—No digas tonterías —dijo Leif con asombro—.
Ya no estás en Ixia.
—¿Y por qué iba a esconderse una partida de
caza tan cerca del camino?
—Los animales también usan los senderos del
bosque —respondió Leif, y
continuó caminando—. Vamos.
—No. Nos estás llevando hacia una trampa.
—Bueno. Yo seguiré sin ti.
Cuando él me volvió de nuevo la espalda, yo
me sentí furiosa.
—¿Crees que estoy mintiendo?
—No. Creo que sospechas de todo y de todos,
como una norteña —dijo él.
—Crees que soy una espía —le repliqué con
frustración—. Bajaré mis defensas.
Proyecta tu mente hacia el exterior y
comprobarás por ti mismo que no estoy aquí
para espiar a Sitia.
—Yo no puedo leer la mente. De hecho,
ningún Zaltana puede.
o no hice caso de su puya.
—¿No podrías, al menos, sentir quién soy?
—Físicamente eres una Zaltana. Sin embargo,
el hecho de que Irys diga que
sobreviviste a los esfuerzos de Mogkan de
borrarte la mente no significa que sea
cierto. Podrías ser un peón, un jarrón
vacío que ha acogido a un huésped del norte.
¿Qué mejor modo de tener ojos y oídos en el
sur?
—Ridículo.
—No, no lo es. Te has revelado. Yo siento
una fuerte lealtad y una nostalgia de
Ixia que emana de ti. Apestas a sangre, a
dolor y a muerte. Irradias ira y pasión. Mi
hermana estaría deleitándose con su
libertad, y sentiría odio por sus captores. Has
perdido tu alma, se la has entregado al
norte. Tú no eres mi hermana. Hubiera sido
mejor que murieras antes de volver con
nosotros manchada.
Yo tomé aire profundamente para intentar
calmar la furia que sentía.
—¡Despierta, Leif! Lo que tú soñabas con
encontrar en la selva no tiene por qué
determinar la realidad. Yo ya no soy una
niña inocente de seis años. He soportado
más cosas de las que puedes imaginar, y he
luchado con dureza para conservar mi
alma. Sé quién soy. Quizá tú tengas que
reevaluar tus expectativas sobre mí.
Los dos nos quedamos quietos durante un
momento, lanzándonos miradas
fulminantes. Finalmente, yo dije:
—Nos estás llevando a una emboscada.
—Estoy yendo a Citadel. ¿Vienes?
Yo sopesé las opciones que tenía. Si usaba
mi garfio para trepar a los árboles,
podría viajar por la cubierta de hojas y
pasar por encima de la emboscada siguiendo
el camino. Sin embargo, ¿qué ocurriría con
Leif? Tenía su machete, pero, ¿sabría
usarlo para salir con vida de una
emboscada?
¿Y si resultaba herido? Sería culpa suya,
pero yo no quería pensar en lo que
sentirían Esau y Perl si a Leif le
ocurriera algo. Entonces, me di cuenta de que Leif
también era mago. ¿Podría defenderse con su
magia?
—Nunca habría supuesto que una partida de
caza pudiera asustar a una
norteña —dijo Leif, riéndose mientras
retomaba el paso.
Aquello fue suficiente. Yo abrí la mochila
y encontré mi navaja. Hice un
pequeño corte en la costura de mis
pantalones nuevos y me até la navaja al muslo
con una correa. Después me recogí el pelo
en un moño con horquillas. Ya estaba
vestida para una lucha, así que me puse la
mochila a la espalda de nuevo y corrí tras
Leif.
Cuando lo alcancé, él me dirigió un gruñido
divertido. Con mi arco en la mano,
me concentré en la zona de lucha. La zona
era una técnica de concentración que me
permitía conocer con anticipación los
movimientos de mi oponente mientras luchaba.
En aquella ocasión, me concentré en el
tramo del camino donde nos esperaban.
Los hombres estaban preparados. Había seis
a cada lado del sendero. Querían
rodearnos y atacarnos cuando estuviéramos
en medio de su grupo.
Yo tenía otros planes, sin embargo. Justo
antes de que llegáramos a la
emboscada, dejé caer la mochila al suelo y
grité:
—¡Espera!
Leif se volvió.
—¿Y ahora qué?
—Creo que he oído algo…
Un grito llenó el bosque. Los pájaros
salieron volando de las ramas, asustados.
Y los hombres se elevaron de entre los
matorrales con las espadas erguidas.
No obstante, el elemento sorpresa era mío.
Yo les di un golpe en las espadas a
los dos primeros hombres que me atacaron y
los desarmé. Con un rápido
movimiento, golpeé sus sienes con un
extremo del arco y los dejé inconscientes.
Cuando se acercó un tercero, lo hice
tropezar y caer al suelo. Cuando otros dos
se abalanzaron sobre mí, me incorporé y me
encaré con ellos; sin embargo, cada uno
se apartó a un lado y entonces vi un
caballo cuyo jinete cargaba hacia mí. Me quité de
su camino, pero no pude evitar que me
hiciera un corte en el brazo derecho con la
espada. Furiosa, ataqué al hombre que
estaba más próximo a mí, golpeándole la
nariz con el arco. El hombre gritó de dolor
y comenzó a sangrar.
—Detenedla —ordenó el hombre a caballo.
Yo miré a mi alrededor, buscando a Leif.
Estaba en mitad del sendero, rodeado
por cuatro hombres armados. Tenía una
expresión de asombro en el rostro, pero por
lo demás, no parecía que estuviera herido.
El machete estaba en el suelo, a sus pies.
A mí sólo me quedaban unos segundos. El
jinete se había preparado para
cargar de nuevo. El hombre de la nariz rota
yacía en el suelo. Yo le puse un pie sobre
el pecho y coloqué el extremo de mi arco
sobre su nuez.
—Detente, o le aplastaré la garganta —grité.
El joven hizo detenerse a su caballo. Sin
embargo, a medida que los otros se
apartaban de mí, mirándome con
incredulidad, él blandió la espada en el aire.
—Ríndete o mataré a tu hermano —dijo.
¿Cómo sabía que Leif era mi hermano? Yo
miré a Leif. Uno de los guardias le
había colocado la punta de la espada sobre
el corazón. Mi hermano tenía una
expresión de miedo. Le estaba bien
empleado. El soldado que estaba bajo mi pie
gimoteó.
Yo me encogí de hombros.
—Parece que estamos en un impasse.
—Eso parece —respondió el jinete—. ¿Qué te
parece si hablamos sobre la
situación?
Yo iba a acceder, cuando el jinete chasqueó
los dedos. Yo sentí movimiento,
pero antes de que pudiera darme la vuelta,
oí un horrible sonido, sentí un dolor
intenso en la base de la cabeza, y después,
la nada.
Me dolía la cabeza como si alguien me
estuviera dando martillazos. Abrí los
ojos durante un segundo, pero volví a
cerrarlos. Sentí náuseas. Mientras intentaba no
arrojar el contenido de mi estómago, me di
cuenta de que estaba colgada del revés, y
que me estaban trasladando. Miré hacia un
lado, y discerní que me habían colocado
sobre la grupa de un caballo. Vomité.
—Se ha despertado —dijo una voz masculina.
Afortunadamente para mí, el caballo se
detuvo.
—Bien. Nos detendremos y acamparemos aquí —dijo
el jinete.
Yo sentí un empujón y caí al suelo. El
impacto me causó un gran dolor. Me
quedé aturdida, y lo único que pude hacer
fue rezar por que no me hubiera roto
nada.
A medida que el sol se ponía, oía el trajín
de los hombres al trabajar. Cuando
intenté ponerme en una posición más cómoda,
me di cuenta de que tenía grilletes en
las manos y en los pies. Su sonido metálico
me resultaba horriblemente familiar.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para no
ponerme a gritar y a retorcerme. Respiré
profundamente varias veces para calmar los
latidos acelerados de mi corazón y mi
mente, que trabajaba frenéticamente.
Después me quedé inmóvil y esperé mi
oportunidad.
Cuando anocheció, el ruido se había
transformado en el murmullo suave de las
voces de los hombres. Mi dolor de cabeza se
había mitigado, e intenté moverme de
nuevo. Conseguí colocarme boca arriba. La
cara de un hombre me tapó la vista de las
estrellas. Tenía los ojos pequeños y
juntos, y la nariz torcida de una rotura. La luz de
la luna se reflejaba en su espada, de modo
que yo veía perfectamente la punta cerca
de mi garganta.
—Si causas problemas, te atravesaré con mi
hoja —dijo el hombre con una
sonrisa revulsiva—. Yo no estoy hablando de
la espada —puntualizó, y para
explicarse mejor, la envainó.
Yo decidí que no causaría ningún problema,
al menos por el momento, y
aparentemente, el guardia quedó satisfecho
con mi silencio. Él se cruzó de brazos,
mirándome fijamente. Yo notaba la correa en
el muslo, aunque no sabía si seguía
sujetando la navaja. Sin embargo, no podía
arriesgarme a comprobarlo bajo la mirada
del guardia.
Mis atacantes habían acampado en un claro
del bosque. Eran unos diez,
incluyendo al hombre que me vigilaba.
Intenté sentarme, y el estómago me dio un
vuelco. Vomité hasta que no me quedó nada
en el estómago.
Otro soldado se acercó a mí desde el fuego
del campamento. Era un hombre
mayor, con el pelo gris. Tenía un cuenco en
la mano, y me lo entregó.
—Bébete esto —me ordenó.
El aroma del jengibre caliente me llenó la
nariz.
—¿Qué es?
—No importa —dijo mi guardián,
aproximándose a mí con el puño levantado
—. Haz lo que te dice el capitán Marrok.
—Tranquilo, Goel, tiene que ser capaz de
caminar mañana —dijo el capitán
Marrok. Después se dirigió a mí—. Tu
hermano lo hizo con unas hojas que llevaba en
la mochila.
Leif estaba vivo. El alivio que sentí me
dejó asombrada.
—Es para que te sientas mejor —dijo el
capitán, cuando me vio titubear. Tenía
una mirada amable y los ojos azul grisáceo,
pero su expresión severa no se alteró.
¿Para qué iban a envenenarme si podrían
haberme matado antes? ¿Quizá Leif
quisiera verme muerta?
—Bébetelo o te lo echaré por la garganta yo
mismo —me dijo Goel.
Yo le creí, así que di un pequeño sorbo
para probarlo en busca de veneno. Tenía
el sabor del jengibre dulce, mezclado con
zumo de limón. Me sentí un poco mejor
sólo con aquella pequeña cantidad, así que
tragué el resto.
—Cahil ha dicho que la acerques al fuego.
Aquí está demasiado oscuro. He
asignado turnos de cuatro horas de
vigilancia para hoy —dijo el capitán Marrok.
Goel me agarró y me puso en pie. Yo me
preparé para sentir otra oleada de
náuseas, pero no ocurrió nada. Mi estómago
se había calmado, y tenía la cabeza
suficientemente clara como para preguntarme
cómo iba a caminar con aquella
cadena agarrándome los tobillos.
El problema lo solucionó Goel colocándome
sobre su hombro. Cuando me soltó
junto a la hoguera, los demás hombres
quedaron en silencio. Uno de ellos me lanzó
una mirada fulminante sobre el vendaje
lleno de sangre que tenía en la nariz.
Marrok me dio un plato de comida.
—Come. Vas a necesitar fuerzas.
Yo no sabía si comer aquella carne y el pan
de queso. Sólo hacía unos minutos
que había vomitado; sin embargo, el
delicioso olor de la carne asada hizo que me
decidiera. Después de comprobar que no
estaba envenenada, comí.
Ya no me dolía la cabeza y mi cuerpo había
revivido con el alimento. Examiné
mi situación. Mi gran pregunta era el
motivo por el cual nos habían capturado a Leif
y a mí, y quiénes eran nuestros captores.
Goel estaba cerca de mí, así que se lo
pregunté.
Él me dio un bofetón con el dorso de la
mano.
—Nada de charla —me ordenó.
Con la mejilla ardiendo y los ojos llenos
de lágrimas, pensé en que odiaba a
aquel Goel.
Pasé las horas siguientes en silencio.
Cuando nadie me estaba mirando,
comprobé en silencio que aún tenía las
horquillas en el moño, y recé por que Goel no
las viera.
Aquélla era una herramienta de escape que
tenía al alcance de la mano. Sólo
necesitaba pasar algún tiempo sin ser
vigilada, pero desafortunadamente, no parecía
que aquello fuera a ocurrir.
—Quiere verla —dijo un hombre, y me
obligaron a ponerme en pie.
Me arrastraron hasta una tienda; Goel nos
seguía. Me hicieron entrar y me
tiraron al suelo. Cuando se me
acostumbraron los ojos a la suave luz de las velas, vi
al joven jinete sentado junto a una mesa de
lienzo. Leif estaba a su lado, sin cadenas y
sin ningún daño aparente. Mi mochila estaba
sobre la mesa, y mis posesiones estaban
esparcidas junto a ella.
Con un esfuerzo, me puse en pie.
—¿Amigos tuyos? —le pregunté a Leif.
Algo muy duro impactó con una de mis
sienes, y volví a caer al suelo. Leif se
levantó a medias de la silla, pero volvió a
sentarse cuando el jinete le tocó la manga
de la túnica.
—Eso ha sido innecesario, Goel —le dijo a
mi guardián—. Espera fuera.
—Ha hablado sin permiso.
—Si vuelve a mostrar falta de respeto,
podrás enseñarle modales. Ahora, vete
—le ordenó el jinete.
Yo me puse de pie nuevamente. Goel se
marchó, pero se quedaron los otros dos
guardias junto a la puerta. Para entonces,
ya no me quedaba paciencia.
—¿Quién demonios eres y qué quieres? —le
pregunté.
—Contén la lengua o avisaré a Goel —replicó
él con una sonrisa.
—Adelante, llámalo. Quítame los grilletes y
lucharemos de igual a igual —dije
yo. Sin embargo, él no respondió, y añadí—:
Supongo que tienes miedo de que yo
gane. Típica mentalidad de un delincuente.
El jinete miró a Leif con asombro. Leif le
devolvió una mirada de preocupación,
y yo me pregunté qué era lo que había entre
aquellos dos. ¿Eran amigos o enemigos?
—Se te olvidó mencionar su fanfarronería.
Claro que todo podría ser una
actuación.
—Compruébalo —dije yo.
El jinete se rió. Pese a que tenía Una
larga barba rubia y bigote, parecía que era
más joven que yo. Quizá sólo tuviera
diecisiete o dieciocho años. Tenía los ojos de un
azul muy claro, y el pelo muy rubio y largo
hasta los hombros. Llevaba una sencilla
túnica gris, pero incluso desde la
distancia a la que me encontraba, yo distinguía que
la tela de la prenda era mucho más fina que
las de la ropa de los guardias.
—¿Qué quieres? —pregunté de nuevo.
—Información.
Yo me quedé boquiabierta al oír su
respuesta.
—Oh, vamos —dijo él—. No te hagas la tonta
conmigo. Quiero las estadísticas
militares de Ixia. El tamaño de sus tropas
y su localización. Sus puntos fuertes y
débiles. ¿Cuántas armas tienen? La
situación precisa de Valek. Quiénes son sus otros
espías, y dónde están. Ese tipo de
información.
—¿Y por qué piensas que yo sé todo eso?
Él miró a Leif, y entonces yo lo entendí
todo.
—Crees que soy una espía del norte —dije
con un suspiro.
Leif me había tendido una trampa. Por eso
sabía el jinete que Leif era mi
hermano. El miedo y el asombro que había
mostrado Leif durante el ataque habían
sido fingidos. No tenía ningún asunto que
resolver con la Primera Maga. No era de
extrañar que no hubiera dicho ni una
palabra desde que yo había llegado a la tienda.
—Está bien. Ya que todo el mundo cree que soy
una espía, supongo que debo
comportarme como si lo fuera —dije, y me
crucé de brazos—. No voy a deciros nada,
basura del sur.
—No tienes elección. Yo podría hacer que
Goel te torturara para sacarte la
información —dijo el jinete—. Sin embargo,
eso es muy sucio y trabajoso. Y yo
siempre pienso que lo que se conoce bajo
estrés no es del todo fiable.
El jinete se levantó y se acercó a mí con
la espada en alto, intentando
intimidarme.
—Lo que voy a hacer es llevarte ante la
Primera Maga, que te va a pelar la
mente como si fuera un plátano hasta que
llegue al núcleo blando donde se
encuentran todas las respuestas. El cerebro
se aplasta un poco durante el proceso —
dijo, y se encogió de hombros—, pero la
información siempre es veraz.
Sentí miedo de verdad por primera vez desde
que me habían atrapado. Quizá
hubiera cometido un error al comportarme
como una espía.
—Supongo que no me creerás si te digo que
no tengo lo que quieres…
El jinete sacudió la cabeza.
—La prueba de tu lealtad al norte está en
tu mochila. Llevas monedas de Ixia y
un uniforme del norte.
—Eso demuestra que no soy una espía, porque
Valek nunca reclutaría a alguien
tan tonto como para llevar el uniforme en
una misión —dije con frustración, pero al
momento lamenté haber mencionado a Valek.
El jinete intercambió una mirada con
mi hermano, que quería decir que yo acababa
de delatarme.
Yo intenté ganar tiempo.
—¿Quién eres y por qué quieres esa
información?
—Soy el rey Cahil de Ixia. Y quiero mi
trono.
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