Algo afilado arañó mi alma, buscando los puntos vulnerables. Yo empujé el
objeto invasor y comencé a construir un muro de defensa en mi mente. Aquella maga
no me iba a alcanzar.
Yo formaba y apilaba los ladrillos, pero se desmenuzaban por los bordes. Se
formaban agujeros a medida que yo intentaba mantenerme por delante de la Primera
Maga. Invertí todas mis fuerzas en aquel muro. Tapé los agujeros. Añadí otro muro
por dentro del primero. Sin embargo, los ladrillos se desintegraron.
¡Maldición! ¡No!
Seguí luchando durante un rato, pero sólo fue cuestión de tiempo. Al final, dejé
que el muro se derrumbara. Pero, con una súbita oleada de energía, levanté un muro
de mármol verde que le cortó el paso.
Me apreté contra la superficie suave y fría con todas mis fuerzas. El
agotamiento me aplastaba la mente. Por pura desesperación, usé los restos de mi
poder para llamar pidiendo ayuda. El mármol se transformó en la figura de Valek. Él
me miró con preocupación.
—Ayuda —dije yo.
Él me envolvió con sus fuertes brazos y me apretó contra su pecho.
—Lo que necesites, mi amor.
Me aferré a él, despojada de todo lo demás, hasta que la oscuridad me envolvió.
Me desperté en una estrecha habitación. La cabeza me latía. Miré al techo y me
di cuenta de que estaba en una cama, que había sido colocada junto a una pared, bajo
una ventana abierta. Tenía el cuerpo dolorido y la garganta y los labios secos. Había
una jarra de agua sobre la mesilla. Me serví un gran vaso y me lo bebí de tres tragos.
Después, sintiéndome un poco mejor, estudié la habitación en la que me encontraba.
Había un armario en la pared de enfrente, con un espejo en una de las puertas. La
puerta de salida estaba a la izquierda.
Cahil apareció en el umbral.
—Me pareció oírte.
—¿Qué ha ocurrido?
—La Primera Maga intentó leerte el pensamiento —dijo Cahil. Estaba
avergonzado—. Se irritó mucho al sentir tu resistencia, pero dijo que no eres una
espía.
—Excelente —dije yo con sarcasmo—. ¿Y cómo he llegado aquí?
Él se sonrojó.
—Yo te traje.
Yo me abracé a mí misma. La idea de que él me hubiera tocado me ponía la
carne de gallina.
—¿Y por qué te has quedado?
—Porque quería asegurarme de que estabas bien.
—¿Ahora te preocupas por mí? Me cuesta creerlo —dije, y me puse en pie. Sentí
un intenso dolor en las piernas y en la parte baja de la espalda—. ¿Dónde estoy?
—En las dependencias de los estudiantes. Ésta es tu habitación.
Cahil se retiró a otra estancia. Yo lo seguí. Era una sala de estar en la que había
un escritorio grande, un sofá, una mesa con sillas y una chimenea de mármol. Las
paredes eran de mármol verde claro. Mi mochila estaba sobre la mesa, junto a mi
arco.
Había otra puerta. Yo me acerqué y la abrí. Al otro lado había un patio
ajardinado, con árboles y estatuas. A través de ellos, vi el sol del atardecer. Salí al
patio y miré a mi alrededor. Mi habitación estaba al final de un edificio alargado. No
vi a nadie más.
Cahil salió detrás de mí.
—Los estudiantes volverán al comienzo del invierno —dijo, y me señaló un
camino—. Conduce hacia el comedor y las clases. ¿Quieres que te lo muestre?
—No —respondí yo, entrando en la sala de nuevo—. Quiero que tus soldados
de juguete y tú me dejéis en paz. Ahora que sabes que no soy una espía, apártate de
mí —le dije. Le cerré la puerta en las narices, dejándolo fuera y, para sentirme segura,
puse una silla bajo el pomo de la puerta.
Me acurruqué sobre la cama y sentí un fuerte deseo de volver a casa. Quería
estar con Valek. Quería sentir su fuerza y su amor. El hecho de haber sentido aquel
breve contacto con él hacía que lo añorara aún más. Su ausencia era un vacío que me
quemaba por dentro.
Quería marcharme de Sitia. Ya había conseguido suficiente control sobre mi
magia. Lo único que tenía que hacer era dirigirme al norte; incluso podría llevarme a
Topaz en mi huida. Cuando la habitación se oscureció, me dormí.
El sol me despertó y rodé por la cama, sopesando mis posibilidades de escapar
de la Fortaleza sin que nadie lo supiera, y me di cuenta de que no conocía el trazado
de aquel edificio enorme. Podría hacer un reconocimiento de la zona, pero no quería
ver á nadie, ni queme vieran. Así que me quedé en la cama todo el día y volví a
dormirme aquella noche.
Pasó otro día. Alguien llamó a la puerta y dijo mi nombre. Yo grité que se
marcharan, y me alegré de que lo hicieran.
Finalmente, me quedé tumbada en la cama, sumida en un letargo. Mi mente
flotaba, y alcanzó a varias criaturas del jardín. Yo me retiré al sentir la luz, en busca
de un lugar más tranquilo.
Entonces encontré a Topaz. El Hombre Menta había ido a visitarlo, pero el
caballo se preguntaba dónde estaba la Dama Lavanda. Vi una imagen de mí misma
en la mente de Topaz. La Dama Lavanda debía de ser el nombre que me había
otorgado el caballo. Era gracioso que me llamara así. Viajando con Cahil había tenido
poco tiempo para bañarme, pero al menos, yo había conseguido lavarme de vez en
cuando en privado y aplicarme unas cuantas gotas del perfume de lavanda que me
había dado mi madre.
«Avanza con suavidad, pero rápidamente», pensó Topaz.
«¿Me llevarías lejos, al norte?», le pregunté.
«No sin el Hombre Menta. Iría con suavidad, rápidamente, con los dos. Soy
fuerte».
«Eres muy fuerte. Quizá me quedé contigo».
«No, no lo harás, Yelena. Ya has estado suficiente tiempo enfurruñada», dijo la
voz de Irys en mi mente. Su contacto fue como un bálsamo fresco y espeso aplicado a
una herida abierta.
«No estoy enfurruñada».
«¿Cómo lo llamarías tú?», me preguntó Irys, molesta.
«Protegerme a mí misma».
Ella se rió.
«¿De qué? Roze apenas consiguió penetrar en tu mente».
«¿Roze?».
«Roze Featherstone, la Primera Maga. Y ha estado rabiosa desde entonces. Tú
has superado cosas peores, Yelena. ¿Cuál es el problema real?».
Me sentía indefensa y sola. Sin embargo, había enterrado aquel sentimiento en
lo más profundo de mi ser, y no quería compartirlo con Irys. No respondí a su
pregunta. Sabía que mi mentora había vuelto, y comencé a recobrarme. Ella era la
única persona en la que yo podía confiar en la Fortaleza.
«Voy a ir a verte con algo de comida. Me dejarás entrar y comerás», me ordenó
Irys.
«¿Comida?», pensó Topaz esperanzadamente. «¿Manzanas? ¿Pastillas de
menta?».
Yo sonreí.
«Después».
Me rugía el estómago. Cuando me senté al borde de la cama, me mareé. Había
perdido la cuenta de los días, y estaba débil de hambre.
Irys llegó, tal y como había prometido, con una bandeja llena de fruta y
fiambres. También trajo una jarra de zumo de pina y bizcochos. Mientras yo comía,
ella me narró el viaje a casa de May. May era la última de las niñas secuestradas que
había encontrado a su familia perdida.
—Tiene cinco hermanas igual que ella —dijo Irys, sacudiendo la cabeza.
Yo sonreí, imaginándome su llegada a casa. Seis niñas gritando de alegría,
riéndose y chillando todas a la vez.
—Su atribulado padre quiso que las probara a todas para ver si poseían magia.
May tiene un poco, pero quiero que espere otro año antes de venir a la escuela. Las
demás eran demasiado pequeñas —dijo Irys, y sirvió dos vasos de zumo—. Tuve que
acortar mi visita cuando sentí tu llamada pidiendo ayuda.
—¿Cuando Roze estaba invadiendo mi mente?
—Sí. Estaba demasiado lejos como para ayudarte, pero parece que tú te las
arreglaste bien por ti misma.
—Valek me ayudó.
—Eso es imposible. Yo no pude alcanzarte. Y Valek no es mago.
—Pero él estaba ahí, y yo me apoyé en su fuerza.
Irys sacudió la cabeza con incredulidad.
Yo recordé cómo me había encontrado Irys, en el norte.
—Tú sentiste mi poder cuando yo estaba en Ixia —le dije—. Es la misma
distancia a la que me alcanzó Valek.
Ella volvió a sacudir la cabeza.
—Valek es resistente a la magia, así que creo que usaste su imagen como escudo
contra Roze. Cuando te sentí, el año pasado, tú no tenías control sobre tus poderes.
Los estallidos incontrolados de magia causan turbulencias en la fuente del poder.
Todos los magos, estén donde estén, pueden sentirlo, pero sólo las Magas Maestras
sabrán de qué dirección provienen esas turbulencias.
Aquello me causó preocupación.
—Sin embargo, tú sentiste mi llamada de socorro cuando estabas en casa de
May. ¿Estaba fuera de control, para ser capaz de alcanzarte a esa distancia? —
pregunté. La pérdida de control conducía a la muerte al mago que la padecía, y
dañaba la fuente de poder de todos los demás magos.
Ella se quedó asombrada.
—No. Yelena, ¿qué has estado haciendo con tu magia desde que nos
separamos?
Yo le conté lo de la emboscada, la huida y la tregua con Cahil.
—¿Así que conseguiste dormir a todos los hombres de Cahil?
—Bueno, sólo eran doce. ¿Hice algo malo? ¿Transgredí vuestro Código Ético?
Había tantas cosas que yo no sabía sobre la magia…
Irys se rió con ironía al leer mi mente. «Y querías escaparte con un caballo».
—Mejor que quedarme aquí con Cahil y Leif —dije en voz alta.
—Esos dos… —dijo Irys, frunciendo el ceño—. Las Magas han tenido una
discusión con ellos. Roze está furiosa por que la hicieran equivocarse contigo. Cahil
tuvo la audacia de exigir una sesión del Consejo en mitad de la estación calurosa.
Tendrá que esperar al invierno. Quizá la tenga, o quizá no.
—¿Crees que los sitianos irían a la guerra por Cahil?
—No lo sé. No tenemos amistad ni enemistad con Ixia. Por un lado, el tratado
de comercio que se ha firmado es un buen comienzo para establecer buenas
relaciones. Por otro, el Comandante se hizo con el poder infiltrándose en la
monarquía y asesinando, así que en Sitia siempre existe la preocupación, cuando se
descubre a un espía, de que el Comandante esté intentando recabar información para
atacarnos… pero de todos modos —añadió Irys, mientras recogía la bandeja para
marcharse—, ésa no es mi preocupación hoy. Mi prioridad es enseñarte la magia y
descubrir tu especialidad. Eres más fuerte de lo que creías, Yelena. No es fácil dormir
a doce hombres. Y tener una conversación con un caballo… Mañana te enseñaré la
Fortaleza y comenzaremos tus lecciones. Ahora, ¿por qué no deshaces tu mochila y te
instalas cómodamente? —me preguntó. Aquellas palabras me recordaron algo.
—Irys, espera un momento —le dije antes de que se marchara—. Mi madre te
envió un frasco de perfume —añadí, y después de rebuscar los frascos en la mochila,
que afortunadamente no se habían roto durante el viaje, le tendí los de perfume de
manzana y puse sobre mi mesilla el de lavanda.
Irys me dio las gracias y se marchó. Después de que ella se fuera, me pareció
que la habitación se quedaba vacía. Saqué todo de mi mochila. Colgué mi uniforme
del norte en el armario y saqué las monedas que me había dado Valek. Le pediría a
Irys que me lo cambiara por dinero sitiano. Quizá pudiera comprar unas cuantas
cosas para alegrar mi cuarto.
Al fondo de la bolsa encontré la guía de campo que me había dado Esau. Tomé
una vela y la llevé a la mesilla. Me puse a leer sobre la cama hasta que me pesaron los
párpados. Por sus vastas notas, parecía que todos los árboles y las plantas de la selva,
tenían una razón para existir. Yo me sorprendí deseando que en aquella guía hubiera
una página que tuviera mi retrato con la razón de mi existencia debajo, escrita por la
mano limpia de Esau.
Por la mañana, Irys me llevó a los baños para que me aseara y tomara ropa
nueva y limpia. Cuando me hube cambiado, Irys me enseñó la Fortaleza. Mirando a
mi alrededor, distinguí el trazado del edificio: había corredores y jardines que
llevaban a construcciones de mármol de distintos tamaños y formas. Las barracas y
los alojamientos de los estudiantes se arracimaban en el campus principal. Los
establos, la lavandería y las perreras estaban alineadas contra el lienzo trasero de la
muralla. Había caballos pastando en un prado grande, vallado, que estaba junto a un
corral de entrenamiento.
Le pregunté a Irys el por qué de las cuatro torres.
—Los Magos Maestros viven en ellas —dijo, y señaló a la torre norte—. Ésa es la
mía. Aquélla, la del noreste, es la de Zitora Cowan, la Tercera Maga. La suroeste es la
de Roze Featherstone, y la sureste es la de Bain Bloodgood, el Segundo Mago.
Después de aquella explicación, nos dirigimos al comedor a desayunar. Al
terminar, yo me metí una manzana al bolsillo para dársela después a Topaz, e Irys
me llevó a sus habitaciones. Después de subir un millón de escalones y pasar diez
pisos, salimos a la parte superior de la torre. Las ventanas circulares de la estancia
llegaban del suelo al techo. Había cortinas largas y blancas que se mecían con la brisa
cálida. El salón estaba amueblado con sofás y cojines de colores, y había estanterías
llenas de libros. El aire olía a una suave esencia de cítricos.
—Ésta es mi habitación para meditar —dijo Irys—. El ambiente perfecto para
atraer el poder y para estudiar.
Yo caminé hasta la ventana y miré el paisaje. Irys tenía una magnífica vista de la
Fortaleza, y a través de las ventanas que daban al noreste, se veían a lo lejos unas
colinas verdes que descendían hasta el valle, salpicadas de pueblos pequeños.
—Esas tierras son del clan de los Featherstone —me dijo Irys, siguiendo mi
mirada. Después, señaló al centro de la habitación—. Sentémonos. Vamos a
comenzar con la clase.
Irys se acomodó sobre un cojín color granate y cruzó las piernas. Yo me senté en
un cojín azul, frente a ella.
—Pero mi arco…
—No vas a necesitarlo. Te enseñaré cómo utilizar tu poder sin tener que
apoyarte en el contacto físico. La fuente del poder rodea el mundo como si fuera una
sábana. Tú tienes la capacidad de sacar un hilo de esa tela y utilizarlo a través de tu
cuerpo. Pero no tomes demasiados hilos, o harás agujeros en la sábana, dejando
algunas zonas del poder desnudas y otras con demasiada fuerza. Se rumorea que hay
lugares vacíos de poder en la sábana, pero yo no he encontrado ninguno.
Yo sentí el poder que ella irradiaba como si fuera una enorme burbuja. Irys
elevó la mano y dijo:
—Venettaden.
El poder me golpeó. Se me congelaron los músculos, y la miré con pánico.
—Apártalo de ti —me dijo.
Yo pensé en erigir mi muro de ladrillos, pero supe que no podría hacerle frente
a su fuerza. Una vez más, utilicé mi cortina de mármol y cercené el flujo de poder.
Mis músculos se relajaron.
—Muy bien —dijo ella—. He tomado una línea de poder y la he modelado para
convertirla en una bola. Después, usando una palabra y un gesto, la he dirigido
contra ti. Enseñamos a los estudiantes palabras y gestos con propósitos didácticos,
pero en realidad, puedes usar lo que quieras. Es para ayudar a concentrar el poder. Y
al cabo del tiempo, no necesitarás usar palabras para hacer magia. Se convierte en
algo instintivo. Ahora te toca a ti.
—Pero no sé cómo sacar un hijo de poder. Yo me concentro en la madera de mi
arco y entonces, de algún modo, consigo proyectar mi mente hacia otras mentes.
¿Cómo funciona eso?
—La habilidad de leer el pensamiento de los demás es otro hilo de poder que
conecta dos mentes. Cuando se establece el vínculo, tiene permanencia, y se puede
reconectar con facilidad. Por ejemplo, el vínculo que tú has establecido con Topaz
permanecerá.
—Y con Valek —dije yo.
—Sí, con Valek también. Aunque con su inmunidad a la magia, creo que tu
vínculo con él debe de estar en el nivel subconsciente. ¿Le has leído alguna vez el
pensamiento?
—No, pero tampoco lo he intentado. No sé por qué, pero siempre he sabido lo
que sentía.
—Instinto de conservación. Eso tiene sentido, dada la posición que ocupa en
Ixia y que él era quien decidía si vivías o morías cada día.
—Ese instinto de supervivencia me ha salvado unas cuantas veces —dije yo,
recordando mis problemas en Ixia—. Cuando me encontraba en una situación
extrema, de repente parecía que otra persona había tomado el control de mi cuerpo, y
podían suceder cosas imposibles.
—Sí, pero ahora eres tú la que tienes el control, y puedes hacer que sucedan
esas cosas.
—No estoy tan segura…
Irys alzó una mano.
—Ya es suficiente. Ahora, concéntrate. Siente el poder. Aférrate a él.
Yo respiré profundamente bajo la mirada de Irys, e intenté concentrarme con
todas mis fuerzas, pero no ocurrió nada.
—Cuando liberes el poder hacia mí, piensa en lo que quieres que haga. Una
palabra o un gesto te serán de ayuda, y podrás usarlos como fórmula la próxima vez.
Yo empujé el poder y dije:
—¡Arriba!
Durante un segundo, no ocurrió nada. Después, Irys abrió los ojos de par en par
de asombro, y se cayó.
Yo corrí hacia ella.
—Lo siento.
Ella me miró.
—Ha sido muy extraño.
—¿Por qué?
—En vez de empujarme, tu magia invadió mi mente y me dio la orden mental
de caer —dijo Irys, y se acomodó de nuevo en el cojín—. Inténtalo de nuevo, pero
esta vez piensa en el poder como un objeto físico y dirígelo hacia mí.
Yo seguí sus instrucciones, pero el resultado fue el mismo.
—Es un método poco ortodoxo, pero funciona —dijo Irys al terminar el ejercicio
—. Trabajemos con tus defensas. Quiero que venzas mi poder antes de que pueda
afectarte.
En un borrón de movimiento, ella me lanzó una bola.
—Teatottle.
Yo salté hacia atrás y alcé las manos, pero no fui lo suficientemente rápida. El
mundo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Vi rayos de colores antes de poder
posicionar mis defensas. Me desplomé en el suelo y me quedé mirando al techo de la
torre.
—Debes tener las defensas preparadas todo el tiempo —dijo Irys—. No puedes
dejar que te sorprendan con la guardia baja. Sin embargo… fuiste capaz de impedir a
Roze que entrara en tu mente.
Yo esquivé aquel asunto.
—¿Qué significa «teatottle»?
—No significa nada. Me inventé la palabra, porque no tiene sentido avisar a tu
adversario de lo que piensas hacer. Uso esas palabras para movimientos de ataque y
defensivos. Pero, para asuntos prácticos como el fuego y la luz utilizo palabras de
verdad.
—¿Yo puedo encender fuego?
—Si eres lo suficientemente fuerte, sí. Pero es un trabajo muy cansado. Usar la
magia es algo agotador, y algunos tipos de magia lo son más que otros. Parece que tú
eres capaz de conectar con otras mentes sin mucho esfuerzo —dijo Irys—. Quizá ésa
sea tu especialidad.
—¿Qué quieres decir?
—Algunos magos sólo pueden hacer ciertas cosas. Unos pueden curar heridas
físicas y otros curar traumas mentales. Algunos pueden mover objetos muy grandes,
como estatuas, y otros pueden encender fuegos con un mínimo esfuerzo. Algunas
veces hay gente que puede hacer dos o tres cosas, o tener un talento híbrido, como
Leif, que es capaz de sentir el alma de una persona. En tu caso, hemos descubierto
que no sólo puedes leer el pensamiento, sino que también puedes influir en las
acciones de las personas y los animales. Es un talento escaso. Y tienes dos
habilidades.
—¿Es ése el límite? —pregunté.
—No. Los Magos Maestros pueden hacerlo todo.
—¿Y por qué Roze es la Primera Maga y tú eres la Cuarta Maga?
Irys me miró con una sonrisa de cansancio.
—Roze es más fuerte que yo. Ambas podemos prender fuegos, pero yo sólo
puedo hacer una hoguera, y ella es capaz de incendiar un edificio de dos plantas.
Yo reflexioné sobre lo que me estaba contando.
—Y si un mago sólo tiene una habilidad, ¿qué hacen cuando terminan su
aprendizaje?
—Asignamos magos a distintas ciudades y a los pueblos, dependiendo de lo
que se necesite. Tenemos que intentar tener un sanador en cada población. Algunos
magos van por distintas ciudades y les ayudan con sus proyectos.
—¿Y qué haría yo?
—Es demasiado pronto para saberlo. Por el momento, tienes que practicar cómo
recolectar todo el poder y usarlo. Y también practicar tus defensas.
La paciencia de Irys durante la clase de aquella mañana me dejó asombrada.
Por primera vez desde que llegué a Sitia, tuve la esperanza de que conseguiría
controlar mis poderes.
—Bueno, ha sido un buen comienzo —dijo Irys, cuando llegó la hora de la
comida—. Ve a comer y a descansar. Trabajaremos por las mañanas y puedes
practicar y estudiar por la noche. Pero esta tarde también tienes que ir a visitar al Jefe
de Caballerizas y pedirle que te ayude a elegir un caballo.
—¿Un caballo?
—Sí. Todos los magos tienen caballo. Algunas veces, tendrás que llegar muy
pronto a algún lugar, y tienes que saber montar.
Yo ni siquiera lo había pensado, pero comprendí que era algo lógico. Después
de terminar la lección, seguí las instrucciones de Irys y fui al comedor. Allí comí, y
después volví a mi habitación, donde me dejé caer sobre la cama y me dormí.
Aquella noche, después de la cena, fui a los establos a ver al Jefe de
Caballerizas. Me indicó que, mientras él iba a buscarme un instructor que me
enseñara equitación, yo debía elegir el animal que más me gustara. Cuando el jefe se
fue, yo me quedé observando a todos los ejemplares que había en el campo, y con la
ayuda mental de Topaz, con el que conseguí conectar de nuevo sin ningún esfuerzo,
elegí a una preciosa yegua llamada Kiki. Tenía la cara blanca y un parche marrón
alrededor de su ojo izquierdo. Además, tenía los ojos azules. Tal y como me había
indicado Topaz, le di una pastilla de menta y le rasqué detrás de las orejas.
—¿Qué piensas, chica? —le pregunté a Kiki en voz alta. «¿Quieres estar
conmigo?».
Ella me empujó suavemente con el morro.
«Sí».
Yo noté la satisfacción de Topaz.
«Iremos con suavidad y rapidez los dos juntos».
El Jefe de Caballerizas volvió al poco tiempo.
—¿Ya has encontrado uno? —me preguntó.
Yo asentí sin mirar atrás.
—Ésa viene de las llanuras —me dijo él—. Buena elección.
—Debe escoger otro —dijo una voz familiar, sin embargo.
Yo me volví, y noté una sensación de miedo en el estómago. Cahil estaba junto
al Jefe de Caballerizas.
—¿Y por qué iba a hacerte caso? —le pregunté.
Él esbozó una sonrisita.
—Porque soy tu instructor.
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