martes, 13 de agosto de 2013

Capítulo 5

—No digas tonterías —dijo Leif con asombro—. Ya no estás en Ixia.
—¿Y por qué iba a esconderse una partida de caza tan cerca del camino?
—Los animales también usan los senderos del bosque —respondió Leif, y
continuó caminando—. Vamos.
—No. Nos estás llevando hacia una trampa.
—Bueno. Yo seguiré sin ti.
Cuando él me volvió de nuevo la espalda, yo me sentí furiosa.
—¿Crees que estoy mintiendo?
—No. Creo que sospechas de todo y de todos, como una norteña —dijo él.
—Crees que soy una espía —le repliqué con frustración—. Bajaré mis defensas.
Proyecta tu mente hacia el exterior y comprobarás por ti mismo que no estoy aquí
para espiar a Sitia.
—Yo no puedo leer la mente. De hecho, ningún Zaltana puede.
o no hice caso de su puya.
—¿No podrías, al menos, sentir quién soy?
—Físicamente eres una Zaltana. Sin embargo, el hecho de que Irys diga que
sobreviviste a los esfuerzos de Mogkan de borrarte la mente no significa que sea
cierto. Podrías ser un peón, un jarrón vacío que ha acogido a un huésped del norte.
¿Qué mejor modo de tener ojos y oídos en el sur?
—Ridículo.
—No, no lo es. Te has revelado. Yo siento una fuerte lealtad y una nostalgia de
Ixia que emana de ti. Apestas a sangre, a dolor y a muerte. Irradias ira y pasión. Mi
hermana estaría deleitándose con su libertad, y sentiría odio por sus captores. Has
perdido tu alma, se la has entregado al norte. Tú no eres mi hermana. Hubiera sido
mejor que murieras antes de volver con nosotros manchada.
Yo tomé aire profundamente para intentar calmar la furia que sentía.
—¡Despierta, Leif! Lo que tú soñabas con encontrar en la selva no tiene por qué
determinar la realidad. Yo ya no soy una niña inocente de seis años. He soportado
más cosas de las que puedes imaginar, y he luchado con dureza para conservar mi
alma. Sé quién soy. Quizá tú tengas que reevaluar tus expectativas sobre mí.
Los dos nos quedamos quietos durante un momento, lanzándonos miradas
fulminantes. Finalmente, yo dije:
—Nos estás llevando a una emboscada.
—Estoy yendo a Citadel. ¿Vienes?
Yo sopesé las opciones que tenía. Si usaba mi garfio para trepar a los árboles,
podría viajar por la cubierta de hojas y pasar por encima de la emboscada siguiendo
el camino. Sin embargo, ¿qué ocurriría con Leif? Tenía su machete, pero, ¿sabría
usarlo para salir con vida de una emboscada?
¿Y si resultaba herido? Sería culpa suya, pero yo no quería pensar en lo que
sentirían Esau y Perl si a Leif le ocurriera algo. Entonces, me di cuenta de que Leif
también era mago. ¿Podría defenderse con su magia?
—Nunca habría supuesto que una partida de caza pudiera asustar a una
norteña —dijo Leif, riéndose mientras retomaba el paso.
Aquello fue suficiente. Yo abrí la mochila y encontré mi navaja. Hice un
pequeño corte en la costura de mis pantalones nuevos y me até la navaja al muslo
con una correa. Después me recogí el pelo en un moño con horquillas. Ya estaba
vestida para una lucha, así que me puse la mochila a la espalda de nuevo y corrí tras
Leif.
Cuando lo alcancé, él me dirigió un gruñido divertido. Con mi arco en la mano,
me concentré en la zona de lucha. La zona era una técnica de concentración que me
permitía conocer con anticipación los movimientos de mi oponente mientras luchaba.
En aquella ocasión, me concentré en el tramo del camino donde nos esperaban.
Los hombres estaban preparados. Había seis a cada lado del sendero. Querían
rodearnos y atacarnos cuando estuviéramos en medio de su grupo.
Yo tenía otros planes, sin embargo. Justo antes de que llegáramos a la
emboscada, dejé caer la mochila al suelo y grité:
—¡Espera!
Leif se volvió.
—¿Y ahora qué?
—Creo que he oído algo…
Un grito llenó el bosque. Los pájaros salieron volando de las ramas, asustados.
Y los hombres se elevaron de entre los matorrales con las espadas erguidas.
No obstante, el elemento sorpresa era mío. Yo les di un golpe en las espadas a
los dos primeros hombres que me atacaron y los desarmé. Con un rápido
movimiento, golpeé sus sienes con un extremo del arco y los dejé inconscientes.
Cuando se acercó un tercero, lo hice tropezar y caer al suelo. Cuando otros dos
se abalanzaron sobre mí, me incorporé y me encaré con ellos; sin embargo, cada uno
se apartó a un lado y entonces vi un caballo cuyo jinete cargaba hacia mí. Me quité de
su camino, pero no pude evitar que me hiciera un corte en el brazo derecho con la
espada. Furiosa, ataqué al hombre que estaba más próximo a mí, golpeándole la
nariz con el arco. El hombre gritó de dolor y comenzó a sangrar.
—Detenedla —ordenó el hombre a caballo.
Yo miré a mi alrededor, buscando a Leif. Estaba en mitad del sendero, rodeado
por cuatro hombres armados. Tenía una expresión de asombro en el rostro, pero por
lo demás, no parecía que estuviera herido. El machete estaba en el suelo, a sus pies.
A mí sólo me quedaban unos segundos. El jinete se había preparado para
cargar de nuevo. El hombre de la nariz rota yacía en el suelo. Yo le puse un pie sobre
el pecho y coloqué el extremo de mi arco sobre su nuez.
—Detente, o le aplastaré la garganta —grité.
El joven hizo detenerse a su caballo. Sin embargo, a medida que los otros se
apartaban de mí, mirándome con incredulidad, él blandió la espada en el aire.
—Ríndete o mataré a tu hermano —dijo.
¿Cómo sabía que Leif era mi hermano? Yo miré a Leif. Uno de los guardias le
había colocado la punta de la espada sobre el corazón. Mi hermano tenía una
expresión de miedo. Le estaba bien empleado. El soldado que estaba bajo mi pie
gimoteó.
Yo me encogí de hombros.
—Parece que estamos en un impasse.
—Eso parece —respondió el jinete—. ¿Qué te parece si hablamos sobre la
situación?
Yo iba a acceder, cuando el jinete chasqueó los dedos. Yo sentí movimiento,
pero antes de que pudiera darme la vuelta, oí un horrible sonido, sentí un dolor
intenso en la base de la cabeza, y después, la nada.
Me dolía la cabeza como si alguien me estuviera dando martillazos. Abrí los
ojos durante un segundo, pero volví a cerrarlos. Sentí náuseas. Mientras intentaba no
arrojar el contenido de mi estómago, me di cuenta de que estaba colgada del revés, y
que me estaban trasladando. Miré hacia un lado, y discerní que me habían colocado
sobre la grupa de un caballo. Vomité.
—Se ha despertado —dijo una voz masculina.
Afortunadamente para mí, el caballo se detuvo.
—Bien. Nos detendremos y acamparemos aquí —dijo el jinete.
Yo sentí un empujón y caí al suelo. El impacto me causó un gran dolor. Me
quedé aturdida, y lo único que pude hacer fue rezar por que no me hubiera roto
nada.
A medida que el sol se ponía, oía el trajín de los hombres al trabajar. Cuando
intenté ponerme en una posición más cómoda, me di cuenta de que tenía grilletes en
las manos y en los pies. Su sonido metálico me resultaba horriblemente familiar.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para no ponerme a gritar y a retorcerme. Respiré
profundamente varias veces para calmar los latidos acelerados de mi corazón y mi
mente, que trabajaba frenéticamente.
Después me quedé inmóvil y esperé mi oportunidad.
Cuando anocheció, el ruido se había transformado en el murmullo suave de las
voces de los hombres. Mi dolor de cabeza se había mitigado, e intenté moverme de
nuevo. Conseguí colocarme boca arriba. La cara de un hombre me tapó la vista de las
estrellas. Tenía los ojos pequeños y juntos, y la nariz torcida de una rotura. La luz de
la luna se reflejaba en su espada, de modo que yo veía perfectamente la punta cerca
de mi garganta.
—Si causas problemas, te atravesaré con mi hoja —dijo el hombre con una
sonrisa revulsiva—. Yo no estoy hablando de la espada —puntualizó, y para
explicarse mejor, la envainó.
Yo decidí que no causaría ningún problema, al menos por el momento, y
aparentemente, el guardia quedó satisfecho con mi silencio. Él se cruzó de brazos,
mirándome fijamente. Yo notaba la correa en el muslo, aunque no sabía si seguía
sujetando la navaja. Sin embargo, no podía arriesgarme a comprobarlo bajo la mirada
del guardia.
Mis atacantes habían acampado en un claro del bosque. Eran unos diez,
incluyendo al hombre que me vigilaba. Intenté sentarme, y el estómago me dio un
vuelco. Vomité hasta que no me quedó nada en el estómago.
Otro soldado se acercó a mí desde el fuego del campamento. Era un hombre
mayor, con el pelo gris. Tenía un cuenco en la mano, y me lo entregó.
—Bébete esto —me ordenó.
El aroma del jengibre caliente me llenó la nariz.
—¿Qué es?
—No importa —dijo mi guardián, aproximándose a mí con el puño levantado
—. Haz lo que te dice el capitán Marrok.
—Tranquilo, Goel, tiene que ser capaz de caminar mañana —dijo el capitán
Marrok. Después se dirigió a mí—. Tu hermano lo hizo con unas hojas que llevaba en
la mochila.
Leif estaba vivo. El alivio que sentí me dejó asombrada.
—Es para que te sientas mejor —dijo el capitán, cuando me vio titubear. Tenía
una mirada amable y los ojos azul grisáceo, pero su expresión severa no se alteró.
¿Para qué iban a envenenarme si podrían haberme matado antes? ¿Quizá Leif
quisiera verme muerta?
—Bébetelo o te lo echaré por la garganta yo mismo —me dijo Goel.
Yo le creí, así que di un pequeño sorbo para probarlo en busca de veneno. Tenía
el sabor del jengibre dulce, mezclado con zumo de limón. Me sentí un poco mejor
sólo con aquella pequeña cantidad, así que tragué el resto.
—Cahil ha dicho que la acerques al fuego. Aquí está demasiado oscuro. He
asignado turnos de cuatro horas de vigilancia para hoy —dijo el capitán Marrok.
Goel me agarró y me puso en pie. Yo me preparé para sentir otra oleada de
náuseas, pero no ocurrió nada. Mi estómago se había calmado, y tenía la cabeza
suficientemente clara como para preguntarme cómo iba a caminar con aquella
cadena agarrándome los tobillos.
El problema lo solucionó Goel colocándome sobre su hombro. Cuando me soltó
junto a la hoguera, los demás hombres quedaron en silencio. Uno de ellos me lanzó
una mirada fulminante sobre el vendaje lleno de sangre que tenía en la nariz.
Marrok me dio un plato de comida.
—Come. Vas a necesitar fuerzas.
Yo no sabía si comer aquella carne y el pan de queso. Sólo hacía unos minutos
que había vomitado; sin embargo, el delicioso olor de la carne asada hizo que me
decidiera. Después de comprobar que no estaba envenenada, comí.
Ya no me dolía la cabeza y mi cuerpo había revivido con el alimento. Examiné
mi situación. Mi gran pregunta era el motivo por el cual nos habían capturado a Leif
y a mí, y quiénes eran nuestros captores. Goel estaba cerca de mí, así que se lo
pregunté.
Él me dio un bofetón con el dorso de la mano.
—Nada de charla —me ordenó.
Con la mejilla ardiendo y los ojos llenos de lágrimas, pensé en que odiaba a
aquel Goel.
Pasé las horas siguientes en silencio. Cuando nadie me estaba mirando,
comprobé en silencio que aún tenía las horquillas en el moño, y recé por que Goel no
las viera.
Aquélla era una herramienta de escape que tenía al alcance de la mano. Sólo
necesitaba pasar algún tiempo sin ser vigilada, pero desafortunadamente, no parecía
que aquello fuera a ocurrir.
—Quiere verla —dijo un hombre, y me obligaron a ponerme en pie.
Me arrastraron hasta una tienda; Goel nos seguía. Me hicieron entrar y me
tiraron al suelo. Cuando se me acostumbraron los ojos a la suave luz de las velas, vi
al joven jinete sentado junto a una mesa de lienzo. Leif estaba a su lado, sin cadenas y
sin ningún daño aparente. Mi mochila estaba sobre la mesa, y mis posesiones estaban
esparcidas junto a ella.
Con un esfuerzo, me puse en pie.
—¿Amigos tuyos? —le pregunté a Leif.
Algo muy duro impactó con una de mis sienes, y volví a caer al suelo. Leif se
levantó a medias de la silla, pero volvió a sentarse cuando el jinete le tocó la manga
de la túnica.
—Eso ha sido innecesario, Goel —le dijo a mi guardián—. Espera fuera.
—Ha hablado sin permiso.
—Si vuelve a mostrar falta de respeto, podrás enseñarle modales. Ahora, vete
—le ordenó el jinete.
Yo me puse de pie nuevamente. Goel se marchó, pero se quedaron los otros dos
guardias junto a la puerta. Para entonces, ya no me quedaba paciencia.
—¿Quién demonios eres y qué quieres? —le pregunté.
—Contén la lengua o avisaré a Goel —replicó él con una sonrisa.
—Adelante, llámalo. Quítame los grilletes y lucharemos de igual a igual —dije
yo. Sin embargo, él no respondió, y añadí—: Supongo que tienes miedo de que yo
gane. Típica mentalidad de un delincuente.
El jinete miró a Leif con asombro. Leif le devolvió una mirada de preocupación,
y yo me pregunté qué era lo que había entre aquellos dos. ¿Eran amigos o enemigos?
—Se te olvidó mencionar su fanfarronería. Claro que todo podría ser una
actuación.
—Compruébalo —dije yo.
El jinete se rió. Pese a que tenía Una larga barba rubia y bigote, parecía que era
más joven que yo. Quizá sólo tuviera diecisiete o dieciocho años. Tenía los ojos de un
azul muy claro, y el pelo muy rubio y largo hasta los hombros. Llevaba una sencilla
túnica gris, pero incluso desde la distancia a la que me encontraba, yo distinguía que
la tela de la prenda era mucho más fina que las de la ropa de los guardias.
—¿Qué quieres? —pregunté de nuevo.
—Información.
Yo me quedé boquiabierta al oír su respuesta.
—Oh, vamos —dijo él—. No te hagas la tonta conmigo. Quiero las estadísticas
militares de Ixia. El tamaño de sus tropas y su localización. Sus puntos fuertes y
débiles. ¿Cuántas armas tienen? La situación precisa de Valek. Quiénes son sus otros
espías, y dónde están. Ese tipo de información.
—¿Y por qué piensas que yo sé todo eso?
Él miró a Leif, y entonces yo lo entendí todo.
—Crees que soy una espía del norte —dije con un suspiro.
Leif me había tendido una trampa. Por eso sabía el jinete que Leif era mi
hermano. El miedo y el asombro que había mostrado Leif durante el ataque habían
sido fingidos. No tenía ningún asunto que resolver con la Primera Maga. No era de
extrañar que no hubiera dicho ni una palabra desde que yo había llegado a la tienda.
—Está bien. Ya que todo el mundo cree que soy una espía, supongo que debo
comportarme como si lo fuera —dije, y me crucé de brazos—. No voy a deciros nada,
basura del sur.
—No tienes elección. Yo podría hacer que Goel te torturara para sacarte la
información —dijo el jinete—. Sin embargo, eso es muy sucio y trabajoso. Y yo
siempre pienso que lo que se conoce bajo estrés no es del todo fiable.
El jinete se levantó y se acercó a mí con la espada en alto, intentando
intimidarme.
—Lo que voy a hacer es llevarte ante la Primera Maga, que te va a pelar la
mente como si fuera un plátano hasta que llegue al núcleo blando donde se
encuentran todas las respuestas. El cerebro se aplasta un poco durante el proceso —
dijo, y se encogió de hombros—, pero la información siempre es veraz.
Sentí miedo de verdad por primera vez desde que me habían atrapado. Quizá
hubiera cometido un error al comportarme como una espía.
—Supongo que no me creerás si te digo que no tengo lo que quieres…
El jinete sacudió la cabeza.
—La prueba de tu lealtad al norte está en tu mochila. Llevas monedas de Ixia y
un uniforme del norte.
—Eso demuestra que no soy una espía, porque Valek nunca reclutaría a alguien
tan tonto como para llevar el uniforme en una misión —dije con frustración, pero al
momento lamenté haber mencionado a Valek. El jinete intercambió una mirada con
mi hermano, que quería decir que yo acababa de delatarme.
Yo intenté ganar tiempo.
—¿Quién eres y por qué quieres esa información?
—Soy el rey Cahil de Ixia. Y quiero mi trono.

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