jueves, 5 de septiembre de 2013

Capítulo 16

Yo me adelanté para enfrentarme a Cahil. Él debería estar en una celda por ayudar a escapar a un asesino, no allí, en mitad de la Gran Sala, hablando con Roze. Me sentí aún más alarmada cuando vi a varios Vermin dentro de la sala.
Irys tenía otros planes. Me tomó del brazo y me llevó aparte.
—Éste no es el momento —me dijo.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Irys miró a su alrededor. Había cerca unos cuantos Consejeros que podían oírnos, así que ella eligió nuestra forma de comunicación mental.
«Cahil afirma que ha estado en una misión encubierta durante todo este tiempo», me explicó. «Dice que él no liberó a Ferde».
«¿Y por qué iban a creérselo los demás?».
«Porque Roze ha corroborado la historia».
Me quedé paralizada. Tenía la esperanza de haber entendido mal, pero su expresión sombría no cambió.
«Es peor todavía», prosiguió. «Cahil dice que sorprendió a Marrok rescatando a Ferde y que, después de interrogarlo, Cahil descubrió que Ferde iba a reunirse con otros. Cahil dice que lo siguió para descubrir qué tramaban».
«Eso es ridículo. Sabemos que Cahil golpeó a Marrok al averiguar el secreto de su verdadero nacimiento».
«Es la palabra de Cahil contra la de Marrok, porque no hay pruebas para saber quién liberó a Ferde. Sobre todo, porque no se puede interrogar a Ferde», dijo Irys. «Ya hablaremos más tarde de tus acciones, pero lo que averiguaras en la mente de Ferde no se puede usar como prueba».
«¿Por qué no?».
«Porque estabas involucrada emocionalmente con el Ladrón de Almas, y tu imparcialidad está bajo sospecha. Yo sé que no es cierto, pero cuando el Consejo descubrió lo que le habías hecho a Ferde, se confirmaron sus miedos por el hecho de que seas una Halladora de Almas, y las advertencias de Roze cobraron importancia».
Yo suspiré. También mis miedos se habían confirmado.
«¿Dónde está ahora Ferde?».
«En la cárcel de Citadel, esperando a que el Consejo decida qué hay que hacer con él. Yo creo que ejecutarlo sería un favor».
Su censura me dolió, y me sentí muy culpable. Me aparté a Ferde de la cabeza y me concentré en Cahil. Tenía que haber un modo de demostrarle al Consejo que estaba mintiendo.
«¿Dónde está Marrok? ¿Qué ha dicho?».
«Marrok está siendo interrogado. Dice que él no liberó a Ferde. No tenía motivos. Pero Cahil dice que Marrok quería acusarlo de la fuga para hacerse con el mando de los hombres de Cahil. Y también, que Marrok mintió y que él sí tiene sangre azul».
Me daba vueltas la cabeza. Cahil tenía respuesta para todo.
«Entonces, ¿para qué estaba Cahil viajando con Ferde?».
«Dice que era parte de la misión encubierta. Cuando alcanzó a Ferde, lo convenció para que le permitiera formar parte de sus planes. Cahil dice que, mientras él viajaba con los Daviian, consiguió que cambiaran de bando», explicó, y señaló a los Vermin con un discreto gesto.
«¿Ha contado que los Vermin usan la magia de sangre, y ha mencionado al Hechicero de Fuego?».
«No. Sin embargo, Leif intentó hacerlo. Tu hermano trató de desacreditar a Cahil, y muchos de los Consejeros pensaron que exageraba en cuanto a los Daviian. Por desgracia, la reputación de agorero de Leif ha ido en su contra».
«¿Y ha dicho Cahil lo que tienen planeado hacer los Vermin?».
«Según Cahil, los líderes Daviian se han aliado con el Comandante de Ixia, y juntos han fraguado el plan de asesinar a los miembros del Consejo y a los Magos Maestros y, en el caos subsiguiente, los Daviian se ofrecerán para ayudar a Sitia a luchar contra los ixianos. Sin embargo, no habrá guerra; la intención de los Daviian es en realidad transformar Sitia en una dictadura».
Aquello era exactamente lo que temía el Consejo desde que el Comandante se había hecho con el control de Ixia; sumado al mal sabor de boca que había dejado la visita del Embajador ixiano, tenía lógica que los Consejeros se inclinaran a creer a Cahil. Y yo no tenía pruebas para demostrar que estaban equivocados.
«¿Y mi instrucción?», pregunté.
Irys me miró con una expresión de profundo disgusto.
«El Consejo le ha dado a Roze permiso para evaluar tu participación en estos eventos, y para determinar el riesgo que representas para Sitia».
«Seguro que va a ser imparcial. ¿Yo tengo algo que decir sobre esto?».
«No, pero los otros Magos Maestros estarán allí como testigos. Todos excepto yo. Mi objetividad no es fiable debido a nuestra amistad».
El Hombre Luna y Tauno terminaron su conversación con Harun y se acercaron a nosotras.
«¿Te has enterado de la masacre de los Sandseed?», le pregunté a Irys.
«Sí. Es una noticia terrible, y le ha dado a Cahil más pruebas de la amenaza de los Daviian. El Consejo está preparando al ejército sitiano para la guerra contra Ixia».
Había sido demasiado bonito pensar que mi trabajo de Enlace entre los dos países hubiera podido evitar aquella guerra. Sin embargo, tenía que estar sucediendo algo más con los Vermin Daviian. Sabía que el Comandante nunca se aliaría con ellos. Usaban la magia de la sangre, y él no permitiría ni perdonaría el uso de ningún tipo de magia. Además, podía atacar a Sitia sin la ayuda de los Vermin. De nuevo, no tenía pruebas.
El Hombre Luna y Tauno se unieron a nosotras.
—Hay unos doce supervivientes Sandseed —dijo el Hombre Luna—. Vinieron a Citadel, y por el momento van a quedarse aquí. Sólo ha sobrevivido un Tejedor de Historias, aparte de mí. Es Gede, y con él debemos hablar sobre el Hechicero de Fuego —explicó, y le preguntó a Irys—: Dijiste que el Maestro Bloodgood tiene unos cuantos libros sobre Efe, ¿verdad?
—Sí —dije yo.
—Deberíamos examinarlos. Gede y yo volveremos a la Fortaleza mañana por la mañana —dijo el Hombre Luna. Se dio la vuelta y se alejó.
Yo lo observé con inquietud. Su actitud hacia mí había cambiado por completo desde que había intentado arrastrarme al mundo de las sombras. Actuaba como si yo fuera un caso perdido.
—Eso ha sido muy brusco —dijo Irys.
—Ha sido muy duro para él.
—Y para ti también. Cuéntame lo que ha ocurrido con el Hechicero de Fuego. Leif sólo me ha dado algunos detalles.
Yo le informé de todas nuestras aventuras mientras salíamos del edificio y nos dirigíamos hacia la Fortaleza.
A la mañana siguiente nos reunimos en el estudio de Bain Bloodgood. Ocupaba todo el segundo piso de su torre, y estaba lleno de estanterías, cuyas baldas rebosaban de libros. Había además una mesa y unas sillas de madera en el centro.
La tensión de la sala me presionaba la piel. El Hombre Luna se había sentado en una de las sillas y miraba con tristeza por la ventana. Yo también me sentía incómoda. La habitación me resultaba atestada incluso a mí.
Bain estaba sentado en su escritorio, y Dax Greenblade estaba junto a él. Dax era el pupilo de Bain, y tenía la habilidad única de leer los idiomas antiguos. Su ayuda para encontrar a Ferde y salvar a Gelsi había sido vital. Irys miraba al otro Tejedor de Historias con evidente antipatía. Gede había llegado con el Hombre Luna y se había abierto paso por la sala como si fuera suya. Era un hombre corpulento que se conducía con un aire de autoridad.
—Estos libros me pertenecen —dijo.
Se hizo el silencio. Dax me miró con incredulidad.
—Mi antepasado trabajó para prohibir el conocimiento de la magia de la sangre, y ahí está —prosiguió Gede, señalando los dos libros que había sobre la mesa de Bain—, para que todo el mundo pueda verlos y leerlos.
Irys intervino.
—Dudo que nadie, aparte del Maestro Bloodgood y Dax puedan entender ese idioma…
Gede la interrumpió.
—Es suficiente con que lo lea una persona para que se haga ideas y comience a experimentar. La magia de la sangre no es como las demás. Una vez que empiezas no puedes parar.
—Parece que los Vermin han descubierto la información sin estos libros —dije yo.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Gede, mirando a Dax con desconfianza—. Quizá alguien les haya estado pasando esa información.
Yo respondí a Gede antes de que Dax pudiera defenderse.
—Nadie de aquí. Además, tener estos libros puede ser una ventaja. Tu antepasado Guyan venció a los Efe, y quizá los libros contengan información sobre cómo contrarrestar la magia de sangre de los Vermin y cómo vencer al Hechicero de Fuego.
—Razón de más para dármelos —dijo Gede—. Los Sandseed encontrarán un modo de vencer a los Daviian. Después de todo, son problema nuestro.
—Ya no. Han pasado a ser problema de todos —dijo Bain—. Guardaremos aquí los textos. Puedes venir cuando quieras a estudiarlos con nosotros.
Sin embargo, Gede no cedió, y Bain tampoco. Finalmente, Gede se levantó para marcharse. Se detuvo ante mí y me observó con una mirada fría y calculadora.
—¿Sabías que Guyan era un Hallador de Almas? —me preguntó.
—No —respondí yo con sorpresa—. Pensaba que fue el primer Tejedor de Historias.
—Era ambas cosas. Tú no sabes nada de los Halladores de Almas —dijo, y le lanzó al Hombre Luna una mirada de desdén—. Tu educación es patética. Yo puedo enseñarte a ser una verdadera Halladora de Almas.
A mí me dio un vuelvo el corazón. La idea de aprender más sobre los Halladores de Almas me entusiasmaba y aterrorizaba a la vez.
Gede debió de percibir mi indecisión.
—No necesitas estos libros para vencer al Hechicero de Fuego.
Era demasiado bueno para ser cierto. Yo sabía que tenía que haber un truco.
—Supongo que me guiarás con consejos crípticos.
—¡Bah! —dijo Gede, y de nuevo, le lanzó al Hombre Luna una mirada molesta—. No hay tiempo para eso. ¿Te interesa?
La lógica luchó contra la emoción.
—Sí.
Ganó la emoción.
—Bien. Me alojo en las residencias de invitados de Citadel. Ven al anochecer. La luna ya habrá salido para entonces.
Gede salió de la habitación seguido del Hombre Luna.
Irys me miró con una ceja arqueada.
—No…
—Crees que sea la mejor decisión —dije yo—. Yo creo que debo lanzarme a la situación y esperar que todo salga bien.
Ella se alisó las mangas de la túnica y me miró fijamente.
—No confío en él.
Me entretuve a la salida de la torre de Roze, pensando. Aquella reunión con Bain, Zitora y ella podía ser una trampa. Ella podía tenderme una trampa para obligarme a confesar que yo estaba conspirando contra Sitia; también podía ser mi oportunidad para redimirme. Era agradable poder elegir.
Bain abrió la puerta y dijo:
—Vamos, niña. Hace frío fuera.
Seguí a Bain a casa de Roze. Había un gran fuego en la chimenea, escupiendo pavesas que habrían quemado la alfombra si Roze no las sofocara con su magia. Con el recuerdo de su ataque con el fuego grabado en la memoria, me senté en una silla de madera, tan lejos del hogar como pude.
Zitora, la Tercera Maga, estaba sentada en una butaca y tenía las manos entrelazadas en el regazo. Bain ocupaba un sillón muy cómodo; a juzgar por la molesta expresión de Roze, él debía de haberle quitado su asiento favorito.
—Yelena, has hecho jirones el alma de Ferde.
—Yo…
—No hagas comentarios hasta que yo haya terminado.
El tono severo de la voz de Bain me puso el vello de punta. Era el segundo mago más poderoso de la sala.
—Sí, señor.
Satisfecho, Bain continuó con su sermón.
—Tus acciones impetuosas han provocado el descontento del Consejo. Has perdido su confianza, y la información que descubriste a través de Ferde no es válida.
Yo intenté captar la mirada de Zitora, pero ella volvió la cara.
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—De ahora en adelante te mantendrás apartada de los asuntos de Sitia, mientras nos enfrentamos a la amenaza de los Daviian. Roze ha accedido a que trabajes con Gede para descubrir el alcance de tus poderes y evaluar de nuevo cómo puedes ayudarnos en el futuro —dijo Bain, y me hizo un gesto para que yo respondiera.
—¿Y Cahil? ¿Creéis lo que dice? —les pregunté.
—No hay pruebas de que haya mentido. La Primera Maga lo apoya.
—Él siempre ha sido egoísta —intervino Roze—. Sólo quiere una cosa. Ayudar a los Daviian en contra de Sitia perjudica sus aspiraciones. Necesita nuestra ayuda para lanzar la campaña de reclamar el trono de Ixia. Un país en mitad de una guerra civil no podría ayudarlo en absoluto.
La lógica razonable de Roze me preocupó más que enfadarme.
—¿Y el Hechicero de Fuego?
En aquel momento, una bola de fuego brillante salió de la chimenea y se situó sobre nosotros. Yo entrecerré los ojos para protegerme de la cruda luz. El calor de las llamas me abanicó la cara. Roze apretó un puño y la bola desapareció. Después abrió la mano, hizo un gesto y apagó el fuego del hogar, dejándonos en la penumbra.
—Soy la Primera Maga por una razón, Yelena. Mi habilidad más fuerte es el dominio del fuego. No tienes por qué temer al Hechicero de Fuego. Yo me enfrentaré a él —afirmó. Las llamas se prendieron. De nuevo, el calor y la luz emanaron de la chimenea.
Yo no pude evitar sentir escepticismo.
—¿De verdad crees que dejaría a los Daviian y al Hechicero de Fuego tomar el control de Sitia? Ellos no se ocuparían bien de mi país. No. Haré lo que pueda para mantenerlos alejados del poder, aunque eso incluya protegerte a ti del Hechicero de Fuego.
En aquel momento, me asusté de verdad.
—Me quieres muerta.
—Cierto. Eres una amenaza para Sitia, pero no tengo pruebas. No puedo obtener el permiso del Consejo para ordenar que te ejecuten. Pero cuando tenga las pruebas, serás mía.
Aquélla era la Roze que yo conocía y odiaba. Nos fulminamos mutuamente con la mirada.
Bain carraspeó.
—Hija, si haces caso de lo que dice el Consejo y trabajas con Gede Sandseed, recuperarás la confianza del Consejo.
Aprender más sobre mis poderes era algo que siempre había querido hacer. Ferde ya no era una amenaza, y el Consejo sabía lo que ocurría con los Daviian. Si deseaban creer a Cahil, ¿por qué debía importarme? El ejército del Comandante se impondría sobre Cahil. Yo había querido evitar la guerra, pero no tenía ninguna influencia sobre el Consejo. ¿Por qué no podía ser egoísta por una vez y mantenerme alejada de la política mientras aprendía más sobre mi capacidad mágica?
Accedí. Sin embargo, el ligero alivio que sentí no consiguió disipar mis dudas. El Hombre Luna me había dicho que iba a convertirme en esclava de otro, y aquello resonaba en mi cabeza.
Volví a la torre de Irys. Estaba preocupada y frustrada. Esperaba que los alardes de Roze fueran ciertos y pudiera controlar al Hechicero de Fuego. Los libros Efe de Bain contenían símbolos de poder y rituales de sangre, pero él no había descubierto nada para contrarrestarlos. Y no mencionaban a ningún Hechicero de Fuego.
Dax había traducido gran parte de los libros, pero aún le quedaban algunos capítulos. Iba a pasar la tarde trabajando en ellos.
Mi preocupación tenía otro motivo: un comentario que Dax me había hecho sobre Gelsi. Gelsi era la otra pupila de Bain, y había sido la última víctima de Ferde; yo había conseguido detenerlo a tiempo y había podido revivir el cuerpo de Gelsi y devolverle su alma.
—A decir verdad —me había contado Dax cuando le había preguntado por ella—, ha cambiado.
—¿En qué sentido? —le pregunté.
—Es más dura. Infeliz —respondió él con un gesto de impotencia—. Ya no disfruta de la vida. Está más preocupada con la muerte. Es algo difícil de explicar. El Maestro Bloodgood está trabajando con ella. Esperamos que sea algo que puede superar, y no algo permanente. Quizá tú pudieras hablar con ella.
Le' prometí que la visitaría.
Sin embargo, me quedé pensativa; yo había devuelto dos almas a los cuerpos de dos personas que habían muerto. Gelsi y Stono. Ambos habían vuelto cambiados. ¿Se debían las alteraciones de sus personalidades a algo que yo había hecho cuando había atrapado sus almas? Sentí impaciencia por averiguar más sobre mis capacidades de Halladora de Almas con Gede.
Con aquellos pensamientos mórbidos, llegué a mis habitaciones. Aunque tenía tres pisos, sólo disponía de muebles para uno: un armario, un escritorio, una cama y una mesilla de noche. Necesitaría hacer alguna compra cuando tuviera tiempo. En aquel momento, encontrar almas era más importante que encontrar cortinas. Entonces podría convertirme en Yelena, la poderosa Halladora de Cortinas. Capaz de decorar una habitación en una hora.
Me eché a reír.
—¿Qué te resulta tan divertido? —me preguntó una voz que me derritió el corazón.
Valek estaba apoyado en el quicio de la puerta, de brazos cruzados, como si me visitara todos los días. Iba vestido con ropa de los sirvientes de la Fortaleza, una túnica y unos pantalones grises.
—Estaba pensando en unas cortinas —dije mientras me acercaba a él.
—¿Y las cortinas son divertidas?
—En comparación con mis otros pensamientos sí, las cortinas pueden ser divertidas. Pero vos, señor, sois lo mejor que me ha ocurrido en todo el día, toda la semana, y ahora que lo pienso, toda la estación.
En dos pasos estaba entre sus brazos.
—Y éste es el mejor recibimiento que me han hecho en todo el día.
Me imaginaba en qué se había estado ocupando. Su habilidad para entrar en cualquier edificio sin que lo detectaran lo convertía en uno de los hombres más temidos de Sitia. Y su inmunidad a la magia aterrorizaba a los Magos Maestros. Era la mejor arma del Comandante Ambrose contra ellos.
—¿Quiero saber por qué estás aquí? —le pregunté.
—No.
Yo suspiré.
—¿Debería saber por qué estás aquí?
—Sí. Pero no ahora.
Se inclinó y me besó, y el motivo ya no tuvo importancia.
El sol del atardecer me despertó. Recordé que debía ir a la reunión con Gede. Le di un suave codazo a Valek para despertarlo. Nos acurrucamos bajo las mantas para protegernos contra el aire helado.
Valek se movió para levantarse.
—Voy a encender la chimenea…
—¡No! —le dije, agarrándolo por el brazo.
Él me miró con preocupación. Yo me maravillé con el color azul zafiro de sus ojos, con su piel pálida.
—Vas a tener que ponerte de nuevo el maquillaje oscuro —le dije, apartándole de la cara un mechón de pelo negro.
Él me agarró la mano.
—Buen intento, pero tú vas a decirme por qué no quieres que encienda el fuego.
—Sólo si tú me dices por qué estás aquí.
—De acuerdo.
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Yo le conté lo que había ocurrido con Cahil, Ferde y el Hechicero de Fuego.
—Es absurdo pensar que el Comandante esté aliado con esos Vermin —me dijo Valek pensativamente—. Así que el aspirante a rey ha preferido hacer caso omiso de la verdad de sus orígenes. Tienes que admitir que su habilidad para embaucar a todo el Consejo es impresionante.
—No a todo el Consejo. Irys no cree a Cahil, y yo estoy segura de que hay más. Pero no importa. No es cosa mía. Me han dicho que sea una buena estudiante y que me preocupe de mis asuntos.
Valek resopló.
—Y tú vas a hacer caso.
—He accedido.
Él estalló en carcajadas.
—Tú, ¿preocuparte sólo de tus asuntos? —me dijo Valek, que hizo una pausa para tomar aliento—. Llevas en mitad de los problemas desde que te convertiste en catadora de alimentos del Comandante, mi amor. Nunca te alejarás.
Esperé hasta que él se limpió las lágrimas de las mejillas.
—Esto es distinto —le dije—. Entonces no me quedaba otra opción.
—¿Y ahora sí?
—Sí. Dejaré que el Consejo se ocupe de esos Vermin y me quedaré aparte.
—Pero sabes que no pueden vencerlos.
—No quieren que yo les ayude.
La expresión de Valek se volvió grave. Tenía un brillo duro en la mirada.
—¿Qué ocurriría si ganaran los Vermin?
—Me quedaría contigo en Ixia.
—¿Y tus padres? ¿Leif? ¿El Hombre Luna? ¿Irys? ¿Irían contigo? ¿Y qué ocurriría cuando esos Hechiceros de increíble poder decidieran seguirte a Ixia? ¿Qué harías entonces? —me preguntó, mirándome fijamente—. No puedes permitir que el miedo que sientes hacia el Hechicero de Fuego te impida…
Yo reaccioné.
—El Consejo me lo ha impedido. Ellos son quienes están en contra de mí.
Además, yo no quería pensar en mi familia. Todos eran adultos que podían cuidar de sí mismos. Entonces, ¿por qué tenía aquel sentimiento de culpabilidad, tan fuerte que me encogía el corazón?
—Has dicho que había unos cuantos Consejeros de tu lado. Cuando el Consejo oiga la confesión de Marrok esta noche, creerán tu versión con respecto al aspirante a rey.
—¿Cómo sabes lo de Marrok?
Irys me lo había contado aquella mañana. Yo le había rogado que me permitiera asistir al interrogatorio, pero me había dicho que la sesión era cerrada, sólo para Consejeros.
Valek recuperó una expresión divertida.
—Los sirvientes. Su red de información es superior a la de un cuerpo de espías profesionales —me dijo, y agregó—: Esta noche te contaré lo que ocurra en la sesión.
—¡Gusano! Es una reunión cerrada. Sólo tú serías capaz de infiltrarte.
—Ya me conoces, amor.
—Lo sé. Te encantan los desafíos y eres un gallito.
Él sonrió.
—Yo no lo describiría así. Se necesita un poco de confianza en uno mismo, sobre todo en mi profesión —dijo, y se puso serio—. Y en la tuya.
Yo hice caso omiso de su comentario.
—Hablando de trabajo, hemos hecho un trato. ¿Por qué has venido?
Él estiró los brazos por encima de la cabeza y bostezó, fingiendo que sopesaba la respuesta.
—Valek —le advertí, dándole con el codo en las costillas—. Dímelo.
—El Comandante me ha enviado a Sitia.
—¿A qué?

—A asesinar al Consejo sitiano.

Capítulo 15

El arco de Tauno vibró, y yo grité:
—¡Hay que marcharse!
Kiki estaba suelta, pero había dos Sandseed agarrando las bridas de Garnet. Miré hacia detrás y vi que el Vermin más rápido estaba a sólo cinco metros de nosotros.
Saqué mi arco de la mochila mientras Kiki se daba la vuelta. Ella utilizó las patas traseras para mantener ocupados a los Vermin mientras yo le daba un golpe con un extremo del arco a uno de los Sandseed que sujetaba a Garnet. Me sentí mal por hacerlo; el hombre cayó al suelo. Probablemente, lo habían obligado a emboscarnos. Sin embargo, no permití que los sentimientos me impidieran deshacerme del otro hombre que sujetaba a Garnet.
—¡Vamos! —grité otra vez.
Ni siquiera con la cimitarra del Hombre Luna, las flechas de Tauno y mi arco podíamos enfrentarnos a los Vermin. Eran muchos. Sólo era cuestión de tiempo que nos vencieran. En un caos de cascos, gritos y choques de metal, los caballos salieron del campamento Sandseed y galoparon con su paso de ráfaga de viento.
Viajamos durante toda la noche para alejarnos lo más posible de los Vermin. Poco a poco, los caballos aminoraron el ritmo con las cabezas agachadas y la piel sudorosa, jadeando. Sólo quedaban un par de horas de oscuridad. Desmontamos y les quitamos las sillas. Mientras yo hacía caminar lentamente a los animales para que se enfriaran, Tauno y el Hombre Luna buscaron leña.
Nadie dijo una palabra. La conmoción del ataque aún tenía que pasar. Lo que significaba aquella emboscada era demasiado horrible como para pensarlo en aquel momento.
Comimos otro estofado de conejo en silencio. Yo pensaba en nuestro próximo movimiento.
—Los ancianos… —dijo el Hombre Luna. Su voz sonó alta en la oscuridad de la noche.
—Todavía están vivos —dijo Tauno—. Por ahora.
—¿Los matarán? —pregunté yo. Me estremecí al recordar todas aquellas calaveras secándose.
—Ya han tendido la trampa. No los necesitan más —respondió el Hombre Luna, pero después reconsideró sus palabras—. Quizá los conserven como esclavos. Los Vermin son vagos en lo que se refiere a las tareas domésticas.
—¿Crees que ha escapado alguien de vuestro clan?
—Quizá. Sin embargo, se habrían marchado de la llanura —dijo el Hombre Luna—. Los Sandseed ya no controlan la magia protectora de las Llanuras de Avibian. Quedarse dentro de sus límites sería muy peligroso para ellos. En este momento, los Vermin están usando la protección para mantener su presencia en secreto, pero ahora que han escapado, creo que la usarán para encontrarnos. Quizá para atacarnos con la magia.
—Entonces no deberíamos entretenernos. ¿Hay modo de saber si nos encuentran?
Decidimos crear una barrera para que nos avisara de un posible ataque, y ensillar a los caballos para poder hacer una huida rápida. Cuando los animales estuvieron listos, el Hombre Luna y yo tejimos hilos de poder a nuestro alrededor para formar el escudo. Sin embargo, la protección que acabábamos de crear sólo duraría unas cuantas horas, el tiempo suficiente para que los caballos pudieran descansar.
—¿Y qué haremos después? —pregunté. Sin embargo, el Hombre Luna me miró a mí, y yo recordé los comentarios de Leif sobre mi papel de líder. Respondí mi propia pregunta—. Saldremos de la llanura. Iremos a Citadel e informaremos al Consejo de lo que está ocurriendo con los Vermin.
—Esperemos que ya lo sepan —dijo el Hombre Luna con una expresión de tristeza—. Los sobrevivientes Sandseed habrán ido a Citadel —añadió, y la emoción le quebró la voz—. Si es que ha sobrevivido alguien.
Al amanecer, salimos hacia el noroeste. Cuando estuvimos a dos horas del límite de la llanura, nos detuvimos a descansar nuevamente. Terminé de cepillar a los caballos y atenderlos, y percibí el olor del estofado que se estaba haciendo en el horno.
Tauno estaba sentado junto a la olla. Tenía los hombros hundidos, como si estuviera soportando un gran peso, y su mirada estaba fija en el suelo. No había pronunciado más que unas cuantas palabras desde el día anterior. Quizá se sintiera culpable por llevarnos a una emboscada; yo pensé en si debía hablar con él, pero seguramente estaría más cómodo hablando con el Hombre Luna. Me pregunté si el Hombre Luna era su Tejedor de Historias. Todos los Sandseed tenían un Tejedor de Historias que los guiaba y los aconsejaba en la vida.
Yo miré a mi alrededor y me di cuenta de que el Hombre Luna no había vuelto de recoger leña, aunque había una pila de ramas junto al fuego de cocinar.
—Tauno, ¿dónde está el Hombre Luna? —le pregunté.
Tauno ni siquiera levantó la cabeza al responder.
—Lo han llamado del mundo de las sombras.
—¿Lo han llamado? ¿Eso significa que hay otro Tejedor de Historias que ha sobrevivido al ataque Vermin?
—Tendrás que preguntárselo a él.
—¿Cuándo volverá?
Tauno hizo caso omiso del resto de mis preguntas. Frustrada, di una vuelta por la zona, buscando al Hombre Luna, y encontré su ropa en el suelo, en un montón. Cuando me volvía para ir hacia el fuego, me choqué con él.
Sobresaltada, me tambaleé. El Hombre Luna me agarró por los brazos para evitar que me cayera.
—¿Dónde has estado? —le pregunté.
Él me miró con una intensidad alarmante. En sus ojos castaños ardía un fuego azul. Intenté moverme, pero no me soltó.
—Están muertos —me dijo—. Los Tejedores de Historias y los Sandseed han muerto. Sus almas penan en el mundo de las sombras.
Él me apretó los brazos.
—Estás sufriendo…
—Puedes ayudarlos.
—Pero yo no…
—Niña egoísta. Prefieres perder tus habilidades antes que usarlas. Y eso es lo que ocurrirá. Te convertirás en esclava de otro.
Aquellas palabras fueron como una bofetada para mí.
—Pero si he estado usándolas todo el tiempo.
—Cualquiera puede sanar. Tú, sin embargo, ocultas tu verdadero poder, y otros sufren por ello.
Yo me sentí herida e intenté soltarme, pero él no me lo permitió. Para no tener que hacerle daño, entré en su mente. Estaba rodeado de gruesas cuerdas de poder gris. El mundo de las sombras aún poseía su mente. Mis esfuerzos por cortar aquellas cuerdas fracasaron.
—El mundo de las sombras nos llama.
El Hombre Luna comenzó a desvanecerse. Mi cuerpo se hizo traslúcido. Él tenía planeado llevarme a un lugar donde temía que no pudiera utilizar mi magia. Tomé la navaja de mi bolsillo y le hice un corte en el estómago. El Hombre Luna se estremeció y me soltó. Después cayó al suelo y se acurrucó de costado.
Yo miré su cuerpo inmóvil. El poder gris se había disipado, pero no estaba segura de cuál era su estado mental. Quizá la conmoción y la pena hubieran sido demasiado para él. Era difícil de creer. Desde que yo lo conocía, era una presencia calmada y sólida en mi vida.
Me arrodillé a su lado. La sangre le brotaba de la herida. Tiré de los hilos de poder y me concentré en su estómago. El corte latía con una luz roja, y yo noté que comenzaba a formárseme una línea de dolor en el estómago. Me acurruqué en el suelo, concentrándome en la herida. Mi magia reparó la lesión.
Cuando terminé, el Hombre Luna me tomó de la mano. Yo intenté zafarme, pero él me apretó. Mi cuerpo se tensó cuando las imágenes de los cuerpos decapitados me anegaron la mente. Se acercaron y me rodearon con un hedor a carne muerta, mientras me exigían venganza. Sentí un tirón y vi una escena de la batalla. La sangre de los muertos empapaba la arena. Había cuerpos mutilados tendidos por el suelo de maneras irreverentes, abandonados a los buitres.
El Hombre Luna se sentó, y yo intenté separar mis manos de las suyas. Él me miró a los ojos.
—¿Es eso lo que has visto en el mundo de las sombras? —le pregunté.
—Sí —dijo.
Tenía una mirada de terror. Estaba viendo nuevamente aquellas atrocidades.
—Dame los recuerdos —dije, y noté su renuencia—. No los olvidaré.
—¿Los ayudarás?
—¿Tú no puedes hacerlo?
—Yo sólo puedo ayudar a los vivos.
—¿Vas a decirme cómo?
—Tú no quieres aprender. Te has negado a ver lo que está a tu alrededor.
—No has respondido a mi pregunta.
El dolor contorsionó su rostro, y la luz de sus ojos se apagó. No podría funcionar sabiendo las cosas tan terribles que había sufrido su pueblo.
—Dámelos. Yo intentaré ayudarlos, pero no ahora mismo.
El Hombre Luna liberó el caos emocional de sus visiones. No podría olvidar las imágenes, pero ya no lo estrangularían más. Yo encerré su pena, su angustia y su sentimiento de culpabilidad en mi alma.
Después, él me soltó la mano y se puso en pie.
—¿Es cierto lo que has dicho sobre mi futuro? —le pregunté.
—Sí. Te convertirás en esclava de otro.
Terminó con la conversación y volvió hacia el campamento.
Comimos el estofado en silencio. Después recogimos nuestras cosas, montamos y continuamos hacia la frontera de las Llanuras de Avibian. Cuando llegamos a la carretera que había entre las llanuras y los campos del clan Greenblade, tomamos el camino hacia el norte, a Citadel. A aquellas horas, el camino estaba vacío.
Estar fuera de la llanura nos proporcionó una sensación de seguridad, pero yo quise avanzar un poco más antes de que paráramos para pasar la noche.
Los tres días siguientes pasaron muy despacio. Apenas hablamos durante el camino. Yo no dejaba de pensar en el comentario sobre mi futuro que había hecho el Hombre Luna, y me sentía nerviosa. Quería saber quién iba a obligarme a ser su esclava, y cuándo, pero sabía que el Hombre Luna sólo iba a hacerme un comentario misterioso y que yo no sería lo suficientemente inteligente como para entenderlo. El aire se volvía frío y húmedo a medida que avanzábamos hacia el norte, y una noche comenzó a llover. Nuestro caminar se hizo penoso.
Al ver los muros de mármol blanco de la ciudad, al tercer día, espoleé a Kiki para que galopara. Llevaba fuera de la Fortaleza dieciocho días, y echaba de menos a Irys, mi mentora, la que respondía a mis preguntas con claridad, y también a mis amigos.
Cuando cruzamos las puertas de la entrada sur, nos dirigimos hacia el edificio de la Asamblea del Consejo, que estaba situada junto a los otros edificios gubernamentales. Después de dejar a los caballos en el establo, entramos en el vestíbulo.
Un guardia nos informó de que acababa de terminar una reunión del Consejo, y que deberíamos entrar antes de que los Consejeros se marcharan. Al entrar en la Gran Sala, vi a Irys hablando con Bain Bloodgood, el Segundo Mago. Había pequeños grupos de Consejeros y asesores hablando con voces ásperas y estridentes. Me di cuenta de que la reunión no había ido bien, y sentí miedo.
El Hombre Luna y Tauno fueron directamente a hablar con su Consejero, Harun Sandseed. Yo me quedé atrás; no quería interferir en los asuntos de su clan. Irys vino apresuradamente a saludarme. Tenía una expresión severa de Cuarta Maga. Estaba preocupada. Entonces, al mirar a los grupos de Consejeros, descubrí la razón de su inquietud.

Cahil estaba con Roze Featherstone y otro Consejero. Él se reía y hablaba como si no hubiera sucedido nada.

Capítulo 14

Con las armas apuntadas hacia nosotros, los Vermin y Cahil se desplegaron bloqueando la puerta. Dos de los Vermin llevaban cimitarras, otros dos tenían espadas y el quinto llevaba una cerbatana pegada a los labios.
—Que todo el mundo mantenga la calma —ordenó Cahil.
Su larga y ancha espada era una amenaza impresionante. La gente de la sala se mantuvo en sus asientos. La mayoría eran comerciantes, no había ningún soldado entre ellos.
Cahil se había dejado crecer el pelo rubio hasta los hombros, y lo llevaba suelto. Aparte de eso, estaba igual. Llevaba la misma ropa de viaje gris oscuro, las mismas botas de montar negras, tenía los mismos ojos azul claro y la misma expresión de odio en el semblante.
—Mi amigo quiere intercambiar a Marrok por Yelena —dijo Cahil, e inclinó la cabeza hacia Ferde. Yo me di cuenta de que usaba la palabra amigo. ¿Cómo podía decir que aquella criatura era su amigo?
El Ladrón de Almas llevaba una túnica y unos pantalones que ocultaban la mayor parte de los tatuajes rojos de su cuerpo. Tenía una cimitarra en una mano y una cerbatana en la otra, y me miraba con frialdad. Pese a su cuerpo fuerte y ágil, yo me di cuenta de que su magia continuaba siendo débil. Sin embargo, sentí una punzada de miedo en el estómago.
—Espero que tengáis unos cuantos Hechiceros más en el grupo —le dije a Cahil—. El Ladrón de Almas no está en condiciones de enfrentarse a tres magos.
—Quizá haya fracasado en mi búsqueda de poder —intervino Ferde—. Sin embargo, ahora sirvo a otro que ha aprendido la magia de la sangre.
El sonido de las llamas rugiendo en la chimenea me alcanzó antes que el calor. Miré hacia atrás y me di cuenta de que la hoguera había crecido. Sentí un terror que me empujaba a actuar antes de que apareciera el Hechicero de Fuego.
Le envié un hilo de poder al Hombre Luna.
«Tú ataca al hombre de la cerbatana. Yo me ocuparé de Ferde», le dije. Él accedió. «Leif», dije, «ataca al hombre que está sobre Marrok y después entretén a Cahil».
«¿Cuándo?», me preguntó él.
—¡Ahora! —grité.
Entonces, proyecté mi mente hacia Ferde, pasé sus barreras mentales y tomé control de su cuerpo. Fue un movimiento de defensa propia que había aprendido cuando Goel me atrapó. Me había encadenado y a mí no me quedaba más recurso que usar la magia. Había enviado mi alma al interior del cuerpo de Goel.
Cuando Ferde se dio cuenta de que lo había invadido, concentró toda su energía en expulsarme. Yo hice caso omiso de sus esfuerzos. Él me amenazó con matarme de la misma manera en que había acabado con sus víctimas.
Me atravesaron los recuerdos. Oí los gritos. Sentí el olor a sangre rancia y tuve visiones de mutilaciones. Los deseos negros de poder y dominación que Ferde satisfacía a través de la tortura y la violación me causaron repugnancia.
Para detenerlo, atrapé su alma y la estrujé, exponiendo sus miedos más profundos y los eventos que habían causado aquella adicción al poder. El tío favorito que lo había atado y había abusado de él. La hermana mayor que lo había atormentado. El padre que lo despreciaba. La madre, en la que él había confiado y a quien le había contado lo ocurrido, y que lo había enviado a vivir de nuevo a casa de su tío como castigo por mentir.
Quizá un Tejedor de Historias hubiera podido ayudar a Ferde a desentrañar los nudos de las hebras de su vida, pero yo las arranqué y las separé, rompí los hilos. Él se convirtió de nuevo en una víctima indefensa. Yo examiné su memoria para obtener todos los detalles, toda la información sobre los Daviian Vermin. Cuando terminé, miré a mi alrededor por sus ojos.
Mi cuerpo estaba tendido en el suelo, en coma. El Hombre Luna luchaba contra un Vermin. Cahil estaba atacando a Leif, cuyo machete no era suficiente para defenderse. En poco tiempo tendría que rendirse. Tauno y Marrok luchaban contra los demás Vermin, y la gente de la posada había organizado una fila para echar agua sobre el fuego.
Aunque el tiempo que pasé con Ferde me pareció una eternidad, sólo habían pasado unos segundos. Yo alcé la cerbatana que el Ladrón de Almas llevaba entre las manos y disparé dardos impregnados con curare. Primero, a Cahil, y después a los Vermin. Así terminé con la lucha.
El agua no iba a terminar con el Hechicero de Fuego, pero sus cohortes estaban neutralizados, así que abandonó la batalla.
—La próxima vez, mi pequeño murciélago —me dijo.
El fuego murió con un siseo, y dejó una voluta de humo aceitoso.
Yo volví a mi cuerpo. Tenía la sensación de que los miembros me pesaban una tonelada cada uno. Leif me ayudó a ponerme en pie.
La señora Floranne se acercó. Se agarró el delantal entre las manos y lo retorció.
—¿Qué hacemos?
—Envíen a alguien a buscar a los guardias de la ciudad. Necesitaremos ayuda para transportar a los prisioneros a Citadel —dije yo.
Ella envió al mozo del establo.
—¿Todos han recibido un dardo con curare? —me preguntó Leif.
Yo miré a Ferde. Se había desplomado en el suelo.
—Todos menos uno. He examinado su alma y no volverá a causarnos problemas.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Nunca.
—¿Y crees que eso ha sido sabio? —inquirió el Hombre Luna. Su cimitarra estaba llena de sangre, y tenía cortes en el pecho—. Podías haber obtenido el mismo resultado sin dañar su mente.
—Yo…
Leif saltó en mi defensa.
—Espera; si tú hubieras tenido la oportunidad, lo habrías decapitado. Además, se lo merecía. Y no importa, de todos modos. Roze le habría hecho lo mismo en cuanto hubiéramos llegado a Citadel. Lo único que ha hecho Yelena ha sido ahorrar tiempo.
Yo sentí pequeños dardos de miedo en el corazón. Aquellas palabras de Leif me resonaron en la mente. «Roze le habría hecho lo mismo». Tenía razón. Me sentí entumecida; ni siquiera me había parado a sopesar las consecuencias de mis acciones.
No te interpongas; soy la todopoderosa Halladora de Almas. Me sentí asqueada. Los libros de historia no hablaban bien de los Halladores de Almas. Quizá Roze y los Consejeros tuvieran razón al sentir miedo hacia mí. Después de lo que acababa de hacerle a Ferde, temí que pudiera convertirme en una déspota hambrienta de poder.
—Tenemos que marcharnos lo antes posible —dijo el Hombre Luna.
Nos habíamos reunido en la sala común de la posada otra vez. Los guardias de la ciudad habían puesto a Cahil y a los demás bajo custodia el día anterior. Habíamos pasado el día explicándoles a los guardias quiénes eran Cahil y su grupo, y la tarde intentando convencerlos de que enviaran a los prisioneros ante el Consejo. Leif y Marrok acompañarían a los guardias aquella mañana. Yo tenía intención de ir con el Hombre Luna y Tauno a las tierras de los Sandseed, a las Llanuras de Avibian.
—Estás preocupado por tu clan —dije.
—Sí. Y también pienso que necesitamos aprender más sobre el Kirakawa, el Hechicero de Fuego y tus habilidades antes de que tengamos otro encontronazo con los Vermin.
—Pero tu clan ha olvidado los detalles. ¿Cómo vas a aprender más?
—Podemos consultarle a Gede. Es otro Tejedor de Historias, pero también es descendiente de Guyan, y quizá tenga información.
El Hombre Luna me robó mi magdalena y se la comió.
Después de desayunar, todos preparamos el equipaje y nos pusimos en camino. Leif y Marrok montaron sobre Rusalka y se dirigieron hacia la guarnición de la ciudad. Marrok tomaría prestado el caballo de uno de los guardias para el viaje hacia Citadel.
Los demás fuimos hacia el este por las abarrotadas calles de Booruby. Tauno compartía la silla de Kiki conmigo, y el Hombre Luna montaba sobre Garnet.
Cuando llegamos a las Llanuras de Avibian, los caballos comenzaron a galopar con su paso de ráfaga de viento, y viajamos hasta que el sol se puso. Entonces, nos detuvimos a descansar en una parte inhóspita de las llanuras. Sólo había unas briznas de hierba en la arena, y no veíamos ningún árbol que diera leña para encender una hoguera. Tauno reconoció la zona en cuanto desmontó.
El Hombre Luna sacó de su bolsa unas nueces de aceite que le había dado Leif. Era uno de los descubrimientos de mi padre. Las nueces de aceite arderían el tiempo suficiente como para calentar el agua para hacer un estofado.
El Hombre Luna y yo atendimos a los caballos. Después, Tauno volvió con un par de conejos que había cazado con su arco y los despellejó para cocinarlos.
Cuando hubimos cenado, le pregunté al Hombre Luna por Guyan.
—¿Qué ocurrió con los dirigentes Efe?
—Hace unos dos mil años, la gente de la tribu nómada de los Efe era pacífica. Seguían al ganado y al tiempo —me respondió él. Se recostó en la silla de Garnet, y se animó según continuaba con el relato—. Antes de convertirse en miembro oficial de la tribu, una persona joven tenía que hacer una peregrinación de un año y llevar una historia nueva a la tribu. Se cuenta que Hersh se marchó durante muchos años, y cuando volvió, llevó consigo el conocimiento de la magia de la sangre. Al principio, enseñó a unos cuantos magos Efe, llamados Guerreros, a potenciar su poder. Eran ritos pequeños que requerían una gota de su propia sangre. El poder adicional se disipaba cuando la tarea se había completado. Entonces, Hersh les mostró cómo mezclar la sangre con tinta e inyectársela en la sangre. De ese modo, el poder no se disipaba, y se convertían en Guerreros más fuertes. Pronto descubrieron que usar la sangre de otro era incluso más potente. Y la sangre del corazón, extraída de las cámaras, era increíblemente fortalecedora.
El Hombre Luna se movió un poco para ponerse más cómodo y miró hacia el cielo negro.
—El problema es que usar la magia de la sangre se convierte en algo adictivo. Aunque los Guerreros Efe eran poderosos, querían serlo incluso más. No mataban a los miembros de su propio clan, pero sí buscaban víctimas entre sus vecinos. No querían cuidar del ganado y buscar comida, así que les robaban a los demás lo que necesitaban. Esto continuó durante mucho tiempo. Y habría continuado si un Efe llamado Guyan no hubiera detenido a los Guerreros. Él mantuvo pura su magia, y se sentía horrorizado por todo lo que estaba viendo. Organizó una resistencia. Los detalles de la batalla se perdieron con los tiempos, pero la cantidad de magia que se obtuvo de la manta de poder fue tanta que derribó las Montañas Daviian y rasgó la manta. Cuando todo terminó. Guyan reunió a los miembros supervivientes de clan y estableció el papel de los Tejedores de Historias, que ayudaron a curar a la gente y a arreglar el manto de poder.
El Hombre Luna se quedó callado y bostezó.
Yo comparé su narración con lo que sabía de la historia de Sitia.
—¿Se puede arreglar de verdad la fuente de poder?
—Guyan fue el primer Tejedor —dijo Tauno—. Tenía poderes increíbles, con los que podía arreglar la fuente de poder. Nadie más ha mostrado esa capacidad desde entonces.
El Hombre Luna asintió.
—La manta no es perfecta. Tiene agujeros, rasgaduras… Quizá llegue un momento en el que se desgastará por completo, y la magia será algo pasado.
Sonó un chasquido del fuego. Yo me sobresalté. La última de las nueces de aceite de Leif se apagó y nos dejó a oscuras. Tauno se ofreció para hacer el primer turno de vigilancia; el Hombre Luna y yo nos acostamos.
Yo me quedé despierta, temblando, pensando en la fuente de poder. Cuando había averiguado la existencia de aquellos agujeros, llamados Vacíos, me había llevado una desagradable sorpresa. Alea Daviian me había arrastrado a una zona sin poder para torturarme y matarme. Al ser incapaz de acceder a mi magia, yo había quedado indefensa. Sin embargo, a pesar de que me ató de pies y manos, no me había registrado por si llevaba armas, y yo pude usar la navaja para escapar.
Alea también quería recoger mi sangre, y me pregunté si tenía pensado llevar a cabo el ritual de Kirakawa conmigo. Supuse que nunca lo sabría. No podía preguntárselo a una mujer muerta. ¿O sí? La mente se me llenó de imágenes de espíritus que flotaban sobre mí, y me sentí como si estuviera envuelta en una capa de hielo.
A la mañana siguiente tomamos un desayuno frío de fiambre y queso. El Hombre Luna había calculado que llegaríamos al campamento principal de los Sandseed a última hora de la tarde.
—He intentado ponerme en contacto con los ancianos —dijo el Hombre Luna—, pero hay una fuerte barrera de magia protectora alrededor del campamento. O mi gente ha conseguido rechazar a los Vermin y ese escudo es un seguro contra otro ataque, o los Vermin han tomado el control y se están defendiendo.
—Esperemos que ocurra lo primero —dije yo.
Seguimos cabalgando durante casi todo el día. Sólo nos detuvimos para que descansaran los caballos. Antes de llegar al punto en que seríamos visibles desde el campamento, volvimos a parar. Tauno iba a reconocer el terreno e iba a informarnos.
Se quitó de la espalda el arco y las flechas y se echó agua por la ropa. Después rodó por el suelo arenoso, y los granos se le pegaron al cuerpo. Se camufló tan bien que pronto se desvaneció ante nuestra mirada.
Mientras el Hombre Luna se mantenía sereno, yo estuve paseándome de un lado a otro con nerviosismo hasta que Tauno volvió.
—El campamento es seguro —dijo—. Si salimos ahora, llegaremos antes de que anochezca.
Mientras nos preparábamos para irnos, nos contó lo que había visto.
—Todo me ha parecido normal. Yanna lavaba la ropa y Jeyon estaba desollando una libre. Me acerqué y vi a los ancianos hablando alrededor del fuego. Los niños estaban aprendiendo sus lecciones, y los jóvenes practicando con las espadas de madera. Había muchas cabezas secándose al sol.
—¿Cabezas? —pregunté yo.
—Nuestros enemigos —respondió el Hombre Luna con naturalidad, como si decorar con cabezas de decapitados fuera lo más normal del mundo.
—Es buena señal —prosiguió Tauno—. Significa que hemos ganado la batalla.
Sin embargo, Tauno no estaba feliz.
—¿Has hablado con alguien? —le pregunté.
—Sí. Jeyon me dijo que todo iba bien. No quería dejar pasar la luz del día enterándome de los detalles —dijo, y miró al cielo—. Nos esperan una comida caliente y un buen fuego.
Yo estaba de acuerdo. Tauno subió conmigo a lomos de Kiki y el Hombre Luna montó a Gamet. Alegres, bromeamos y galopamos hacia el campamento Sandseed.
Estaba terminando de ponerse el sol cuando las tiendas blancas del campamento aparecieron ante nuestra vista. Había muchos Sandseed alrededor del fuego, y percibí un rico aroma a estofado de carne. Escudriñé la zona con mi magia, pero sólo sentí la fuerte protección de la que había hablado el Hombre Luna.
Cuando crucé la barrera mágica, me preparé. Incluso Tauno se aferró con fuerza a mi cintura. Sin embargo, la escena no cambió. Los Sandseed continuaban allí. Se nos acercaron tres hombres y dos mujeres cuando detuvimos los caballos, pero el resto continuó con su trabajo.
Las mujeres tenían cara de preocupación o pena. Debía de haber habido bajas entre los Sandseed. Los hombres agarraron las bridas de los caballos. Aquello me pareció extraño, porque ellos adiestraban a los animales para que se mantuvieran quietos. Kiki retrocedió. Yo me agarré a sus crines cuando ella echó hacia atrás la cabeza para evitar que los Sandseed la agarraran.
«Mal olor», me dijo.

La luz del fuego se reflejó en el acero. Me di la vuelta justo en el momento en que una masa de Vermin Daviian bien armados salía de las tiendas.

Capítulo 13

—¿Crees que nos atacarán aquí? —preguntó Leif.
Yo miré el fuego que calentaba la sala de la posada. ¿Se arriesgaría el Hechicero de Fuego a que lo vieran el resto de los huéspedes?
—Podrían observar el edificio y atacarnos —dijo el Hombre Luna.
—Vaya una idea más halagüeña —murmuró Leif.
Yo me puse en contacto con Kiki. Ella estaba durmiendo en el establo, pero se despertó rápidamente. Si había Vermin alrededor de la posada, los demás caballos y ella se disgustarían.
«¿Olor?», le pregunté.
«Noche. Paja. Heno dulce», dijo ella.
Todo bien por el momento.
«¿Kiki ayuda? Vigila. Escucha. Huele para ti».
«¿Y si te cansas?».
«Rusalka. Garnet. Turnos».
«Buena idea. Yo bajaré y abriré la puerta del establo».
«Dama Lavanda no baja. Kiki abre».
Yo sonreí, recordando cómo ella había quitado el cerrojo de su compartimiento de los establos de la Fortaleza cuando Goel, uno de los hombres de Cahil, me había atacado. Goel no la había visto. Probablemente, no supo qué fue lo que le golpeó hasta que recuperó el conocimiento entre las tablas rotas de la valla de la pradera.
—¿Yelena? ¿Hola? —dijo Leif, y me dio un codazo.
—Estoy aquí.
—¿Qué vas a hacer? —me preguntó Leif.
—Es demasiado tarde como para hacer otra cosa. Kiki y los caballos vigilarán el exterior del edificio y me avisarán si se acerca alguien. Hombre Luna, ¿cuántas entradas tiene este edificio?
—Dos. La principal, que conduce a la calle, y una trasera, por la cocina.
—¿Y arriba? ¿Hay otra escalera que sube desde la cocina?
—Sí, pero podemos cerrar la puerta. Da a nuestro pasillo.
—Bien. Haremos turnos de dos horas de vigilancia. Necesito descansar después de sanar las heridas de Tauno, así que yo no haré el primer turno. El Hombre Luna puede empezar, seguido de Leif, Tauno y yo.
Dejamos al Hombre Luna en la sala común. Yo ayudé a Tauno a subir a su habitación. Estaba tan dolorido que se movía muy despacio. Cuando estuvo cómodo en la cama, yo tiré de una hebra de poder y examiné sus lesiones. Aparte de dos costillas rotas, sus otras heridas eran menores. Al asumir sus heridas me encogí de dolor, y después lo expulsé de mi cuerpo.
Tauno me apretó las manos con agradecimiento antes de quedarse dormido. Yo me fui a mi cama, aunque no tan exhausta como me había sentido después de otras curaciones en el pasado. Quizá mis habilidades de sanadora hubieran mejorado con la práctica. ¿O acaso me había acostumbrado a usar la magia?
—Yelena, despiértate —dijo Leif, y me sacudió el hombro.
Mientras yo lo miraba con los párpados medio cerrados, él dejó el farol sobre la mesa.
—Tú eres la que ha fijado el horario. Vamos —dijo Leif, y me quitó la manta.
—Está bien. Dulces sueños —respondí; me levanté, tomé el farol y salí de la habitación.
El pasillo estaba oscuro y silencioso. Comprobé que la puerta que iba hacia las escaleras de la cocina estaba cerrada. Bien. Después descendí a la zona común y percibí el eco de mis pasos. Hice un circuito por la zona para asegurarme de que no hubiera intrusos. Dejé el farol en la mesa y salí a visitar a los caballos. El aire frío me atravesó la capa.
Kiki estaba en el callejón, frente a la posada. Su pelo oscuro se mezclaba con las sombras, pero la mancha blanca de su cara reflejaba la luna llena.
«¿Olores?», pregunté mientras la rascaba por detrás de las orejas.
«Frescos. No malos».
«¿Algún problema?».
Ella resopló, divertida.
«Dos hombres. Una mujer».
Ella recordó cómo dos hombres intentaban robarle a una mujer.
Estaban tan concentrados registrándole las bolsas que no se dieron cuenta de que Kiki se aproximaba sigilosamente. En silencio porque Kiki, como todos los caballos Sandseed, se negaba a llevar herraduras. Kiki se había dado la vuelta y había usado los cuartos traseros con precisión. Los dos hombres aterrizaron a media manzana de allí, y la mujer, después de mirar a Kiki con los ojos desorbitados, corrió en dirección opuesta. Me pregunté por qué la mujer estaba en la calle tan tarde.
«Ahora difundirá rumores de que la rescató un caballo fantasma», le dije a Kiki. «Quizá cambien el nombre de la posada por el de Cuatro Fantasmas».
«Me gustan los fantasmas. Son callados».
«¿Ves a los fantasmas?».
Maria V. Snyder - Dulce Fuego - 3º Soulfinders
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«Sí».
«¿Dónde?».
«Aquí. Allí. En sitios».
«¿Aquí?», le pregunté, y miré a mi alrededor. La calle estaba desierta. «Yo no veo ninguno».
«Los verás», respondió ella, y me olisqueó los bolsillos de la capa. «A mí también me gustan las pastillas de menta».
Yo le di los dulces.
«¿Quieres explicarme el asunto de los fantasmas?».
«No».
Ella se retiró por el callejón y yo volví a la posada. La luz del farol temblaba mientras yo hice otra pasada por la cocina y las habitaciones de arriba antes de acomodarme junto al fuego. Superé mi aprensión y puse dos troncos más en la chimenea para que prendieran sobre las ascuas, y de ese modo, poder calentarme agua para un té. Aquella llama tan pequeña no sería suficiente para el Hechicero del Fuego.
Al buscar la bolsa de la infusión en mi mochila, di con la figura que me había entregado Opal y la desenvolví con curiosidad para saber cuál era el animal que la había llamado. Un murciélago gris oscuro de ojos verdes cobró vida en mis manos. De la sorpresa, estuvo a punto de caérseme. Sin embargo, aunque tenía las alas abiertas sobre mi palma, no echó a volar. La magia de Opal brillaba en el centro del murciélago.
Noté un cosquilleo por el brazo. Reflexioné sobre las ventajas de ser una criatura de la noche. ¿Podría encontrar a Marrok o a Cahil en aquel momento, mientras dormía la ciudad? Atraje el poder y proyecté la mente, pero sólo di con una confusa mezcolanza de imágenes de sueños. Una vez más, demasiada gente para poder aclararme. Me retiré.
El agua comenzó a hervir. Me preparé el té y, con la taza humeante en las manos, me di cuenta de que el sueño me venía. Entonces me puse en pie y di unas cuantas vueltas por la habitación para espabilarme. Volví a sentarme y me fijé en el fuego. Latía con un ritmo que iba parejo al de mi corazón. Los movimientos de las llamas eran como una coreografía, como si estuvieran intentando comunicarme algo. Algo importante.
Me arrodillé junto a la chimenea. Me llamaron unos dedos de color naranja y amarillo.
«Ven», me decían. «Ven con nosotros. Abraza el fuego».
Yo me acerqué unos cuantos centímetros más, hasta que olas de calor me acariciaron el rostro.
«Ven, necesitamos decirte…».
«¿Qué?», pregunté, y me incliné aún más. Las llamas crepitaron junto a mi piel.
—¡Yelena!
La voz del Hombre Luna me devolvió a la realidad. Me aparté del hogar y no me detuve hasta que llegué al extremo opuesto de la habitación. Me estremecí.
—Gracias —le dije.
—Tenía la sensación de que algo no iba bien —dijo, y descendió el resto de los escalones—. Me he despertado como si mi manta se hubiera prendido.
—Me alegro de que te despertaras.
—¿Qué ha ocurrido?
—No lo sé con certeza —dije yo, y me arrebujé en la capa—. Me pareció ver almas en el fuego.
—¿Atrapadas?
—No sé… creo que querían que me uniera a ellas.
Él frunció el ceño y miró fijamente las llamas.
—No creo que debas estar a solas con un fuego. Yo terminaré el turno de Tauno.
—¿Terminar? —pregunté yo, y miré por la ventana.
Estaba empezando a clarear. Yo había perdido la noción del tiempo, y no había despertado a Tauno para que me relevara. No era una buena señal.
—Ve a dormir un poco. Cuando te despiertes, tenemos que hacer planes.
Poco después, el toque ensordecedor de la campana con la que la señora Floranne avisaba para desayunar interrumpió mi sueño. Leif estaba sentado al borde de la cama con las manos en los oídos para protegerse del ruido. Con el silencio llegó el alivio, y él bajó los brazos.
—Va a tocar de nuevo si no bajamos pronto —dijo mi hermano.
Aquélla fue toda la motivación que me hizo falta. Aparté la manta, me levanté y seguí a Leif hacia la sala común. La señora Floranne estaba sirviendo el té mientras sus empleadas se ocupaban de la comida. El olor a sirope dulce impregnaba el aire.
La noche de descanso se reflejaba en la cara de Tauno. La hinchazón había desaparecido, y los moretones habían pasado de ser rojos a ser una ligera mancha púrpura. Él se movía sin hacer gestos de dolor.
Desayunamos huevos, pan y miel, y después comenzamos a hablar de nuestros próximos pasos. La puerta de la sala común se abrió violentamente. Marrok apareció en el umbral con una espada ensangrentada en la mano.
Nosotros cuatro nos pusimos en pie de un salto. Se nos olvidó el desayuno. Sacamos nuestras armas mientras la conversación en la sala se interrumpía y se convertía en un silencio mortal.
—Vamos —dijo Marrok, señalando la puerta con la espada—. Vayámonos antes de que lleguen.
—¿Quiénes? —pregunté.
—Cahil y sus… sus… amigos —dijo Marrok, escupiendo las palabras—. Me escapé —agregó, con una expresión de horror. Tenía un corte en el cuello que le sangraba profusamente—. Los he perdido, pero saben dónde estamos.
—¿Cuántos son?
—Siete.
—¿Armados?
—Espadas, cimitarras y curare.
—¿Vendrán pronto?
Marrok miró hacia atrás y se quedó helado. La espada se le cayó. Una enorme mano lo empujó y lo tiró al suelo.

Detrás de Marrok, Ferde, Cahil y cinco Vermin irrumpieron en la habitación.

Capítulo 12

Yo me puse en pie de un salto y corrí hacia el Hombre Luna. Le puse mi capa sobre los hombros y compartí mi energía con él.
—¿Estás bien? ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde están los demás? —le pregunté.
—Todo el mundo está bien. Te lo explicaré más tarde —dijo, y tiró del borde de mi capa hacia la cara.
—¿De veras? ¿O me darás algunos detalles vagos al típico estilo del Tejedor de Historias?
Él respondió con un suave ronquido.
Yo reprimí el deseo de infundirle más poder y despertarlo. Dormir era la mejor manera de que el Hombre Luna recuperara las fuerzas después de usar la magia. Por desgracia, yo no podía conciliar el sueño. Tomé una manta de las alforjas de Leif y tapé al Hombre Luna. Mi capa no parecía abrigo suficiente para él aquella noche fría. Pese a mi renuencia, eché varios troncos a la hoguera y avivé el fuego.
Mientras miraba la danza de las llamas, me pregunté qué otras sorpresas me esperaban. Las respuestas se revelarían a su tiempo, pero mi capacidad para enfrentarme a ellas permanecía incierta.
Ni siquiera los gritos de los vendedores y las voces de los compradores del concurrido mercado despertaron al Hombre Luna hasta que el sol llegó a lo más alto del cielo. Cuando el Tejedor de Historias terminó la comida que le había preparado Leif, mi impaciencia se había multiplicado.
—Cuéntanoslo todo —le pregunté antes de que pudiera tragar el último bocado.
Él sonrió ante mi agitación. Aún tenía una expresión de cansancio, pero los ojos le brillaron de diversión.
—Después de que Leif y tú distrajerais al Hechicero de Fuego, perseguimos a los Vermin a través de la selva. Y los habríamos atrapado si tú no hubieras necesitado mi ayuda —me dijo, con una mirada significativa—. ¿Cómo está el explorador?
—Vivo y coleando —dije yo.
—¿Ha vuelto a ser él mismo?
Yo titubeé, pero no quise dejar que el Hombre Luna cambiara de tema.
—Está bien. Continúa con tu historia.
—Al ayudarte, consumí toda mi energía y tuve que descansar durante un rato —dijo el Hombre Luna—. Marrok persiguió a los Vermin hasta el Mercado Illiais y después, al norte, hasta la ciudad de Booruby. Es una ciudad muy populosa, y perdimos el rastro de los Vermin. Demasiada gente —dijo, y se estremeció.
Booruby era una ciudad que estaba en las tierras del clan Cowan, al borde de la planicie; demasiado lejana como para que mi magia la alcanzara.
—¿Dónde están los demás? —le preguntó Leif.
—Nos alojamos en una de las posadas. Dejé a Tauno y a Marrok allí, para que reunieran información sobre los Daviian mientras yo me reunía contigo.
Leif miró a su alrededor por el campamento.
—¿Cómo, exactamente, has llegado aquí?
El Hombre Luna sonrió.
—Un poder secreto de Tejedor de Historias.
—Has usado la luz de la luna —le dije.
Él sonrió con aprobación.
—Vine a través del mundo de las sombras. La luna revela el mundo de las sombras y permite acceder a él.
—¿Es así como me mostraste la historia de mi vida? —le pregunté, recordando la planicie oscura que él había transformado en visiones de mi infancia.
—Sí. Es un lugar donde desenmaraño los hilos de las historias para ayudar a los otros a aprender de su pasado y a tejer su futuro.
—¿Es un lugar físico?
Yo había estado dos veces allí. La segunda vez, el Hombre Luna nos había llevado allí a Leif y a mí para desentrañar los nudos de hostilidad e ira que teníamos el uno hacia el otro. Cada vez, sin embargo, yo me había sentido intangible, como si mi cuerpo se hubiera vuelto de humo.
—Existe en las sombras de nuestro mundo.
—¿Puede alguien con poderes mágicos entrar en el mundo de las sombras?
—Hasta el momento, sólo los Tejedores de Historias tienen esa capacidad. Pero estoy esperando a ver si hay otro que sea lo suficientemente valiente como para reclamar ese don —dijo, y me miró a los ojos. Yo vi un asomo de sombras en ellos, y aparté la vista.
Leif rompió el silencio y dijo:
—Hayas llegado como hayas llegado, todavía tienes que trabajar tu forma de transporte. Quizá la próxima vez traigas algo de ropa puesta.
Leif y yo le compramos al Hombre Luna una túnica de color marrón y unos pantalones, y compramos provisiones para el viaje. Preparamos las alforjas y a los caballos. El Hombre Luna montaría a Garnet hasta que llegáramos a Booruby.
Fuimos al norte, y durante el camino, yo iba pensando en el hecho de que habíamos perdido a los Vermin, y preocupándome de qué dirección habrían tomado Ferde y Cahil. ¿Habrían vuelto a las planicies, o se habrían involucrado en otro plan para conseguir poder?
Ferde había secuestrado a Tula de su hogar en Booruby. Era la única de sus víctimas a la que habían encontrado con vida, y la habían enviado a la Fortaleza. Yo había sanado su cuerpo y había encontrado su alma, pero había perdido ambas cosas ante Ferde. La culpabilidad me hizo un nudo en la garganta. La libertad de aquel hechicero me roía el corazón.
Yo agarré con fuerza las riendas, y Kiki relinchó al sentir mi agitación.
«Lo siento», dije, y me relajé. «Estaba pensando en Ferde y Cahil».
«Al Hombre Menta le gustan las manzanas», me dijo Kiki, refiriéndose a Cahil.
«¿Por qué dices eso?», le pregunté yo. Sabía que a Kiki le encantaban las manzanas.
«Él es manzana negra. Nadie la quiere».
Vi una imagen de manzanas podridas en el suelo.
«Malo. Pero viene algo bueno».
Kiki pensó en cómo las semillas que había dentro echaban raíces y se convertían en árboles después de que la manzana se pudriera.
«¿Me estás diciendo que puede venir algo bueno del Hombre Menta? ¿O que si muere, su muerte sería algo beneficioso?».
«Sí».
¿Un consejo críptico de caballo? Bien, ya sabía que podía morir feliz. Lo había escuchado.
Dos días después llegamos a Booruby. Las afueras de la ciudad estaban delimitadas por casas de madera y de piedra. La espesura del bosque fue disminuyendo, y el aire limpio se fue llenando de humo, polvo de carbón y serrín a medida que nos acercábamos a la calle principal. Nos asaltaron los olores de la basura mezclada con desechos humanos. La gente iba de un lado a otro afanosamente y las calles estaban atestadas de carretas llenas de género. Entre los talleres y las oficinas había tiendas y puestos de venta.
La expresión de alarma del Hombre Luna demostraba su incomodidad mientras maniobrábamos con los caballos por las vías abarrotadas. Él nos condujo hasta la Posada de los Tres Fantasmas. Era una casa de piedra de cuatro alturas, estrecha, que tenía un estrecho callejón. Por allí condujimos a los caballos a un establo vacío lo suficientemente grande como para albergar seis animales.
Después entramos en una zona común. Había mesas de madera con bancos largos alineados contra la pared, y una chimenea encendida. Sin embargo, la sala estaba vacía.
La posadera, una mujer de pelo gris recogido en un moño se acercó sonriendo cuando vio al Hombre Luna. Él nos presentó a la señora Floranne, que, mientras se frotaba las manos en el mandil antes de saludarnos, nos observó con una expresión inteligente en sus brillantes ojos azules.
Ella nos asignó una habitación a Leif y a mí y, mientras nos instalábamos, el Hombre Luna fue a la que había ocupado con Tauno, para ver si le había dejado alguna nota. Al momento volvió; no había encontrado nada.
Salimos de la posada y vagamos por las calles. Yo usé la magia en diferentes lugares para buscar algún rastro de los Vermin, pero había demasiada gente alrededor; sus emociones y sus pensamientos me abrumaban y tuve que bloquearlos. Leif también se sentía inundado de olores. Seguimos buscando por la ciudad y escuchando con atención cualquier retazo de información.
Un brillo atrajo mi mirada. En un escaparate había expuestas filas y filas de animales de cristal. Me recordaron a Tula. Ella fabricaba animales de cristal en la fábrica de su familia. ¿Habría creado aquellas piezas? ¿Era aquélla la tienda de su familia?
En aquel momento, apareció por la calle una mujer que llevaba un pequeño cajón de embalaje en el brazo. Llevaba el pelo cubierto con un pañuelo blanco, y aunque tenía el rostro y las manos cubiertas de hollín, reconocí la espléndida sonrisa de Opal y no pude resistirme a darle un abrazo.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
—Tengo negocios —dije yo. Antes de que pudiera preguntarme qué negocios eran, yo proseguí—: ¿Es ésta la tienda de tu familia?
—Oh, no. Nuestra fábrica está al este de la ciudad, casi en la planicie. Vendemos el cristal a algunas tiendas de Booruby. ¡Tienes que venir a visitarnos! Es decir, si quieres… —susurró, y apartó la mirada—. Después de lo que hice… —después me miró con intensidad y dijo—: Deja que te compense. Tienes que venir de visita.
—No hiciste nada malo —respondí yo con convicción—. No tienes que compensarme.
—¡Pero si te pinché con curare!
—Alea te obligó. Y debo admitir que fue un buen truco —dije. Yo había creído que Opal estaba libre, que el peligro había terminado. Un error casi fatal.
—Pero…
—No puedes permitir que el pasado estropee tu futuro. Olvidémoslo y comencemos de nuevo.
Opal asintió. Yo le presenté al Hombre Luna y a Leif, y ella nos invitó a cenar con su familia aquella noche. Leif y yo aceptamos la invitación, pero el Hombre Luna dijo que prefería ir a la posada a esperar a que volvieran Tauno y Marrok.
Después, me miró con las cejas arqueadas y me hizo una señal. Yo abrí mi mente.
«Quizá su familia tenga información sobre los Vermin. Pregúntales».
«Sí, señor», respondí.
Él me sonrió antes de marcharse. Opal se apresuró a entrar en la tienda para terminar sus entregas. Mientras Leif y yo la esperábamos, los dos examinamos las figuras de cristal que había en el escaparate. Leif se unió a mí, y ambos hicimos un comentario sobre los preciosos colores de las figuras. Irradiaban una luz increíble, como si tuvieran fuego atrapado en el núcleo.
Cuando llegamos a casa de Opal, sus padres nos saludaron con amabilidad. Su casa y la fábrica de cristales estaban al límite de la ciudad, rodeadas por la Llanuras de Avibian por tres costados. La situación explicaba por qué Ferde había elegido a Tula. Tula estaba en los hornos de noche, a solas, cumpliendo su turno para mantenerlos encendidos. No había nadie que pudiera evitar su secuestro.
Opal nos enseñó el negocio de la familia y nos presentó a su hermana Mara y a su hermano menor, Ahir. Después, todos nos sentamos a tomar un delicioso estofado de carne servido en una rebanada de pan.
Leif se sentó junto a Mara y flirteó con ella. Incluso fue con la muchacha a la cocina a la hora de fregar. No podía culpársele; Mara tenía una preciosa melena de brillantes rizos castaños, y unos ojos marrones muy grandes. Escuchaba las historias de Leif con embeleso.
Mientras los demás retiraban los platos de la mesa, el padre de Opal, Jaymes, me contó anécdotas divertidas de su negocio y su familia. Cuando terminó, yo le pregunté por las últimas noticias de Booruby.
—Los ancianos del clan Cowan siempre están hablando de los árboles que hay que cortar, y ahora quieren comenzar a gravar la arena que importo para hacer el cristal —dijo—. Y los rumores sobre los demás clanes siempre son algo muy apreciado en la ciudad. Este año se trata de los Daviian. Todo el mundo está preocupado por su causa, pero los magos tienen al asesino de Tula en la cárcel, y estoy seguro de que los Sandseed se ocuparán de lo demás. Siempre lo hacen.
Yo estaba de acuerdo, pero me concentré en el hecho de que pensara que Ferde todavía estaba encerrado. Eso no era bueno. ¿Por qué no había informado el Consejo a la gente? Probablemente, para evitar asustarlos. Ferde aún estaba débil, y ellos creían que ya estaría de nuevo en una celda en aquel momento. ¿Debería decírselo a Jaymes? Tenía otras dos hijas. Y la gente debería saber lo que era el ritual Kirakawa. Podrían ayudar a encontrar a los Vermin y podrían proteger a sus familias. Sin embargo, también cabía la posibilidad de que se dejaran dominar por el pánico y entorpecieran nuestros esfuerzos.
Era una elección difícil para mí sola. En aquel momento, comprendí lo beneficioso que era tener un Consejo que votara los asuntos importantes. Ningún miembro podía ser responsable de una sentencia fallida.
Yo no quise tomar una decisión, así que le pregunté si sus hijos todavía trabajaban a solas de noche.
—No, no. Yo hago el turno de noche entero. Hemos aprendido la lección, y no volverán a tomarnos desprevenidos.
—Bien. Manténganse alerta. Los líderes del clan Cowan tienen razón en preocuparse por los Daviian.
Opal volvió de la cocina y me tomó de la mano para enseñarme la casa. En su habitación, el aire olía a madreselva. Había una pequeña balda llena de animales de cristal. Las figuras eran muy reales, pero no tenían fuego en el interior, como las que Leif y yo habíamos visto en el escaparate de la tienda.
—Las hizo Tula. Son demasiado preciosas como para desprenderse de ellas —me explicó Opal con tristeza—. Yo he intentado copiarla, pero a mí me salen diferentes. Sólo he vendido unas cuantas —dijo, y se encogió de hombros.
—Tú hiciste las que había en la tienda, ¿verdad?
—Sí.
—Opal, son maravillosas. ¿Cómo consigues que brillen?
Ella se apretó las manos contra el corazón, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
—¿Ves la luz?
—Claro. ¿Es que no la ve todo el mundo?
—¡No! —exclamó ella—. Sólo la veo yo. ¡Y ahora tú también! —dijo, y se puso muy alegre.
—Y Leif. Él también la vio.
—¿De verdad? Qué raro. Nadie de mi familia ni mis amigos ve la luz interior de las figuras. Todos piensan que soy tonta, pero me siguen la corriente.
—¿Cómo las haces?
Ella me explicó el proceso del soplado del vidrio. Me dio muchos detalles, más de los que necesitaba, pero entendí lo básico. La pieza brillaba mientras estaba caliente, pero Opal conseguía que dentro permaneciera una chispa incluso cuando se había apagado el calor del vidrio.
Yo me quedé pensando durante un momento.
—Finalmente, toda la pieza se enfría, ¿verdad? —le pregunté—. Entonces, ¿qué es lo que provoca el brillo?
Ella hizo un gesto de frustración con las manos.
—No lo sé. Pongo todo mi corazón en estas piezas.
La respuesta apareció en mi mente.
—Magia.
—No. La Maestra Jewelrose me ha examinado. No tenía el poder necesario para quedarme en la Fortaleza.
Yo sonreí.
—Debería examinarte de nuevo. Tienes poder suficiente como para capturar el fuego dentro de tus figuritas.
—¿Y por qué no lo ve nadie más?
—Quizá para verlo, una persona necesite tener habilidades mágicas —teoricé yo—. Si es así, tienes que vender tus obras en el mercado de Citadel, donde hay muchos magos.
Ella apretó los labios, pensativamente.
—Evidentemente, no conozco a los suficientes magos. ¿Podrías llevarte una de mis figuras allí para averiguar si tu teoría es cierta?
—Claro que sí.
Opal me dio las gracias alegremente y salió corriendo de la habitación. El aire fresco de la noche me recordó que teníamos que volver a la posada. Les agradecí a los padres de Opal la invitación, y ellos me dijeron que Leif había ido con Mara al taller.
Opal también estaba allí. Ella me entregó un paquete con varias capas de tela para proteger el cristal.
—Ábrelo más tarde —dijo—. Tenía otra cosa en mente para ti, pero ésta… me llamó. Es una locura, lo sé.
—He oído cosas más raras. Te escribiré una carta cuando vuelva a la Fortaleza y te contaré cómo ha ido el experimento —le dije. Metí con cuidado la figurilla de Opal en mi mochila; después me colgué la bolsa de la espalda—. ¿Sabes dónde está Leif? —le pregunté.
Ella se sonrojó.
—Creo que le gusta Mara. Están en la habitación de mezclas. Se supone que mi hermana está midiendo la arena para fundir.
Yo pasé por entre los hornos, bancos de trabajo y barriles de materiales. Al asomarme por la puerta de la habitación trasera, vi que había una mesa llena con cuencos de mezclar pegada a la pared del fondo. Leif y Mara estaban inclinados sobre un gran cuenco, pero en vez de mirar a la mezcla, se estaban mirando el uno al otro.
Me detuve antes de interrumpirlos. Mara tenía las manos recubiertas de arena, y Leif tenía granos en el pelo. Mi hermano parecía más joven, y le brillaba el rostro de alegría.
Di unos pasos atrás y me aparté de la puerta. Llamé a mi hermano lo suficientemente alto como para que me oyera por encima del ruido de los hornos. Cuando volví a la puerta, él se había alejado de Mara y la arena le había desaparecido del pelo.
—Se está haciendo tarde. Tenemos que volver a la pensión.
Leif asintió pero no se movió. Yo entendí lo que quería decirme y me marché. Fuera del taller corría una fuerte brisa que arrastraba las nubes. Los rayos de la luna se derramaban desde el cielo entre ellas. Cuando Leif salió, los dos nos pusimos de camino a la posada.
Él estaba muy callado.
—¿Quieres hablar de ello? —le pregunté.
—No.
Después de un rato, él preguntó:
—¿Jaymes te ha contado algo sobre los Vermin?
—La ciudad entera está preocupada por ellos, pero no hay información sobre dónde pueden estar. ¿Le has hablado tú a Mara sobre la fuga de Ferde?
—No. Sólo le dije que tuviera mucho cuidado.
Él caminó durante un rato en silencio. El aire me atravesó la camisa, y me arrepentí de no haber llevado la capa. Booruby estaba al límite de la zona de temperatura extrema, y tenía días cálidos seguidos de noches muy frías.
—Me gusta —dijo Leif—. Nunca me había gustado nadie. Estaba demasiado ocupado preocupándome por ti como para preocuparme por otra. No pude mantenerte a salvo. No levanté un dedo para ayudarte. Encontrarte se convirtió en algo más importante que mi propia vida.
—Leif, tenías ocho años y te habrían matado si hubieras intentado impedir a Mogkan que me secuestrara. Hiciste lo correcto.
—Morir habría sido más fácil. Sin culpabilidad, sin preocupaciones, sin miedo. Querer a alguien es terrible y maravilloso. No sé si tengo la fuerza necesaria para querer a otro. ¿Cómo te enfrentas tú a eso?
—Me concentro en las partes maravillosas y sufro con lo malo, sabiendo que finalmente terminará.
—¿Te gustó Valek en cuanto lo viste?
—No. Al principio, nuestra relación fue sólo de trabajo.
La primera vez que yo había visto a Valek me había ofrecido ir a la horca o convertirme en la catadora de alimentos del Comandante. Mi familia sabía que yo era la catadora del Comandante, pero no sabían por qué. Algún día tendría que hablarles de aquella etapa de mi vida.
—¿Cuándo cambiaron tus sentimientos?
Aquélla era una pregunta difícil.
—Supongo que la primera vez que me salvó la vida.
Le conté a Leif lo que había ocurrido en el festival del fuego de Ixia. Irys había contratado a cuatro matones para que me asesinaran, porque mi magia descontrolada podía inflamarse y destruir la fuente de poder.
—Entonces, cuando conociste a la Maestra Jewelrose, ¿intentó matarte? Y antes me has contado que Valek intentó matarte dos veces. Vaya, Yelena, no se te da muy bien la gente, ¿no?
—Eran otras circunstancias —dije yo, defendiéndome.
—Todo parece muy complicado. No debería relacionarme con Mara.
—Eso sería el camino fácil. Seguro, pero aburrido. ¿Por qué te gusta?
—Huele como la selva en un día perfecto. Es un ligero aroma de la flor de Ylang-Ylang mezclado con el olor de las hojas, y un poco de tierra húmeda. Es una esencia que hace que te sientas en paz —dijo Leif, y respiró profundamente—. Tiene un alma suave, contenta.
—Entonces, puede que merezca la pena esforzarse. Puede que haya muchos días lluviosos, pero los días perfectos harán que te olvides de la lluvia.
—¿Lo dices por experiencia?
—Sí.
Cuando llegamos a la Posada de los Tres Fantasmas y entramos a la sala común, nos encontramos al Hombre Luna y a Tauno sentados en una de las mesas. La sala estaba abarrotada de clientes.
Tauno se llevó un trapo con manchas de sangre a la sien. También le sangraba el labio.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunté—. ¿Dónde está Marrok?
Tauno tenía una expresión sombría. Miró al Hombre Luna como si estuviera pidiéndole permiso para hablar.
—Encontramos a los Vermin —dijo por fin—. O debería decir que ellos nos encontraron a nosotros. Eran un grupo de cinco soldados con el Ladrón de Almas y Cahil. Nos rodearon, nos metieron en un edificio y amenazaron con matarnos. Cahil se llevó aparte a Marrok y tuvieron una conversación privada. Se rieron y se marcharon juntos, como si fueran grandes amigos —explicó Tauno, que se llevó la mano a las costillas y se encogió de dolor—. Los otros me atacaron, y no recuerdo nada más.
—¿Cuándo ha ocurrido esto?
—Esta mañana.
—Me alegro de que esté vivo, pero no sé por qué no lo han matado —dijo el Hombre Luna.
Yo reflexioné un instante y dije:
—Llevarse un prisionero por las calles atestadas de gente sería difícil. Y si esperaban a la noche para llevar a cabo el ritual de Kirakawa con él se arriesgaban a que los descubrieran.
—Entonces, ¿por qué no lo han matado? —preguntó el Hombre Luna.
—Porque quieren que sepamos que tienen a Marrok —dijo Leif.
—¿Un rehén? —preguntó el Hombre Luna.

—No. Marrok se marchó con Cahil. Ellos están haciendo alarde de que Marrok se ha pasado a su bando —dije yo—. Y ahora, saben todo lo que nosotros sabemos. Incluyendo dónde estamos ahora.