habían perdido. Mi madre se agarraba a las ramas superiores de un
árbol, sacudida por una salvaje tormenta. El olor del curare me llenaba la nariz, y
notaba el sabor del theobroma en toda la boca.
El cuchillo de Alea se me había hundido más en el cuerpo al caer. En mi mente,
vi los músculos rasgados y el corte que tenía en el estómago, que sangraba entre los
ácidos. Sin embargo, no podía utilizar mi magia para curarme.
El pensamiento de Valek me alcanzó. Se defendía con los pies de los soldados
que lo rodeaban, pero alguien tiró de la soga y la apretó contra su cuello.
Tenía el corazón encogido.
«Lo siento, mi amor. No creo que vayamos a conseguirlo esta vez».

Capítulo 27

Mientras observaba el fuego, mis emociones, mis lealtades y mis deseos
contradictorios me ardían en el pecho. No fui capaz de tomar una decisión, y escondí
la orden de ejecución en mi mochila. Sería mejor pensar en ello más tarde.
Recordé la promesa que les había hecho a mis padres y me dirigí hacia el
comedor, con la esperanza de encontrarlos allí, comiendo. Por el camino me encontré
con Dax.
—Yelena —me dijo, caminando a mi lado—. No te he visto durante días.
—Seguro que te estás muriendo por contarme los cotilleos que corren sobre mí
por el campus. ¿A que sí?
—Tengo vida propia. Quizá haya estado demasiado ocupado como para
preocuparme de los cotilleos —refunfuñó él, fingiendo que yo había herido sus
sentimientos.
Yo lo miré.
El suspiró.
—Está bien, tú ganas. Me aburro muchísimo. El Segundo Mago está
concentrado jugando a los detectives, y Gelsi está metida hasta el cuello en un
proyecto, y ya nunca la veo —me explicó con dramatismo—. Mi vida es tan aburrida
que tengo que subsistir con tus aventuras.
—Y como los cotilleos son algo tan fiable…
—Tus aventuras se han convertido en leyendas —me dijo, riéndose—. ¿Adonde
vas ahora? ¿Vas a matar un dragón? ¿Puedo ser tu escudero? Abrillantaré tu báculo
de poder todas las noches con mi camisa. Te lo prometo…
Riéndome, invité a Dax a comer con mi familia. Encontramos a mis padres en el
comedor y nos sentamos con ellos. Durante la comida, Dax fue de gran ayuda. El
tema de la conversación fueron principalmente los estudios, la equitación y los
asuntos cotidianos, y mis padres no tuvieron ocasión de preguntarme por la sesión
del Consejo. Y cuando mi madre se ofreció a destilar una colonia especial para Dax,
yo supe que estaba contenta de que hubiera encontrado un amigo en Sitia.
Después de despedirnos de Dax, mis padres y yo fuimos a sus habitaciones.
Mientras Perl hacía un té en la pequeña cocina, yo le pregunté a Esau por el curare.
El se pasó la mano por la cara.
—Nunca pensé que alguien lo usara de ese modo —dijo, sacudiendo la cabeza
—. Cuando descubro algo nuevo, siempre experimento con ello hasta que conozco
todos los efectos secundarios y cuáles son los resultados de un abuso de la sustancia.
Entonces, sopeso lo bueno y lo malo. Algunos descubrimientos nunca han visto la
luz, pero otros, aunque no son perfectos, tienen más beneficios que riesgos.
Esau se interrumpió cuando Perl entró en la habitación con la bandeja del té. Mi
padre me envió una mirada de advertencia, y yo deduje que mi madre no sabía nada
del horrible uso que Ferde había hecho del curare.
Ella sirvió el té y se sentó a mi lado en el sofá.
—¿Qué ocurrió en la sesión del Consejo? —me preguntó.
Yo les di una versión suavizada de las acusaciones de Cahil contra el Ayudante
Ilom. Perl se llevó la mano al cuello cuando yo mencioné el nombre de Valek, pero se
relajó cuando le conté que en la sesión se había demostrado que Cahil estaba
equivocado. No les hablé de las afirmaciones de Cahil sobre mi relación con Valek,
pero sí les di la noticia del asesinato de Goel.
—Bien —dijo Perl—. Me ahorra el esfuerzo de echarle una maldición.
—¡Mamá! —dije yo, y me quedé anonadada—. ¿Puedes hacer eso?
—Los perfumes y colonias no son lo único que puedo preparar.
Yo miré a Esau, y él asintió.
—Me alegro de que Reyad y Mogkan ya hayan muerto. Tu madre tiene bastante
imaginación cuando está enfadada.
Preguntándome qué otras sorpresas descubriría sobre mis padres, cambié de
tema y les pregunté por su viaje hacia la Fortaleza y por la familia Zaltana. Pasé el
día con ellos, tal y como les había prometido.
Cuando llegó la hora de que me marchara, Esau se ofreció a acompañarme a mi
habitación. A medio camino, mi padre me dijo:
—Tengo que decirte otra cosa sobre el curare.
—¿Hay más?
El asintió.
—En dosis bajas, el curare es excelente para anestesiar una herida. A mí nunca
se me había ocurrido que alguien usara la sustancia en grandes dosis para paralizar
el cuerpo entero. Más tarde, descubrí otro efecto secundario que en aquel momento
no me pareció importante. Pero ahora… —Esau se detuvo y se volvió hacia mí—. En
dosis altas, el curare también puede neutralizar las habilidades mágicas de una
persona.
Yo palidecí. Aquello significaba que el curare podría incluso dejar a un Mago
Maestro en la más absoluta indefensión. La noche siguiente era el momento elegido
para el intercambio secreto. Como yo había conseguido invadir el cuerpo de Goel con
mi magia, había planeado hacerme también con el de Ferde, creyendo que, incluso si
estaba incapacitada con la droga, aún podría usar mi magia. Sin embargo, con
aquella nueva noticia parecía imprescindible el hecho de evitar cualquier disparo de
curare.
Mi padre debió de ver el horror reflejado en mis ojos.
—Hay una especie de antídoto —me dijo.
—¿Un antídoto? ¿Cuál es?
—El theobroma.
Aquello creaba un nuevo problema. El theobroma era un delicioso dulce que
tenía el desafortunado efecto de abrir la mente de una persona a las influencias
mágicas. El General Brazel había usado aquel postre con sabor a nueces para poder
vencer la fuerte voluntad del Comandante Ambrose, y que Mogkan pudiera hacerse
con el control de la mente del Comandante.
Si yo comía aquel dulce, abriría también mi mente a las influencias mágicas.
Mis defensas mentales no funcionarían contra otro mago, aunque fuera más débil
que yo.
—¿Cuánto theobroma necesitaría tomar? —le pregunté a mi padre.
—Mucho. Aunque yo podría concentrarlo —dijo él.
—¿Y podrías hacerlo para mañana por la tarde?
Él se quedó mirándome fijamente con preocupación.
—¿Vas a hacer algo que yo no debería contarle a tu madre?
—Sí.
—¿Importante?
—Muy importante.
Mi padre pensó en mi petición. Cuando llegamos a mi habitación, me abrazó.
—¿Sabes lo que estás haciendo?
—Tengo un plan.
—Yelena, te las arreglaste para volver a casa a pesar de todo. Confío en que
vencerás de nuevo. Tendrás el antídoto mañana al mediodía.
Se quedó en la puerta de mis habitaciones como un oso protector, mientras yo
registraba el interior. Convencido de que su hija estaba a salvo, me dio las buenas
noches y se fue.
Yo me tumbé en la cama y le di vueltas a lo que me había contado Esau. Con la
ventana abierta, me senté y saqué la navaja de debajo de la almohada. Valek entró
por la ventana con agilidad y se dejó caer sin un solo sonido sobre mi cama. Después
cerró las ventanas y se unió a mí.
—Tienes que marcharte. Hay demasiada gente que sabe que estás aquí —le dije.
—No hasta que hayamos encontrado al asesino. Y además, el Comandante me
ordenó que protegiera a la Embajadora. No estaría cumpliendo con mi obligación si
me marchara.
—¿Y si ella te ordenara que te marcharas a casa?
—Las órdenes del Comandante están por encima.
—Valek, ¿tú matas…?
Él silenció mi pregunta con un beso. Yo tenía que hablar de muchas cosas con
él; de la muerte de Goel y del ofrecimiento del Comandante. Sin embargo, cuando su
cuerpo se amoldó al mío y yo percibí de lleno su esencia, todos los pensamientos de
asesinatos y de intrigas se desvanecieron. Le tiré de la camisa, y él sonrió con placer.
El tiempo que teníamos para estar juntos era limitado, y yo no quería malgastar la
noche con las palabras.
Cuando me desperté estaba a punto de amanecer, y Valek se había marchado.
Yo me sentía con energías nuevas. Mi cita con Ferde era a medianoche, así que repasé
mi plan a medida que pasaban las horas.
Aquel día, al despedirme de Irys cuando terminó nuestra clase, me sentí muy
culpable por lo que iba a hacer sin decírselo. Sin embargo, sabía que si le confiaba el
plan que Valek y yo habíamos ideado, no me permitiría llevarlo a cabo.
Irys creía que los Magos serían capaces de encontrar finalmente a Ferde, y que
sacrificar a Opal sería un pequeño precio que pagar por Sitia.
Yo creía que arriesgarse era la única forma de detenerlo. Conocer los riesgos e
intentar minimizarlos sería la clave del éxito.
Sin embargo, yo sabía que aunque tuviera éxito en el rescate de Opal y la
captura de Ferde, Irys dejaría de ser mi mentora y acabaría con nuestra relación. En
aquel caso, yo ya no tendría obligaciones con Sitia. Podría hablarle al Comandante
sobre Cahil y sus planes de reunir un ejército para hacerse con el control de Ixia.
Cahil, aquella comadreja, no había tenido ningún reparo en hablarle al Consejo de mi
vinculación con Valek.
Mi padre me estaba esperando fuera del ala de invitados. Había concentrado el
theobroma en una pastilla del tamaño y la forma de un huevo de codorniz.
—Lo he envuelto en gelatina para que no se derrita —me dijo.
—¿Porqué?
—Si estás paralizada por el curare, no podrías comerlo —me explicó—. Puedes
sujetar la pastilla entre los dientes. Si te atacan con curare, muérdelo e intenta tragar
todo lo que puedas antes de que los músculos de la mandíbula queden paralizados.
Con suerte, el resto se disolverá en tu boca y se te deslizará por la garganta.
Antes de saber la existencia de aquel antídoto, mi principal objetivo era que
nadie consiguiera herirme con curare. Si iba por voluntad propia con Ferde, él no
necesitaría usarlo. O eso esperaba yo, al menos. La píldora de Esau me hizo sentir
más confianza en el plan de aquella noche, y además, él me había dado una idea. Yo
tomé prestadas otras cuantas cosas más de mi padre.
Me pasé lo que quedaba de tarde practicando la defensa propia con Zitora.
Después cené con mis padres, y más tarde, fui al establo.
Cahil no había aparecido para darme la clase de equitación. Aquello no me
sorprendió, y me dispuse a practicar sola. Quería aprender a montar sin silla, ¿pero
cómo iba a subir a lomos de Kiki sin estribo?
«Agarra mi crin. Salta. Tira».
«Gracias, Kiki».
Cuando salimos al cercado, Kiki comenzó a trotar, y yo me concentré en
mantener el equilibrio. Cuando comenzaron a dolerme la espalda y las piernas, Kiki
se detuvo.
Yo volví a llevarla a su compartimiento. Le di un rápido cepillado y me
despedí.
—Hasta luego —le dije, y volví a mi habitación.
Tenía que prepararme para el intercambio, y a medida que avanzaba la noche,
mi confianza se convertía en nerviosismo.
«Confianza», me dijo Kiki. «La confianza es como las pastillas de menta».
Yo me reí. Kiki veía el mundo a través de su estómago. Las pastillas de menta
eran buenas, y por lo tanto, confiar en el otro era también bueno.
Valek me estaba esperando en mi habitación. Tenía una expresión rígida que
parecía una máscara de metal, y una mirada fría. Su mirada de asesino.
—Toma —me dijo, y me dio un jersey negro de cuello alto y unos pantalones
también negros—. Están hechos con una tela especial que te protegerá de los dardos
que te disparen con un arma, pero no si te los pinchan.
—Muchas gracias —le dije.
Al menos, no podrían sorprenderme, y si Ferde se acercaba a mí lo suficiente
como para clavarme un dardo, yo estaría sobre aviso.
Aquella ropa me quedaba muy grande. Me remangué las mangas y me sujeté
los pantalones con un cinturón para que no se me cayeran.
Valek esbozó una breve sonrisa.
—Eran míos. No soy muy buen sastre.
Yo organicé mi mochila con cuidado. Tomé sólo provisiones mínimas, el
theobroma, lo que me había dado Esau, mi garfio y mi cuerda, una manzana y el
arco. Después, Valek y yo repasamos el plan.
—Llevaré a Kiki hasta la Meseta, y te daré tiempo para llegar a la puerta de
Citadel antes de dirigirme hacia el punto del intercambio —le dije yo—. Cuando
Opal esté a salvo, y Ferde esté visible, será el momento de que actúes.
Valek asintió.
—Cuenta con ello.
Yo me puse la capa y me marché. Quedaban cuatro horas hasta la medianoche.
Kiki me estaba esperando en el compartimiento, y yo me subí a su lomo tal y como
me había enseñado. Cuando íbamos hacia la puerta de la Fortaleza, yo miré a la torre
de Irys.
«La Dama Mágica», dijo Kiki.
La culpabilidad que yo había intentado reprimir por no decirle a Irys lo que iba
a hacer me atenazaba la garganta.
«No se va a poner contenta», respondí yo.
«Furiosa. Dale a la Dama Mágica pastillas de menta».
Yo me reí, pensando en que iba a necesitar más que pastillas de menta para
reparar el daño.
«Las pastillas de menta son dulces en ambos sentidos», dijo Kiki.
¿Un consejo críptico de una yegua?
«¿Estás segura de que no eres hija del Hombre Luna?».
«Hombre Luna listo».
Yo pensé en sus palabras, intentando descifrar su significado verdadero. Antes
de que llegáramos a las puertas de la Fortaleza, tiré de una hebra de poder y proyecté
mi conciencia. Vi a dos soldados haciendo guardia y los distraje para salir sin
problemas; uno se puso a mirar al cielo, para ver cuánto se había movido la Estrella
del Sur, y el otro comenzó a rebuscar algo de comer dentro de la garita. Ninguno de
los dos nos vio cuando pasamos entre ellos.
Kiki recorrió silenciosamente las calles de Citadel. Al llegar a las puertas de la
muralla, distraje a la guardia nuevamente, y cruzamos la salida sin problemas.
Entonces, Kiki se puso a galopar, y nos dirigimos hacia la Meseta Avibian. Cuando
ya no veíamos ni la carretera ni Citadel, Kiki aminoró el paso al trote.
Volví a pensar en la sugerencia de Kiki. Para que nuestro plan funcionara
aquella noche, cada uno teníamos que llevar a cabo nuestra parte. Ambos teníamos
que ser dulces. Kiki había dicho también que la confianza era lo mismo que las
pastillas de menta. ¿Se refería a Irys en vez de a Valek?
Vi con claridad la respuesta en mi mente. No sabía si me sentía lista por haber
descifrado el consejo de Kiki, o me sentía tonta porque mi yegua hubiera tenido que
decirme lo que debía hacer.
«Irys».
«¿Yelena? ¿Qué ocurre?».
Yo tomé aire, controlé mi nerviosismo y le conté mis planes. El silencio, largo y
vacío, siguió a mi confesión.
«Vas a morir», dijo ella por fin. «Ya no eres mi pupila. Me pondré en contacto
con los demás Magos Maestros y te detendremos antes de que te enfrentes a Ferde».
Yo me esperaba aquella respuesta. Su ira y la censura inmediata eran las causas
por las que no la había informado antes de aquel intercambio.
«Irys, ya me has dicho en otra ocasión que iba a morir. ¿Te acuerdas de cuando
nos conocimos, en Ixia, en el Bosque de la Serpiente?».
Ella titubeó.
«Sí».
«Yo estaba en una situación imposible. Mis poderes mágicos estaban
descontrolados, tú me amenazaste con matarme y Valek me había envenenado. Cada
decisión que tomara en aquel momento me conduciría a la muerte, aparentemente.
Sin embargo, yo te pedí que me concedieras un poco de tiempo, y tú lo hiciste.
Apenas me conocías, pero confiaste lo suficiente en mí como para permitirme que
encontrara una solución. Quizá yo no conozca la manera sitiana de hacer las cosas,
pero tengo mucha experiencia enfrentándome a situaciones imposibles. Piénsalo
antes de llamar a los demás».
Hubo otro silencio, doloroso y largo. Yo retiré mi conexión con Irys. Necesitaba
concentrarme en la tarea de aquella noche. Kiki se detuvo a un kilómetro de los
límites del territorio de los Sandseed. Yo sentí la sutil magia del clan. Era como una
delicada tela de araña, pero yo sabía que si el clan decidía intensificar su poder,
sentirían la presencia de un mago y su magia atacaría al intruso. Yo exhalé un suave
respiro de alivio al saber que Valek era inmune a la magia, y aquello lo haría
indetectable.
Me deslicé de los lomos de Kiki.
«Escóndete», le dije.
«Quédate en el viento. Mantén fuerte tu olor», me indicó Kiki.
Yo me escondí entre la alta hierba para darle a Valek el tiempo suficiente para
alcanzarme. Kiki había llegado a aquel punto en una hora, pero a él le llevaría una
hora más llegar a nuestra posición. Cuando pensé que había esperado lo suficiente,
comencé a caminar hacia el punto del intercambio, confiando en que Valek se
aproximaría también a aquel punto desde la dirección opuesta.
La voz de Irys alcanzó mi mente de nuevo.
«Estás sola».
Después, su conexión cesó. Se había destruido nuestro vínculo de mentor con
pupilo. Se me encogió el corazón de tristeza y de pánico; sin embargo, intenté
calmarme concentrándome en que Valek y Kiki me seguirían.
Cuando estaba casi en el lugar acordado, me quité la capa, la enrollé y la
escondí entre la hierba. Saqué la píldora de theobroma de mi mochila y me la
coloqué entre los dientes.
Continué caminando. La silueta oscura de la peña junto a la que debía
encontrarme con Ferde se alzaba ante mí. Los rayos de la luna se filtraban por entre
las nubes, y yo miré atentamente a mi alrededor buscando alguna señal de la
presencia de Opal y de Ferde.
Cuando vi a la muchacha salir desde detrás de la peña, sentí un inmenso alivio.
Ella se acercó corriendo hacia mí, y sólo cuando salió de las sombras me percaté de
su cara de terror. Tenía los ojos hinchados y la piel enrojecida de llorar. Yo recorrí la
zona con mi magia, intentando notar la presencia de Ferde.
Opal se lanzó a mis brazos, sollozando. Demasiado fácil. ¿No querría Ferde
obtener la promesa de que yo iba a ir con él antes de liberarla? La chica me abrazó
con tanta fuerza que me pinchó la piel. Ferde seguía sin aparecer. Yo la aparté de mí,
con intención de seguirla a Citadel.
—Lo siento muchísimo, Yelena —me gritó Opal, y salió corriendo.
Yo me di la vuelta, esperando encontrarme a Ferde allí, regodeándose. No había
nadie. Confundida, me di la vuelta para seguir a Opal, pero los pies no me
obedecieron. Me tropecé y me caí, mientras mi cuerpo perdía todas las sensaciones.

Capítulo 26

¿Goel asesinado? ¿Valek detenido? Mi mente somnolienta no entendía la noticia
que me había dado Irys, pero ella interrumpió el contacto mental antes de que yo
pudiera hacerle preguntas. Me vestí todo lo rápidamente que pude y salí corriendo
hacia el edificio del Ayuntamiento.
Los miembros del Consejo, los cuatro Magos Maestros, unos cuantos guardias
de la Fortaleza y Cahil estaban reunidos en el gran salón. El ruido de sus diversas
discusiones alcanzaba niveles ensordecedores, y yo vi a Cahil gesticulando
acaloradamente frente al Consejero de los Sandseed. Cahil tenía la cara
congestionada mientras hablaba.
Roze Featherstone, la Primera Maga, dio un par de martillazos en el estrado
para poner orden en la reunión. Las conversaciones se interrumpieron, y los
Consejeros ocuparon sus lugares.
—Vamos a tratar el asunto del teniente Goel Ixia —ordenó Roze.
Yo miré a Irys con desconcierto.
«Todos los refugiados del norte llevan el apellido Ixia, como nombre de su
clan», me explicó Irys. «A Cahil se le considera el jefe de ese clan. Tanto el clan como
el título son honorarios. Él no tiene tierras ni voto en el Consejo».
Aquello explicaba el resentimiento que tenía Cahil hacia el Consejo, y su
continua frustración por no conseguir apoyo para su campaña contra el Comandante.
—El teniente Ixia ha sido hallado muerto en un campo en barbecho, al este de
Citadel, en las tierras del clan Featherstone —dijo Roze—. Los sanadores han
determinado que lo asesinaron atravesándole el corazón con una espada.
Hubo murmullos entre los miembros del Consejo. Roze los atajó con una
mirada fulminante.
—No se ha encontrado el arma, aunque la búsqueda continúa en los campos
circundantes al escenario del crimen. De acuerdo con la Cuarta Maga, Yelena Liana
Zaltana fue la última persona que lo vio con vida. Requiero su presencia en el estrado
de los testigos.
Dieciséis pares de ojos se clavaron en mí. En todos los rostros se reflejaron
expresiones de hostilidad o de preocupación.
«No te preocupes», me dijo Irys. «Diles lo que ha ocurrido».
Yo caminé hasta el podium.
—Explícate —me ordenó Roze.
Yo narré mi secuestro y mi huida. Hubo un jadeo colectivo cuando expliqué
que había tomado control del cuerpo de Goel, y hubo susurros sobre el Código Ético.
Irys se puso en pie y dijo:
—No hay nada de ilegal en usar la magia en defensa propia. De hecho, debería
ser elogiada por haberse extraído a sí misma sin dañar a Goel.
Los miembros del Consejo formularon muchas preguntas sobre las
motivaciones de Goel. Sólo después de que mis guardaespaldas confirmaran que
habían sido drogados, los miembros del Consejo dieron por terminado su
interrogatorio.
—Dejaste a Goel encadenado en el cobertizo, ¿y ésa fue la última vez que lo
viste? —me preguntó Roze.
—Sí —respondí.
—Está diciendo la verdad —dijo Roze. Por su expresión sombría, supe que le
había costado mucho hacer aquella declaración—. La investigación del asesinato de
Goel continuará. Yelena, puedes sentarte —añadió, y me señaló un banco que estaba
situado entre los demás Magos Maestros y ella—. Sólo nos queda otro asunto que
tratar. Llamo a Cahil Ixia al estrado de los testigos.
Mientras yo me dirigía hacia al banco, pasé junto a Cahil. No me miró a la cara;
en sus ojos azules había una dura determinación. Me senté al borde del banco, y
aunque me preparé para ser el blanco de sus acusaciones, las palabras de Cahil
consiguieron que se me encogiera el corazón de miedo.
—…y agravando el engaño de Valek, se da el hecho de que su alma gemela y su
espía de confianza es Yelena Zaltana.
La habitación explotó en una cacofonía de voces. Roze volvió a golpear con el
mazo en su mesa, pero nadie la escuchó. Yo noté la fuerza de su magia cuando le
ordenó a todo el mundo que se quedara en silencio. Los mantuvo callados durante
un corto momento, pero fue suficiente para imponerse.
—Cahil, ¿tienes pruebas? —le preguntó Roze.
Él le hizo un gesto hacia uno de los guardias de la Fortaleza. El guardia abrió
una puerta y por ella entraron el capitán Marrok y cuatro de los hombres de Cahil,
arrastrando al Ayudante Ilom entre ellos. Ilom tenía las manos esposadas a la
espalda, y los cuatro guardias lo apuntaban con las puntas de sus espadas. La
Embajadora Signe y un puñado de soldados ixianos completaban la procesión.
Yo me esforcé por captar la mirada de Valek, pero él estaba observando a los
miembros del Consejo con una expresión de molestia en la cara.
La Embajadora Signe fue la primera en hablar.
—Exijo una explicación. Esto es un acto de guerra.
—Cahil, te dije que liberaras al Ayudante Ilom hasta que este asunto estuviera
resuelto —le dijo Roze, encolerizada.
—¿Y dejar que escapara? No. Era mejor traerlo aquí y desenmascararlo delante
de todo el mundo —dijo Cahil. Se acercó al Ayudante Ilom y le tiró del pelo.
Yo me encogí de miedo, pero Ilom echó la cabeza hacia atrás y gritó de dolor.
Sin darse por enterado, Cahil le tiró de la nariz a Ilom, y después le arañó la carne de
la barbilla. Ilom gritó de nuevo, y comenzó a sangrar por los arañazos. Cahil dio un
paso atrás, estupefacto. Alargó el brazo hacia la cara de Ilom otra vez, pero Marrok lo
agarró. Cahil se había quedado boquiabierto.
—Liberad al Ayudante —ordenó Roze.
A Ilom le quitaron las esposas mientras Cahil, con la cara roja de rabia, y sus
hombres eran escoltados fuera de la sala. La sesión terminó, y Roze se acercó
apresuradamente a pedirles disculpas a la Embajadora y a Ilom.
Yo me quedé en el banco, observando cómo la ira de Signe y el mohín de Ilom
se transformaban en expresiones más agradables al oír las palabras de Roze. Temía
llamar la atención, y tenía la esperanza de que nadie recordara las acusaciones de
Cahil con respecto a mí.
La sorpresa que Cahil se había llevado con Ilom era tan grande como la mía.
Aún conociendo los trucos de Valek, no dejaba de causarme asombro. Observé uno
por uno a los guardias de Ixia y descubrí a un soldado de ojos azules que tenía cara
de sentirse muy satisfecho consigo mismo. Probablemente, Ilom iba vestido de
guardia cuando Valek se disfrazaba de Ayudante, y con toda seguridad habían
intercambiado sus lugares cuando Valek necesitaba pasearse por Sitia.
Al final, los miembros del Consejo y los ixianos comenzaron a retirarse. Irys se
sentó a mi lado.
«Dile a Valek que se marche», me dijo. «El peligro es demasiado grande».
«Lo sabías».
«Claro. Esperaba que estuviera con la delegación».
«¿Y no te molesta que haya venido? Podría estar espiando a Sitia».
«Ha venido por ti, y yo me alegro de que hayáis podido pasar un tiempo
juntos».
«Pero, ¿y si fue él quien mató a Goel?».
«Goel era un peligro para ti. Aunque yo hubiera preferido arrestarlo, no me
molesta su muerte».
—Ve a comer algo —me dijo en voz alta—. Estás un poco pálida.
—Estupendo. He pasado de no tener madre a tener dos.
Irys se rió.
—Algunas personas necesitan la ayuda extra —comentó. Me dio unos
golpecitos en la rodilla y se fue en busca de Bain.
Antes de que yo pudiera marcharme, sin embargo, vi a Bavol Zaltana
acercándose a mí, y lo esperé.
—La Embajadora Signe desea verte —me dijo Bavol.
—¿Cuándo?
—Ahora.
Bavol me guió hacia la salida del gran salón.
—Le hemos asignado unos despachos a la Embajadora para que pueda atender
sus asuntos mientras está alojada aquí —me explicó Bavol mientras caminábamos
por el Ayuntamiento. Cuando llegamos a nuestro destino, me señaló una puerta
abierta—. Hablaremos más tarde —me dijo, y se despidió con una ligera inclinación
de la cabeza.
La invitación no incluía a Bavol. Entré en una zona de recepción y vi al
Ayudante Ilom, sentado tras una sencilla mesa. Los arañazos del cuello habían
dejado de sangrarle. Había dos soldados custodiando otra puerta.
Ilom se levantó y llamó a la puerta. Yo oí una voz suave, e Ilom giró el pomo.
—Está aquí —dijo. Después abrió la puerta por completo y me indicó que
entrara.
Yo pasé al despacho de la Embajadora Signe y esperé a que ella despidiera a los
otros soldados que la acompañaban.
—Anoche causaste bastante conmoción —me dijo cuando nos quedamos a
solas.
Sus ojos poderosos me escrutaron. Yo observé maravillada su aspecto. Tenía los
mismos rasgos delicados que el Comandante, pero su pelo largo y las líneas de kohl
que tenía alrededor de los ojos transformaban su rostro en una belleza eternamente
joven.
—Espero no haber interrumpido su sueño —le dijo yo, optando por una frase
diplomática.
Ella descartó mi comentario agitando la mano suavemente.
—Estamos solas. Puedes hablar con libertad.
Yo sacudí la cabeza.
—Los Magos Maestros tienen muy buen oído.
Pensé en Roze. Seguramente, ella pensaría que oír lo que decía la Embajadora
era su deber patriótico.
Signe asintió.
—Parece que ese aspirante a rey ha obtenido información equivocada. Me
pregunto cómo habrá ocurrido.
—Una mala comunicación entre varias partes.
—¿Habrá más acusaciones falsas?
Su mirada me atravesó. Ella estaba preguntando por mi habilidad para
mantener su disfraz en secreto.
—No —respondí yo, y le mostré la palma de la mano, señalándole la cicatriz
que ella me había hecho cuando yo le prometí no revelar el secreto del Comandante a
nadie. Ni siquiera a Valek.
Aquel pensamiento me recordó que Irys me había sugerido que Valek debía
marcharse de Sitia. Yo saqué mi colgante de mariposa.
—Algunos rumores tienden a seguir ardiendo lentamente, y sería mejor
asegurarse de que no hay combustible para encender otra hoguera.
Signe tenía que estar al tanto de la presencia de Valek en la delegación.
—Tomaré en consideración ese consejo. Sin embargo, tengo otro asunto del que
hablar contigo.
Signe sacó un papel de su maletín y lo enrolló.
—El Comandante ha enviado un mensaje para ti. Ha pensado mucho en la
última conversación que tuvo contigo, y ha decidido que fueron consejos válidos los
que le ofreciste. Le gustaría agradecerte tus observaciones —dijo, y me entregó el
rollo—. Ha extendido una invitación para que vengas a visitarnos cuando termines
tu instrucción mágica. Nosotros regresaremos a Ixia en una semana —afirmó—.
Espero tu respuesta antes de nuestra marcha.
Una despedida. Yo le hice una reverencia a la Embajadora y salí de su
despacho. Mientras caminaba hacia la Fortaleza, iba reflexionando sobre sus
palabras. El Comandante había firmado una orden de ejecución para mí, así que
visitar Ixia sería un suicidio.
Esperé a tener un buen fuego encendido en la chimenea antes de desenrollar el
mensaje del Comandante. Observando las llamas, pensé en el ofrecimiento del
Comandante Ambrose. Tenía la orden de ejecución entre mis manos. Sin embargo,
arrojarla al fuego no sería tan sencillo. Una breve nota acompañaba al documento.
Si demostraba mi lealtad a Ixia, la orden sería derogada. Si demostraba los
beneficios que conllevaba el hecho de tener un mago en nómina a los generales
ixianos, obtendría un puesto de Asesor. Si hacía aquellas cosas, podría regresar a
Ixia. Con mis amigos. Con Valek.
Sin saberlo, Cahil había descrito mi posible futuro cuando me había llamado
espía en la sesión del Consejo.